Edgardo Mocca en su nota de hoy en Página 12 propone un instructivo test para identificar a la derecha argentina, en el contexto de un "caleidoscopio argumentativo conservador" que interpreta "las actuales políticas económicas como 'ajuste ortodoxo'". La referencia de Mocca a un "caleidoscopio" así como al "discurso de la derecha" y al "de los que le prestan su solidaridad" está emparentada con la posición de Bruschtein, expresada la semana pasada en el mismo diario, según la cual existe una alianza en contra del Gobierno entre Infobae (pero sin incluir a Clarín), "la mayoría de la oposición", la UCA y "una becaria del Conicet" (quizás un guiño a los muchos fanáticos de Asterix: Pobre de Vos).
De este modo Mocca y Bruschtein parecen apelar a una verdadera astucia de la razón kirchnerista. En efecto, por un lado, según Bruschtein y Mocca, entre otros, todo aquel que se cree de izquierda y critica al kirchnerismo en realidad le está haciendo el juego a la derecha. Por el otro, el frente kirchnerista, que vendría a representar a la izquierda posible, contiene a notorios gobernadores de la derecha notoriamente posible como v.g. Scioli, Urtubey, Insfrán y Alperovich. Pero en este caso es la derecha la que le hace el juego a la izquierda (i.e. al kirchnerismo). Queda por dilucidar si estos gobernadores de derecha saben que están trabajando para la izquierda.
Esta astucia de la razón kirchnerista, por lo demás, es el complemento ideal de la nueva ontología de Brienza según la cual, recordemos, "por más que Cristina devalúe, ajuste, se endeude, designe personas acusadas de violaciones de derechos humanos, haya designado a Boudou, etc., semejantes acciones sólo son 'una etapa determinada de su existencia', y no forman parte del 'ser' kirchnerista en sentido estricto" (La Ontología de Brienza).
Veamos ahora cuáles son las tres grandes reglas (o quizás mejor características) que le permiten a Mocca identificar a la derecha al menos en su cepa vernácula.
1. "Ahistoricidad", "es decir la ausencia de referencias que ayuden a encuadrar la cuestión que se discute en una cierta sucesión histórica". Nos preguntamos qué opinaría Mocca de un partido que gobernara hace doce años y todavía hablara de la herencia recibida, como si no tuviera historia y acabara de ganar las elecciones. De paso, nos provoca cierta curiosidad conocer la posición de Mocca sobre el pasado menemista de Kirchner (Auto-Crítica).
2. (Lo que nosotros nos atrevemos a designar como) "Parroquialismo", o "el aislamiento de nuestra realidad respecto de lo que ocurre más allá de nuestras fronteras". Mocca quiere que comparemos a nuestro país con Francia, pero aparentemente no con Brasil, Chile, Uruguay, Perú, etc., cuyas economías han crecido sensiblemente, en donde en comparación casi no hay inflación y el dólar se ha depreciado notablemente en los últimos diez años. Tampoco quiere compararnos con Bolivia, un país cuyo gobierno está muy cerca se supone ideológicamente del nuestro, y que obtiene créditos casi regalados en comparación a las tasas de interés que tiene que pagar Argentina.
3. "El discurso opositor es antiideológico". Es otra vez la mencionada astucia de la razón la que explica por qué el anti-ideologismo de Scioli (miembro y pieza clave de la alianza gobernante desde su misma fundación) y de Massa (otrora a cargo de la ANSES e incluso Jefe de Gobierno de este Gobierno) no repercuten sobre el kirchnerismo. Es la misma astucia de la razón la que explica además la desafortunada historia de amor de este Gobierno con anti-ideólogos como Clarín y Moyano. Qué decir del hecho de que Macri sea el opositor elegido por este Gobierno para que este último pueda ubicarse a la izquierda del espectro y de este modo evitar que la oposición progresista se fortalezca electoralmente.
Dentro del anti-ideologismo, Mocca señala además la moralización de la política característica de la oposición. Dado que Mocca defiende la tesis de la autoridad moral (ya que critica a quienes hablan de la pobreza "borrando toda huella histórica y sobre todo la de sus propias responsabilidades en el derrumbe social argentino de principios de este siglo"), es curioso que no haya percibido asimismo que este Gobierno tiene el récord olímpico de la moralización de la política debido a su descalificación sistemática a toda clase de oposición.
De ahí que si usáramos el test de derecha de Mocca sería muy difícil para el Gobierno evitar que el resultado diera positivo, y todo esto sin tener que mencionar las consecuencias de su política económica. En efecto, tal como acabamos de ver, este Gobierno es claramente ahistórico, parroquial, ha trabajado y sigue trabajando muy cómodamente con muchos anti-ideologistas, y moraliza la política todos los días, de lunes a domingo, de 0 a 24.
Sin embargo, todo nuestro análisis queda inerte ante el influjo de la astucia de la razón kirchnerista: lo que sería de derecha en el caso de cualquier otro gobierno o partido, es de izquierda en el caso del kirchnerismo. Es la misma astucia de la razón kirchnerista la que explica por qué el progresismo kirchnerista se resiste a concederle status legislativo a la AUH (la carta de presentación del progresismo kirchnerista), status que impediría (o en todo caso haría más difícil) que un nuevo gobierno pudiera eliminarla por decreto. Quizás sea hora de releer a Hegel antes de criticar al progresismo kirchnerista.
«La causa victoriosa complació a los dioses, mas la vencida a Catón» (Lucano, Farsalia, I.128-9).
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domingo, 11 de mayo de 2014
sábado, 3 de mayo de 2014
Pobre de Vos
Sin duda, la decisión por parte del INDEC de no publicar el índice de pobreza ha puesto al kirchnerismo en una posición difícil. Algunos creen que la omisión del índice de pobreza se debe a que los números son tales que el Gobierno prefirió pasar semejante papelón antes que exponerse a la realidad de las cifras. Bruschtein, no obstante, cree que la decisión se debió a un cambio de metodología. Es curioso, sin embargo, que el cambio de metodología no haya impedido que el INDEC publicara índices de inflación de un diez por ciento trimestral aproximadamente.
Además, es muy curioso que Bruschtein mismo hable en su nota de inflación, cuando el kirchnerismo hasta hace muy poco negaba la existencia de semejante fenómeno. También es extraño que Bruschtein sostenga que la política redistributiva del Gobierno "interfiere[] con la tendencia del capitalismo a la concentración", cuando el propio Guillermo Moreno se enorgullecía de que unas pocas empresas manejaban la economía del país, lo cual facilitaba su control.
Y es aún más arduo de explicar para el kirchnerismo un muy difícil logro: a pesar de las políticas redistributivas de las que se suele jactar, la pobreza no parece haber cambiado sustancialmente. La posición estándar kirchnerista actual consiste en replicar que el índice de pobreza es redundante: cualquiera que observe las políticas públicas del Gobierno en los últimos años puede inferir muy fácilmente que la pobreza ha bajado sustancialmente. Es muy curioso sin embargo que el Gobierno no se quiera tomar el trabajo de indicar literalmente la pobreza para eliminar de ese modo todas las suspicacias provocadas por esta diabólica alianza que se ha formado entre la derecha y la izquierda contra el Gobierno.
A decir verdad, la alianza anti-kirchnerista es mucho más amplia aún. En efecto, Bruschtein señala como miembros de dicha alianza a Infobae (por alguna razón que se nos escapa completamente el grupo Clarín ni siquiera es mencionado en la nota, quizás porque lo obvio no debe ser mencionado), a "la mayoría de la oposición", a la UCA (cuyo Observatorio de la Deuda Social, dirigido por Agustín Salvia, está políticamente contaminado, a diferencia del INDEC suponemos) y "a una becaria del Conicet" (por alguna razón, esta última mención nos hace acordar a los legionarios romanos que luego de recibir una paliza por parte por Asterix y Óbelix no olvidaban señalar en sus informes la existencia de "una jauría de perros salvajes" para hacer referencia a Ideafix, que siempre acompañaba a su amo en sus aventuras).
Frente a los escépticos que dudan de semejante alianza entra la derecha conservadora y la izquierda revolucionaria, y en defensa de Bruschtein, debemos recordar, nobleza obliga, que no es la primera vez que la extrema derecha y la extrema izquierda unen fuerzas para lograr un objetivo común. Para muestra, basta el botón de la breve aunque significativa alianza entre el nazismo alemán y el comunismo soviético mediante el así llamado pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 merced al cual se repartieron Polonia.
Finalmente, hagamos un mea culpa. Antes nos quejábamos de los índices falsos del INDEC. Ahora, nos quejamos de que el INDEC directamente prefiere no mentir y por eso prefiere no dar a conocer el índice de pobreza. No hay nada que nos venga bien.
miércoles, 23 de abril de 2014
Es Hora de Auto-crítica
Según Página 12 de ayer la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner invitó al sector político, junto al empresario y al económico, a “hacer una autocrítica de lo que hicieron en los años ’90” (click). La idea era que los menemistas hicieran su autocrítica.
No faltarán los que se apresurarán a señalar que los mismos padres fundadores del kirchnerismo deben encabezar la fila de quienes deben llevar a cabo semejante autocrítica entonces. En su defensa, estos críticos podrían invocar pruebas como la siguiente:
Ahora bien, nótese que Néstor Kirchner en ningún momento dice ser menemista. Sólo sostiene que Menem había sido el mejor presidente desde Perón (sobre todo por su apoyo financiero a las provincias patagónicas, lo cual implicaría que Cristina se equivoca al decir que Santa Cruz no recibió tal apoyo). Por lo demás, hasta el momento en que Kirchner hizo esa afirmación, ni Néstor ni Cristina habían sido presidentes: hoy seguramente habría dicho algo completamente diferente.
Finalmente, ¿qué significa ser menemista? ¿Elogiar a Menem, por razones de principio o de oportunismo político? ¿Qué es mejor, o peor? Hernán Brienza, una vez más, tiene razón: no nos merecemos a Cristina.
No faltarán los que se apresurarán a señalar que los mismos padres fundadores del kirchnerismo deben encabezar la fila de quienes deben llevar a cabo semejante autocrítica entonces. En su defensa, estos críticos podrían invocar pruebas como la siguiente:
Ahora bien, nótese que Néstor Kirchner en ningún momento dice ser menemista. Sólo sostiene que Menem había sido el mejor presidente desde Perón (sobre todo por su apoyo financiero a las provincias patagónicas, lo cual implicaría que Cristina se equivoca al decir que Santa Cruz no recibió tal apoyo). Por lo demás, hasta el momento en que Kirchner hizo esa afirmación, ni Néstor ni Cristina habían sido presidentes: hoy seguramente habría dicho algo completamente diferente.
Finalmente, ¿qué significa ser menemista? ¿Elogiar a Menem, por razones de principio o de oportunismo político? ¿Qué es mejor, o peor? Hernán Brienza, una vez más, tiene razón: no nos merecemos a Cristina.
lunes, 3 de marzo de 2014
La Ontología de Brienza
Hernán Brienza es un verdadero hombre del Renacimiento, como se solía decir en otra época. No sólo es un historiador de fuste y un escritor de renombre internacional, amén de haber logrado que nos sintiéramos contritos por remordimientos de ingratitud ya que no nos merecemos a Cristina (lo que vos te merecés) y haber revolucionado el pensamiento jurídico-político mediante una nueva teoría de la responsabilidad que explica por qué Milani no puede ser responsable de violación de derechos humanos alguna (la ley de Brienza y big bang Brienza), sino que ahora ha decidido incursionar en la disciplina filosófica de la ontología para explicar por qué él mismo no es un vil adulador como muchos suponen sino un pensador integral.
En efecto, parafraseando al personaje de John Gielgud en la película "Arturo", parecería a primera vista que si la adulación fuera deporte olímpico Brienza habría hecho orgulloso a su país en innumerables ocasiones, habría sido algo así como el Sergei Bubka argentino.
Brienza en su habitual columna dominical en Tiempo Argentino reconoce, sin embargo, que “el ‘relato’ kirchnerista, …, ha sufrido algunas contradicciones en las últimas semanas”. Es más, sostiene que “no siento ninguna simpatía por las medidas” últimas tomadas por el Gobierno: “Ni [por los supuestos funcionarios corruptos ni por] la devaluación… ni la devolución de los trenes a las empresas privadas –sobre todo después de la millonaria inversión que hizo el Estado para que ahora un par de empresas vendan pasajes y cobren subsidios– ni por la toma de deuda”.
Es precisamente por eso que Brienza ahora incursiona en el ámbito de la ontología para impedir que su obstinada militancia sea vista como vil adulación u obsecuencia: “En términos ontológicos, el 'ser' no se define por una etapa determinada de su existencia”. Nos imaginamos el interés que semejante opinión despertará entre los filósofos, particularmente los que se dedican a la discusión sobre el ser en tanto que ser, la rama filosófica más distinguida y de mayor prosapia. Se trata de uno de los desafíos que tanto le gustan a Brienza.
La teoría de Brienza entonces consiste en que por más que Cristina devalúe, ajuste, se endeude, designe personas acusadas de violaciones de derechos humanos, haya designado a Boudou, etc., semejantes acciones sólo son "una etapa determinada de su existencia", y no forman parte del "ser" kirchnerista en sentido estricto.
Ahora bien, no es fácil asir la ontología briencista, y no podría ser de otro modo. A primera vista la mención de una "etapa" parece sugerir una velada referencia al barco de Neurath, que abandona todo soporte o fundacionalismo para proponer una teoría coherentista, del mismo modo que un barco sigue siendo el mismo a pesar de que al llegar a puerto ha cambiado completamente todos sus componentes. Para muchos el kirchnerismo está haciendo precisamente eso al devaluar, ajustar, designar a Milani, etc., pero un barco kirchnerista que llegara a puerto con semejantes partes, seguiría dando que hablar (v.g. ¿no era que quienes deseaban una devaluación tenían que esperar a otro Gobierno?), y no es lo que Brienza precisamente tiene en mente.
En aras de la argumentación, vamos a suponer que la distinción de Brienza entre el ser y la existencia no es una evocación de la distinción heideggeriana entre el ser y el ente, porque si ése fuera el caso, evidentemente no habríamos entendido la nota en absoluto.
Los dos ejemplos que usa Brienza para ilustrar su complejo pensamiento ontológico ofrecen otras tantas concepciones. El primero: "El amor de una persona por otra no se define por un divorcio y una separación de bienes", sugiere una grave confusión por parte de Brienza. En efecto, cuando tiene lugar un divorcio (o la separación de bienes) no tiene sentido seguir hablando de amor. En la terminología de Brienza, ya no hay ser (amor) sino la nada (del amor). El segundo ejemplo: "la pata del perro no es el perro", no es menos confuso. Efectivamente, quien confundiera al perro con la pata cometería una sinécdoque, pero seguramente hasta el perro mismo convendría en que la pata es al menos parte del perro, y por eso no aprobaría que alguien deseara por ejemplo quitársela. Volviendo a Cristina, la devaluación, el ajuste, Boudou, Milani, etc., son parte de Cristina, aunque no todo por supuesto. Para que la ontología briencista funcione tendría que distanciar a Cristina de semejantes fenómenos en lugar de acercarlos.
