viernes, 21 de febrero de 2014

Oposición fascista, y no en el buen Sentido de la Palabra




Dada la situación política de Venezuela es hora de aclarar ciertos malentendidos sobre el régimen político neochavista, sobre todo en relación a ciertas críticas de las que suele ser objeto.

En primer lugar, haciendo honor a su prédica por el amor y contra el odio el neochavismo ha convocado al diálogo a todos los sectores luego de haber designado a la oposición como “fascista”. Seguramente, no faltarán los que se apresurarán a criticar al Gobierno del Presidente Maduro por considerar que su actitud es contradictoria, ya que el mote de “fascista” atribuido a la oposición impide precisamente el diálogo que propone su Gobierno. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la crítica de la contradicción supone que “fascista” tiene necesariamente una connotación negativa, algo que no tiene por qué ser el caso, tal como nos lo recuerda el protagonista de “El Dictador” de Sacha Cohen al referirse a un policía de Nueva York como fascista “y no en el buen sentido de la palabra”.

Tampoco faltarán quienes pondrán en duda el carácter democrático del régimen de Maduro debido probablemente a que Maduro afirmó públicamente saber quiénes son los casi un millón de venezolanos (y sus números de documento) que votaron en contra del chavismo en las últimas elecciones, cuando deberían haber votado por él. Esta duda sin embargo supone que el secreto del voto es constitutivo de la democracia y no un prejuicio burgués. Quizás la democracia del futuro sea como la neochavista. Otro tanto se aplica a la inexistencia de canales de TV opositores al Gobierno.

En cuanto a la represión de las marchas estudiantiles, quizás se trate de una cuestión relacionada con la discusión sobre el multiculturalismo. Mientras que en Argentina las manifestaciones estudiantiles son consideradas beneficiosas para la democracia y progresistas (y o quizás lo uno debido a lo otro de manera recíproca), en Venezuela por el contrario son consideradas antidemocráticas y reaccionarias (y o quizás lo uno debido a lo otro de manera recíproca), por no decir fascistas (y no en el buen sentido de la palabra, como diría Aladeen).

En relación a la acusación contra un líder de la oposición por el delito de asociación ilícita, esperemos que ahora nadie salga a decir que se trata de un delito al que recurre el Estado para poder incriminar a alguien cuando no tiene delito alguno que incriminarle, y que precisamente su genealogía es reveladora porque era usado inicialmente en contra de quienes participaban de asociaciones ilegales, como por ejemplo las anarquistas y las asociaciones obreras.

Más polémica, como se suele decir ahora, es la cuestión de los opositores que resultaron muertos como resultado de la represión de las manifestaciones (tampoco ayuda la repercusión que ha tenido el hecho de que una de las víctimas haya sido una reina de belleza). Quizás Luis D’Elía en este caso podría enriquecer el debate con su original teoría de la culpa y de la violencia legítima la cual lo llevó a pedir el fusilamiento de un líder opositor, y luego a sorprenderse por el revuelo que provocaron sus afirmaciones (debemos confesar que no sabemos si se trata de un homenaje implícito al personaje protagonista de “El Dictador” de Sacha Cohen o si lo dijo en serio).

Finalmente, los opositores ni siquiera mencionan el hecho de que el Presidente Maduro no parece tener diálogo alguno con las aves, o al menos se abstiene de mencionarlos. Después de todo, el neochavismo es un régimen político en formación, y se encuentra en una etapa embrionaria de su desarrollo. Veremos cómo evoluciona.

domingo, 16 de febrero de 2014

Menos Calle, mejores Consejeros

Julián Álvarez, nuevo miembro del Consejo de la Magistratura—órgano creado fundamentalmente para mantener al poder judicial lejos de la política o en todo caso, como dice la Constitución Nacional (art. 114) para lograr un "equilibrio entre la representación de los órganos políticos resultante de la elección popular, de los jueces de todas las instancias y de los abogados de la matrícula federal" (amén de representantes académicos)—tiene la sinceridad de decir que su meta principal es “que los jueces hagan política a través de sus sentencias mirando al más débil” (click). Nuevamente, emerge el escepticismo kirchnerista acerca de la independencia del razonamiento judicial.

