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domingo, 29 de mayo de 2016

Comprensión y Justificación en las Ciencias Sociales (otra Vez)



Todavía no salimos de nuestro asombro. Tiempo Argentino, el único medio que todavía rescataba del olvido a Hernán Brienza, el Max Weber argentino, se ha plegado a los medios corporativos y censurado su última nota. Nos hemos enterado de semejante decisión gracias a que El Mordisco lo hiciera público.

En esta segunda nota sobre la corrupción (sobre la primera véase Viva la Corrupción!) Brienza insiste en que nos debemos un debate sobre la corrupción y le responde a quienes le atribuyen la peregrina idea de querer justificar la corrupción que eso se debe a que “no tienen aprobado el nivel uno de lecto-comprensión del castellano”. Muchos de ellos, seguramente, tampoco habrían aprobado las tristemente célebres pruebas PISA.

¿A quién no le ha pasado, como a Brienza, que a pesar de estar gritando la verdad a los cuatro vientos, se da cuenta de que su audiencia no está a la altura de dicha verdad? A esto se suma que Brienza, aunque quisiera, no podría ser más claro ni tampoco ser más certero en sus precisiones. De hecho, nos imaginamos al bonachón de Brienza agarrándose la cabeza al grito de “no me entienden, estos tarados no me entienden”. Después de todo, Brienza no tiene la culpa de si sus lectores tienen defectos intelectuales, son iletrados o tienen grandes dificultades para comprender el castellano.

Es digna de ser destacada, sin embargo, la generosidad de Brienza en no darse por vencido y en intentar seguir ayudando a sus lectores menos aventajados. En efecto, y por si hiciera falta, en esta segunda nota Brienza insiste en que sus lectores no comprenden que su intención fue siempre la de “comprender”, jamás la “de justificar” la corrupción (tal vez en la misma línea de Pedro Brieger: Asesinatos y secuestros en el sentido neutro de la palabra).

Nosotros mismos no solo estamos lejos de poder eximirnos de las dificultades lecto-comprensivas del castellano denunciadas por Brienza (después de todo, hace tiempo que somos lectores de Brienza) sino que también estamos un poco cansados de tratar de explicar sus notas infructuosamente por lo general.

Sin embargo, vamos a hacer un último intento. Pero, como sabemos que Brienza no solo detesta a los ricos, sino además y fundamentalmente a los seguidores obsecuentes y lisonjeros, se nos ocurrió que en lugar de seguir riéndonos de sus detractores, siempre como abogados del Diablo (nunca mejor elegida la expresión) podríamos invocar una muy conocida cita de Leo Strauss en relación a la pura comprensión o descripción a-valorativa en ciencias sociales:

“La prohibición contra los juicios de valor en las ciencias sociales conduciría a la consecuencia de que se nos permite dar una descripción estrictamente fáctica de los actos de público conocimiento que pueden ser observados en los campos de concentración y quizás un análisis igualmente fáctico de la motivación de los actores involucrados: no se nos permitiría, sin embargo, hablar de crueldad. Todo lector de tal descripción que no fuera completamente estúpido vería, por supuesto, que las acciones descriptivas son crueles. La descripción fáctica sería, en verdad, una amarga sátira” (Natural Right and History, p. 52).

En otras palabras, ¿cómo pretende Brienza describir la corrupción de modo puramente fáctico o aséptico, i.e. sin provocar en sus lectores el mismo asco que la corrupción le provoca a él mismo? Parafraseando a Leo Strauss solo un estúpido dejaría de percibir en la más fáctica de las descripciones de un acto inmoral, precisamente, un acto inmoral. Pero allá Leo Strauss. Acá, Hernán Brienza.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Viva la Corrupción!



Por increíble que parezca, habíamos pensado que nuestros lectores se habían saturado de Hernán Brienza. Es por eso que hace un tiempo habíamos decidido interrumpir nuestra veneración por su obra (brienzana).

Sin embargo, de pronto, comenzaron a sonar los teléfonos de la redacción de la Causa de Catón, llovieron los comentarios en el blog, fuimos arrobados en twitter e incluso apareció la Catón-señal en el cielo (la legendaria "LCC": valga aclarar que el juicio por plagio que tenemos al respecto con la compañía de cable de Miramar, La Capital Cable, lo estamos ganando) para hacernos saber que Hernán Brienza había escrito otra de sus magníficas obras y que debíamos decir algo sobre el tema. Nuestros lectores, como siempre, nos demostraron que tienen razón: nadie puede haber tenido suficiente Hernán Brienza. Se trata de una personalidad inagotable.

En efecto, lo hemos visto en acción muchas veces, como un verdadero Sergei Bubka del periodismo intelectual y militante (a decir verdad, tal como consta en su página de wikipedia, se trata de un periodista que a la vez es escritor, politólogo, ensayista e historiador), que cada vez que se lo propone logra romper su récord anterior. De hecho, en su foja de servicios consta que ha sido un paladín de todas las causas justas. Para muestra bastan unos pocos botones: fue miembro numerario del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego (INRHAIMD), demostró que no nos merecíamos a Cristina (lo que vos te merecés), en ocasión de su exitosísima defensa de Milani no solo incursionó no menos exitosamente en la física cuántica (Big Bang Brienza) sino que además hizo añicos la distinción entre culpabilidad e inocencia (La Ley de Brienza), etc. 

En su última nota, la que provocara la más que justificada ira de nuestros lectores para con nosotros, Brienza acomete contra la idea misma de corrupción: “Los argentinos nos debemos un debate en serio sobre la corrupción” (¿Y si hablamos de corrupción en serio?). El intelecto de Brienza no podía dejar de percibir que dado que los grandes iconos de la cultura kirchnerista eran perseguidos por el popularmente denominado crimen de corrupción, bastaba con atacar la idea de corrupción para mostrar la irracionalidad e inmoralidad de dicha persecución. Como se suele decir, muerto el perro, se acabó la rabia. 

La primera tesis que esgrime Brienza al respecto es la de la imposibilidad. En efecto, Brienza argumenta que “No se puede robar un país. No se puede robar todo”. Ahora bien, la inteligencia de Brienza a veces podría jugarle en su contra. Habría que ver cuántos kirchneristas estarán de acuerdo en que el problema con la corrupción que se le atribuye al kirchnerismo es que es imposible. Es como si los nazis hubiesen alegado que es imposible cometer un genocidio de millones de personas. 

De hecho, algunos preferirán tomar el camino tradicionalmente moral de negar la posibilidad de que estadistas como Néstor y Cristina hayan cometido tales actos. Algunos destacados kirchneristas como Julia Mengolini, de hecho, prefieren tomar un camino alternativo (click), ya que si bien todavía creen que la corrupción es moral y jurídicamente reprochable, precisamente por eso tratan de mostrar que a pesar de la corrupción el legado kirchnerista es digno de ser reivindicado (atención, esto es bloguismo verdad en tiempo real: nos está llegando en este preciso momento por la cucaracha que Mengolini hace un tiempo que no paga la cuota y que en realidad a juzgar por su decisión de trabajar en Canal 13 ha dejado de pertenecer al club; ampliaremos). 

De todos modos, a Brienza no se le escapa que la tesis de la imposibilidad puede provocar un debate al interior del kirchnerismo y por eso propone un segundo argumento, el de la necesidad: “La corrupción está íntimamente ligada al financiamiento de la política”. En otras palabras, habiendo dicho primero que la corrupción (en todo caso en el grado atribuido a Néstor y a Cristina Kirchner) es imposible, luego Brienza sostiene que es imposible no ser corrupto si uno se dedica a la política y no tiene dinero. Más abajo lo dice más claramente: “Sólo son decentes los que pueden ‘darse el lujo’ de ser decentes”. Es con un hondo pesar que nos vemos en la obligación de recordar que este argumento, a diferencia del primero, no es exactamente original ya que había sido esgrimido por Diana Conti en televisión (Derecho penal para todxs).

El tercer argumento que da Brienza, suponemos que a mayor abundamiento y no porque los dos primeros no hayan cumplido su misión, es el de la extensión de la idea de corrupción: “Corrupción, también, es evadir impuestos, girar dólares al exterior, tener cuentas en paraísos fiscales, sean funcionarios públicos o privados, porque un presidente que años anteriores defraudó al fisco”. No somos quiénes para decirle a Brienza qué debe hacer o pensar, pero nos cuesta entender cómo este tercer argumento es una defensa del matrimonio Kirchner, sobre todo si Lázaro Báez, tal como se sospecha, no hizo su fortuna mediante una herencia, lotería o un emprendimiento como los de Bill Gates o Steve Jobs (No es lo que parece). 

Por alguna extraña razón (quizás, como dice el tango, “la gente es mala y murmura”), a pesar de su comprobada integridad moral e intelectual, Brienza se ve obligado a aclarar que “No se trata de defender la corrupción en esta nota”. Por si hiciera falta Brienza agrega que “Siento una repulsa moral, heredada de cierto ascetismo cristiano, respecto de la riqueza rápidamente adquirida” e incluso que “considero con Honoré de Balzac que ‘detrás de toda gran fortuna siempre hay un crimen’”. Es más, Brienza sostiene que “No todos somos corruptos”. Otra vez, nos preguntamos cómo se sentirá, v.g., Cristina al leer semejantes líneas. 

A esta altura no podemos dejar de hacer públicas nuestras dudas acerca del registro del discurso de Brienza. Cultores que somos de la ironía, albergamos la sospecha de que Brienza de un modo muy sutil parece estar riéndose de la fortuna de Lázaro Báez y por extensión del kirchnerismo. Habiendo dicho esto, nos vemos forzados a desmentir los rumores según los cuales Brienza trabaja para La Causa de Catón. Bien quisiéramos contar con semejante egregio miembro. 