Sin embargo, como fino pensador que es, Brienza quiso que sus lectores advirtieran que él deliberadamente los sometió a prueba, tal como lo hace en cada una de sus notas, al proponerles semejantes "arenques rojos" como se dice en inglés, es decir, señuelos o pistas falsas que sus lectores agradecen y esperan ansiosamente, ya que se sentirían irremediablemente ofendidos si Brienza les diera el proverbial pescado ontológico en lugar de la caña metafísica. Todo esto, en realidad, es muy fácil de percibir ya que Brienza, en la misma nota un poco más abajo se refiere a la "esencia" del kirchnerismo, lo cual descarta no sólo al barco de Neurath sino además a la sinécdoque. Todo lector de Brienza entonces podrá fácilmente advertir que lo que Brienza tenía en mente era la distinción entre la substancia o la esencia y los accidentes del kirchnerismo.
De ahí que la misma acción puede accidentalmente ser hereje o salvadora, dependiendo de quién sea la esencia o el autor. Hay algo en Cristina qua Cristina que explica por qué ella puede tomar medidas económicas ortodoxas, pero eso no lo convierte en ortodoxa en términos económicos. Y podrá haber designado a Milani Jefe del Ejército (o apoyar a gobernadores como Insfrán), sin que esto haga mella sobre su política de derechos humanos. En resumen, Cristina podrá cortar todas las flores, pero eso no detendrá la primavera, sólo porque se trata de Cristina. La esencia kirchnerista en otras palabras es nulla salus extra Cristinam.
Brienza no es un psicótico y se da cuenta de que a pesar de que el kirchnerismo no es sólo un relato sino una realidad substancial es rechazado "en la calle, los comercios, los bares". Todo realista no tiene otra alternativa que defender la realidad en estos casos y responsabilizar a los sujetos que se niegan a verla. La gente, estúpida o malvada, se deja llevar por los medios opositores (a los cuales Brienza, en otro gesto ennoblecedor, les reconoce "ironía y destreza").
A Brienza tampoco se le escapa que “el resultado de las elecciones de octubre pasado, sumado a la ausencia de la presidenta por cuestiones de salud y al horizonte de 2015 como relevo presidencial obligatorio, deja al kirchnerismo en una situación diferente a la que tenía en 2011”. La explicación de estos hechos no es otra que la mala suerte del kirchnerismo. La realidad está de su lado, nos ha dado los mejores gobiernos de la historia, viene equipado con un relato unificador, y sin embargo le fue mal en las elecciones y encima se le enfermó su líder político y espiritual. Como ya mencionamos, Brienza ya había explicado este fenómeno en su inmortal “no nos merecemos a Cristina” (lo que vos te merecés).
Sólo resta desear que alguien se encargue de coleccionar estas columnas dominicales y se asegure de que el paso del tiempo no impida que sean legadas a la posteridad.
domingo, 16 de febrero de 2014
Menos Calle, mejores Consejeros
Julián Álvarez, nuevo miembro del Consejo de la Magistratura—órgano creado fundamentalmente para mantener al poder judicial lejos de la política o en todo caso, como dice la Constitución Nacional (art. 114) para lograr un "equilibrio entre la representación de los órganos políticos resultante de la elección popular, de los jueces de todas las instancias y de los abogados de la matrícula federal" (amén de representantes académicos)—tiene la sinceridad de decir que su meta principal es “que los jueces hagan política a través de sus sentencias mirando al más débil” (click). Nuevamente, emerge el escepticismo kirchnerista acerca de la independencia del razonamiento judicial.
La crítica kirchnerista a la independencia del poder judicial oscila entre dos polos. Por un lado, la crítica consiste en que la independencia o neutralidad judicial es imposible. La idea es que los jueces no son agentes desinteresados, sino que son personas con un marcado compromiso político y actúan en consecuencia. De ahí que se les reproche a menudo que al controlar la constitucionalidad de las leyes los jueces tomen decisiones políticas a pesar de que carecen de representatividad política.
La falta de representatividad política de los jueces es clara, aunque proviene de una decisión del poder constituyente cuyo propósito es impedir que mayorías circunstanciales interfieran en las decisiones del poder judicial. Además, la crítica de la imposibilidad de la independencia judicial queda expuesta a una obvia réplica. Si la independencia judicial es imposible, es muy difícil de entender por qué Néstor Kirchner se enorgullecía de haber tomado distancia de su antecesor Carlos Menem al designar miembros reputados por su independencia, desde Lorenzetti hasta Zaffaroni, pasando por Argibay y Highton de Nolasco, todos los cuales han sido criticados por el kirchnerismo precisamente por su independencia.
Y si asumiéramos que los jueces se refieren hipócritamente a su independencia, quedaría la dificultad de que la idea misma de hipocresía en realidad es un homenaje a la idea de corrección normativa. Si la incorrección fuera imposible, la hipocresía también brillaría por su ausencia. ¿Qué sentido tendría ser hipócrita entre inmorales o entre personas que creen que la corrección es imposible? Nadie caería en la trampa, o habría que ser muy tonto para hacerlo.
Por el otro lado, el kirchnerismo a veces desplaza su crítica desde la imposibilidad de la neutralidad hacia su carácter indeseable. En efecto, cada vez que el kirchnerismo se identifica con el bien en una lucha contra el mal, exige que no seamos neutrales ante dicho conflicto, con lo cual el problema no es que sea imposible ser neutral sino que es inmoral, tal como el Dante famosamente sostiene en su Divina Comedia.
Ahora bien, no hay duda de que los jueces, como todos los demás mortales, tienen cierta ideología. La cuestión es si la presencia de ideología en los jueces justifica el escepticismo acerca de la independencia del razonamiento judicial. En realidad, toda crítica al comportamiento judicial supone la existencia de ciertas reglas o expectativas que suponemos que los jueces deben satisfacer, y que fácilmente puede ser reformuladas en términos de independencia o neutralidad. Por ejemplo, esperamos que los jueces sean independientes de las corporaciones. Pero esa misma expectativa se extiende seguramente a la política. ¿Acaso tendría sentido creer que la independencia frente a las corporaciones es posible y deseable, mientras que la independencia política no lo es? ¿Cuál sería la explicación de esa diferencia?
En realidad, quienes desconfían de la independencia judicial no suelen desconfiar de la posibilidad de una decisión judicial correcta. Si lo hicieran, deberían conformarse con cualquier decisión judicial, o tendrían razones para conformarse con decisiones que provinieran de una perinola o cualquier mecanismo completamente determinado por el azar.
Además, supongamos que, Dios no lo permita, el kirchnerismo desaparece del mapa electoral, y sólo quedan jueces kirchneristas, los que va a nombrar ahora Julián Álvarez. ¿Las eventuales decisiones de estos jueces kirchneristas, resabios del modelo dentro del nuevo mapa electoral, serían entonces consideradas como políticas por Álvarez, por ejemplo, cuando fueran objeto de un obvio ataque por parte de las nuevas mayorías políticas, o antes bien Álvarez diría en su defensa que “los jueces sólo cumplen con su tarea, que es hacer cumplir con el derecho?
En realidad, la idea misma de la crítica de una decisión judicial, por no decir el error de una sentencia, supone la existencia de decisiones correctas. Si no existieran decisiones correctas, no podría haber críticas, salvo la de expresar que el juez no hizo lo que uno esperaba.
En resumen, el escepticismo ante la independencia judicial no sólo oscila entre la imposibilidad y la inmoralidad de la independencia del poder judicial, sino que además de manera sorprendente cree que los jueces en el fondo son capaces de ser independientes pero sólo respecto de las corporaciones y que los jueces sólo deben hacer lo que quieren las mayorías circunstanciales.
La solución para una justicia deficiente como la nuestra es lograr que los jueces (y los consejeros que los designan) sean mejores, y no que hagan lo que quiere el poder ejecutivo. Y ojalá que la preocupación por los más débiles se extienda a los casos por corrupción pública, sin que importe quién gobierne, ya que se trata de los casos que más perjudican a los más débiles. La justicia política, por el contrario, lleva a procesos tales como el Juicio Final de Pluto:
La crítica kirchnerista a la independencia del poder judicial oscila entre dos polos. Por un lado, la crítica consiste en que la independencia o neutralidad judicial es imposible. La idea es que los jueces no son agentes desinteresados, sino que son personas con un marcado compromiso político y actúan en consecuencia. De ahí que se les reproche a menudo que al controlar la constitucionalidad de las leyes los jueces tomen decisiones políticas a pesar de que carecen de representatividad política.
La falta de representatividad política de los jueces es clara, aunque proviene de una decisión del poder constituyente cuyo propósito es impedir que mayorías circunstanciales interfieran en las decisiones del poder judicial. Además, la crítica de la imposibilidad de la independencia judicial queda expuesta a una obvia réplica. Si la independencia judicial es imposible, es muy difícil de entender por qué Néstor Kirchner se enorgullecía de haber tomado distancia de su antecesor Carlos Menem al designar miembros reputados por su independencia, desde Lorenzetti hasta Zaffaroni, pasando por Argibay y Highton de Nolasco, todos los cuales han sido criticados por el kirchnerismo precisamente por su independencia.
Y si asumiéramos que los jueces se refieren hipócritamente a su independencia, quedaría la dificultad de que la idea misma de hipocresía en realidad es un homenaje a la idea de corrección normativa. Si la incorrección fuera imposible, la hipocresía también brillaría por su ausencia. ¿Qué sentido tendría ser hipócrita entre inmorales o entre personas que creen que la corrección es imposible? Nadie caería en la trampa, o habría que ser muy tonto para hacerlo.
Por el otro lado, el kirchnerismo a veces desplaza su crítica desde la imposibilidad de la neutralidad hacia su carácter indeseable. En efecto, cada vez que el kirchnerismo se identifica con el bien en una lucha contra el mal, exige que no seamos neutrales ante dicho conflicto, con lo cual el problema no es que sea imposible ser neutral sino que es inmoral, tal como el Dante famosamente sostiene en su Divina Comedia.
Ahora bien, no hay duda de que los jueces, como todos los demás mortales, tienen cierta ideología. La cuestión es si la presencia de ideología en los jueces justifica el escepticismo acerca de la independencia del razonamiento judicial. En realidad, toda crítica al comportamiento judicial supone la existencia de ciertas reglas o expectativas que suponemos que los jueces deben satisfacer, y que fácilmente puede ser reformuladas en términos de independencia o neutralidad. Por ejemplo, esperamos que los jueces sean independientes de las corporaciones. Pero esa misma expectativa se extiende seguramente a la política. ¿Acaso tendría sentido creer que la independencia frente a las corporaciones es posible y deseable, mientras que la independencia política no lo es? ¿Cuál sería la explicación de esa diferencia?
En realidad, quienes desconfían de la independencia judicial no suelen desconfiar de la posibilidad de una decisión judicial correcta. Si lo hicieran, deberían conformarse con cualquier decisión judicial, o tendrían razones para conformarse con decisiones que provinieran de una perinola o cualquier mecanismo completamente determinado por el azar.
Además, supongamos que, Dios no lo permita, el kirchnerismo desaparece del mapa electoral, y sólo quedan jueces kirchneristas, los que va a nombrar ahora Julián Álvarez. ¿Las eventuales decisiones de estos jueces kirchneristas, resabios del modelo dentro del nuevo mapa electoral, serían entonces consideradas como políticas por Álvarez, por ejemplo, cuando fueran objeto de un obvio ataque por parte de las nuevas mayorías políticas, o antes bien Álvarez diría en su defensa que “los jueces sólo cumplen con su tarea, que es hacer cumplir con el derecho?
En realidad, la idea misma de la crítica de una decisión judicial, por no decir el error de una sentencia, supone la existencia de decisiones correctas. Si no existieran decisiones correctas, no podría haber críticas, salvo la de expresar que el juez no hizo lo que uno esperaba.
En resumen, el escepticismo ante la independencia judicial no sólo oscila entre la imposibilidad y la inmoralidad de la independencia del poder judicial, sino que además de manera sorprendente cree que los jueces en el fondo son capaces de ser independientes pero sólo respecto de las corporaciones y que los jueces sólo deben hacer lo que quieren las mayorías circunstanciales.
La solución para una justicia deficiente como la nuestra es lograr que los jueces (y los consejeros que los designan) sean mejores, y no que hagan lo que quiere el poder ejecutivo. Y ojalá que la preocupación por los más débiles se extienda a los casos por corrupción pública, sin que importe quién gobierne, ya que se trata de los casos que más perjudican a los más débiles. La justicia política, por el contrario, lleva a procesos tales como el Juicio Final de Pluto:
martes, 24 de diciembre de 2013
Big Bang Brienza
La Ley de Brienza es tan enjundiosa que con la sola entrada que le dedicamos hace poco ni siquiera empezamos a hacerle justicia (La Ley de Brienza).
Por ejemplo, nos olvidamos de señalar que mientras que en el pasado Diana Conti había ensayado una justificación para delitos comunes como el de corrupción cometidos por la causa (derecho penal para todxs) y Carta Abierta trataba de atenuar los efectos que tales delitos comunes podían tener sobre la imagen del Gobierno (Carta Abierta), Brienza va todavía mucho más lejos y propone su ley para esta vez acometer la ciclópea meta de mostrar cómo ni siquiera los delitos de lesa humanidad pueden hacer mella en el Gobierno.
Además, fieles al proverbio "dime cuál crees que es el descubrimiento más importante de la civilización occidental y te diré quién eres", creemos que mientras que para pensadores como Carl Schmitt el descubrimiento es el Estado y para Carlos Nino los derechos humanos, para Brienza, a juzgar por su subordinación de los DD.HH. al cristinismo, se trata de este último.
También habíamos pasado por alto la honestidad intelectual de Brienza de referirse a las "dudas que, por primera vez, generaba un acto de gobierno en aquellos que simpatizaban, militaban, apoyaban la administración kirchnerista". El hecho de que el caso Milani fuera el primero en generar tales dudas nos dice muchísimo no sólo sobre estos simpatizantes kirchneristas sino además sobre la entidad del caso.
Pero el hallazgo más extraordinario de la Ley de Brienza que pasamos por alto reside en las preguntas siguientes que Brienza se hace en la nota: "¿Mario Firmenich, Fernando Abal Medina y Norma Arrostito hubieran secuestrado a Pedro Eugenio Aramburu, por ejemplo, el día 16 de abril de 1996? ¿Von Wernich habría dejado de ser el Queque si se hubiera quedado en Concordia?". Brienza mismo tiene parte de responsabilidad en que hayamos omitido este hallazgo ya que debido quizás a su modestia él sostiene en la nota que "así formuladas las preguntas son... estúpidas". Sin duda, la modestia de un pensador insigne no es excusa para una pobre lectura de su obra, pero nuestros lectores estarán de acuerdo en que lectores como nosotros bien pudimos habernos confundido por la exagerada autocrítica de Brienza.