La  crítica kirchnerista a la independencia del poder judicial oscila entre dos polos. Por un lado, la crítica consiste en que la independencia o neutralidad judicial es imposible. La idea es que los jueces no son agentes desinteresados, sino que son personas con un marcado compromiso político y actúan en consecuencia. De ahí que se les reproche a menudo que al controlar la constitucionalidad de las leyes los jueces tomen decisiones políticas a pesar de que carecen de representatividad política.

La falta de representatividad política de los jueces es clara, aunque proviene de una decisión del poder constituyente cuyo propósito es impedir que mayorías circunstanciales interfieran en las decisiones del poder judicial. Además, la crítica de la imposibilidad de la independencia judicial queda expuesta a una obvia réplica. Si la independencia judicial es imposible, es muy difícil de entender por qué Néstor Kirchner se enorgullecía de haber tomado distancia de su antecesor Carlos Menem al designar miembros reputados por su independencia, desde Lorenzetti hasta Zaffaroni, pasando por Argibay y Highton de Nolasco, todos los cuales han sido criticados por el kirchnerismo precisamente por su independencia.

Y si asumiéramos que los jueces se refieren hipócritamente a su independencia, quedaría la dificultad de que la idea misma de hipocresía en realidad es un homenaje a la idea de corrección normativa. Si la incorrección fuera imposible, la hipocresía también brillaría por su ausencia. ¿Qué sentido tendría ser hipócrita entre inmorales o entre personas que creen que la corrección es imposible? Nadie caería en la trampa, o habría que ser muy tonto para hacerlo.

Por el otro lado, el kirchnerismo a veces desplaza su crítica desde la imposibilidad de la neutralidad hacia su carácter indeseable. En efecto, cada vez que el kirchnerismo se identifica con el bien en una lucha contra el mal, exige que no seamos neutrales ante dicho conflicto, con lo cual el problema no es que sea imposible ser neutral sino que es inmoral, tal como el Dante famosamente sostiene en su Divina Comedia.

Ahora bien, no hay duda de que los jueces, como todos los demás mortales, tienen cierta ideología. La cuestión es si la presencia de ideología en los jueces justifica el escepticismo acerca de la independencia del razonamiento judicial. En realidad, toda crítica al comportamiento judicial supone la existencia de ciertas reglas o expectativas que suponemos que los jueces deben satisfacer, y que fácilmente puede ser reformuladas en términos de independencia o neutralidad. Por ejemplo, esperamos que los jueces sean independientes de las corporaciones. Pero esa misma expectativa se extiende seguramente a la política. ¿Acaso tendría sentido creer que la independencia frente a las corporaciones es posible y deseable, mientras que la independencia política no lo es? ¿Cuál sería la explicación de esa diferencia?

En realidad, quienes desconfían de la independencia judicial no suelen desconfiar de la posibilidad de una decisión judicial correcta. Si lo hicieran, deberían conformarse con cualquier decisión judicial, o tendrían razones para conformarse con decisiones que provinieran de una perinola o cualquier mecanismo completamente determinado por el azar.

Además, supongamos que, Dios no lo permita, el kirchnerismo desaparece del mapa electoral, y sólo quedan jueces kirchneristas, los que va a nombrar ahora Julián Álvarez. ¿Las eventuales decisiones de estos jueces kirchneristas, resabios del modelo dentro del nuevo mapa electoral, serían entonces consideradas como políticas por Álvarez, por ejemplo, cuando fueran objeto de un obvio ataque por parte de las nuevas mayorías políticas, o antes bien Álvarez diría en su defensa que “los jueces sólo cumplen con su tarea, que es hacer cumplir con el derecho?