Finalmente, habiendo dicho que la corrupción era imposible, Brienza termina con un grand finale: “La corrupción… democratiza de forma espeluznante a la política”. A esta altura, y como le debe pasar a varios de los lectores de este blog, ya no sabemos si Brienza está hablando en serio o en broma.

Ahora bien, la ironía brienzana alcanza su punto máximo cuando después de haber hecho pública su denuncia de la corrupción y aclarado que él mismo, a diferencia de los demás, no es corrupto, sostiene que “De lo que se trata en este texto es de comprender no de justificar”. Es difícil resistir la inferencia según la cual, como ya lo hiciera Mempo Giardinelli (Mejor Imposible), Brienza le está rindiendo un homenaje al personaje de Jack Nicholson en “Mejor Imposible”:



- "No soy un pendejo. Ud. lo es, no estoy juzgando. Soy un gran cliente. Este día ha sido un desastre"


Quizás el mensaje de la nota de Brienza sea que, parafraseando al gran Horacio (no al inmortal González, sino a ese otro mucho menos conocido, que tuviera su cuarto de hora en el Renacimiento y por supuesto en la Roma de Augusto), Brienza podrá haber perdido las elecciones, pero ganó la batalla más importante: la cultural e intelectual. Permítasenos entonces lanzar nuestra proclama patriótica en este 25 de mayo: “Viva la Corrupción!”

domingo, 15 de noviembre de 2015

No es lo mismo



La Causa de Catón, tal como lo muestra su nombre y su muy modesta trayectoria de un breve tiempo a esta parte, es un blog que defiende la causa republicana, esto es, la causa perdida. Sin embargo, en esta ocasión, en vísperas del primer debate presidencial de nuestra historia y a una semana de la segunda vuelta que definirá estas elecciones, nos complace enormemente anunciar públicamente que el candidato que apoyamos sin reservas no solamente representa acabadamente los ideales republicanos sino que tiene muchas probabilidades de triunfar.

Por si hiciera falta decirlo, ese candidato es Daniel Scioli. Nadie mejor que él representa decíamos el ideario republicano: el anti-personalismo y el combate contra la dependencia de las personas, la virtud cívica, la guerra contra la corrupción, la transparencia en la administración de los bienes públicos, el Imperio de la Ley, en fin, en una palabra, el principismo que no claudica aunque vengan degollando: siempre la misma posición.

Hace tiempo que queríamos hacer público nuestro apoyo, sobre todo debido a la insidiosa campaña llevada adelante por gente que se considera de izquierda, como por ejemplo el trotskismo, que trata de instalar maliciosamente en la opinión pública la idea según la cual Scioli y Macri, políticamente hablando, son básicamente lo mismo, y por lo tanto el voto en blanco es la mejor opción. Hablamos de “gente que se considera de izquierda” obviamente porque en nuestro país al menos la “ultra-izquierda”, como es de público conocimiento, es la posición de la Presidenta de la Nación.

Nuestra decisión de salir del clóset fue tomada esta misma mañana gracias a la nota que publicara Hernán Brienza, este modelo de intelectual comprometido, de integridad y desinteresado apego por las ideas. Nuestros lectores conocen nuestra debilidad por Brienza (dos botones de muestra: la Ley de Brienza y la Ontología de Brienza) y es por eso que, como se suele decir en inglés, vamos a sacar una hoja del libro de Brienza, por no decir que vamos a reproducir casi textualmente sus irrebatibles argumentos no tanto en contra de Macri, sino directamente a favor de Scioli.

Dicho sea de paso, nos permitimos inquirir acerca de por qué Brienza dice “Por qué no voto a Macri” (por qué no voto a Macri) en lugar de sostener a voz en cuello: “Por qué voto a Scioli”. Algún purista de la lógica podría sostener que del hecho que alguien no vote a Macri no se sigue necesariamente que deba votar a Scioli. Sin embargo, vamos a concederle esa premisa a Brienza y vamos a reformular sus argumentos a favor de Scioli.

1. “La primera razón es estrictamente afectiva”. “Todos los votos son de tipo afectivo, a no engañarse”. Los que votan a Scioli, entonces, “lo hacen o porque son como él o porque les gustaría ser como él”. Que nos perdone Horacio González, pero a nosotros “nos gusta lo que Scioli significa en términos sociales, culturales, económicos y políticos”. Además, los "funcionarios y seguidores" de Scioli nos representan personalmente.

2. A diferencia de lo que sucede con Macri y su familia, jamás un miembro de la familia Kirchner generó su riqueza "a costa del Estado argentino”, ni se benefició del régimen económico de la última dictadura militar.

3. La de Scioli en la Provincia de Buenos Aires ha sido la mejor gestión de la rica historia que tiene la Provincia (como bien dijera Hebe de Bonafini: "hizo mierda la provincia, pero hay que votarlo sí o sí"; no entendemos el "pero" en esta proposición, aunque estamos totalmente de acuerdo con ella). De hecho, precisamente debido a sus administraciones, el peronismo jamás ha sido derrotado en dicha Provincia en elecciones libres y democráticas y no lo será, al menos en la medida en que no tenga lugar un cataclismo como una dictadura militar.

4. A diferencia de lo que sucede con el macrismo, el kirchnerismo jamás estuvo infectado por economistas liberales ni por miembros de la así llamada “Alianza”, verdadero símbolo del fracaso a finales de los noventa, a los que no nadie quiere volver.

5. En cuanto al plan económico, quizás sea nuestra única duda. No tenemos idea de si Scioli va a llevar adelante un plan menemista, kirchnerista, o sciolista, quizás más sciolista que nunca como le gusta decir a nuestro candidato.

La cuestión es que Scioli no es lo mismo que Macri: "hay gente que trata de confundirnos pero tenemos corazón que no es igual, lo sentimos... es distinto".


martes, 27 de octubre de 2015

¿Y si nada de lo hecho tuvo sentido?



Cuando nos proponíamos analizar el resultado de las elecciones en la Provincia de Buenos Aires nos acordamos de una nota extraordinaria escrita por Hernán Brienza el 15 de diciembre de 2013 en la cual, para nuestro asombro, (casi) sin tener que cambiarle una sola coma, anticipa y explica lo sucedido ayer en la Provincia de Buenos Aires. A continuación, la entrada de nuestro blog correspondiente a dicha nota (lo que vos te merecés):

En su habitual columna de Tiempo Argentino hoy Hernán Brienza convoca a que nos hagamos ciertas “preguntas políticas existenciales”, “tras diez años de kirchnerismo: ¿Y si nada de lo hecho tuvo sentido? ¿Y si nada de lo hecho, si ningún esfuerzo, ninguna batalla, ninguna obra tuviera sentido haber sido realizada? ¿Y si, finalmente, este pueblo no se merece absolutamente nada más que ser vapuleado por el liberalismo conservador y los sectores dominantes?”. Nos da la impresión de que el credo que subyace a esta nota de Brienza es una paráfrasis de Forster (no Ricardo, sino E. M.): “si tuviera que elegir entre la democracia y el kirchnerismo, espero tener el coraje de elegir la democracia”.

En efecto, el tono derrotista de la nota nos recuerda aquel trágico desengaño político sufrido por Winston Churchill, a quien luego de haber llevado a Gran Bretaña a la victoria frente a la amenaza nazi, el muy ingrato pueblo británico le dio la espalda en las elecciones generales luego de la guerra, dándole a la vez la victoria al laborismo. Si Churchill fue abandonado por el pueblo británico, ¿cómo no iba a serlo Cristina por el argentino? A veces uno cree que el pueblo argentino, gaucho que es, jamás haría algo semejante, pero, como dice Brienza “la política es una tarea ingrata”. A todo esto, nos da la impresión de que Brienza dramatiza el resultado de las últimas elecciones, ya que parece olvidar que el kirchnerismo sigue siendo la fuerza política más importante del país. Que Brienza no se deje llevar por el antikirchnerismo, al menos por ahora.

Comprendemos el malestar de Brienza cuando declara que “Diez años, una ‘década ganada’ [el entrecomillado es original], para que millones y millones de argentinos bailen al compás de la conga hecha por un mentiroso desmesurado que envenena el alma de los argentinos los domingos a la noche”. En efecto, a pesar de que el Gobierno intentó apelar a la política pública imperial de opacar la mentira desmesurada con nuestra religión secular que es el fútbol, sin embargo ganó la mentira. Es una suerte que tengamos un estándar para distinguir cuándo los números le dan la razón a la verdad, como por ejemplo cuándo los millones votan al kirchnerismo, cuándo “de buenas a primeras millones de argentinos votan a un muchacho insustancial de risa prefabricada” (Brienza tuvo la entereza de no recordarnos que se trata del mismo “muchacho insustancial de risa prefabricada” que había manejado la ANSES y sido Jefe de Gabinete bajo el kirchnerismo, pero que después no tuvo mejor idea que presentarse a elecciones: click), y cuándo los millones siguen a la mentira del antikirchnerismo, como cuando por ejemplo ven a Lanata.