El punto es que escondida tras estas preguntas Brienza anuncia al mundo la defensa no sólo de la culpabilidad circunstancial, tal como habíamos visto, sino además la tesis pionera de lo que podríamos llamar culpabilidad contrafáctica. Con lo cual, para que un sujeto X fuera culpable de un acto Y según Brienza no es suficiente que X haga Y en un tiempo T (y por T entendemos el tiempo histórico por así decir de la acción) sino que además X tendría que haber hecho Y en T + 1 (es decir en un tiempo T posterior), tal como lo sugiere el ejemplo de Aramburu, y si nos apuran nos animamos a sugerir que la tesis sería aún más fascinante si agregara que la acción debería haber sido realizada en el pasado, i.e. X tendría que haber realizado la acción en T - 1.
En otras palabras, y para ilustrar la teoría de la culpabilidad de Brienza, para poder creer que Milani es culpable de haber cometido delitos de lesa humanidad, digamos en 1976, tendría que haber sido capaz de cometerlos contrafácticamente después de 1976, digamos en 1996 (o ahora para el caso), pero antes también, digamos en 1975, por no decir en todos los mundos posibles, tanto en términos temporales y nos animamos a agregar espaciales. Para dar otro ejemplo, para poder reprocharle a Hitler el Holocausto, no sólo tendría que haberlo cometido entre 1941 y 1945, como lo hizo, sino además, digamos, entre 1932 y 1939, y entre 1955 y 1960 (nos preguntamos si la conveniente muerte de Hitler en 1945 lo exonera entonces de la culpabilidad que Brienza llama "absoluta" y sólo permite que le imputemos entonces una culpabilidad circunstancial). Sea como fuere, notará el lector la influencia quizás de la física cuántica o de la teoría de cuerdas, probablemente el guiño implícito a la repercusión del personaje de Sheldon Cooper en "Big Bang Theory" (quienes tengan tiempo querrán ver al menos el primer minuto del clip siguiente).
Sin duda, la tesis brienzana de la culpabilidad, si bien es fascinante, parece ser algo laxa. Y no faltarán quienes como resultado de la Ley de Brienza propongan una tesis contrafáctica pero de la inocencia antes que de la culpabilidad, de tal forma que sólo podríamos estar seguros de que alguien es inocente no sólo si no cometió el acto en el tiempo real, sino que sólo lo estaremos si además jamás podría haber cometido el acto en el pasado (i.e. antes de su comisión efectiva) y en el futuro. Sin embargo, quienes se dedican al mundo de la teoría en todas sus manifestaciones estarán de acuerdo en que no podemos juzgar a una teoría por sus consecuencias, sino sólo por sus méritos. Ahora es el turno de nuestros lectores para que saquen sus propias conclusiones.
Por ejemplo, nos olvidamos de señalar que mientras que en el pasado Diana Conti había ensayado una justificación para delitos comunes como el de corrupción cometidos por la causa (derecho penal para todxs) y Carta Abierta trataba de atenuar los efectos que tales delitos comunes podían tener sobre la imagen del Gobierno (Carta Abierta), Brienza va todavía mucho más lejos y propone su ley para esta vez acometer la ciclópea meta de mostrar cómo ni siquiera los delitos de lesa humanidad pueden hacer mella en el Gobierno.
Además, fieles al proverbio "dime cuál crees que es el descubrimiento más importante de la civilización occidental y te diré quién eres", creemos que mientras que para pensadores como Carl Schmitt el descubrimiento es el Estado y para Carlos Nino los derechos humanos, para Brienza, a juzgar por su subordinación de los DD.HH. al cristinismo, se trata de este último.
También habíamos pasado por alto la honestidad intelectual de Brienza de referirse a las "dudas que, por primera vez, generaba un acto de gobierno en aquellos que simpatizaban, militaban, apoyaban la administración kirchnerista". El hecho de que el caso Milani fuera el primero en generar tales dudas nos dice muchísimo no sólo sobre estos simpatizantes kirchneristas sino además sobre la entidad del caso.
Pero el hallazgo más extraordinario de la Ley de Brienza que pasamos por alto reside en las preguntas siguientes que Brienza se hace en la nota: "¿Mario Firmenich, Fernando Abal Medina y Norma Arrostito hubieran secuestrado a Pedro Eugenio Aramburu, por ejemplo, el día 16 de abril de 1996? ¿Von Wernich habría dejado de ser el Queque si se hubiera quedado en Concordia?". Brienza mismo tiene parte de responsabilidad en que hayamos omitido este hallazgo ya que debido quizás a su modestia él sostiene en la nota que "así formuladas las preguntas son... estúpidas". Sin duda, la modestia de un pensador insigne no es excusa para una pobre lectura de su obra, pero nuestros lectores estarán de acuerdo en que lectores como nosotros bien pudimos habernos confundido por la exagerada autocrítica de Brienza.
El punto es que escondida tras estas preguntas Brienza anuncia al mundo la defensa no sólo de la culpabilidad circunstancial, tal como habíamos visto, sino además la tesis pionera de lo que podríamos llamar culpabilidad contrafáctica. Con lo cual, para que un sujeto X fuera culpable de un acto Y según Brienza no es suficiente que X haga Y en un tiempo T (y por T entendemos el tiempo histórico por así decir de la acción) sino que además X tendría que haber hecho Y en T + 1 (es decir en un tiempo T posterior), tal como lo sugiere el ejemplo de Aramburu, y si nos apuran nos animamos a sugerir que la tesis sería aún más fascinante si agregara que la acción debería haber sido realizada en el pasado, i.e. X tendría que haber realizado la acción en T - 1.
En otras palabras, y para ilustrar la teoría de la culpabilidad de Brienza, para poder creer que Milani es culpable de haber cometido delitos de lesa humanidad, digamos en 1976, tendría que haber sido capaz de cometerlos contrafácticamente después de 1976, digamos en 1996 (o ahora para el caso), pero antes también, digamos en 1975, por no decir en todos los mundos posibles, tanto en términos temporales y nos animamos a agregar espaciales. Para dar otro ejemplo, para poder reprocharle a Hitler el Holocausto, no sólo tendría que haberlo cometido entre 1941 y 1945, como lo hizo, sino además, digamos, entre 1932 y 1939, y entre 1955 y 1960 (nos preguntamos si la conveniente muerte de Hitler en 1945 lo exonera entonces de la culpabilidad que Brienza llama "absoluta" y sólo permite que le imputemos entonces una culpabilidad circunstancial). Sea como fuere, notará el lector la influencia quizás de la física cuántica o de la teoría de cuerdas, probablemente el guiño implícito a la repercusión del personaje de Sheldon Cooper en "Big Bang Theory" (quienes tengan tiempo querrán ver al menos el primer minuto del clip siguiente).
Sin duda, la tesis brienzana de la culpabilidad, si bien es fascinante, parece ser algo laxa. Y no faltarán quienes como resultado de la Ley de Brienza propongan una tesis contrafáctica pero de la inocencia antes que de la culpabilidad, de tal forma que sólo podríamos estar seguros de que alguien es inocente no sólo si no cometió el acto en el tiempo real, sino que sólo lo estaremos si además jamás podría haber cometido el acto en el pasado (i.e. antes de su comisión efectiva) y en el futuro. Sin embargo, quienes se dedican al mundo de la teoría en todas sus manifestaciones estarán de acuerdo en que no podemos juzgar a una teoría por sus consecuencias, sino sólo por sus méritos. Ahora es el turno de nuestros lectores para que saquen sus propias conclusiones.
lunes, 23 de diciembre de 2013
La Ley de Brienza
Hernán Brienza hace muy poco hizo un invalorable aporte para lograr un amplio consenso entre oficialistas y opositores al sostener que no nos merecíamos a Cristina (lo que vos te merecés). No contento con su contribución al avance de la filosofía política nacional, Brienza ayer decidió agregar al sayo de periodista militante el de filósofo moral y del derecho que podría cambiar el destino de la reflexión filosófica al menos de Occidente.
En efecto, en su nota de hoy en defensa del ascenso de Milani, Brienza desafía una dicotomía que hasta hoy imperaba sin oposición alguna en el territorio de la moral y del derecho, i.e. la dicotomía entre culpabilidad e inocencia, al introducir la noción de culpabilidad “acorde a las circunstancias”. Quizás quede más claro el lugar que ocupa la nueva noción de culpabilidad si la aplicamos al caso de Milani, tal como lo hizo Brienza, probablemente para ayudarnos a comprender mejor su desafiante e innovadora teoría.
En primer lugar, tenemos la inocencia colombina o absoluta. Brienza sostiene que si Milani fuera inocente, no habría controversia alguna. Pero la controversia misma sobre Milani, reconoce Brienza en otro de los gestos magnánimos que lo caracterizan, explica por qué “Nadie cree en su sano juicio que Milani es absolutamente inocente”. En otras palabras, Brienza, ferviente defensor del modelo kirchnerista, podría haber sostenido que Milani es inocente, pero no lo hizo.
Sería natural entonces suponer que, dada la vieja dicotomía inocencia-culpabilidad, como Milani no es inocente entonces no queda otra alternativa que sostener que Milani es culpable. Sin embargo, Brienza sostiene que “nadie puede afirmar que Milani es absolutamente culpable” [el subrayado es nuestro]. De ahí que para Brienza, Milani habite un limbo intermedio entre la culpabilidad absoluta y la inocencia absoluta, y este limbo designa lo que Brienza llama la culpabilidad “acorde a las circunstancias”. Esta culpabilidad circunstancial, huelga decirlo, es menor a la culpabilidad tradicional o absoluta, y permite que, v.g., el culpable sea ascendido a Teniente General.
Vale destacar que si bien la tesis de la culpabilidad “acorde a las circunstancias” es creación de Brienza, la magnanimidad de Brienza es tal que reconoce la inspiración que le brindó la siguiente cita de Balzac: “los principios no existen; lo único que existen son los hechos. No hay ni bien ni mal, ya que éstos son sólo circunstancias”. Envalentonado por su nueva categoría de culpabilidad, Brienza sostiene triunfante: “El problema, entonces, no está en qué haya hecho realmente Milani o Bergolglio o tantos otros durante la dictadura militar. La cuestión se encuentra en qué tan alto se ponga el listón del juicio, la exigencia moral, sobre las acciones, las conductas, y las decisiones de quienes vivieron aquellos años. Y utilizar una vara correcta para no andar cambiándola según las conveniencias políticas”.
Es sobre la base de estas consideraciones que nos tomamos el atrevimiento de formular “la ley de Brienza”, en homenaje a su creador: la culpabilidad circunstancial es inversamente proporcional al listón del juicio o exigencia moral.
Ahora bien, Brienza mismo, magnánimo que es, comprenderá que como ha sucedido en casi todos los casos de las grandes innovaciones en el campo de las ciencias sociales y humanas, la primera reacción es la del escepticismo y miedo al cambio (por no hablar del resentimiento por no haber sido nosotros los descubridores o innovadores), y de ahí que nos asalten las dudas siguientes:
1. ¿La culpabilidad circunstancial no podría ser llamada en realidad también inocencia circunstancial? ¿Se trata del famoso caso de las dos caras de la misma moneda?
2. ¿Acaso no toda culpabilidad es circunstancial, de tal forma que siempre evaluamos si las circunstancias justifican o no la acción realizada, y si lo hacen entonces el agente queda exonerado de responsabilidad, y si no, no? ¿No es entonces su tesis redundante, o peligrosamente apta para justificar lo injustificable, como la obediencia debida?
3. La culpabilidad circunstancial ¿elimina la vieja culpabilidad serpentina o absoluta o permite que esta última subsista, por ejemplo, para el caso de que los culpables no sean kirchneristas? Seguramente comprenderá Brienza que aunque los especialistas estén dispuestos a aceptar la ley de Brienza, no muchos compartirán entonces uno de sus corolarios: la culpabilidad circunstancial es directamente proporcional al compromiso del culpable con la causa kirchnerista (y a la infalibilidad de Cristina, por si hiciera falta aclararlo).
4. Si Brienza cree que no existen los principios, ¿cómo explica él que los principios parezcan ser aplicables para los culpables circunstanciales que desean estudiar en la UBA pero no para ser Jefe del Ejército?
5. ¿Cree Brienza que la frase “el pensamiento estratégico siempre sirve más para entender los hechos que la lógica binaria de malos contra buenos” se aplica entonces también a Videla, y que este último fue culpable sólo acorde a las circunstancias?
6. ¿Cree Brienza que la diferencia la hace la cantidad? ¿Un par de violaciones de DD.HH. no son comparables a un genocidio?
7. ¿O será acaso la edad del que comete la acción la clave, en cuyo caso, v.g., la juventud de Astiz también sería relevante?
8. ¿O la clave está en el lugar que ocupaba el sospechado al momento de cometer la acción? ¿Cómo explicar entonces que Milani hoy en día sostenga que no sabía en ese entonces que las desapariciones tenían lugar en la Argentina en absoluto? ¿Puede ser que este Wunderkind de la Inteligencia militar no se hubiera dado cuenta a esa temprana edad de lo que estaba pasando? ¿Tiene sentido hacer entonces una excepción por él? (el General tiene quien lo ascienda)
Quizás nos estamos tomando a Brienza demasiado en serio, ya que lo que hizo tal vez no fue sino parafrasear uno de los monólogos de Louis C. K. en el que el humorista distingue entre creencias "por supuesto" y creencias "tal vez", de tal forma que "por supuesto", está mal violar derechos humanos, pero "tal vez" si el sospechado es kirchnerista, entonces no está tan mal como parece. Si éste fuera el caso, entre irónicos no nos vamos a dar cornadas. Acá va el video:
En efecto, en su nota de hoy en defensa del ascenso de Milani, Brienza desafía una dicotomía que hasta hoy imperaba sin oposición alguna en el territorio de la moral y del derecho, i.e. la dicotomía entre culpabilidad e inocencia, al introducir la noción de culpabilidad “acorde a las circunstancias”. Quizás quede más claro el lugar que ocupa la nueva noción de culpabilidad si la aplicamos al caso de Milani, tal como lo hizo Brienza, probablemente para ayudarnos a comprender mejor su desafiante e innovadora teoría.
En primer lugar, tenemos la inocencia colombina o absoluta. Brienza sostiene que si Milani fuera inocente, no habría controversia alguna. Pero la controversia misma sobre Milani, reconoce Brienza en otro de los gestos magnánimos que lo caracterizan, explica por qué “Nadie cree en su sano juicio que Milani es absolutamente inocente”. En otras palabras, Brienza, ferviente defensor del modelo kirchnerista, podría haber sostenido que Milani es inocente, pero no lo hizo.
Sería natural entonces suponer que, dada la vieja dicotomía inocencia-culpabilidad, como Milani no es inocente entonces no queda otra alternativa que sostener que Milani es culpable. Sin embargo, Brienza sostiene que “nadie puede afirmar que Milani es absolutamente culpable” [el subrayado es nuestro]. De ahí que para Brienza, Milani habite un limbo intermedio entre la culpabilidad absoluta y la inocencia absoluta, y este limbo designa lo que Brienza llama la culpabilidad “acorde a las circunstancias”. Esta culpabilidad circunstancial, huelga decirlo, es menor a la culpabilidad tradicional o absoluta, y permite que, v.g., el culpable sea ascendido a Teniente General.