En realidad, la idea misma de la crítica de una decisión judicial, por no decir el error de una sentencia, supone la existencia de decisiones correctas. Si no existieran decisiones correctas, no podría haber críticas, salvo la de expresar que el juez no hizo lo que uno esperaba.

En resumen, el escepticismo ante la independencia judicial no sólo oscila entre la imposibilidad y la inmoralidad de la independencia del poder judicial, sino que además de manera sorprendente cree que los jueces en el fondo son capaces de ser independientes pero sólo respecto de las corporaciones y que los jueces sólo deben hacer lo que quieren las mayorías circunstanciales.

La solución para una justicia deficiente como la nuestra es lograr que los jueces (y los consejeros que los designan) sean mejores, y no que hagan lo que quiere el poder ejecutivo. Y ojalá que la preocupación por los más débiles se extienda a los casos por corrupción pública, sin que importe quién gobierne, ya que se trata de los casos que más perjudican a los más débiles. La justicia política, por el contrario, lleva a procesos tales como el Juicio Final de Pluto:




martes, 11 de febrero de 2014

Toujours la Subtilité



Nos habíamos tomado un descanso por varias razones, pero fundamentalmente porque el Gobierno se repite tanto que hacer comentario alguno al respecto nos habría forzado a repetirnos, y, nos crean o no, odiamos repetirnos (sobre la oposición no hay nada que decir, porque fundamentalmente no existe). Sin embargo, no podemos con nuestro genio, y nos vamos a repetir, esta vez en reconocimiento de la sutileza ajena.

El polifacético filósofo Ricardo Forster, ha incursionado nuevamente en los medios, ese medio precisamente en el que se siente tan cómodo, como sapo en el agua. Esta vez, para denunciar que "Las grandes corporaciones le torcieron el brazo al Gobierno" (click), lo cual explica ciertamente la devaluación llevada a cabo por el Gobierno, a pesar de que el Gobierno se jactaba de que quienes esperaban una devaluación deberían esperar otro Gobierno.

Ciertamente, la jactancia anti-devaluatoria del Gobierno, so pena de notoria contradicción, no pudo haberse referido a la devaluación progresiva que el Gobierno mismo ha llevado a cabo durante años y que había aniquilado a la moneda nacional lentamente, sino que dicha jactancia solía referirse a devaluaciones que podríamos llamar significativas, precisamente de un 20 % en un día, como la que tuvo lugar hace muy poco precisamente.

Pero hete aquí que, por un lado, así como Forster reconoce que las corporaciones le han torcido el brazo al Gobierno, por otro lado, en Radio Nacional acusó al diario La Nación por tener la intención de "alimentar el imaginario de un gobierno maniatado” (click). Seguramente, no faltarán quienes arrogándose conocimientos filosóficos no tardarán en atribuirle a Forster haber incurrido en una notoria contradicción. ¿Acaso Forster mismo no reconoce que "las grandes corporaciones le han torcido el brazo al Gobierno"?

Aquí es donde Forster se luce como verdadero doctor subtilis que es, y que habría hecho enverdecer de envidia al mismísimo Duns Escoto. En efecto, y en primer lugar, mientras que La Nación tiene la intención de "alimentar el imaginario de un gobierno maniatado", Forster carece de dicha intención. En otras palabras, su denuncia contra las corporaciones es sin intención. En segundo lugar, Forster habría incurrido en una contradicción si "torcer el brazo" fuera igual a "maniatar", lo cual está lejos de ser verdad. Alguien maniatado no puede hacer nada, mientras que alguien a quien le tuercen el brazo al menos puede precisamente mover el brazo. En tercer lugar, mientras que La Nación opera sobre el imaginario de la gente, Forster en cambio es un filósofo que apunta, suponemos, a la verdad.