Quizás llame la atención que un defensor del discurso nacional y popular haga referencia a los “lúmpenes”, y de ese modo no sólo adquiera un tinte republicano aunque aristocrático y comparta la tesis teológico-reaccionaria sobre la naturaleza y existencia de la maldad humana (click). Aunque quizás no cabe designar de otro modo a quienes cometen delitos bajo un gobierno como el kirchnerista (click). Brienza, magnánimamente, sostiene que el problema no son sólo los lúmpenes o “saqueadores” y “los policías-delincuentes que robaron artículos del hogar” sino también “los gringos hijos de gringos que salieron a cazar motociclistas negros en Nueva Córdoba”. En otras palabras, el kirchnerismo tiene un gran Gobierno, pero su pueblo todavía no está a la altura, porque ante el primer descuido de dicho Gobierno se matan entre ellos: “Bastan unos minutos de negrura para que el argentino se convierta en lobo del argentino”. La referencia a la queja de Coriolano en la obra homónima de Shakespeare es obvia: "¿Qué es lo que pasa? / Que en varios lugares de la ciudad / Uds. gritan contra el Senado, quienes, / Bajo los dioses, los mantienen a uds. a raya, los cuales de otro modo / Se comerían los unos a los otros?"(I.i.181-5).

Entramos en un terreno más farragoso al leer que Brienza concede, per impossibile (al igual que Grocio, y otros antes que él, habían concedido la inexistencia de Dios para mostrar el absurdo de la inferencia según la cual la moral es arbitraria), que el matrimonio Kirchner pudo haber hecho millones de manera ilegal (la suposición no tendría sentido si hubiesen sido obtenidos de manera legal), para luego preguntarse: “¿qué sentido tuvieron esos millones? ¿No habría sido mejor para Néstor Kirchner haber dejado todo y mandarse a mudar al sur a disfrutar de esos millones?”. No queda claro si Brienza trata de sostener (a) no es que los Kirchner sean corruptos sino que son irracionales, o (b) los Kirchner son corruptos pero en aras de un fin noble. Mientras que (a) es contraproducente porque no queremos que nos gobiernen seres irracionales, (b) sugiere cierto maquiavelismo vulgar al que apelan sólo los desesperados cuando su posición es insostenible.

Finalmente, Brienza se hace una pregunta desgarradora: “¿se merecen los argentinos… un Néstor Kirchner?” (o, para el caso una Cristina Fernández, nos animamos a agregar). Como todo gran pensador, Brienza mediante una pregunta aparentemente simple o retórica en realidad plantea una deliciosa ambigüedad inherente a la noción de “merecimiento” y de paso da el puntapié inicial para que los argentinos podamos ponernos de acuerdo, ya que tanto kirchneristas como anti-kirchneristas responderían al unísono que no nos merecemos al kirchnerismo, y/o que el kirchnerismo no es fácil de reconciliar con la democracia. Por suerte, y por ahora, el kirchnerismo y la democracia siguen por el mismo camino.





domingo, 27 de septiembre de 2015

Espíritu al Portador



No es la primera vez que constatamos que Hernán Brienza es lo que en otra época habría sido denominado como un verdadero hombre del Renacimiento. No sólo es un historiador de fuste y un escritor por derecho propio, sino que nos ha hecho sentir contritos por remordimientos de ingratitud ya que no nos merecemos a Cristina (lo que vos te merecés), ha revolucionado el pensamiento jurídico-político mediante una nueva teoría de la responsabilidad que explica por qué Milani no puede ser responsable de violación de derechos humanos alguna (Big Bang Brienza y La Ley de Brienza), y ahora continúa con su muy exitosa incursión en la teoría filosófica.

En efecto, hace poco había recurrido a la ontología para explicar por qué él mismo no es un adulador como muchos suponen sino un pensador integral (La ontología de Brienza), y ahora desembarca en el ámbito de la filosofía hegeliana de la historia para entender la figura precisamente histórica de Cristina como un portador del espíritu del pueblo, por no decir del espíritu universal (click).

Brienza, con razón, sostiene que “[e]n los últimos años, los argentinos hemos podido ser testigos de la significación que tienen las características personales de los líderes en la construcción de la acción política”. ¿Hace falta decir que el sustento de esta afirmación es “la emergencia de Néstor Kirchner, con elementos únicos, y luego, claro, Cristina Fernández de Kirchner”? Nobleza obliga, habría que aclarar que la novedad del planteo de Brienza no consiste precisamente en el énfasis en la agencia individual para poder comprender la historia (suponemos de hecho que otros historiadores han afirmado algo semejante, por ejemplo, en relación al papel que desempeñó Hitler en el nazismo), sino en que Néstor y Cristina cumplen en nuestra época el papel de lo que Hegel denominaba eran los “portadores del espíritu”, siguiendo los pasos de, v.g., Sócrates, Jesús, quizás Lutero, y Napoleón, ciertamente en sus épocas respectivas.

Naturalmente, un pensador como Brienza no podía dejar de plantearse la gran cuestión metafísica. Dado que “Cristina Fernández de Kirchner se ha plantado disputando sin descanso a los grupos corporativos y los poderes económicos”, y que “no es lo mismo” que “las decisiones las tome la actual presidenta o que las tome otro actor o dirigente político”, entonces: “¿Qué particularidades tiene la presidenta que le permiten enfrentarse a los poderes reales?”. Después de todo, no todos los días los súper-poderes de una súper-heroína de ultra-izquierda mantienen a raya al capitalismo global.

Aquí es donde irrumpe el misterio del pensamiento de Brienza. Si la respuesta fuera que los súper-poderes provienen del voto, semejante hipótesis colapsaría por su propio peso con tal solamente recordar que, v.g., Macri y Scioli también han ganado elecciones y han sido re-electos. Los lectores de Asterix podrían aventurar la hipótesis de una poción mágica administrada por un druida como Panoramix, quizás de conformidad con el propio Brienza cuando sostiene en relación no solamente a Néstor sino a Cristina, que “como ya se sabe”, “No fue Magia. Pero fue mágico”. Claro que semejante hipótesis solamente devalúa las virtudes del agente portador del espíritu universal, como si cualquiera que tomara la poción mágica podría hacer magia o historia para el caso.

En realidad, la idea misma de ser "portador del espíritu" también contradice la idea de una persona excepcional, ya que, precisamente, el portador o portadora no es sino un vehículo del espíritu, lo cual implica que el mérito es de la época y no del agente, lo cual, suponemos, contradice el propósito de Brienza de mostrar a Cristina como la súper-heroína que es. Quizás alguna Cadena Nacional, por ejemplo la cuadragésimo-primera, nos ayude a develar el misterio, siempre y cuando el Papa, otro portador del espíritu, no interrumpa con sus misas.

martes, 23 de diciembre de 2014

La Querella de los Historiadores


Cuándo no, los medios opositores, como si ello fuera posible, se han propuesto desprestigiar a uno de los grandes think tanks nacionales y populares, ni más ni menos que al Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego (a partir de ahora INRHAIMD, para ganar espacio), a esta verdadera academia de inigualable excelencia, y todo a raíz de un par de dimes y diretes, a pesar de que estos últimos son constitutivos de toda institución venerable, sobre todo si alberga a personalidades tales como Pacho O'Donnell y Felipe Pigna, entre otros. 

En efecto, estos mismos medios jamás hicieron referencia alguna, por ejemplo, a otras discusiones que han tenido lugar en el seno de instituciones similares al INRHAIMD. ¿Cómo sabemos que Aristóteles no dejó la Academia de Platón por desavenencias personales? ¿Y qué decir de la discusión que sacudió a la Académie française en 1687 con motivo de la así llamada querella de los Antiguos y los Modernos, todo por el poema de Charles Perrault sobre el “Siglo de Luis el Grande”?: 

« La bella antigüedad fue siempre venerable
Pero yo no creí jamás que ella fue adorable.
Yo veo a los Antiguos sin plegar la rodilla [le genou]:
Ellos son grandes, es verdad, pero son hombres como nosotros [comme nous];
Y se puede comparar, sin miedo de ser injusto,
El Siglo de Luis con el bello siglo de Augusto ».

Sin embargo, nadie se mofa de la Academia de Platón ni de la prestigiosa Academia Francesa (ni tampoco de Rácing, mal que nos pese). Y así como los miembros de la Academia hacían pública su lealtad a Luis XIV, es más que comprensible que el INRHAIMD haya publicado una solicitada en la que repudian la falta de “lealtad a Cristina” por parte de aquellos miembros que, como el Señor Víctor Ramos, no tuvieron mejor idea que recurrir “a la prensa hostil al gobierno” para ventilar los trapos sucios, como si Ramos no supiera que semejante conducta “no es otra cosa que complicidad con los intereses más concentrados y corporativos, con los fondos buitres y los enemigos históricos del pueblo argentino”. Ni qué hablar si alguien compusiera un poema sobre "La Década de Cristina la Grande" y se atreviera a compararla con nuestro Augusto.

Además, el Sr. Ramos, nuevo Catilina si los hay, ha denunciado que “La Cámpora se viene comportando como la Policía Política de la Secretaría de Cultura, analiza los historiales de persona por persona, cuestiona a los docentes que considera que no están en ‘la línea’ como el caso del calumniado profesor Mario Casalla. Y ahora revisa la renovación de los contratos, uno por uno, Franco Vitali [Secretario de Políticas Socioculturales del Ministerio de Cultura] personalmente”. Según Ramos, increíblemente, "nuestros peores enemigos" no son "Luis Alberto Romero, ni Beatriz Sarlo", sino que se trataba de "lacras" que "estaban adentro". 

Por si esto fuera poco, Ramos acusa a la Señora Ministra de Cultura, Teresa Parodi, de haber discriminado al Dorrego para beneficiar al otro gran think tank kirchnerista, la SECOESPENAC (Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional): “Ricardo Forster y Carta Abierta no tuvieron problemas de vientos ni tempestades y mucho menos de flujos financieros para todas sus actividades y su esplendoroso y promocionado: Congreso Argentino y Latinoamericano”. Finalmente, Ramos defiende al “espíritu crítico” y cree que “la diversidad no debilita, sino lo contrario”. Después de todo, quienes politizan hasta las multas de tránsito no pueden indignarse por un poco de política en el INRHAIMD. Faltaba solamente que Ramos dijera que al lado de Cristina, Luis XIV parece Jürgen Habermas, a juzgar al menos por cómo tomaba sus decisiones consultando con su Corte, y que la democracia no se agota en el gobierno de la mayoría.