Vale destacar que si bien la tesis de la culpabilidad “acorde a las circunstancias” es creación de Brienza, la magnanimidad de Brienza es tal que reconoce la inspiración que le brindó la siguiente cita de Balzac: “los principios no existen; lo único que existen son los hechos. No hay ni bien ni mal, ya que éstos son sólo circunstancias”. Envalentonado por su nueva categoría de culpabilidad, Brienza sostiene triunfante: “El problema, entonces, no está en qué haya hecho realmente Milani o Bergolglio o tantos otros durante la dictadura militar. La cuestión se encuentra en qué tan alto se ponga el listón del juicio, la exigencia moral, sobre las acciones, las conductas, y las decisiones de quienes vivieron aquellos años. Y utilizar una vara correcta para no andar cambiándola según las conveniencias políticas”.
Es sobre la base de estas consideraciones que nos tomamos el atrevimiento de formular “la ley de Brienza”, en homenaje a su creador: la culpabilidad circunstancial es inversamente proporcional al listón del juicio o exigencia moral.
Ahora bien, Brienza mismo, magnánimo que es, comprenderá que como ha sucedido en casi todos los casos de las grandes innovaciones en el campo de las ciencias sociales y humanas, la primera reacción es la del escepticismo y miedo al cambio (por no hablar del resentimiento por no haber sido nosotros los descubridores o innovadores), y de ahí que nos asalten las dudas siguientes:
1. ¿La culpabilidad circunstancial no podría ser llamada en realidad también inocencia circunstancial? ¿Se trata del famoso caso de las dos caras de la misma moneda?
2. ¿Acaso no toda culpabilidad es circunstancial, de tal forma que siempre evaluamos si las circunstancias justifican o no la acción realizada, y si lo hacen entonces el agente queda exonerado de responsabilidad, y si no, no? ¿No es entonces su tesis redundante, o peligrosamente apta para justificar lo injustificable, como la obediencia debida?
3. La culpabilidad circunstancial ¿elimina la vieja culpabilidad serpentina o absoluta o permite que esta última subsista, por ejemplo, para el caso de que los culpables no sean kirchneristas? Seguramente comprenderá Brienza que aunque los especialistas estén dispuestos a aceptar la ley de Brienza, no muchos compartirán entonces uno de sus corolarios: la culpabilidad circunstancial es directamente proporcional al compromiso del culpable con la causa kirchnerista (y a la infalibilidad de Cristina, por si hiciera falta aclararlo).
4. Si Brienza cree que no existen los principios, ¿cómo explica él que los principios parezcan ser aplicables para los culpables circunstanciales que desean estudiar en la UBA pero no para ser Jefe del Ejército?
5. ¿Cree Brienza que la frase “el pensamiento estratégico siempre sirve más para entender los hechos que la lógica binaria de malos contra buenos” se aplica entonces también a Videla, y que este último fue culpable sólo acorde a las circunstancias?
6. ¿Cree Brienza que la diferencia la hace la cantidad? ¿Un par de violaciones de DD.HH. no son comparables a un genocidio?
7. ¿O será acaso la edad del que comete la acción la clave, en cuyo caso, v.g., la juventud de Astiz también sería relevante?
8. ¿O la clave está en el lugar que ocupaba el sospechado al momento de cometer la acción? ¿Cómo explicar entonces que Milani hoy en día sostenga que no sabía en ese entonces que las desapariciones tenían lugar en la Argentina en absoluto? ¿Puede ser que este Wunderkind de la Inteligencia militar no se hubiera dado cuenta a esa temprana edad de lo que estaba pasando? ¿Tiene sentido hacer entonces una excepción por él? (el General tiene quien lo ascienda)
Quizás nos estamos tomando a Brienza demasiado en serio, ya que lo que hizo tal vez no fue sino parafrasear uno de los monólogos de Louis C. K. en el que el humorista distingue entre creencias "por supuesto" y creencias "tal vez", de tal forma que "por supuesto", está mal violar derechos humanos, pero "tal vez" si el sospechado es kirchnerista, entonces no está tan mal como parece. Si éste fuera el caso, entre irónicos no nos vamos a dar cornadas. Acá va el video:
domingo, 22 de diciembre de 2013
El General tiene quien lo ascienda
Horacio Verbitsky publicó en Pagina 12 de hoy una nota muy interesante sobre la designación del General Milani como nuevo Jefe del Ejército. Verbitsky, con razón, sostiene que basar el ascenso de Milani en la presunción de inocencia no tiene mayor sentido. Ante la pregunta de por qué fue ascendido, la respuesta oficialista es algo así como: "no cometió ningún delito de lesa humanidad", o peor aún en realidad: "todavía no ha sido probado que lo haya cometido". Es como si a alguien le preguntáramos por qué, v.g., eligió cierto peluquero y la respuesta fuera "no cometió ningún delito de lesa humanidad", o peor aún en realidad: "todavía no ha sido probado que lo haya cometido". Se supone que ser Jefe del Ejército requiere cierta idoneidad profesional, intelectual y moral (tal como sucede, v.g., con un peluquero, y quizás incluso mayor), y que a toda la administración pública se le exige por ley que no tenga antecedentes penales. La discusión parece ser redundante.
Verbitsky también tiene razón al invocar mediante una referencia a Emilio Mignone que para ocupar el cargo uno deposita además cierta "confianza... política, no en el sentido partidario pero sí en el sentido institucional, por cuanto es en aquellos hombres en quienes se depositan las armas de la República y, con ello, la suerte de la vida y la libertad de los argentinos", por lo cual las declaraciones de Milani no nos habían despertado confianza alguna, tal como lo habíamos indicado (click). Por lo demás, Milani no tiene un talento natural para la inteligencia militar, a pesar de que pertenece a la misma, ya que alega no haber sabido de desapariciones durante su carrera bajo la dictadura militar.
No es menos apropiado el comienzo de la nota: "El ascenso del ahora teniente general César Milani es un grave error político", aunque las razones por las que Verbitsky cree que se trata de un error político no son muy convincentes. En efecto, según Verbitsky, "afirmar que ello invalida la política de derechos humanos de la última década revela un sesgo deliberado", y esto se debe a su vez a que "esa pretensión [de invalidar] no proviene de quienes han luchado por la memoria, la verdad y la justicia, sino de aquellos que siempre se opusieron o al menos fueron indiferentes a todo avance en esa dirección", como si la designación de Milani sólo fuera un error político. Tal como hemos repetido millones de veces, las violaciones de derechos humanos son lo suficientemente graves como para que la discusión sobre la autoridad moral de quién los invoca sea irrelevante. ¿Acaso toleraríamos semejantes crímenes sólo porque quienes denuncian su comisión no creen en los derechos humanos?
Finalmente, al Gobierno le queda un argumento para defender el ascenso de Milani. Según este argumento, en lugar de darle tanta importancia a la dimensión moral o las violaciones de derechos humanos, deberíamos tomar a Milani desde un punto de vista orgánico, total. Quizás Milani tenga varias virtudes que no han sido puestas sobre el tapete. Tal vez sea un gran conversador o un eximio jugador de tute. Es más, jamás alguien alegó que Milani haya cortado un rama, qué decir haber talado un árbol (un tema que alguna vez fue muy sensitivo para el Gobierno) o de haber espiado a alguien por teléfono.
Es natural que este argumento nos remita otra vez a aquella gran película de Mel Brooks, "Los Productores" (la original de 1968 con Zero Mostel y Gene Wildner, no la reciente "remake"), en la que los productores contratan a Franz Liebkind, el autor de "Primavera para Hitler", y el autor insiste en que la mala fama de Hitler sólo se debía a la propaganda aliada (a partir de 1:43'):
- No mucha gente sabía que el Führer era un gran bailarín.
- ¿En serio? Nunca siquiera soñé que...
- Eso es porque Ud. fue engañado por la propaganda aliada. Decían mentiras, mentiras! Pero nadie nunca dijo algo malo sobre Churchill. Churchill, con sus cigarros, su brandy, su pintura podrida. Hitler, él sí que era un pintor: podía pintar un departamento entero en una tarde, dos manos.
- Exactamente por eso...
- Déjenme que les diga esto: Hitler era más apuesto que Churchill, contaba chistes más graciosos...
- Exactamente por eso... queremos producir esta obra, para mostrarle al mundo el verdadero Hitler. El Hitler que Ud. amó, que Ud. conoció, el Hitler con una canción en su corazón. Aquí, firme aquí. Haga realidad su sueño.
- Aquí está "Primavera para Hitler", sellada, firmada y entregada. ¿Qué te pasa?
- No me importa el acuerdo, no voy a usar este brazalete.
Verbitsky también tiene razón al invocar mediante una referencia a Emilio Mignone que para ocupar el cargo uno deposita además cierta "confianza... política, no en el sentido partidario pero sí en el sentido institucional, por cuanto es en aquellos hombres en quienes se depositan las armas de la República y, con ello, la suerte de la vida y la libertad de los argentinos", por lo cual las declaraciones de Milani no nos habían despertado confianza alguna, tal como lo habíamos indicado (click). Por lo demás, Milani no tiene un talento natural para la inteligencia militar, a pesar de que pertenece a la misma, ya que alega no haber sabido de desapariciones durante su carrera bajo la dictadura militar.
No es menos apropiado el comienzo de la nota: "El ascenso del ahora teniente general César Milani es un grave error político", aunque las razones por las que Verbitsky cree que se trata de un error político no son muy convincentes. En efecto, según Verbitsky, "afirmar que ello invalida la política de derechos humanos de la última década revela un sesgo deliberado", y esto se debe a su vez a que "esa pretensión [de invalidar] no proviene de quienes han luchado por la memoria, la verdad y la justicia, sino de aquellos que siempre se opusieron o al menos fueron indiferentes a todo avance en esa dirección", como si la designación de Milani sólo fuera un error político. Tal como hemos repetido millones de veces, las violaciones de derechos humanos son lo suficientemente graves como para que la discusión sobre la autoridad moral de quién los invoca sea irrelevante. ¿Acaso toleraríamos semejantes crímenes sólo porque quienes denuncian su comisión no creen en los derechos humanos?
Finalmente, al Gobierno le queda un argumento para defender el ascenso de Milani. Según este argumento, en lugar de darle tanta importancia a la dimensión moral o las violaciones de derechos humanos, deberíamos tomar a Milani desde un punto de vista orgánico, total. Quizás Milani tenga varias virtudes que no han sido puestas sobre el tapete. Tal vez sea un gran conversador o un eximio jugador de tute. Es más, jamás alguien alegó que Milani haya cortado un rama, qué decir haber talado un árbol (un tema que alguna vez fue muy sensitivo para el Gobierno) o de haber espiado a alguien por teléfono.
Es natural que este argumento nos remita otra vez a aquella gran película de Mel Brooks, "Los Productores" (la original de 1968 con Zero Mostel y Gene Wildner, no la reciente "remake"), en la que los productores contratan a Franz Liebkind, el autor de "Primavera para Hitler", y el autor insiste en que la mala fama de Hitler sólo se debía a la propaganda aliada (a partir de 1:43'):
- No mucha gente sabía que el Führer era un gran bailarín.
- ¿En serio? Nunca siquiera soñé que...
- Eso es porque Ud. fue engañado por la propaganda aliada. Decían mentiras, mentiras! Pero nadie nunca dijo algo malo sobre Churchill. Churchill, con sus cigarros, su brandy, su pintura podrida. Hitler, él sí que era un pintor: podía pintar un departamento entero en una tarde, dos manos.
- Exactamente por eso...
- Déjenme que les diga esto: Hitler era más apuesto que Churchill, contaba chistes más graciosos...
- Exactamente por eso... queremos producir esta obra, para mostrarle al mundo el verdadero Hitler. El Hitler que Ud. amó, que Ud. conoció, el Hitler con una canción en su corazón. Aquí, firme aquí. Haga realidad su sueño.
- Aquí está "Primavera para Hitler", sellada, firmada y entregada. ¿Qué te pasa?
- No me importa el acuerdo, no voy a usar este brazalete.
domingo, 15 de diciembre de 2013
Lo que Vos te merecés
En su habitual columna de Tiempo Argentino hoy Hernán Brienza convoca a que nos hagamos ciertas “preguntas políticas existenciales”, “tras diez años de kirchnerismo: ¿Y si nada de lo hecho tuvo sentido? ¿Y si nada de lo hecho, si ningún esfuerzo, ninguna batalla, ninguna obra tuviera sentido haber sido realizada? ¿Y si, finalmente, este pueblo no se merece absolutamente nada más que ser vapuleado por el liberalismo conservador y los sectores dominantes?”. Nos da la impresión de que el credo que subyace a esta nota de Brienza es una paráfrasis de Forster (no Ricardo, sino E. M.): “si tuviera que elegir entre la democracia y el kirchnerismo, espero tener el coraje de elegir la democracia”.
En efecto, el tono derrotista de la nota nos recuerda aquel trágico desengaño político sufrido por Winston Churchill, a quien luego de haber llevado a Gran Bretaña a la victoria frente a la amenaza nazi, el muy ingrato pueblo británico le dio la espalda en las elecciones generales luego de la guerra, dándole a la vez la victoria al laborismo. Si Churchill fue abandonado por el pueblo británico, ¿cómo no iba a serlo Cristina por el argentino? A veces uno cree que el pueblo argentino, gaucho que es, jamás haría algo semejante, pero, como dice Brienza “la política es una tarea ingrata”. A todo esto, nos da la impresión de que Brienza dramatiza el resultado de las últimas elecciones, ya que parece olvidar que el kirchnerismo sigue siendo la fuerza política más importante del país. Que Brienza no se deje llevar por el antikirchnerismo, al menos por ahora.
Comprendemos el malestar de Brienza cuando declara que “Diez años, una ‘década ganada’ [el entrecomillado es original], para que millones y millones de argentinos bailen al compás de la conga hecha por un mentiroso desmesurado que envenena el alma de los argentinos los domingos a la noche”. En efecto, a pesar de que el Gobierno intentó apelar a la política pública imperial de opacar la mentira desmesurada con nuestra religión secular que es el fútbol, sin embargo ganó la mentira. Es una suerte que tengamos un estándar para distinguir cuándo los números le dan la razón a la verdad, como por ejemplo cuándo los millones votan al kirchnerismo, cuándo “de buenas a primeras millones de argentinos votan a un muchacho insustancial de risa prefabricada” (Brienza tuvo la entereza de no recordarnos que se trata del mismo “muchacho insustancial de risa prefabricada” que había manejado la ANSES y sido Jefe de Gabinete bajo el kirchnerismo, pero que después no tuvo mejor idea que presentarse a elecciones: click), y cuándo los millones siguen a la mentira del antikirchnerismo, como cuando por ejemplo ven a Lanata.