Finalmente, la noble actitud de Forster de reconocer que al Gobierno le han torcido el brazo ha resuelto lo que otrora habíamos creído representaba una genuina teodicea kirchnerista. Efectivamente, la designación de Milani nos había planteado un verdadero desafío: ¿cómo reconciliar semejante decisión con la naturaleza omnipotente y bondadosa del Gobierno? (Al César lo que es del César). Gracias a Forster sabemos hoy que si bien el mal existe y Cristina es bondadosa, ella no es omnipotente. Queda por ver por supuesto cómo reconciliar la bondad presidencial con la designación de Milani (o con la inflación o la devaluación para el caso), desafío comparable al de reconciliar la existencia de Dios con la tragedia que es la vida humana. Sin embargo, el atributo de la omnipotencia representaba un desafío todavía mayor.

jueves, 2 de enero de 2014

Nazis eran los de Antes, y los Catones también




Hace unos días apareció una nota de Perfil: "El uso actual del insulto “nazi”: una explicación", escrita por Guillermo Raffo y Gustavo Noriega (click), cuya tesis central parece ser que la palabra "nazi" es un adjetivo apropiado para designar al kirchnerismo. Sin embargo, los argumentos que podemos reconstruir de la nota dejan bastante que desear.

Un primer argumento consiste en que el "súbito prurito por la precisión" que muestran quienes no están de acuerdo en que el kirchnerismo es nazismo "no es consistente con el uso que el kirchnerismo le da a las palabras". Este argumento parece suponer que sólo un kirchnerista está en desacuerdo con la equiparación entre nazismo y kirchnerismo, pero no nos vamos a meter con esto. La cuestión es que del hecho que los demás no sean precisos no se sigue que uno mismo pueda darse el lujo de no serlo. En realidad, el descuido en la argumentación y en la terminología bien podrían ser designados como kirchnerismo metodológico, como hemos comprobado en este blog frecuentemente por desgracia.

Un segundo argumento es: "No hay buenas palabras para nombrar  lo que está pasando en Argentina y en otros países cuyos populismos modernos mencionamos mucho y entendemos poco". Es obvio que del hecho que nos falten palabras para designar al kirchnerismo no se sigue que el kirchnerismo sea equivalente al nazismo. Podríamos usar cualquier otra palabra.

Un tercer argumento arrima algo más el bochín, por así decir, ya que consiste en que "Algunos atributos típicos del nazismo aparecen claramente en el ejercicio del gobierno en la Argentina: falseamiento de las estadísticas, culto a la personalidad, indiferenciación entre Estado y partido gobernante y entre Estado y líder, propaganda sistemática, utilización del aparato del Estado para intimidar opositores, uso secreto de fondos oficiales". En una entrada anterior (nazis eran los de antes), sin embargo, ya habíamos indicado el problema con este argumento recurriendo a lo que habíamos llamado "pichettismo metodológico" (senador, lo que se dice senador y Némesis). Lxs lectorxs sabrán disculpar la auto-cita siguiente:

"En efecto, aplicando la distinción que hace Pichetto entre argentinos argentinos (o absolutos, o simpliciter) y argentinos judíos (o relativos, o secundum quid), podríamos distinguir entre nazis nazis o nazismo sin más, o absoluto, etc., y nazismo de cierta clase o relativo, según el cual sería nazi todo aquel o aquello que tuviera cierta relación con el nazismo. Por ejemplo, todos los seres humanos serían nazis relativos dado que comparten con los nazis un aparato respiratorio (no podrían haber sido nazis sin respirar, pero no por eso respirar es nazi). Es más, hay cierto nazismo anodino que va más allá de ciertas propiedades comunes a todos los seres humanos. Hay instituciones que fueron creadas por los nazis, tales como la de la juventud política (la tristemente célebre Hitlerjugend), pero nadie cree que por eso, v.g., la Juventud Radical (si es que todavía existe) es una institución nazi en algún sentido relevante (X fue creado por los nazis, de ahí no se sigue que todos los que tengan un X sean nazis). Si la Juventud Radical no lo es, entonces, mal que nos pese, tampoco podría serlo La Cámpora (al menos hasta ahora; de la Juventud Radical podemos hablar con certidumbre porque ya no existe). Otro tanto ocurre con la importancia que el nazismo le daba a la publicidad oficial o al deporte para difundir su mensaje. No por eso cualquiera que ponga la publicidad oficial o el deporte al servicio de su causa es, amén de ser un nazi relativo, por eso un nazi en sentido estricto".