Como era de esperar, uno de los miembros más prestigiosos—si no el más prestigioso—del INRHAIMD, Hernán Brienza, ha salido a la palestra, aunque de modo renuente. En efecto, ya había alertado “en forma privada sobre esta situación hace unos meses”, pero infructuosamente. Ahora no tuvo otra alternativa ya que no tiene “interlocutores válidos ni siquiera ante la ministra de Cultura”. En otras palabras, Brienza se ve forzado a llevarle a la Presidenta otro “dolor de cabeza como los injustificables e innecesarios desafíos por parte de alguno de los miembros a la flamante ministra de Cultura, Teresa Parodi”.

Auto-crítico como de costumbre, Brienza hace su mea culpa: “Quienes integramos el Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego no hemos cumplido con las expectativas de la presidenta de la Nación. Incluso, le hemos llevado alguno que otro dolor de cabeza como los injustificables e innecesarios desafíos por parte de alguno de los miembros a la flamante ministra de Cultura, Teresa Parodi”.

Sin embargo, Brienza generosamente no se reserva la crítica para sí mismo y le lleva un nuevo dolor de cabeza a la Presidenta, aunque esta vez justificable y necesario: “un necesario futuro liderazgo debería estar a cargo de alguien con la capacitación intelectual y académica necesaria para llevar adelante esa empresa”. En otras palabras, Brienza tiene la valentía de denunciar a quien designó el liderazgo anterior, i.e. a la mismísima Presidenta de la República.

Y si bien tiene un genuino desafecto por lo que él llama “internas palaciegas” (¿no así por las "intrigas palaciegas"?), él nos advierte que si por ventura Ana Jaramillo, “actual rectora de Lanús”, fuera designada al frente del Instituto, Brienza se “vería en la obligación de renunciar al Instituto, no por ella, claro, sino por algunos de sus mezquinos laderos”. Quienes detectaran aquí cierta contradicción deberían agregarle el hecho de que Brienza ya había renunciado al Instituto. Quizás sea éste un homenaje de Brienza a aquella boutade de Groucho Marx: "Me gustaría que trabajara para mí, así podría despedirlo".

Ojalá que nuestros intelectuales nacionales y populares sigan adelante con proyectos tales como el INRHAIMD y la SECOESPENAC, sin caer en las garras del tonto prejuicio según el cual semejantes empresas no son sino veleidades burguesas y elitistas. Nuestra Historia y nuestro Pensamiento no podrían estar en mejores manos.  

viernes, 19 de diciembre de 2014

La Argentina no es el Congo



Hubo una época en la cual se creyó que la opinión pública consolidada era indispensable para contar con una verdadera democracia, debido a que la opinión pública cumplía funciones insustituibles de control del gobierno, incluso del democrático. Semejante posición no solamente fue defendida por el liberalismo y el republicanismo durante el siglo XIX sino sobre todo por los propios jacobinos durante la revolución.

Por ejemplo, según El Tribuno del Pueblo del 1ro. de enero de 1790, “La opinión pública es la clase de ley por la que todo individuo puede ser el ministro” (citado en Pierre Rosanvallon, La contrademocracia, p. 53). Asimismo, el Club des cordeliers anunciaba que uno de sus principales objetivos era el de “denunciar al tribunal de la opinión pública los abusos de los distintos poderes y todo tipo de ataque contra los derechos del hombre” (op. cit., p. 56). Es más, Marat, como periodista, llega a decirles a los representantes de la Comuna de París: “Soy el ojo del pueblo, ustedes en el mejor de los casos son el dedo meñique”, como si un periodista pudiera ejercer un poder de control de tipo democrático.

Sin embargo, uno de los tantos logros del discurso kirchnerista ha sido el de poner sobre el tapete la noción misma de opinión pública y su función de control sobre la democracia. Ciertamente, el kirchnerismo no ha sido completamente original al respecto, sino que ha tomado prestada una hoja del libro cesarista-bonapartista. En efecto, para el cesarismo el pueblo no necesita de garantías contra el poder dado que el cesarismo emana del pueblo mismo. ¿Para qué controlar cuando no hay nada que controlar? Tal como lo ha constatado recientemente Hernán Brienza (citando de hecho la obra de Rosanvallon), el pueblo argentino no desconfía de su gobierno (click). Solamente a un jacobino se le pudo haber ocurrido que el pueblo tiene que controlar al gobierno.

En defensa del jacobinismo y su infundada insistencia en la necesidad del control, como si la corrupción fuera una enfermedad letal para la democracia, habría que decir que el jacobinismo no pudo haber anticipado la emergencia del kirchnerismo, es decir, un discurso capaz de dar lugar a un gobierno que no necesita control ya que es incapaz de apartarse de la ruta democrática (¿no ha ganado hasta ahora todas las elecciones presidenciales?) y, sobre todo, un gobierno que es incapaz de cometer acto alguno de corrupción (a menos que creyéramos en las patrañas del periodismo golpista).

Finalmente, y por si hiciera falta, quienes todavía cantan las loas de la opinión pública no deberían olvidar por qué ha triunfado la resistencia soberana contra la extorsión de los buitres. 

En efecto, el Presidente del Congo, Denis Sassou-Nguesso, quien fuera acusado de dictador, xenófobo y asesino, dio el brazo a torcer frente a los buitres apenas éstos denunciaron, por ejemplo, los gastos de su familia y de las comitivas presidenciales en el exterior (vae victis!). Los buitres, a su vez, enceguecidos por su éxito extorsivo, creyeron que la Argentina es como el Congo, como si nuestra opinión pública estuviera tan preocupada por la corrupción como lo está la opinión pública del Congo. Craso error. Nuestro gobierno no se deja influir por la opinión pública y/o a nuestra opinión pública mayormente no le interesa la corrupción. Por suerte para nuestra soberanía, la Argentina no es el Congo.


domingo, 9 de noviembre de 2014

Acerca del Niño Maravilla o Para leer a Hernán Brienza


Muy buenas noticias. Después de un largo tiempo (¿o será que hacía mucho que no lo leíamos?) Hernán Brienza ha vuelto a incursionar en la teoría social (para muestra de incursiones pasadas, basta un botón: la ontología de Brienza), esta vez para tomar posición en el ya famoso debate acerca de la sociología del conocimiento en el contexto de la discusión acerca del Niño Maravilla Kirchnerista.

Ciertamente, el disparador de la respuesta de Brienza fueron los comentarios de Lanata sobre el Niño Maravilla. Pero no nos confundamos. Si hubiese aparecido un niño deseando ser como, v.g., Marcos Aguinis y dicha aparición hubiese sido criticada por el multimedios oficialista, Brienza habría respondido de la misma manera: "Quiero dejar bien claro algo: Muchachos, se trata de un chico de once años, ¿se entiende bien? Once Años. No terminó el primario". Irónicamente, Lanata dijo exactamente lo mismo (el problema es la edad, no la opinión), aunque Brienza no lo recuerda.

Sea como fuere, ya que "se trata de un chico de once años, ¿se entiende bien? Once Años. No terminó el primario", cuáles son sus opiniones políticas es irrelevante. De ahí que no tiene sentido hacer de él un caballito de batalla y por supuesto tampoco tiene sentido criticarlo, sean cuales fueran sus opiniones políticas. Sí tiene sentido discutir qué se hace políticamente con los niños. Hasta acá, estamos totalmente de acuerdo con Brienza.

Lo que más llama la atención es uno de los argumentos que subyace a la nota de Brienza: "Un párrafo aparte se merece el argumento estúpido y estupidizante del adoctrinamiento. Todo chico de once años es adoctrinado. (...). La supuesta cantinela del 'libre pensamiento' también es una forma de adoctrinamiento. (...). Desde que nacemos, a través de los mandatos familiares, de la educación pública o privada, a través de los medios de comunicación, los dibujitos animados –como bien explicó en 1972 Ariel Dorfman en Para leer al Pato Donald–, la religión, la ideología de los padres". Brienza, sin embargo, extiende su crítica desde la más tierna infancia al caso de los adultos: "es imposible un verdadero pensamiento en libertad. Todos estamos atravesados por sentidos, ideas, doctrinas, influencias y procesos de lavado de cabeza".

¿Sugiere entonces Brienza que, dado que todos estamos adoctrinados, quienes fueron adoctrinados para cometer delitos de lesa humanidad lo harán (otro tanto con ser enemigos del pueblo), quienes fueron adoctrinados para no cometerlos, no lo harán, y entonces no tiene sentido realizar reproche alguno, sino solamente cabe indagar, de pura curiosidad, cómo es que fue adoctrinado el autor? Después de todo, quienes reprochan la comisión de delitos de lesa humanidad, según Brienza, solamente lo hacen porque fueron adoctrinados para reprochar, y no porque haya algo malo en los delitos de lesa humanidad con anterioridad a todo adoctrinamiento que provoca precisamente el reproche.