Quizás llame la atención que un defensor del discurso nacional y popular haga referencia a los “lúmpenes”, y de ese modo no sólo adquiera un tinte republicano aunque aristocrático y comparta la tesis teológico-reaccionaria sobre la naturaleza y existencia de la maldad humana (click). Aunque quizás no cabe designar de otro modo a quienes cometen delitos bajo un gobierno como el kirchnerista (click). Brienza, magnánimamente, sostiene que el problema no son sólo los lúmpenes o “saqueadores” y “los policías-delincuentes que robaron artículos del hogar” sino también “los gringos hijos de gringos que salieron a cazar motociclistas negros en Nueva Córdoba”. En otras palabras, el kirchnerismo tiene un gran Gobierno, pero su pueblo todavía no está a la altura, porque ante el primer descuido de dicho Gobierno se matan entre ellos: “Bastan unos minutos de negrura para que el argentino se convierta en lobo del argentino”. La referencia a la queja de Coriolano en la obra homónima de Shakespeare es obvia: "¿Qué es lo que pasa? / Que en varios lugares de la ciudad / Uds. gritan contra el Senado, quienes, / Bajo los dioses, los mantienen a uds. a raya, los cuales de otro modo / Se comerían los unos a los otros?"(I.i.181-5).
Entramos en un terreno más farragoso al leer que Brienza concede, per impossibile (al igual que Grocio, y otros antes que él, habían concedido la inexistencia de Dios para mostrar el absurdo de la inferencia según la cual la moral es arbitraria), que el matrimonio Kirchner pudo haber hecho millones de manera ilegal (la suposición no tendría sentido si hubiesen sido obtenidos de manera legal), para luego preguntarse: “¿qué sentido tuvieron esos millones? ¿No habría sido mejor para Néstor Kirchner haber dejado todo y mandarse a mudar al sur a disfrutar de esos millones?”. No queda claro si Brienza trata de sostener (a) no es que los Kirchner sean corruptos sino que son irracionales, o (b) los Kirchner son corruptos pero en aras de un fin noble. Mientras que (a) es contraproducente porque no queremos que nos gobiernen seres irracionales, (b) sugiere cierto maquiavelismo vulgar al que apelan sólo los desesperados cuando su posición es insostenible.
Finalmente, Brienza se hace una pregunta desgarradora: “¿se merecen los argentinos… un Néstor Kirchner?” (o, para el caso una Cristina Fernández, nos animamos a agregar). Como todo gran pensador, Brienza mediante una pregunta aparentemente simple o retórica en realidad plantea una deliciosa ambigüedad inherente a la noción de “merecimiento” y de paso da el puntapié inicial para que los argentinos podamos ponernos de acuerdo, ya que tanto kirchneristas como anti-kirchneristas responderían al unísono que no nos merecemos al kirchnerismo, y/o que el kirchnerismo no es fácil de reconciliar con la democracia. Por suerte, y por ahora, el kirchnerismo y la democracia siguen por el mismo camino.
En efecto, el tono derrotista de la nota nos recuerda aquel trágico desengaño político sufrido por Winston Churchill, a quien luego de haber llevado a Gran Bretaña a la victoria frente a la amenaza nazi, el muy ingrato pueblo británico le dio la espalda en las elecciones generales luego de la guerra, dándole a la vez la victoria al laborismo. Si Churchill fue abandonado por el pueblo británico, ¿cómo no iba a serlo Cristina por el argentino? A veces uno cree que el pueblo argentino, gaucho que es, jamás haría algo semejante, pero, como dice Brienza “la política es una tarea ingrata”. A todo esto, nos da la impresión de que Brienza dramatiza el resultado de las últimas elecciones, ya que parece olvidar que el kirchnerismo sigue siendo la fuerza política más importante del país. Que Brienza no se deje llevar por el antikirchnerismo, al menos por ahora.
Comprendemos el malestar de Brienza cuando declara que “Diez años, una ‘década ganada’ [el entrecomillado es original], para que millones y millones de argentinos bailen al compás de la conga hecha por un mentiroso desmesurado que envenena el alma de los argentinos los domingos a la noche”. En efecto, a pesar de que el Gobierno intentó apelar a la política pública imperial de opacar la mentira desmesurada con nuestra religión secular que es el fútbol, sin embargo ganó la mentira. Es una suerte que tengamos un estándar para distinguir cuándo los números le dan la razón a la verdad, como por ejemplo cuándo los millones votan al kirchnerismo, cuándo “de buenas a primeras millones de argentinos votan a un muchacho insustancial de risa prefabricada” (Brienza tuvo la entereza de no recordarnos que se trata del mismo “muchacho insustancial de risa prefabricada” que había manejado la ANSES y sido Jefe de Gabinete bajo el kirchnerismo, pero que después no tuvo mejor idea que presentarse a elecciones: click), y cuándo los millones siguen a la mentira del antikirchnerismo, como cuando por ejemplo ven a Lanata.
Quizás llame la atención que un defensor del discurso nacional y popular haga referencia a los “lúmpenes”, y de ese modo no sólo adquiera un tinte republicano aunque aristocrático y comparta la tesis teológico-reaccionaria sobre la naturaleza y existencia de la maldad humana (click). Aunque quizás no cabe designar de otro modo a quienes cometen delitos bajo un gobierno como el kirchnerista (click). Brienza, magnánimamente, sostiene que el problema no son sólo los lúmpenes o “saqueadores” y “los policías-delincuentes que robaron artículos del hogar” sino también “los gringos hijos de gringos que salieron a cazar motociclistas negros en Nueva Córdoba”. En otras palabras, el kirchnerismo tiene un gran Gobierno, pero su pueblo todavía no está a la altura, porque ante el primer descuido de dicho Gobierno se matan entre ellos: “Bastan unos minutos de negrura para que el argentino se convierta en lobo del argentino”. La referencia a la queja de Coriolano en la obra homónima de Shakespeare es obvia: "¿Qué es lo que pasa? / Que en varios lugares de la ciudad / Uds. gritan contra el Senado, quienes, / Bajo los dioses, los mantienen a uds. a raya, los cuales de otro modo / Se comerían los unos a los otros?"(I.i.181-5).
Entramos en un terreno más farragoso al leer que Brienza concede, per impossibile (al igual que Grocio, y otros antes que él, habían concedido la inexistencia de Dios para mostrar el absurdo de la inferencia según la cual la moral es arbitraria), que el matrimonio Kirchner pudo haber hecho millones de manera ilegal (la suposición no tendría sentido si hubiesen sido obtenidos de manera legal), para luego preguntarse: “¿qué sentido tuvieron esos millones? ¿No habría sido mejor para Néstor Kirchner haber dejado todo y mandarse a mudar al sur a disfrutar de esos millones?”. No queda claro si Brienza trata de sostener (a) no es que los Kirchner sean corruptos sino que son irracionales, o (b) los Kirchner son corruptos pero en aras de un fin noble. Mientras que (a) es contraproducente porque no queremos que nos gobiernen seres irracionales, (b) sugiere cierto maquiavelismo vulgar al que apelan sólo los desesperados cuando su posición es insostenible.
Finalmente, Brienza se hace una pregunta desgarradora: “¿se merecen los argentinos… un Néstor Kirchner?” (o, para el caso una Cristina Fernández, nos animamos a agregar). Como todo gran pensador, Brienza mediante una pregunta aparentemente simple o retórica en realidad plantea una deliciosa ambigüedad inherente a la noción de “merecimiento” y de paso da el puntapié inicial para que los argentinos podamos ponernos de acuerdo, ya que tanto kirchneristas como anti-kirchneristas responderían al unísono que no nos merecemos al kirchnerismo, y/o que el kirchnerismo no es fácil de reconciliar con la democracia. Por suerte, y por ahora, el kirchnerismo y la democracia siguen por el mismo camino.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Oh Rousseau, qué de Crímenes se cometen en tu Nombre!
Los saqueos de la semana pasada han traído a la luz otra contradicción rousseauniana del kirchnerismo (en otras palabras, no es la primera vez que pasa: Rousseau y el kirchnerismo). En efecto, por un lado, sobre todo en sus comienzos, el discurso kirchnerista adoptó una posición progresista sobre el delito según la cual el delito es esencialmente provocado por condiciones socioeconómicas defectuosas o antes bien radicalmente injustas. No hay criminalidad en el fondo que resista una redistribución equitativa del ingreso. Al final del camino, lo que subyace a esta concepción progresista del delito es que el ser humano es naturalmente bueno y la sociedad es la que lo lleva a delinquir. El tinte rousseauniano de esta posición es incandescente, al menos en relación al Rousseau del Segundo Discurso tal como se suele designar en la jerga, o Discurso sobre el Origen y el Fundamento de la Desigualdad entre los Hombres.
Sin embargo, a medida que la criminalidad se mostró mucho más inelástica de lo que debería a la luz de la inusitada redistribución equitativa del ingreso de la que el kirchnerismo suele jactarse, el kirchnerismo no tuvo otra alternativa que mudar ideológicamente en lo que atañe a su discurso penal, a menos si es que deseaba continuar jactándose de su redistribución del ingreso. Desde la Presidencia de la República para abajo, se convirtió en un lugar común atribuirle el crecimiento de la criminalidad al pobre desempeño de los jueces penales en su función punitiva.
Es obvio que el desplazamiento del énfasis desde el eje redistributivo o socioeconómico y el papel del Gobierno hacia la actividad de los jueces penales supone adoptar una perspectiva antropológica pesimista, por no decir lisa y llanamente reaccionaria, tal como comentábamos hace muy poco (Contra Rousseau, entre De Maistre y Nietzsche). Esta posición reaccionaria tiene entre sus más ilustres defensores a Joseph De Maistre, aquel célebre monarquista católico (por lo demás enemigo declarado de la democracia precisamente debido a su desconfianza en la naturaleza humana), aunque en nuestro país el más conocido representante de esta teoría antropológica hoy en día tal vez sea Eduardo Feinmann, probablemente autor de la teoría del “uno menos”.
Como era de esperar, los últimos saqueos parecen darle la razón al Gobierno. Quienes cometieron los delitos en cuestión son seres irremediablemente caídos y por lo tanto los que murieron como consecuencia de dichos saqueos bien merecido lo tienen, a juzgar por la posición oficialista. Quizás hablar de merecimiento suene muy fuerte, y convenga decir que según el oficialismo, quienes cometieron los saqueos perdieron el derecho a la vida que de otro modo le corresponde a todo ser humano (lo cual explica las dudas de Estela de Carlotto acerca de quiénes murieron y por qué: eso está por verse).
Es más, no sólo se trató de seres malvados sin más sino de malvados con aspiraciones políticas, ya que el objetivo final de los saqueos fue el de desestabilizar al Gobierno, como no podría ser de otro modo. Así como quienes protestaban en las calles en contra del Gobierno no eran sino destituyentes, qué cabía esperar de quienes hoy lisa y llanamente salen a la calle a cometer delitos. Quienes protestan en contra de este Gobierno y quienes cometen delitos bajo este Gobierno son destituyentes.
Aquí es que aventuramos otro punto de encuentro entre el Gobierno y Rousseau, no menos contradictorio que el señalado más arriba. En efecto, por un lado Rousseau creía que el ser humano era naturalmente bueno, pero por el otro creía que quien cometía un delito, al menos en una república rousseauniana, no sólo era un delincuente sino además un enemigo que se alzaba contra el contrato social: “todo malhechor que al atacar el derecho social se convierte por sus fechorías en rebelde y traidor a la patria, cesa de ser miembro de ella al violar sus leyes, e incluso le hace la guerra” (Del Contrato Social, I.5). Ciertamente, si el régimen político no es sino la encarnación de la moralidad, todo aquel que viole la ley bajo dicho régimen no es meramente un delincuente sino un enemigo del orden político en su conjunto. Así como Rousseau creía que su república iba a encarnar a la moralidad, el discurso kirchnerista parece creer otro tanto, como suele pasar.
Sin embargo, las proyecciones políticas de actos inmorales pueden terminar siendo un arma de doble filo. En efecto, nos hemos enterado de que “la Justicia investigará si hubo ‘un atentado contra el orden institucional’” (Página 12 de ayer). Para el Gobierno, ésta es, tememos, una bendición mixta, como suelen decir en inglés. Si la Justicia confirma que hubo semejante atentado contra la democracia, habría que ver cómo explica el Gobierno el hecho de que prefirió deslindar toda responsabilidad sobre los saqueos al sostener que la seguridad pública es de competencia puramente provincial cuando en realidad el orden democrático federal en su conjunto aparentemente estuvo en peligro durante los saqueos, tal como lo podría dictaminar la Justicia y el Gobierno mismo declara hoy en día a voz en cuello. Dejemos entonces que la causa decante y que el tiempo dé su veredicto.
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Contra Rousseau, o entre De Maistre y Nietzsche
La primera reacción del Gobierno ante los últimos acontecimientos que son de público conocimiento fue la de creer que se trataba de una cuestión salarial (ya lo habíamos dicho), y que precisamente por eso no iba a intervenir en ellos.
Pero ahora la posición oficial del Gobierno creemos representada por la Presidenta de la República es que se trató de un complot, una confabulación contra el Gobierno y por lo tanto un acto de naturaleza política (planificación). Suponemos que mediante esta última tesis el Gobierno trata de defender no sólo su cambio de opinión sino su muy pobre reacción ante dichos acontecimientos.
En realidad, hay dos grandes maneras de entender los acontecimientos. Ambas interpretaciones coinciden en que se trató de acontecimientos criminales, pero están en desacuerdo sobre la naturaleza del delito y quién lo cometió. Se trata de la antigua discusión sobre el delito en sí. Algunos toman el camino que podríamos llamar rousseauniano de creer que la explicación del delito es básicamente socio-económica: el ser humano es bueno, pero se ve forzado a cometer actos violentos debido a una pobre o muy pobre redistribución del ingreso.
Otros creen que la gente adolece de un pecado original o ha sufrido una caída como dice la teología, y por lo tanto comete actos malvados. Quizás el más famoso representante de esta interpretación sea Joseph De Maistre y por eso bien puede ser llamada “reaccionaria”. En sus Les Soirées de Saint-Pétersbourg De Maistre sostiene que « toda subordinación reposa sobre el verdugo ; (…). Quitad del mundo este agente incomprensible ; en el instante mismo el orden hace lugar al caos, … y la sociedad desaparece ». Seguramente De Maistre se apoya en sus reflexiones Du Pape en las que sostiene que « Quien ha estudiado suficientemente esta triste naturaleza, sabe que el hombre en general, si es reducido a sí mismo, es demasiado malvado para ser libre ».
Parecería que ninguna de las dos interpretaciones favorece al Gobierno. La tesis rousseauniana obviamente en lugar de defender al Gobierno es una condena inapelable: luego de diez años de crecimiento ininterrumpido, de índices económicos astronómicos, de recaudaciones fiscales siderales, ¿cómo explicar los saqueos? Obviamente, es por eso que el Gobierno dejó atrás la tesis de la discusión salarial (dado que el país creció tanto, es hora de pedir aumentos de salarios) para adoptar la tesis reaccionaria. El país está mejor que nunca económicamente, pero la gente, que es mala y murmura como dice el tango, comete delitos igual. Sin embargo, a De Maistre le habría llamado mucho la atención que alguien compartiera su tesis antropológica sin estar preparado precisamente para hacer frente a la maldad humana que subyace a esta tesis.