Finalmente, la nota hace referencia al "catonismo", una expresión acuñada por Barrington Moore, Jr. y que "Pregona una moralidad que no es instrumental; no tiene como objetivo una vida mejor y entiende la felicidad como una ilusión burguesa decadente. La moral del catonismo es la base de un discurso épico que le sirve para ocultar o negar las condiciones sociales reales. Valora la obediencia y las jerarquías  pero no en el sentido burocrático del Soviet sino proponiendo la restauración de valores patrióticos perdidos: camaradería, gemeinschaft, heimat. Reivindica una idea provinciana del arte, alentando expresiones folklóricas y rechazando las foráneas. Su condición más fascista es también la que más resuena como algo familiar en el presente: el catonismo de Moore se constituye a partir de enemigos. El extranjero decadente, el intelectual cosmopolita, el mundo de las finanzas, el comerciante".

(Sobre el "catonismo" en sí mismo, que refiere a Catón el Censor y no al de nuestra Causa o de Útica, vamos a estipular en aras de la argumentación que su descripción es correcta. Sólo querríamos aclarar antes de continuar que en realidad toda teoría política tiene enemigos, y el catonismo, o el liberalismo para el caso, no es una excepción. Tampoco lo son los autores de la nota).

Ahora bien, la nota continúa: "Podríamos llamar catonismo a lo nuestro y nos acercaríamos bastante. Sin embargo, la analogía no termina de resolver el problema del presente. El Catón original inspiró a Spengler y —vía Spengler— a Mussolini. Pero la República francesa también es hija de la guillotina. Y ni Catón ni Spengler ni Robespierre ni Mussolini habrían actuado de la misma manera en Facebook, o en el subte. Su mundo era otro". Podríamos agregar nosotros que el republicanismo originario se basaba en la idea misma de esclavitud; sin embargo, la cuestión pasa por ver si la comprensión histórica del republicanismo impide todo uso posterior del republicanismo. También el liberalismo originario contemplaba y justificaba la esclavitud y el colonialismo. De ahí no se sigue entonces que debamos deshacernos del liberalismo, o por ejemplo de Locke y de Tocqueville.

Dicho sea de paso, la nota misma es consciente de su anacronismo: "Y ni Catón ni Spengler ni Robespierre ni Mussolini habrían actuado de la misma manera en Facebook, o en el subte. Su mundo era otro", con lo cual no hace falta recordar el anacronismo que la atraviesa ni preguntarnos para qué la nota apela a la historia entonces en absoluto. Luego la nota apela al fascismo como epíteto apropiado para el kirchnerismo, y para ahorrar espacio y tiempo diremos que nuestras consideraciones anteriores también se aplican a este término.

El final de la nota es revelador: "Que son malos es, por supuesto, lo que uno quiere decir en última instancia". El sentido de la nota parece ser entonces que el kirchnerismo es en parte nazi, en parte fascista, en parte "catonista", porque es malo, o inaceptable, etc. Pero elegir a nazi, o fascista, etc., como equivalente de "inaceptable" es tan confuso como usar "democrático" como equivalente de "aceptable", por una obvia razón: no todo lo que está seriamente mal en términos morales (o políticos) es nazi, y no todo lo que está muy bien en términos morales o políticos es democrático. En realidad, usar nazi, etc., para referirse al kirchnerismo sirve a propósitos más expresivos que políticos y bien puede ser políticamente contraproducente. Quién sabe, en el futuro quizás los autores de la nota tengan razón. Pero entonces, por ahora, no nos queda otra que esperar.




martes, 24 de diciembre de 2013

Big Bang Brienza

La Ley de Brienza es tan enjundiosa que con la sola entrada que le dedicamos hace poco ni siquiera empezamos a hacerle justicia (La Ley de Brienza).