Pero entonces ¿Brienza sugiere entonces que él mismo es kirchnerista porque lo adoctrinaron o le lavaron la cabeza? Nótese que no es tan descabellada la idea, porque hasta no hace mucho escribía notas en contra de quien con el tiempo se convirtiera en entrevistador oficial. En tal caso, ¿por qué criticar a quien expuesto "a un bombardeo constante el liberalismo a través de los medios de comunicación y la educación de la sociedad neocapitalista", es precisamente un cerdo capitalista a raíz de eso? Ni siquiera podríamos decir que la culpa no es el chancho sino del que le da de comer, porque según Brienza el adoctrinamiento necesariamente no excluye a quien alimenta al cerdo siquiera, y el que adoctrina ha sido tan adoctrinado como todo nuevo adoctrinado. En cuanto a que "quien reconoce su propio adoctrinamiento es más libre, en términos existenciales, que aquel que se considera libre de doctrinas o ideologismos", ¿qué sentido tiene ser más libre que otro si la libertad no existe?

Párrafo aparte merece también la preferencia de Brienza por el "el hombre político" en oposición al "hombre libre" (dicho sea de paso, ¿esta preferencia de Brienza se debe a un adoctrinamiento, o es la de Brienza porque él la considera correcta, y no al revés?). En efecto, mientras que "El imaginario social del liberalismo considera como 'hombre libre' al individuo capacitado para llevar adelante una vida en soledad, con un alto nivel de consumo tecnológico, cultural y suntuario" (vale aclarar que Brienza parece olvidar el énfasis puesto por la Presidenta en el consumo, particularmente, v.g., cuando inaugura una fábrica de lavarropas, y que la Presidenta ha declarado en público su debilidad por Netflix), el "hombre político" de Brienza "se realiza, en cambio, en comunidad", "cuando se relaciona con otros, cuando le escapa e intenta romper el mandato 'individual-consumista' que le impone el liberalismo capitalista".

Ahora bien, es absurdo creer que la preocupación principista por la comunidad es por definición mejor que todo individualismo auto-interesado (más allá de que, según Brienza, tanto el principismo cuanto el auto-interés son exclusivamente el resultado del adoctrinamiento). Si los nazis hubiesen sido auto-interesados indiferentes jamás hubiesen llevado a cabo un genocidio en medio de una guerra mundial, como bien nos lo recuerda Hannah Arendt. De hecho, fue el principismo colectivista nazi lo que particularmente despertó el horror y la curiosidad de Arendt.

Irónicamente, Brienza comete el mismo error que Marcos Aguinis, quien supone que el principismo altruista de la Hitlerjugend es por definición superior a cualquier auto-interés (click). Además, insistimos, el capitalismo liberal podrá tener serios problemas, pero Brienza mismo reconocerá que no todo capitalismo liberal o "empresa de capital monopólico y concentrado" es malvada. El capitalismo liberal de las empresas mineras, Netflix, Chevron, Telefónica, quizás el de Soros, etc., está bien. El problema es el capitalismo monopólico y concentrado que es a la vez enemigo del pueblo. Por suerte hay gente como Brienza que nos indica cuál es cuál o quién es quién en el mundo capitalista e impide que de otro modo caigamos en una muy natural, aunque letal, confusión.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Kirchnerismo de pura Cepa




En su nota de hoy publicada en Infonews bajo el ingenioso título de "Cuestiones Máximas" Hernán Brienza plantea buenas y malas, o en todo caso, preocupantes noticias. Empecemos por las segundas, como le gustaba a Don Corleone, y luego vayamos por las primeras.

Es ciertamente preocupante que, a falta de un líder, el pueblo kirchnerista (expresión probablemente redundante aunque nuestra) siga siendo "una masa desorganizada y desunida" a pesar de la existencia de agrupaciones tales como "Unidos y Organizados". Además, nos parece un arma de doble filo sostener, como lo hace Brienza, que "con todo el aparato mediático en su contra, con los principales grupos de presión, representantes de las elites dominantes, [el kirchnerismo] ha logrado, a casi 12 años de gobierno, mantener cautivado a un gran porcentaje de la población". En efecto, a la luz de semejante hecho, ¿qué sentido tiene empezar y terminar todas nuestras oraciones con una referencia al poder de los medios opositores? La respuesta, en realidad, quizás sea obvia: los medios opositores seguirán haciendo daño mientras haya gente que no sea kirchnerista.

En cuanto a las buenas noticias, es altamente loable que Brienza se esfuerce por alcanzar un punto de convergencia factible para todos los argentinos, para no decir para toda la Humanidad, o seres capaces de ser persuadidos razonablemente. Hay que reconocer que no es la primera vez que lo hace, ya que en su momento Brienza había proclamado urbi et orbi que, palabras más, palabras menos, "no nos merecemos al kirchnerismo" (Lo que vos te merecés).

En efecto, es para alcanzar este consenso superpuesto que suponemos Brienza se formula dos preguntas. La primera es: "¿Por qué los medios de comunicación de la oposición" primero maximizaron el discurso de Máximo para luego minimizarlo, "intentando de cualquier manera contrarrestar los posibles efectos positivos que pudiera haber generado el hecho político... más interesante de los últimos meses?".

Con su habitual modestia y precisión, Brienza sostiene que la "respuesta es sencilla". Se debe a que "todavía el kirchnerismo tiene la capacidad de mover el amperímetro en el mapa del poder local, hacia adentro y hacia afuera de las filas propias". En verdad, nos guste o no, seamos oficialistas u opositores, Brienza tiene razón. Seguimos hablando del kirchnerismo, el cual probablemente sea un fenómeno político inolvidable. De hecho, ya hay bastantes calles, hospitales, rutas, escuelas, becas, cátedras, centros culturales y vaya uno a saber cuántas cosas más destinadas a tal efecto.

La segunda gran pregunta que se hace Brienza en aras de obtener un consenso superpuesto es: "¿Por qué otro Kirchner?". Brienza es consciente de que hay "claramente, un problema. ¿Hasta dónde es transmisible esa confianza política depositada en Néstor y Cristina?". Y Brienza triunfa donde fracasaron insignes intelectuales. En efecto, su silogismo es arrollador:

(A) Tenemos fe en todo lo que hace Cristina.
(B) Cristina designa a Máximo como sucesor.
ergo
(C) Tenemos fe en Máximo.

Por si alguien todavía dudara de la validez de este silogismo, e incluso del valor de verdad de (A), Brienza incursiona nuevamente en la ontología kirchnerista (los lectores seguramente recordarán la incursión anterior de Brienza en este territorio: la ontología de Brienza) proponiendo una verdadera oferta que no podemos razonablemente rechazar: "Máximo viene, de alguna manera, a funcionar como 'garantía de calidad kirchnerista'. No se sabe, en términos públicos, si tiene o no condiciones para la política. (...). Pero hay algo que es indudable: es kirchnerista de pura cepa –sepa disculpar el lector la ironía del lenguaje–". Estamos tan de acuerdo con esta afirmación de Brienza que hasta hemos contemplado consultar con el Departamento de Asuntos Legales del blog (o "Legales" como lo llamamos habitualmente) para averiguar si no se trata de un plagio, o quizás de un caso de espionaje en nuestros archivos, con lo cual esta buena noticia no deja de tener cierto sabor amargo para nosotros.

En efecto, nunca estuvimos tan de acuerdo con Brienza. ¿Quién en su sano juicio podría dudar de que Máximo Kirchner sea "garantía de calidad kirchnerista", un "kirchnerista de pura cepa"? De hecho, se trata de un material destinado a convertirse en proverbio: "Ser más kirchnerista que Máximo" puede hacer empalidecer al muy actual "Ser más papista que el Papa". En cuanto a que para ser kirchnerista de pura cepa o de calidad no hace falta tener condiciones para la política, cierto kirchnerismo podría mostrarse reticente a compartir esta creencia de Brienza. Por lo demás, las mismas consideraciones sobre plagio o espionaje se aplican a la otra gran ironía de Brienza: Máximo es "como cualquier hijo de vecino".

Tranquiliza saber entonces que no predicamos en el desierto y que está lejos de ser quijotesca la búsqueda de consensos políticos basados en la razonabilidad, y quizás en la tautología. Como ya habíamos dicho alguna vez, a veces lo que más cuesta es el primer paso, tal como comentó Madame Du Deffand al escuchar la historia del santo patrón de París el cual luego de haber sido decapitado recogió su cabeza y se puso a recorrer varios kilómetros de París con la cabeza bajo el brazo (Milagros Kirchneristas).

lunes, 24 de marzo de 2014

Tu querida Presencia



Hernán Brienza nos tiene mal acostumbrados. Ha revolucionado no sólo el ámbito de la filosofía del derecho con su nueva teoría de la responsabilidad en defensa de la designación de Milani (la ley de Brienza y big bang Brienza), sino que además ha transformado de raíz la filosofía moral al habernos explicado por qué no nos merecemos a Cristina (lo que vos te merecés), y por si esto fuera poco además ha incursionado en el sancta sanctorum de la filosofía, la ontología, para una defensa general por no decir metafísica del Gobierno (la ontología de Brienza), y todo esto sin siquiera ser filósofo, sino politólogo e historiador. Nos preguntamos qué no habría hecho Brienza en el campo de la filosofía, si tan sólo se hubiera propuesto dedicarse completamente a ella.

Pero Brienza, muy probablemente envalentonado por el éxito de sus proyectos intelectuales anteriores, ahora se ha embarcado en una empresa que empalidece todas sus hazañas anteriores, la de justificar su presencia en la delegación argentina en el Salón del Libro de París. En efecto, algunos, como Horacio González, han tratado de explicar la ausencia de Martín Caparrós en dicha delegación (para Horacio González, no hay que explicar pasivamente lo sucedido a Caparrós como resultado de una decisión de los organizadores, sino que fue Caparrós mismo el que activamente intervino en la decisión de los organizadores: una cuestión de estilo). Pero absolutamente nadie ha siquiera ensayado una justificación de la presencia de Brienza, quizás debido a que sea mucho más fácil justificar una ausencia que una presencia, aunque no nos animamos a incursionar en cuestiones metafísicas como Brienza. El punto es que Brienza no tenía alternativa. Si él no se defiende, no lo defiende nadie (sólo él puede lograr lo imposible). Y ahí fue otra vez el domingo último, este Quijote exitoso (click).