Además, invocar el carácter planificado de los acontecimientos es absurdo; en realidad, es una confesión de la propia incapacidad para hacer frente a la responsabilidad de lo político, que consiste precisamente en ofrecer por lo menos protección a cambio de obediencia. ¿Acaso el Gobierno sólo puede hacer frente al mal desorganizado o espontáneo? ¿O supone acaso el Gobierno que la maldad sólo opera espontáneamente, y sólo está preparado para hacer frente a hechos naturales o humanos espontáneos?
Sea como fuere, el Gobierno decidió seguir adelante con la Fiesta de la Democracia, impertérrito ante las muertes, y de ese modo estetizándolas (y no nos referimos precisamente a Moria Casán), quizás en defensa de la genealogía ante quienes creen que el origen de una institución es irrelevante para la comprensión actual de dicha institución. Nobleza obliga, el Gobierno prueba que en este caso Nietzsche tenía razón: "Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre—¡y también en la pena hay muchos elementos festivos" (La Genealogía de la Moral, II.6).
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Pensamiento nacional: ¿contradictorio o redundante?
En una nota publicada hoy en Tiempo Argentino, Norberto Galasso nos recuerda que hoy es el día del pensamiento nacional (click). Plenamente consciente de que expresión misma "pensamiento nacional" es fácil blanco de quienes creen que es una contradicción en sus términos, Galasso aclara que "las ideas no tienen nacionalidad. (...): las ideas, los pensamientos, las concepciones son producto de la acumulación lograda por el hombre a través de toda su historia, en distintos momentos y diversas épocas". Sería absurdo, por ejemplo, "rechazar la numeración arábiga o la romana porque no ha surgido en estas tierras?". Es más, nos permitimos agregar, el nacionalismo mismo es una creación alemana o francesa según se mire, pero nunca argentina.
Otro tanto sucede con el pensamiento "propio": un pensamiento es propio no cuando se origina en Argentina sino cuando le hace bien a la Argentina. El punto de Galasso entonces, tras la huella de John William Cooke, es que un pensamiento es nacional o propio no cuando se origina en una nación sino cuando es correcto, o apropiado, bueno para una nación, y dicha bondad consiste en una revolución que le permite a la nación en cuestión independizarse del dominio extranjero, entendiendo por "extranjero", especularmente, lo que le hace daño a la nación antes que aquello que se origina fuera de la nación. La cita de Cooke con la termina la cita Galasso es muy reveladora: "las ideas que sirven para el avance del país y la libertad del pueblo son nacionales".
Como ejemplo de culturas o pensamientos precisamente extranjeros o antinacionales en este sentido, i.e., desventajosos para la nación, Galasso ofrece el siguiente panorama:
"Bastaría recorrer la calle Santa Fe de esta ciudad Capital para encontrar negocios con nombres y anuncios en inglés, u observar atentamente los nombres de la mayoría de nuestros cines y teatros, para advertir sus nombres exóticos que, de tanto verlos, forman el escenario natural de nuestro paisaje. A pesar de haberse nacionalizado bastante en las últimas décadas, aún subsisten en el fútbol, por ejemplo, los relatores –e incluso los simples simpatizantes– que usan palabras como corner, hand o referee, como resabio de otros tiempos, ... o se da el caso común de canciones bailadas con letras no comprendidas. Asimismo, todavía escuchamos hablar de 'la puntualidad británica', 'del gentleman', (...). En algunos casos, esa extranjerización llegó a límites increíbles como el de Victoria Ocampo, quien sostuvo que al percibir una emoción, la expresaba en el papel en un poema en francés y luego se traducía ella misma al castellano, no obstante que su fortuna estaba ligada profundamente al humus de esta tierra que no sentía como propia".
Suponemos que Galasso preferiría que los bailes fueran al compás de canciones cuyas letras fueran comprendidas y que Galasso tampoco disfruta precisamente de la lectura de la cuenta de twitter de la Presidenta; quizás Galasso no tenga twitter por obvias razones. En cuanto a Victoria Ocampo, si hubiese hecho su fortuna en Francia, entonces sí podría haber expresado sus emociones en francés. Nos provoca curiosidad imaginar qué opina Galasso sobre la proliferación del inglés como lingua franca, incluso dentro del ámbito del conocimiento. Dicho sea de paso, algo nos dice que no somos los primeros en detectar la ironía de que un adalid del pensamiento nacional se llame John William Cooke; ya que estamos, hoy los diarios hablan de la fuga de un militar procesado por delitos de lesa humanidad llamado Alejandro Lawless (click).
A juzgar por otras consideraciones de Galasso acerca del "pensamiento dominante... expresado en los colegios, la nomenclatura de calles, plazas y ciudades, los medios de comunicación, 'la pedagogía de las estatuas', como lo llamaba Ricardo Rojas en su juventud, etcétera", la propia pedagogía de las estatuas del Gobierno nacional actual ha resultado insuficiente así como iniciativas tales como la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego (del cual suponemos Galasso forma parte), la acuñación del bello billete de cien pesos con la efigie de Evita, etc.
El problema es que si bien el pensamiento nacional, tal como lo entiende Galasso, puede evitar la acusación de ser contradictorio, una vez entendido como el pensamiento que le hace bien a la nación es muy difícil que pueda evitar ser catalogado como redundante. En efecto, sería muy extraño que alguien defendiera cierto pensamiento porque es malo para la nación. Quienes, por ejemplo, critican el cepo al dólar lo hacen porque creen que es nocivo para la economía argentina, y no faltarán quienes crean que a menudo quienes defienden el así llamado pensamiento nacional perjudican de ese modo a la nación. Además, quienes se oponen al pensamiento nacional suelen ser catalogados como antinacionales, y sería un pobre consuelo para quienes son catalogados de este modo recordarles que por antinacional entendemos "incorrecto", ya que el efecto político de ser considerado un enemigo de la nación suele ser considerable, incluso en nuestros días.
De todos modos, le deseamos al pensamiento que le hace bien a la nación un feliz día.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Primavera para Brienza
En una nota de hoy Hernán Brienza sostiene que la estrategia del Grupo Clarín respecto a la ley de medios representa el Curupaytí de Magnetto (click).
Incluso suponiendo que la metáfora es apropiada y que la tesis de la nota es correcta, nos llama poderosamente la atención el siguiente párrafo: "En la cabeza de muchos de los integrantes del Grupo, posiblemente, crean que cuando el kirchnerismo pase, Clarín quedará a la historia como el gran adalid de la Prensa libre. Nada más alejado de la verdad. El diario La Prensa, por ejemplo, no pudo evitar su decadencia luego del gobierno de Juan Domingo Perón, por ejemplo".
Si bien Brienza trata de defender a la democracia en contra de las corporaciones, en este caso trata de mostrar que la posición de Clarín es insostenible porque es irracional. Sin embargo el planteo de irracionalidad que Brienza le atribuye a Clarín trasluce una grave confusión conceptual por parte de Brienza.
En efecto, hablar de la "decadencia" de un diario es ambiguo. En primer lugar, puede ser que la decadencia en cuestión se refiera, por así decir, al vigor o poder del diario. ¿Se refiere Brienza al hecho de que a La Prensa le fue mal porque Perón la cerró? Si ésta es la posición de Brienza, y Brienza se considera peronista, es el primer peronista que se enorgullece de semejante hecho.
A ningún peronista le gusta que siquiera le recuerden la acción de Perón contra La Prensa, pero Brienza la reivindica (quizás esto prueba que Brienza no es peronista). Entendemos, ciertamente, que Brienza supone que la prensa libre es una contradicción en sus términos (su propia actividad periodística lo demuestra). Pero no podemos entender que Brienza crea que de ese modo defiende al kirchnerismo, y menos aún ante la opinión pública. Es como si un prestamista predijera que le va a romper las piernas a quien no le pagara la deuda. O aquel chiste judío en el que uno le dice al otro: "Me enteré de que se quemó tu negocio. Callate, la semana que viene".
La segunda alternativa gira alrededor de la idea de decadencia moral. ¿Será que Brienza acaso se refiere al hecho de que Perón estuvo bien al cerrar La Prensa dado que luego de haberla cerrado eso mismo provocó la decadencia del diario? Si ésta es la posición de Brienza, si infiere del mero hecho que X sea derrotado que X por lo tanto estaba equivocado, o al revés que X tenía razón porque había triunfado, es natural preguntarse qué habría dicho él sobre Alemania en 1941. De todas formas, nada le convendría a Clarín que lo comparen con La Prensa, en cualquiera de estos dos escenarios. Y la ley de medios, en lugar de ser su Curupaytí, sería precisamente su liberación de París.
Ojalá alguien pueda iluminarnos al respecto y sacarnos la duda. Mientras tanto, por alguna razón, la posición de Brienza nos hace acordar otra vez a aquella gran película de Mel Brooks, "Los Productores" o "Primavera para Hitler" (la original de 1968 con Zero Mostel y Gene Wildner, no la reciente "remake"), en la que un contador le hace saber a un productor fracasado de Broadway que podría hacer muchísimo más dinero con un fracaso que con un éxito vendiendo el 100 % de los ingresos del show a muchas personas, y luego quedándose con todo el dinero gracias al fracaso. De ahí que busca la peor obra (un musical llamado "Primavera para Hitler" en el que se cuenta el costado bueno de Hitler), con el peor director, los peores actores, hasta intenta sobornar al crítico del New York Times, para que la obra fracase. Pero la obra es tan mala que la gente cree que es una comedia y se convierte en un gran éxito, con lo cual los productores terminan en la cárcel. Aquí, la escena en que contratan al autor de la obra (ver por favor a partir de 37:20):
- Está usando un casco alemán.
- No digas nada que lo ofenda. Necesitamos esa obra.
- ¿Franz Liebkind?
- [con acento alemán] Nunca fui miembro del Partido Nazi, no soy responsable, sólo seguía órdenes. ¿Quiénes son Uds.? ¿Por qué me persiguen? Mis papeles están en orden. Amo a mi país adoptivo. ¿Qué quieren?
- Relájese Sr. Liebkind. No somos del gobierno. Vinimos a hablar con Ud. sobre su obra.
- ¿Mi obra? ¿Ud. quiere decir "Primavera para quien Ud. sabe?
- Sí.
- ¿QUÉ PASA CON ELLA?
- La amamos. Creemos que es una obra maestra. Por eso estamos aquí. Queremos producirla en Broadway.
- Oh alegría! Oh alegría de las alegrías! Sueño de los sueños! No lo puedo creer. Debo contarle a los pájaros. ¿Pájaros, escuchan? Voy a limpiar el nombre del Führer.
- Sr. Liebkind, por favor, la gente puede oírlo.
- Este no es un lugar para hablar. Vamos a mi departamento. Una ocasión así reclama schnapps.
- No mucha gente sabía que el Führer era un gran bailarín.
- ¿En serio? Nunca siquiera soñé que...
- Eso es porque Ud. fue engañado por la propaganda aliada. Decían mentiras, mentiras! Pero nadie nunca dijo algo malo sobre Churchill. Churchill, con sus cigarros, su brandy, su pintura podrida. Hitler, él sí que era un pintor: podía pintar un departamento entero en una tarde, dos manos.
- Exactamente por eso...
- Déjenme que les diga esto: Hitler era más apuesto que Churchill, contaba chistes más graciosos...
- Exactamente por eso... queremos producir esta obra, para mostrarle al mundo el verdadero Hitler. El Hitler que Ud. amó, que Ud. conoció, el Hitler con una canción en su corazón. Aquí, firme aquí. Haga realidad su sueño.
- Aquí está "Primavera para Hitler", sellada, firmada y entregada. ¿Qué te pasa?
- No me importa el acuerdo, no voy a usar este brazalete.
Incluso suponiendo que la metáfora es apropiada y que la tesis de la nota es correcta, nos llama poderosamente la atención el siguiente párrafo: "En la cabeza de muchos de los integrantes del Grupo, posiblemente, crean que cuando el kirchnerismo pase, Clarín quedará a la historia como el gran adalid de la Prensa libre. Nada más alejado de la verdad. El diario La Prensa, por ejemplo, no pudo evitar su decadencia luego del gobierno de Juan Domingo Perón, por ejemplo".
Si bien Brienza trata de defender a la democracia en contra de las corporaciones, en este caso trata de mostrar que la posición de Clarín es insostenible porque es irracional. Sin embargo el planteo de irracionalidad que Brienza le atribuye a Clarín trasluce una grave confusión conceptual por parte de Brienza.
En efecto, hablar de la "decadencia" de un diario es ambiguo. En primer lugar, puede ser que la decadencia en cuestión se refiera, por así decir, al vigor o poder del diario. ¿Se refiere Brienza al hecho de que a La Prensa le fue mal porque Perón la cerró? Si ésta es la posición de Brienza, y Brienza se considera peronista, es el primer peronista que se enorgullece de semejante hecho.
A ningún peronista le gusta que siquiera le recuerden la acción de Perón contra La Prensa, pero Brienza la reivindica (quizás esto prueba que Brienza no es peronista). Entendemos, ciertamente, que Brienza supone que la prensa libre es una contradicción en sus términos (su propia actividad periodística lo demuestra). Pero no podemos entender que Brienza crea que de ese modo defiende al kirchnerismo, y menos aún ante la opinión pública. Es como si un prestamista predijera que le va a romper las piernas a quien no le pagara la deuda. O aquel chiste judío en el que uno le dice al otro: "Me enteré de que se quemó tu negocio. Callate, la semana que viene".
La segunda alternativa gira alrededor de la idea de decadencia moral. ¿Será que Brienza acaso se refiere al hecho de que Perón estuvo bien al cerrar La Prensa dado que luego de haberla cerrado eso mismo provocó la decadencia del diario? Si ésta es la posición de Brienza, si infiere del mero hecho que X sea derrotado que X por lo tanto estaba equivocado, o al revés que X tenía razón porque había triunfado, es natural preguntarse qué habría dicho él sobre Alemania en 1941. De todas formas, nada le convendría a Clarín que lo comparen con La Prensa, en cualquiera de estos dos escenarios. Y la ley de medios, en lugar de ser su Curupaytí, sería precisamente su liberación de París.
Ojalá alguien pueda iluminarnos al respecto y sacarnos la duda. Mientras tanto, por alguna razón, la posición de Brienza nos hace acordar otra vez a aquella gran película de Mel Brooks, "Los Productores" o "Primavera para Hitler" (la original de 1968 con Zero Mostel y Gene Wildner, no la reciente "remake"), en la que un contador le hace saber a un productor fracasado de Broadway que podría hacer muchísimo más dinero con un fracaso que con un éxito vendiendo el 100 % de los ingresos del show a muchas personas, y luego quedándose con todo el dinero gracias al fracaso. De ahí que busca la peor obra (un musical llamado "Primavera para Hitler" en el que se cuenta el costado bueno de Hitler), con el peor director, los peores actores, hasta intenta sobornar al crítico del New York Times, para que la obra fracase. Pero la obra es tan mala que la gente cree que es una comedia y se convierte en un gran éxito, con lo cual los productores terminan en la cárcel. Aquí, la escena en que contratan al autor de la obra (ver por favor a partir de 37:20):
- Está usando un casco alemán.