No van a faltar los mezquinos que dirán que Brienza se contradice en su habitual columna de los domingos, ya que en la misma nota en que ensaya su defensa, él sostiene que “Tener que defenderme de las acusaciones me empequeñece hasta límites que mi humildad no me lo permite” (siendo él humilde por supuesto), y que “estoy convencido, como escribió Antonio Machado que no hay que contestar las acusaciones de los 'pedantones al paño'" (siendo sus críticos "pedantones al paño"). Sin embargo, a ningún gran pensador le podemos exigir el mito pequeño-burgués de la coherencia. Lo que le pedimos es alguna que otra idea, como diría Heidegger, y Brienza nos ha pagado con creces.

Es digno de ser destacado que Brienza bien podría haber usado en su defensa un argumento usual en el campo de la psicología grupal. En efecto, toda delegación necesita cuidar el “grupo”, como se suele decir, y fue este hecho lo que explicó la ausencia de Ramón Díaz y del mismo Passarella en la selección argentina en el Mundial 86, o de Cantoná en la selección francesa en el 98, y tal mal no les fue.  Sin embargo, Brienza eligió no tomar este camino fácil y trillado. Después de todo, una delegación de escritores será un grupo, pero no es un equipo de fútbol. También podría haber argumentado, parafraseando a Horacio González, que su estilo es más suave que el de Caparrós.

Prefirió Brienza, en cambio, una estrategia dual. Por un lado, apelar al viejo escepticismo valorativo: “Una delegación no se mide –si es que es posible medirla– por si estoy o no estoy incluido o incluida. Nadie es tan importante ni imprescindible en la ronda de la literatura argentina actual, quizás porque todavía no está formado el nuevo canon literario”. La pregunta que se harán obviamente los lectores de Brienza es: ¿cómo es que se mide entonces una delegación? Si no hay criterio, podría haber ido cualquiera, con lo cual la presencia de Brienza continuaría siendo inexplicable. Y Brienza mismo debería haber cedido su lugar.

Pero, Brienza no cedió su lugar, probablemente porque cree que su presencia le “parece un gran hallazgo en términos de selección por parte de los organizadores”, y esto a su vez se debe a un segundo argumento de naturaleza lockeana que deja atrás al escepticismo valorativo del primero y revela lo que para muchos era un misterio. Brienza sostiene que “en estos 20 años como periodista y politólogo no he hecho otra cosa que trabajar, trabajar y trabajar” y “escribí seis libros propios, la mayoría de ellos aceptados por los lectores” (uno de estos libros, entendemos, recopila sus notas en Tiempo Argentino, de las cuales hemos extraído la filosofía de Brienza).

Ahora bien, el estándar que usa Brienza en su defensa despeja nuestras dudas al menos, ciertamente, pero podría abrir nuevos frentes de tormenta.  En verdad, ¿cómo explicar la ausencia entonces de, v.g., Ludovica Squirru u Horangel, que vaya uno a saber hace cuántos años que trabajan y cuántos ejemplares de cuántos libros han vendido? (Squirru y Horangel, piadosa y generosamente, se han abstenido de atizar el fuego de la polémica, conscientes quizás del hastío de la discusión). Pero, pensándolo bien, como en nuestro país quizás no hay ningún otro escritor/a que estuviera trabajando hace más de veinte años con seis libros publicados (o más), la única duda, era Ludovica, Horangel o Brienza, en cuyo caso nadie podría culpar al Gobierno de haberse quedado con Brienza.

Finalmente, tomemos el toro por las astas. Muchos malintencionados sospechan que Brienza fue invitado al Salón sólo porque es kirchnerista, como si Brienza siempre hubiese sido kirchnerista (nuestra ilustración indica que no siempre fue así) y como si éste fuera un Gobierno capaz de politizar hasta las multas de tránsito, qué decir un Salón del Libro. Pero, supongamos, per impossibile, y en aras de la argumentación, que éste fuera el caso. ¿Acaso Sartre ocultó su compromiso político con la resistencia? ¿No habría abandonado él probablemente hasta a su propia madre para cumplir con dicho compromiso? ¿Hubo alguien sin embargo que haya dudado de su talento como escritor? Es la humildad de Brienza la que le impide jugar la carta de la comparación con Sartre, y la transparencia de este Gobierno la que decidió que fuera parte de nuestra delegación. Caso cerrado.

lunes, 3 de marzo de 2014

La Ontología de Brienza




Hernán Brienza es un verdadero hombre del Renacimiento, como se solía decir en otra época. No sólo es un historiador de fuste y un escritor de renombre internacional, amén de haber logrado que nos sintiéramos contritos por remordimientos de ingratitud ya que no nos merecemos a Cristina (lo que vos te merecés) y haber revolucionado el pensamiento jurídico-político mediante una nueva teoría de la responsabilidad que explica por qué Milani no puede ser responsable de violación de derechos humanos alguna (la ley de Brienza y big bang Brienza), sino que ahora ha decidido incursionar en la disciplina filosófica de la ontología para explicar por qué él mismo no es un vil adulador como muchos suponen sino un pensador integral.

En efecto, parafraseando al personaje de John Gielgud en la película "Arturo", parecería a primera vista que si la adulación fuera deporte olímpico Brienza habría hecho orgulloso a su país en innumerables ocasiones, habría sido algo así como el Sergei Bubka argentino.

Brienza en su habitual columna dominical en Tiempo Argentino reconoce, sin embargo, que “el ‘relato’ kirchnerista, …, ha sufrido algunas contradicciones en las últimas semanas”. Es más, sostiene que “no siento ninguna simpatía por las medidas” últimas tomadas por el Gobierno: “Ni [por los supuestos funcionarios corruptos ni por] la devaluación… ni la devolución de los trenes a las empresas privadas –sobre todo después de la millonaria inversión que hizo el Estado para que ahora un par de empresas vendan pasajes y cobren subsidios– ni por la toma de deuda”.

Es precisamente por eso que Brienza ahora incursiona en el ámbito de la ontología para impedir que su obstinada militancia sea vista como vil adulación u obsecuencia: “En términos ontológicos, el 'ser' no se define por una etapa determinada de su existencia”. Nos imaginamos el interés que semejante opinión despertará entre los filósofos, particularmente los que se dedican a la discusión sobre el ser en tanto que ser, la rama filosófica más distinguida y de mayor prosapia. Se trata de uno de los desafíos que tanto le gustan a Brienza.

La teoría de Brienza entonces consiste en que por más que Cristina devalúe, ajuste, se endeude, designe personas acusadas de violaciones de derechos humanos, haya designado a Boudou, etc., semejantes acciones sólo son "una etapa determinada de su existencia", y no forman parte del "ser" kirchnerista en sentido estricto.

Ahora bien, no es fácil asir la ontología briencista, y no podría ser de otro modo. A primera vista la mención de una "etapa" parece sugerir una velada referencia al barco de Neurath, que abandona todo soporte o fundacionalismo para proponer una teoría coherentista, del mismo modo que un barco sigue siendo el mismo a pesar de que al llegar a puerto ha cambiado completamente todos sus componentes. Para muchos el kirchnerismo está haciendo precisamente eso al devaluar, ajustar, designar a Milani, etc., pero un barco kirchnerista que llegara a puerto con semejantes partes, seguiría dando que hablar (v.g. ¿no era que quienes deseaban una devaluación tenían que esperar a otro Gobierno?), y no es lo que Brienza precisamente tiene en mente.

En aras de la argumentación, vamos a suponer que la distinción de Brienza entre el ser y la existencia no es una evocación de la distinción heideggeriana entre el ser y el ente, porque si ése fuera el caso, evidentemente no habríamos entendido la nota en absoluto.

Los dos ejemplos que usa Brienza para ilustrar su complejo pensamiento ontológico ofrecen otras tantas concepciones. El primero: "El amor de una persona por otra no se define por un divorcio y una separación de bienes", sugiere una grave confusión por parte de Brienza. En efecto, cuando tiene lugar un divorcio (o la separación de bienes) no tiene sentido seguir hablando de amor. En la terminología de Brienza, ya no hay ser (amor) sino la nada (del amor). El segundo ejemplo: "la pata del perro no es el perro", no es menos confuso. Efectivamente, quien confundiera al perro con la pata cometería una sinécdoque, pero seguramente hasta el perro mismo convendría en que la pata es al menos parte del perro, y por eso no aprobaría que alguien deseara por ejemplo quitársela. Volviendo a Cristina, la devaluación, el ajuste, Boudou, Milani, etc., son parte de Cristina, aunque no todo por supuesto. Para que la ontología briencista funcione tendría que distanciar a Cristina de semejantes fenómenos en lugar de acercarlos.

Sin embargo, como fino pensador que es, Brienza quiso que sus lectores advirtieran que él deliberadamente los sometió a prueba, tal como lo hace en cada una de sus notas, al proponerles semejantes "arenques rojos" como se dice en inglés, es decir, señuelos o pistas falsas que sus lectores agradecen y esperan ansiosamente, ya que se sentirían irremediablemente ofendidos si Brienza les diera el proverbial pescado ontológico en lugar de la caña metafísica. Todo esto, en realidad, es muy fácil de percibir ya que Brienza, en la misma nota un poco más abajo se refiere a la "esencia" del kirchnerismo, lo cual descarta no sólo al barco de Neurath sino además a la sinécdoque. Todo lector de Brienza entonces podrá fácilmente advertir que lo que Brienza tenía en mente era la distinción entre la substancia o la esencia y los accidentes del kirchnerismo.

De ahí que la misma acción puede accidentalmente ser hereje o salvadora, dependiendo de quién sea la esencia o el autor. Hay algo en Cristina qua Cristina que explica por qué ella puede tomar medidas económicas ortodoxas, pero eso no lo convierte en ortodoxa en términos económicos. Y podrá haber designado a Milani Jefe del Ejército (o apoyar a gobernadores como Insfrán), sin que esto haga mella sobre su política de derechos humanos. En resumen, Cristina podrá cortar todas las flores, pero eso no detendrá la primavera, sólo porque se trata de Cristina. La esencia kirchnerista en otras palabras es nulla salus extra Cristinam.

Brienza no es un psicótico y se da cuenta de que a pesar de que el kirchnerismo no es sólo un relato sino una realidad substancial es rechazado "en la calle, los comercios, los bares". Todo realista no tiene otra alternativa que defender la realidad en estos casos y responsabilizar a los sujetos que se niegan a verla. La gente, estúpida o malvada, se deja llevar por los medios opositores (a los cuales Brienza, en otro gesto ennoblecedor, les reconoce "ironía y destreza").

A Brienza tampoco se le escapa que “el resultado de las elecciones de octubre pasado, sumado a la ausencia de la presidenta por cuestiones de salud y al horizonte de 2015 como relevo presidencial obligatorio, deja al kirchnerismo en una situación diferente a la que tenía en 2011”. La explicación de estos hechos no es otra que la mala suerte del kirchnerismo. La realidad está de su lado, nos ha dado los mejores gobiernos de la historia, viene equipado con un relato unificador, y sin embargo le fue mal en las elecciones y encima se le enfermó su líder político y espiritual. Como ya mencionamos, Brienza ya había explicado este fenómeno en su inmortal “no nos merecemos a Cristina” (lo que vos te merecés).

Sólo resta desear que alguien se encargue de coleccionar estas columnas dominicales y se asegure de que el paso del tiempo no impida que sean legadas a la posteridad.

martes, 24 de diciembre de 2013

Big Bang Brienza

La Ley de Brienza es tan enjundiosa que con la sola entrada que le dedicamos hace poco ni siquiera empezamos a hacerle justicia (La Ley de Brienza).

Por ejemplo, nos olvidamos de señalar que mientras que en el pasado Diana Conti había ensayado una justificación para delitos comunes como el de corrupción cometidos por la causa (derecho penal para todxs) y Carta Abierta trataba de atenuar los efectos que tales delitos comunes podían tener sobre la imagen del Gobierno (Carta Abierta), Brienza va todavía mucho más lejos y propone su ley para esta vez acometer la ciclópea meta de mostrar cómo ni siquiera los delitos de lesa humanidad pueden hacer mella en el Gobierno.

Además, fieles al proverbio "dime cuál crees que es el descubrimiento más importante de la civilización occidental y te diré quién eres", creemos que mientras que para pensadores como Carl Schmitt el descubrimiento es el Estado y para Carlos Nino los derechos humanos, para Brienza, a juzgar por su subordinación de los DD.HH. al cristinismo, se trata de este último.

También habíamos pasado por alto la honestidad intelectual de Brienza de referirse a las "dudas que, por primera vez, generaba un acto de gobierno en aquellos que simpatizaban, militaban, apoyaban la administración kirchnerista". El hecho de que el caso Milani fuera el primero en generar tales dudas nos dice muchísimo no sólo sobre estos simpatizantes kirchneristas sino además sobre la entidad del caso.

Pero el hallazgo más extraordinario de la Ley de Brienza que pasamos por alto reside en las preguntas siguientes que Brienza se hace en la nota: "¿Mario Firmenich, Fernando Abal Medina y Norma Arrostito hubieran secuestrado a Pedro Eugenio Aramburu, por ejemplo, el día 16 de abril de 1996? ¿Von Wernich habría dejado de ser el Queque si se hubiera quedado en Concordia?". Brienza mismo tiene parte de responsabilidad en que hayamos omitido este hallazgo ya que debido quizás a su modestia él sostiene en la nota que "así formuladas las preguntas son... estúpidas". Sin duda, la modestia de un pensador insigne no es excusa para una pobre lectura de su obra, pero nuestros lectores estarán de acuerdo en que lectores como nosotros bien pudimos habernos confundido por la exagerada autocrítica de Brienza.

El punto es que escondida tras estas preguntas Brienza anuncia al mundo la defensa no sólo de la culpabilidad circunstancial, tal como habíamos visto, sino además la tesis pionera de lo que podríamos llamar culpabilidad contrafáctica. Con lo cual, para que un sujeto X fuera culpable de un acto Y según Brienza no es suficiente que X haga Y en un tiempo T (y por T entendemos el tiempo histórico por así decir de la acción) sino que además X tendría que haber hecho Y en T + 1 (es decir en un tiempo T posterior), tal como lo sugiere el ejemplo de Aramburu, y si nos apuran nos animamos a sugerir que la tesis sería aún más fascinante si agregara que la acción debería haber sido realizada en el pasado, i.e. X tendría que haber realizado la acción en T - 1.

En otras palabras, y para ilustrar la teoría de la culpabilidad de Brienza, para poder creer que Milani es culpable de haber cometido delitos de lesa humanidad, digamos en 1976, tendría que haber sido capaz de cometerlos contrafácticamente después de 1976, digamos en 1996 (o ahora para el caso), pero antes también, digamos en 1975, por no decir en todos los mundos posibles, tanto en términos temporales y nos animamos a agregar espaciales. Para dar otro ejemplo, para poder reprocharle a Hitler el Holocausto, no sólo tendría que haberlo cometido entre 1941 y 1945, como lo hizo, sino además, digamos, entre 1932 y 1939, y entre 1955 y 1960 (nos preguntamos si la conveniente muerte de Hitler en 1945 lo exonera entonces de la culpabilidad que Brienza llama "absoluta" y sólo permite que le imputemos entonces una culpabilidad circunstancial). Sea como fuere, notará el lector la influencia quizás de la física cuántica o de la teoría de cuerdas, probablemente el guiño implícito a la repercusión del personaje de Sheldon Cooper en "Big Bang Theory" (quienes tengan tiempo querrán ver al menos el primer minuto del clip siguiente).




Sin duda, la tesis brienzana de la culpabilidad, si bien es fascinante, parece ser algo laxa. Y no faltarán quienes como resultado de la Ley de Brienza propongan una tesis contrafáctica pero de la inocencia antes que de la culpabilidad, de tal forma que sólo podríamos estar seguros de que alguien es inocente no sólo si no cometió el acto en el tiempo real, sino que sólo lo estaremos si además jamás podría haber cometido el acto en el pasado (i.e. antes de su comisión efectiva) y en el futuro. Sin embargo, quienes se dedican al mundo de la teoría en todas sus manifestaciones estarán de acuerdo en que no podemos juzgar a una teoría por sus consecuencias, sino sólo por sus méritos. Ahora es el turno de nuestros lectores para que saquen sus propias conclusiones.


lunes, 23 de diciembre de 2013

La Ley de Brienza

Hernán Brienza hace muy poco hizo un invalorable aporte para lograr un amplio consenso entre oficialistas y opositores al sostener que no nos merecíamos a Cristina (lo que vos te merecés). No contento con su contribución al avance de la filosofía política nacional, Brienza ayer decidió agregar al sayo de periodista militante el de filósofo moral y del derecho que podría cambiar el destino de la reflexión filosófica al menos de Occidente.

En efecto, en su nota de hoy en defensa del ascenso de Milani, Brienza desafía una dicotomía que hasta hoy imperaba sin oposición alguna en el territorio de la moral y del derecho, i.e. la dicotomía entre culpabilidad e inocencia, al introducir la noción de culpabilidad “acorde a las circunstancias”. Quizás quede más claro el lugar que ocupa la nueva noción de culpabilidad si la aplicamos al caso de Milani, tal como lo hizo Brienza, probablemente para ayudarnos a comprender mejor su desafiante e innovadora teoría.

En primer lugar, tenemos la inocencia colombina o absoluta. Brienza sostiene que si Milani fuera inocente, no habría controversia alguna. Pero la controversia misma sobre Milani, reconoce Brienza en otro de los gestos magnánimos que lo caracterizan, explica por qué “Nadie cree en su sano juicio que Milani es absolutamente inocente”. En otras palabras, Brienza, ferviente defensor del modelo kirchnerista, podría haber sostenido que Milani es inocente, pero no lo hizo.

Sería natural entonces suponer que, dada la vieja dicotomía inocencia-culpabilidad, como Milani no es inocente entonces no queda otra alternativa que sostener que Milani es culpable. Sin embargo, Brienza sostiene que “nadie puede afirmar que Milani es absolutamente culpable” [el subrayado es nuestro]. De ahí que para Brienza, Milani habite un limbo intermedio entre la culpabilidad absoluta y la inocencia absoluta, y este limbo designa lo que Brienza llama la culpabilidad “acorde a las circunstancias”. Esta culpabilidad circunstancial, huelga decirlo, es menor a la culpabilidad tradicional o absoluta, y permite que, v.g., el culpable sea ascendido a Teniente General.