- No digas nada que lo ofenda. Necesitamos esa obra.
- ¿Franz Liebkind?
- [con acento alemán] Nunca fui miembro del Partido Nazi, no soy responsable, sólo seguía órdenes. ¿Quiénes son Uds.? ¿Por qué me persiguen? Mis papeles están en orden. Amo a mi país adoptivo. ¿Qué quieren?
- Relájese Sr. Liebkind. No somos del gobierno. Vinimos a hablar con Ud. sobre su obra.
- ¿Mi obra? ¿Ud. quiere decir "Primavera para quien Ud. sabe?
- Sí.
- ¿QUÉ PASA CON ELLA?
- La amamos. Creemos que es una obra maestra. Por eso estamos aquí. Queremos producirla en Broadway.
- Oh alegría! Oh alegría de las alegrías! Sueño de los sueños! No lo puedo creer. Debo contarle a los pájaros. ¿Pájaros, escuchan? Voy a limpiar el nombre del Führer.
- Sr. Liebkind, por favor, la gente puede oírlo.
- Este no es un lugar para hablar. Vamos a mi departamento. Una ocasión así reclama schnapps.
- No mucha gente sabía que el Führer era un gran bailarín.
- ¿En serio? Nunca siquiera soñé que...
- Eso es porque Ud. fue engañado por la propaganda aliada. Decían mentiras, mentiras! Pero nadie nunca dijo algo malo sobre Churchill. Churchill, con sus cigarros, su brandy, su pintura podrida. Hitler, él sí que era un pintor: podía pintar un departamento entero en una tarde, dos manos.
- Exactamente por eso...
- Déjenme que les diga esto: Hitler era más apuesto que Churchill, contaba chistes más graciosos...
- Exactamente por eso... queremos producir esta obra, para mostrarle al mundo el verdadero Hitler. El Hitler que Ud. amó, que Ud. conoció, el Hitler con una canción en su corazón. Aquí, firme aquí. Haga realidad su sueño.
- Aquí está "Primavera para Hitler", sellada, firmada y entregada. ¿Qué te pasa?
- No me importa el acuerdo, no voy a usar este brazalete.
lunes, 28 de octubre de 2013
Esto no es una Interpretación
Edgardo Mocca tiene una gran virtud: a diferencia de Ricardo Forster, no suele usar media docena de adjetivos por sustantivo. Todo lo cual, facilita enormemente su lectura. Ciertamente, la adjetivación generosa puede ser muy apropiada, tal como nos lo recuerda el caso de Hobbes y su inmortal descripción de la vida en el estado de naturaleza en el capítulo XIII del Leviatán: "solitaria, pobre, horrible, bruta y corta (solitary, poor, nasty, brutish, and short)". Pero, precisamente, lo hace aquella única vez, no en cada oración.
La falta de adjetivación de Mocca, sin embargo, tiene otra virtud. Nos permite apreciar la extrema debilidad de su argumentación. No hace falta aclarar que se supone que cuando un profesor universitario escribe una nota para un diario sobre política, a pesar de que al hacerlo por supuesto expresa su opinión política, al menos se va a asegurar de no incurrir en contradicciones, y menos todavía una contradicción que va a poner en cuestión la totalidad de su argumentación, y quizás la totalidad de lo que ha venido defendiendo hace ya muchos años.
Leamos lo que ayer a la mañana Mocca publicara en Página 12: "En las horas posteriores al escrutinio de las elecciones de hoy asistiremos, con seguridad, a una intensa y fervorosa operación mediático-política dirigida a imponer una interpretación excluyente de sus resultados en términos de debilitamiento gubernamental y de la necesidad de construir una transición política hacia la apertura de un nuevo ciclo político en 2015. Claro está que esa interpretación, tanto como cualquier otra, no se desprende objetivamente de los hechos, sino que enuncia un programa de acción, una estrategia política".
En realidad, no hacía falta ser un científico especializado en cohetes para anticipar lo que era una obvia reacción, todo lo cual facilitó enormemente el pronóstico acertado de Mocca. Lo más notable, sin embargo, es que semejante apertura por parte de Mocca no sólo pone en duda la interpretación antikirchnerista sino además y fundamentalmente la propia interpretación de Mocca. Si una interpretación, "tanto como cualquier otra, no se desprende objetivamente de los hechos, sino que enuncia un programa de acción, una estrategia política", ¿qué razones tenemos para creer en la interpretación de Mocca?
Después de todo, Mocca no está explicando un fenómeno natural como un terremoto sino interpretando precisamente el resultado de una elección, y además, suponemos, cree tener razón ya que critica a la interpretación antikirchnerista precisamente porque es errónea, y no porque es antikirchnerista, creemos suponer. ¿O acaso Mocca cree que su defensa del kirchnerismo tiene sentido porque es su defensa, de Mocca, y no al revés? ¿Pensará Mocca que sus lectores deberán apoyar al kirchnerismo porque él lo apoya, o porque hay razones independientes del apoyo de Mocca, que son precisamente las que Mocca trata de compartir con sus lectores?
En fin, si un alumno del CBC cometiera semejante error en un examen, comprometería muy seriamente sus posibilidades de aprobarlo. Alguien dirá que no podemos ser tan exigentes con una nota de diario, ni con Mocca. Mocca usa sus notas periodísticas para darse un gusto, sacarse las ganas, no para al menos mínimamente argumentar en defensa de un proyecto político. Nuestra única respuesta ante tal escenario sería: no sabíamos, lástima que no nos avisaron antes. Aunque, para ser sinceros, Mocca bien podría replicar: ¿acaso no me habían leído antes? Y la respuesta tendría que ser sí: no podemos decir que no lo sabíamos: qué me importa tu pasado.
sábado, 28 de septiembre de 2013
¿Querés comer, enamorarte, pelearte, modificarte, vivir? Vení a la ESMA
En Página 12 de hoy, el SUM de la ESMA ataca de nuevo (click). El reportaje (a Paula Maroni, representante del gobierno nacional en el Espacio de la Memoria y a Leonardo Fossati, que representa a los organismos de derechos humanos en el directorio de la ex ESMA), parece salir de una película de Woody Allen sobre el Holocausto (por ejemplo, un curso de cocina judía en Auschwitz). Ya habíamos discutido el tema en otra ocasión (el SUM de la ESMA). Ahora, resaltemos algunas frases que llaman la atención:
- "El asadito o no asadito... bueno el asadito ya es un concepto". El daño que ha hecho el interpretativismo en las humanidades y ciencias sociales es difícil de apreciar.
- "cuando Néstor Kirchner entregó la ESMA ya se destinó para un Espacio para la Memoria y Promoción de los Derechos Humanos": como Kirchner lo hizo, entonces está bien.
- "lo bien que se hizo en saldar ese debate a pesar de lo que opinaban algunas víctimas. El Estado tiene que pensar por cuarenta millones de argentinos": creer que sólo una víctima puede oponerse a hacer de la ESMA un parque de diversiones es absurdo. ¿Sólo los que vivieron el Holocausto se oponen a hacer tours para enamorarse en Auschwitz?
- "No hacer nada no existe": precisamente, no hacer nada en la ESMA consiste HACER en que NO hagan, v.g., transmisiones de Dolina desde ahí.
- "No es una cosa o la otra. En el Casino de Oficiales se cuenta lo que allí sucedía y cómo era la maquinaria de muerte y al mismo tiempo, el mismo día, podés tener una actividad cultural, abierta, gratuita, que por ahí le da visibilidad a otra problemática de los derechos humanos como la violencia institucional o la trata": en la misma tarde te enterás de cómo torturaban gente y después ves una obra con títeres.
- "Es como la memoria, no es algo estático, a medida que se van sucediendo hechos, como los juicios, eso se va resignificando y va cambiando": si algún día vuelve el menemismo, entonces ponemos un shopping en la ESMA derecho viejo.
- "lo que no se podría hacer?: P.M.: –No se puede cobrar entrada": no todo está permitido: el asado es gratis. Es un alivio. Casi un chiste judío.
viernes, 20 de septiembre de 2013
La Honestidad de Moreno
Es muy curiosa la reacción del Ministro de Justicia Alak en relación al procesamiento del Secretario de Comercio Guillermo Moreno por abuso de autoridad en su capacidad de funcionario público. En efecto, en lugar de hacer honor a su condición de abogado y precisamente Ministro de Justicia criticando jurídicamente la decisión del juez, prefirió defender la honestidad de Moreno, como si lo que estuviera en juego fuera en todo caso un delito de corrupción y no las facultades legales de un funcionario (click). Sobre la crítica a la supuesta ocasión electoralista de la decisión judicial, no tiene mucho sentido. Nunca es tarde o temprano para procesar un delito. No es la primera vez que el kirchnerismo entiende al derecho penal de manera algo idiosincrásica (derecho penal para todos y todas).
Ahora bien, es comprensible que en medio de un Gobierno expuesto a tantas denuncias por corrupción, encontrar un funcionario que parece estar fuera de sospecha por corrupción es ciertamente un oasis para el mismo Gobierno. Sin embargo, la honestidad entendida en estos términos, i.e., comportamiento que no se guía por el dinero, tampoco es un gran reaseguro.
Ya habíamos visto que algunos sobre-estiman el comportamiento principista, y que en algunos casos incluso es mejor tratar con deshonestos que con gente de principios (click). Quizás Videla tampoco actuó por dinero, pero eso no nos hace cambiar nuestra opinión sobre él. La pregunta es si Moreno cometió o no el delito de abuso de autoridad; si además de ser Secretario de Comercio, su motivación última es comercial, es irrelevante para determinar si hubo o no delito.
Ni siquiera Johnny Sack hace todo por dinero, sino que reconoce que hay cosas que son sagradas, como el honor:
- Quiero que apruebes que liquidemos a Ralph Cifaretto.
- ¿Qué? ¿Me estás jodiendo?
- Violó el honor de mi esposa.
- ¿Ralph durmió con Ginny?
- La insultó, hizo una broma muy insensible sobre su cuerpo ante unos amigos nuestros.
- ¿Qué dijo?
- ¿Tengo que repetirlo? ¿Mi palabra no vale?
- No si lo querés liquidar por eso.
- Dijo que le sacaron un lunar de 40 kilos del culo. La implicación era que ella tiene un culo tan grande que le sacaron un lunar tan grande de ahí.
- Es un comentario subido de tono, altamente inapropiado. Si querés, voy a pedir que se le cobre un impuesto. ¿Pero liquidarlo?
- ¿Todo es sólo sobre el dinero?
- Lo voy a apretar bien fuerte. Le voy a pedir 200 de los grandes.
- ¿200 grandes por insultar a mi esposa? ¿Qué sigue, Carmine, se la puede coger por un millón?
- ¿Se la quiere coger?
- Estoy tratando de establecer un punto, estoy hablando del honor de mi esposa aquí, mi honor.
- Nosotros dependemos de este tipo. Hay millones de dólares en juego. No podemos darnos el lujo, Johnny.
- Una habitación llena de tipos burlándose de mi mujer, ¿y no me vas a dejar que lidie con eso?
- No de ese modo. Mi respuesta tiene que ser no.
Ahora bien, es comprensible que en medio de un Gobierno expuesto a tantas denuncias por corrupción, encontrar un funcionario que parece estar fuera de sospecha por corrupción es ciertamente un oasis para el mismo Gobierno. Sin embargo, la honestidad entendida en estos términos, i.e., comportamiento que no se guía por el dinero, tampoco es un gran reaseguro.
Ya habíamos visto que algunos sobre-estiman el comportamiento principista, y que en algunos casos incluso es mejor tratar con deshonestos que con gente de principios (click). Quizás Videla tampoco actuó por dinero, pero eso no nos hace cambiar nuestra opinión sobre él. La pregunta es si Moreno cometió o no el delito de abuso de autoridad; si además de ser Secretario de Comercio, su motivación última es comercial, es irrelevante para determinar si hubo o no delito.
Ni siquiera Johnny Sack hace todo por dinero, sino que reconoce que hay cosas que son sagradas, como el honor:
- Quiero que apruebes que liquidemos a Ralph Cifaretto.
- ¿Qué? ¿Me estás jodiendo?
- Violó el honor de mi esposa.
- ¿Ralph durmió con Ginny?
- La insultó, hizo una broma muy insensible sobre su cuerpo ante unos amigos nuestros.
- ¿Qué dijo?
- ¿Tengo que repetirlo? ¿Mi palabra no vale?
- No si lo querés liquidar por eso.
- Dijo que le sacaron un lunar de 40 kilos del culo. La implicación era que ella tiene un culo tan grande que le sacaron un lunar tan grande de ahí.
- Es un comentario subido de tono, altamente inapropiado. Si querés, voy a pedir que se le cobre un impuesto. ¿Pero liquidarlo?
- ¿Todo es sólo sobre el dinero?
- Lo voy a apretar bien fuerte. Le voy a pedir 200 de los grandes.
- ¿200 grandes por insultar a mi esposa? ¿Qué sigue, Carmine, se la puede coger por un millón?
- ¿Se la quiere coger?
- Estoy tratando de establecer un punto, estoy hablando del honor de mi esposa aquí, mi honor.
- Nosotros dependemos de este tipo. Hay millones de dólares en juego. No podemos darnos el lujo, Johnny.
- Una habitación llena de tipos burlándose de mi mujer, ¿y no me vas a dejar que lidie con eso?
- No de ese modo. Mi respuesta tiene que ser no.
viernes, 13 de septiembre de 2013
"La Década ganada del Indio Solari" (sic)
Por las dudas, aclaramos que el Indio Solari no es lo que se dice un favorito de La Causa. De hecho, jamás, creemos, lo hemos escuchado (estamos más cerca de otros géneros musicales, para qué negarlo). Sin embargo, eso no impide que analicemos las tesis causales señaladas en la nota. En efecto, no sólo la tesis central de la nota es extraordinaria, sino que sus argumentos no son menos sorprendentes.
Arranquemos, como corresponde, por el principio de la nota, en el cual se lee: "El camino que recorre este ícono del rock nacional desde 2004 con la banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado es muy diferente al que atravesó con el legendario grupo de rock Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota durante la década del 90 y comienzos del nuevo siglo, cuando el neoliberalismo provocó en el país una de las peores crisis económicas, políticas y sociales de la historia".
Esta primera consideración es al menos curiosa, ya que si tomáramos este camino deberíamos señalar que nunca le fue tan bien al rock argentino como durante la última dictadura militar. En realidad, salvo el caso de la democracia ateniense, es un verdadero tópico que el arte surge y crece en épocas de crisis y persecución. Pero, por las dudas, no vamos a entrar en detalles al respecto (no porque de ahí se sigue que las dictaduras son estéticamente preferibles, sino sobre todo porque si el tópico tuviera sentido, el kirchnerismo estaría en dificultades).