Vale destacar que si bien la tesis de la culpabilidad “acorde a las circunstancias” es creación de Brienza, la magnanimidad de Brienza es tal que reconoce la inspiración que le brindó la siguiente cita de Balzac: “los principios no existen; lo único que existen son los hechos. No hay ni bien ni mal, ya que éstos son sólo circunstancias”. Envalentonado por su nueva categoría de culpabilidad, Brienza sostiene triunfante: “El problema, entonces, no está en qué haya hecho realmente Milani o Bergolglio o tantos otros durante la dictadura militar. La cuestión se encuentra en qué tan alto se ponga el listón del juicio, la exigencia moral, sobre las acciones, las conductas, y las decisiones de quienes vivieron aquellos años. Y utilizar una vara correcta para no andar cambiándola según las conveniencias políticas”.

Es sobre la base de estas consideraciones que nos tomamos el atrevimiento de formular “la ley de Brienza”, en homenaje a su creador: la culpabilidad circunstancial es inversamente proporcional al listón del juicio o exigencia moral.

Ahora bien, Brienza mismo, magnánimo que es, comprenderá que como ha sucedido en casi todos los casos de las grandes innovaciones en el campo de las ciencias sociales y humanas, la primera reacción es la del escepticismo y miedo al cambio (por no hablar del resentimiento por no haber sido nosotros los descubridores o innovadores), y de ahí que nos asalten las dudas siguientes:

1. ¿La culpabilidad circunstancial no podría ser llamada en realidad también inocencia circunstancial? ¿Se trata del famoso caso de las dos caras de la misma moneda?
2. ¿Acaso no toda culpabilidad es circunstancial, de tal forma que siempre evaluamos si las circunstancias justifican o no la acción realizada, y si lo hacen entonces el agente queda exonerado de responsabilidad, y si no, no? ¿No es entonces su tesis redundante, o peligrosamente apta para justificar lo injustificable, como la obediencia debida?
3. La culpabilidad circunstancial ¿elimina la vieja culpabilidad serpentina o absoluta o permite que esta última subsista, por ejemplo, para el caso de que los culpables no sean kirchneristas? Seguramente comprenderá Brienza que aunque los especialistas estén dispuestos a aceptar la ley de Brienza, no muchos compartirán entonces uno de sus corolarios: la culpabilidad circunstancial es directamente proporcional al compromiso del culpable con la causa kirchnerista (y a la infalibilidad de Cristina, por si hiciera falta aclararlo).
4. Si Brienza cree que no existen los principios, ¿cómo explica él que los principios parezcan ser aplicables para los culpables circunstanciales que desean estudiar en la UBA pero no para ser Jefe del Ejército?
5. ¿Cree Brienza que la frase “el pensamiento estratégico siempre sirve más para entender los hechos que la lógica binaria de malos contra buenos” se aplica entonces también a Videla, y que este último fue culpable sólo acorde a las circunstancias?
6. ¿Cree Brienza que la diferencia la hace la cantidad? ¿Un par de violaciones de DD.HH. no son comparables a un genocidio?
7. ¿O será acaso la edad del que comete la acción la clave, en cuyo caso, v.g., la juventud de Astiz también sería relevante?
8. ¿O la clave está en el lugar que ocupaba el sospechado al momento de cometer la acción? ¿Cómo explicar entonces que Milani hoy en día sostenga que no sabía en ese entonces que las desapariciones tenían lugar en la Argentina en absoluto? ¿Puede ser que este Wunderkind de la Inteligencia militar no se hubiera dado cuenta a esa temprana edad de lo que estaba pasando? ¿Tiene sentido hacer entonces una excepción por él? (el General tiene quien lo ascienda)

Quizás nos estamos tomando a Brienza demasiado en serio, ya que lo que hizo tal vez no fue sino parafrasear uno de los monólogos de Louis C. K. en el que el humorista distingue entre creencias "por supuesto" y creencias "tal vez", de tal forma que "por supuesto", está mal violar derechos humanos, pero "tal vez" si el sospechado es kirchnerista, entonces no está tan mal como parece. Si éste fuera el caso, entre irónicos no nos vamos a dar cornadas. Acá va el video:







lunes, 4 de noviembre de 2013

Primavera para Brienza

En una nota de hoy Hernán Brienza sostiene que la estrategia del Grupo Clarín respecto a la ley de medios representa el Curupaytí de Magnetto (click).

Incluso suponiendo que la metáfora es apropiada y que la tesis de la nota es correcta, nos llama poderosamente la atención el siguiente párrafo: "En la cabeza de muchos de los integrantes del Grupo, posiblemente, crean que cuando el kirchnerismo pase, Clarín quedará a la historia como el gran adalid de la Prensa libre. Nada más alejado de la verdad. El diario La Prensa, por ejemplo, no pudo evitar su decadencia luego del gobierno de Juan Domingo Perón, por ejemplo".

Si bien Brienza trata de defender a la democracia en contra de las corporaciones, en este caso trata de mostrar que la posición de Clarín es insostenible porque es irracional. Sin embargo el planteo de irracionalidad que Brienza le atribuye a Clarín trasluce una grave confusión conceptual por parte de Brienza.

En efecto, hablar de la "decadencia" de un diario es ambiguo. En primer lugar, puede ser que la decadencia en cuestión se refiera, por así decir, al vigor o poder del diario. ¿Se refiere Brienza al hecho de que a La Prensa le fue mal porque Perón la cerró? Si ésta es la posición de Brienza, y Brienza se considera peronista, es el primer peronista que se enorgullece de semejante hecho.

A ningún peronista le gusta que siquiera le recuerden la acción de Perón contra La Prensa, pero Brienza la reivindica (quizás esto prueba que Brienza no es peronista). Entendemos, ciertamente, que Brienza supone que la prensa libre es una contradicción en sus términos (su propia actividad periodística lo demuestra). Pero no podemos entender que Brienza crea que de ese modo defiende al kirchnerismo, y menos aún ante la opinión pública. Es como si un prestamista predijera que le va a romper las piernas a quien no le pagara la deuda. O aquel chiste judío en el que uno le dice al otro: "Me enteré de que se quemó tu negocio. Callate, la semana que viene".

La segunda alternativa gira alrededor de la idea de decadencia moral. ¿Será que Brienza acaso se refiere al hecho de que Perón estuvo bien al cerrar La Prensa dado que luego de haberla cerrado eso mismo provocó la decadencia del diario? Si ésta es la posición de Brienza, si infiere del mero hecho que X sea derrotado que X por lo tanto estaba equivocado, o al revés que X tenía razón porque había triunfado, es natural preguntarse qué habría dicho él sobre Alemania en 1941. De todas formas, nada le convendría a Clarín que lo comparen con La Prensa, en cualquiera de estos dos escenarios. Y la ley de medios, en lugar de ser su Curupaytí, sería precisamente su liberación de París.

Ojalá alguien pueda iluminarnos al respecto y sacarnos la duda. Mientras tanto, por alguna razón, la posición de Brienza nos hace acordar otra vez a aquella gran película de Mel Brooks, "Los Productores" o "Primavera para Hitler" (la original de 1968 con Zero Mostel y Gene Wildner, no la reciente "remake"), en la que un contador le hace saber a un productor fracasado de Broadway que podría hacer muchísimo más dinero con un fracaso que con un éxito vendiendo el 100 % de los ingresos del show a muchas personas, y luego quedándose con todo el dinero gracias al fracaso. De ahí que busca la peor obra (un musical llamado "Primavera para Hitler" en el que se cuenta el costado bueno de Hitler), con el peor director, los peores actores, hasta intenta sobornar al crítico del New York Times, para que la obra fracase. Pero la obra es tan mala que la gente cree que es una comedia y se convierte en un gran éxito, con lo cual los productores terminan en la cárcel. Aquí, la escena en que contratan al autor de la obra (ver por favor a partir de 37:20):




- Está usando un casco alemán.
- No digas nada que lo ofenda. Necesitamos esa obra.
- ¿Franz Liebkind?
- [con acento alemán] Nunca fui miembro del Partido Nazi, no soy responsable, sólo seguía órdenes. ¿Quiénes son Uds.? ¿Por qué me persiguen? Mis papeles están en orden. Amo a mi país adoptivo. ¿Qué quieren?
- Relájese Sr. Liebkind. No somos del gobierno. Vinimos a hablar con Ud. sobre su obra.
- ¿Mi obra? ¿Ud. quiere decir "Primavera para quien Ud. sabe?
- Sí.
- ¿QUÉ PASA CON ELLA?
- La amamos. Creemos que es una obra maestra. Por eso estamos aquí. Queremos producirla en Broadway.
- Oh alegría! Oh alegría de las alegrías! Sueño de los sueños! No lo puedo creer. Debo contarle a los pájaros. ¿Pájaros, escuchan? Voy a limpiar el nombre del Führer.
- Sr. Liebkind, por favor, la gente puede oírlo.
- Este no es un lugar para hablar. Vamos a mi departamento. Una ocasión así reclama schnapps.

- No mucha gente sabía que el Führer era un gran bailarín.
- ¿En serio? Nunca siquiera soñé que...
- Eso es porque Ud. fue engañado por la propaganda aliada. Decían mentiras, mentiras! Pero nadie nunca dijo algo malo sobre Churchill. Churchill, con sus cigarros, su brandy, su pintura podrida. Hitler, él sí que era un pintor: podía pintar un departamento entero en una tarde, dos manos.
- Exactamente por eso...
- Déjenme que les diga esto: Hitler era más apuesto que Churchill, contaba chistes más graciosos...
- Exactamente por eso... queremos producir esta obra, para mostrarle al mundo el verdadero Hitler. El Hitler que Ud. amó, que Ud. conoció, el Hitler con una canción en su corazón. Aquí, firme aquí. Haga realidad su sueño.
- Aquí está "Primavera para Hitler", sellada, firmada y entregada. ¿Qué te pasa?
- No me importa el acuerdo, no voy a usar este brazalete.