En segundo lugar, "a primera vista se destaca que ya no hay episodios violentos en los recitales, sino que son una fiesta popular que disfrutan varias generaciones de distintos estratos sociales", mientras que en Mar del Plata, en junio 1999, el Indio decía desde el escenario: “Es hora de que los que dicen estar preocupados por la situación dejen de echarle la culpa a una banda de rock o a un equipo de futbol” y, al despedirse advertía: “Ojo, cuídense, la calle está dura”. Habría que avisarle a Télam que las cosas pueden haber cambiado en los recitales del Indio, pero en el fútbol cada tanto muere alguien víctima de un homicidio, y de hecho todavía está prohibido el ingreso de visitantes. Irónicamente, a Télam quizás no llegan todos los cables. O quizás la omisión se deba al aprecio que la Presidenta siente por los barras bravas (click).
La tesis que sigue no es menos interesante: "Más allá de la crisis económica que atravesaba el país [N. de la R.: obviamente antes del kirchnerismo], los seguidores del grupo hacían lo imposible para ir a los recitales, que representaba un espacio de felicidad entre tanto dolor y amargura, y porque encontraban en el “Indio” un intérprete de sus problemas, aunque muchas de sus canciones no fuesen del todo claras y dispararan distintos significados". En otras palabras, antes la gente era feliz porque iba a ver estos shows para olvidarse de sus miserias, ahora van a verlo no por la felicidad de olvidar su miseria, sino que los shows les permite acordarse de lo felices que son. Este argumento omite decir que simplemente hay gente que sigue a esta banda con independencia de quién gobierna.
Sigamos: "otra característica importante de la evolución de este fenómeno es la reactivación de las economías regionales adonde se movilizan las más de 100.000 personas que concurren a los conciertos". Es hora de hacer justicia a la crisis del 2001 que obligó a tanta gente a hacer largas colas, v.g., en los consulados extranjeros, lo cual produjo pingües ganancias para los vendedores ambulantes. Es curioso así y todo que algunos insistan en que, a pesar de estos conciertos, el kirchnerismo arruinó las economías regionales y por eso perdió gran parte de sus antiguos electores. Quizás Solari deba dar más conciertos y más frecuentemente por el interior del país para compensar los efectos de la política económica estatal. Por lo demás, es digno de ser notado que en este punto es Solari el que ayuda al kirchnerismo, y en otros la relación causal es la inversa (el tenor general de la nota): es el kirchnerismo el que explica o ayuda a Solari.
En fin, no nos extrañaría que Solari fuera kirchnerista, y suspendemos nuestro juicio sobre el valor estético de su obra. Pero querer usarlo en apoyo del kirchnerismo, mediante semejantes argumentos, nos resulta incomprensible. En el futuro no van a poder creer que Télam era una agencia oficial en manos del kirchnerismo que trató de obrar a favor del Gobierno.
martes, 10 de septiembre de 2013
Lo único que necesitamos es Cultura
Hoy en su tapa, Página 12 usa un título elocuente: "La Redistribución de la Cultura". Con ese título el diario se refiere a la decisión presidencial de mudar la Secretaría de Cultura a la Villa 21. La presidenta, generosamente, sostuvo que no invoca beneficio de inventario alguno, a pesar de que recibió probablemente una pesada carga de su marido al sucederlo en el poder. Suponemos que es la única explicación posible de semejante idea ya que se trata de un gobierno que está en el poder hace diez años, un gobierno que según algunos es el mejor de la historia y que ha revolucionado la redistribución del ingreso en Argentina.
Fue tal la revolución que este Gobierno, como ya habíamos mencionado hace un año, duplicó la clase media argentina (click). Como habíamos visto, de hecho, el Gobierno se inspira en un informe del Banco Mundial (lo que no habíamos dicho entonces es que el BM se basa en datos provistos por fuentes del INDEC, para el cual el índice de pobreza en Argentina es inferior al de Noruega, ya que tenemos un 5 % de pobres). Según este informe del BM la clase media comienza, por así decir, con un ingreso de 10 dólares por día, y se extiende hasta los 50 dólares por día. Para no usar el cambio oficial, la clase media empieza a los 90 pesos por día, con lo cual quien gana 2700 pesos por mes es de clase media.
Vamos a parafrasearnos a nosotros mismos. Alguien que recibiera noventa monedas de un peso por día en la calle, supongamos de manera sostenida, entonces se convertiría en un miembro de la clase media según este estándar, en cuyo caso en Argentina puede haber gente que vive de la limosna y es de clase media. Estamos a un paso de la extraordinaria contradicción: pordioseros de clase media. Todavía no salimos del asombro que alguien crea que hay gente de clase media que no tiene trabajo, no paga impuestos, y vive de lo que el Estado puede ofrecerle. No vamos a referirnos al caso de los cuidacoches, ya que según este estándar Argentina podría llegar a tener cuidacoches ABC1 sobre todo los días de recitales en River o superclásicos. Si el delito subsiste, no puede ser debido a razones socio-económicas, sino a la vieja explicación teológica de la caída naturaleza humana.
De ahí que el Gobierno fácilmente pueda suponer que lo único que necesita la Villa 21 es una Secretaría de Cultura. Es más, la Presidenta puede ufanarse de que a la Villa 21 la cultura llegó antes que las cloacas y el agua potable. No hay dudas de que la Presidenta se podría hacer un picnic apelando a su comparación con Canadá o Australia, ya que allí no pueden ufanarse de la existencia de villas con Secretarías de Cultura en ellas, probablemente debido a que no hay villas (Good Morning Australia).
Quizás la Presidenta comparte la añoranza de los cuatro hombres de Yorkshire, para los cuales la pobreza no es un obstáculo para la felicidad; antes bien, es su condición de posibilidad:
Fue tal la revolución que este Gobierno, como ya habíamos mencionado hace un año, duplicó la clase media argentina (click). Como habíamos visto, de hecho, el Gobierno se inspira en un informe del Banco Mundial (lo que no habíamos dicho entonces es que el BM se basa en datos provistos por fuentes del INDEC, para el cual el índice de pobreza en Argentina es inferior al de Noruega, ya que tenemos un 5 % de pobres). Según este informe del BM la clase media comienza, por así decir, con un ingreso de 10 dólares por día, y se extiende hasta los 50 dólares por día. Para no usar el cambio oficial, la clase media empieza a los 90 pesos por día, con lo cual quien gana 2700 pesos por mes es de clase media.
Vamos a parafrasearnos a nosotros mismos. Alguien que recibiera noventa monedas de un peso por día en la calle, supongamos de manera sostenida, entonces se convertiría en un miembro de la clase media según este estándar, en cuyo caso en Argentina puede haber gente que vive de la limosna y es de clase media. Estamos a un paso de la extraordinaria contradicción: pordioseros de clase media. Todavía no salimos del asombro que alguien crea que hay gente de clase media que no tiene trabajo, no paga impuestos, y vive de lo que el Estado puede ofrecerle. No vamos a referirnos al caso de los cuidacoches, ya que según este estándar Argentina podría llegar a tener cuidacoches ABC1 sobre todo los días de recitales en River o superclásicos. Si el delito subsiste, no puede ser debido a razones socio-económicas, sino a la vieja explicación teológica de la caída naturaleza humana.
De ahí que el Gobierno fácilmente pueda suponer que lo único que necesita la Villa 21 es una Secretaría de Cultura. Es más, la Presidenta puede ufanarse de que a la Villa 21 la cultura llegó antes que las cloacas y el agua potable. No hay dudas de que la Presidenta se podría hacer un picnic apelando a su comparación con Canadá o Australia, ya que allí no pueden ufanarse de la existencia de villas con Secretarías de Cultura en ellas, probablemente debido a que no hay villas (Good Morning Australia).
Quizás la Presidenta comparte la añoranza de los cuatro hombres de Yorkshire, para los cuales la pobreza no es un obstáculo para la felicidad; antes bien, es su condición de posibilidad:
miércoles, 4 de septiembre de 2013
El Sum de la ESMA, otra vez
La carne es débil, dice el refrán, pero el asado es muy fuerte o tentador, a juzgar por la discusión que suscitó una nueva barbacoa en la ESMA. En respuesta al reclamo hecho por, v.g., Nora Cortiñas (Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora) sobre la banalización de la ESMA, la agrupación HIJOS insiste en que desea "resignificar" la ESMA "desde la alegría de estar vivos y dignos" (sobre la alegría en la ESMA, podemos referir a nuestros lectores a Dolina en la ESMA). Dado que ya habíamos comentado el primer episodio a las brasas a comienzos de este año (el SUM de la ESMA), repetimos la entrada en cuestión.
La intención parece ser buena: re-apropiarnos de la ESMA para que nunca más se cometan allí delitos de lesa humanidad. De ese modo, podemos reconvertir a la ESMA en un salón de usos múltiples, un centro de actividades dedicadas a la promoción y defensa de los derechos humanos. Sin embargo, la crítica reciente expresada por familiares de algunos desaparecidos e incluso, entendemos, por algunos ex-desaparecidos, es atendible. Queda especificar por qué, y la comparación con Auschwitz es muy útil al respecto.
Auschwitz, entendemos, se convirtió en una especie de museo muy sobrio. Una parte del campo quedó tal como estaba durante el Holocausto para dar testimonio de lo que pasó, cómo era la vida y la muerte en ese lugar. Pero no se hacen asados, ni brindis, ni tampoco se dictan seminarios, o representan obras artísticas, etc. De hecho, muy pocos desearían asistir allí a dichas actividades. Una vez entendido el testimonio, uno, suponemos, desea no quedarse más de lo necesario. Y si desea volver, es para volver a recibir dicho testimonio.
La razón es obvia: no hay ninguna necesidad de demostrar superioridad alguna sobre los nazis. La guerra que permitió detener el Holocausto no era una guerra entre iguales en sentido estricto. Jamás hubo partido, como se suele decir. La superioridad moral de un bando sobre el otro, al menos en lo atinente al Holocausto, era tal que impedía la idea misma de convertir a Auschwitz en un triunfo—la ceremonia que los romanos solían practicar cuando uno de sus generales vencía a un enemigo legítimo y regular. Un triunfo tiene lugar, o como se dice ahora, se festeja, sólo cuando el vencido es un par. Todo triunfo, a su modo, implica un reconocimiento del status del vencido.
Otro ejemplo que se nos ocurre ahora es la reconversión que los turcos hicieron de la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla luego de la caída de la ciudad, muy probablemente debido a que el cristianismo había hecho otro tanto con algunas mezquitas. En lugar de dejar a la iglesia tal como estaba, para mostrar lo que los musulmanes en ese momento habrían entendido que era una monstruosidad, se reapropiaron del lugar para convertirlo en exactamente lo contrario en cierto sentido, pero sin cambiar su status. Los dos polos comparten la escala en la que se miden. Hoy nos parece obvio que se trata de dos religiones, por distintas que sean.
Volviendo a la ESMA, la política oficial al respecto parece estar dirigida a festejar un triunfo, por lo cual es contraproducente. La reapropiación que va más allá del circunspecto testimonio es una manera de reconocer el status de quienes cometieron delitos de lesa humanidad. Desde un punto de vista moral y político es un sinsentido. Por si hiciera falta, ciertamente el problema con el brindis y el asado en la ESMA—más allá de las tenebrosas referencias de expresiones como “asado” y “parrilla” en dicho lugar—no es que hubo ingesta de alimentos y bebidas (aunque sería difícil de concebir un asado en Auschwitz, más allá de que quizás, quienes deban realizar una eventual tarea de mantenimiento allí tengan que alimentarse mientras tanto). El problema es que hubo una celebración, del tipo que fuera. En cierto sentido, es una victoria de quienes cometieron delitos de lesa humanidad, un reconocimiento absurdo. Y por lo tanto, una manera de negar la comisión de las violaciones de derechos humanos allí cometidas.
La intención parece ser buena: re-apropiarnos de la ESMA para que nunca más se cometan allí delitos de lesa humanidad. De ese modo, podemos reconvertir a la ESMA en un salón de usos múltiples, un centro de actividades dedicadas a la promoción y defensa de los derechos humanos. Sin embargo, la crítica reciente expresada por familiares de algunos desaparecidos e incluso, entendemos, por algunos ex-desaparecidos, es atendible. Queda especificar por qué, y la comparación con Auschwitz es muy útil al respecto.
Auschwitz, entendemos, se convirtió en una especie de museo muy sobrio. Una parte del campo quedó tal como estaba durante el Holocausto para dar testimonio de lo que pasó, cómo era la vida y la muerte en ese lugar. Pero no se hacen asados, ni brindis, ni tampoco se dictan seminarios, o representan obras artísticas, etc. De hecho, muy pocos desearían asistir allí a dichas actividades. Una vez entendido el testimonio, uno, suponemos, desea no quedarse más de lo necesario. Y si desea volver, es para volver a recibir dicho testimonio.
La razón es obvia: no hay ninguna necesidad de demostrar superioridad alguna sobre los nazis. La guerra que permitió detener el Holocausto no era una guerra entre iguales en sentido estricto. Jamás hubo partido, como se suele decir. La superioridad moral de un bando sobre el otro, al menos en lo atinente al Holocausto, era tal que impedía la idea misma de convertir a Auschwitz en un triunfo—la ceremonia que los romanos solían practicar cuando uno de sus generales vencía a un enemigo legítimo y regular. Un triunfo tiene lugar, o como se dice ahora, se festeja, sólo cuando el vencido es un par. Todo triunfo, a su modo, implica un reconocimiento del status del vencido.
Otro ejemplo que se nos ocurre ahora es la reconversión que los turcos hicieron de la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla luego de la caída de la ciudad, muy probablemente debido a que el cristianismo había hecho otro tanto con algunas mezquitas. En lugar de dejar a la iglesia tal como estaba, para mostrar lo que los musulmanes en ese momento habrían entendido que era una monstruosidad, se reapropiaron del lugar para convertirlo en exactamente lo contrario en cierto sentido, pero sin cambiar su status. Los dos polos comparten la escala en la que se miden. Hoy nos parece obvio que se trata de dos religiones, por distintas que sean.
Volviendo a la ESMA, la política oficial al respecto parece estar dirigida a festejar un triunfo, por lo cual es contraproducente. La reapropiación que va más allá del circunspecto testimonio es una manera de reconocer el status de quienes cometieron delitos de lesa humanidad. Desde un punto de vista moral y político es un sinsentido. Por si hiciera falta, ciertamente el problema con el brindis y el asado en la ESMA—más allá de las tenebrosas referencias de expresiones como “asado” y “parrilla” en dicho lugar—no es que hubo ingesta de alimentos y bebidas (aunque sería difícil de concebir un asado en Auschwitz, más allá de que quizás, quienes deban realizar una eventual tarea de mantenimiento allí tengan que alimentarse mientras tanto). El problema es que hubo una celebración, del tipo que fuera. En cierto sentido, es una victoria de quienes cometieron delitos de lesa humanidad, un reconocimiento absurdo. Y por lo tanto, una manera de negar la comisión de las violaciones de derechos humanos allí cometidas.
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