Por ejemplo, nos olvidamos de señalar que mientras que en el pasado Diana Conti había ensayado una justificación para delitos comunes como el de corrupción cometidos por la causa (derecho penal para todxs) y Carta Abierta trataba de atenuar los efectos que tales delitos comunes podían tener sobre la imagen del Gobierno (Carta Abierta), Brienza va todavía mucho más lejos y propone su ley para esta vez acometer la ciclópea meta de mostrar cómo ni siquiera los delitos de lesa humanidad pueden hacer mella en el Gobierno.

Además, fieles al proverbio "dime cuál crees que es el descubrimiento más importante de la civilización occidental y te diré quién eres", creemos que mientras que para pensadores como Carl Schmitt el descubrimiento es el Estado y para Carlos Nino los derechos humanos, para Brienza, a juzgar por su subordinación de los DD.HH. al cristinismo, se trata de este último.

También habíamos pasado por alto la honestidad intelectual de Brienza de referirse a las "dudas que, por primera vez, generaba un acto de gobierno en aquellos que simpatizaban, militaban, apoyaban la administración kirchnerista". El hecho de que el caso Milani fuera el primero en generar tales dudas nos dice muchísimo no sólo sobre estos simpatizantes kirchneristas sino además sobre la entidad del caso.

Pero el hallazgo más extraordinario de la Ley de Brienza que pasamos por alto reside en las preguntas siguientes que Brienza se hace en la nota: "¿Mario Firmenich, Fernando Abal Medina y Norma Arrostito hubieran secuestrado a Pedro Eugenio Aramburu, por ejemplo, el día 16 de abril de 1996? ¿Von Wernich habría dejado de ser el Queque si se hubiera quedado en Concordia?". Brienza mismo tiene parte de responsabilidad en que hayamos omitido este hallazgo ya que debido quizás a su modestia él sostiene en la nota que "así formuladas las preguntas son... estúpidas". Sin duda, la modestia de un pensador insigne no es excusa para una pobre lectura de su obra, pero nuestros lectores estarán de acuerdo en que lectores como nosotros bien pudimos habernos confundido por la exagerada autocrítica de Brienza.

El punto es que escondida tras estas preguntas Brienza anuncia al mundo la defensa no sólo de la culpabilidad circunstancial, tal como habíamos visto, sino además la tesis pionera de lo que podríamos llamar culpabilidad contrafáctica. Con lo cual, para que un sujeto X fuera culpable de un acto Y según Brienza no es suficiente que X haga Y en un tiempo T (y por T entendemos el tiempo histórico por así decir de la acción) sino que además X tendría que haber hecho Y en T + 1 (es decir en un tiempo T posterior), tal como lo sugiere el ejemplo de Aramburu, y si nos apuran nos animamos a sugerir que la tesis sería aún más fascinante si agregara que la acción debería haber sido realizada en el pasado, i.e. X tendría que haber realizado la acción en T - 1.

En otras palabras, y para ilustrar la teoría de la culpabilidad de Brienza, para poder creer que Milani es culpable de haber cometido delitos de lesa humanidad, digamos en 1976, tendría que haber sido capaz de cometerlos contrafácticamente después de 1976, digamos en 1996 (o ahora para el caso), pero antes también, digamos en 1975, por no decir en todos los mundos posibles, tanto en términos temporales y nos animamos a agregar espaciales. Para dar otro ejemplo, para poder reprocharle a Hitler el Holocausto, no sólo tendría que haberlo cometido entre 1941 y 1945, como lo hizo, sino además, digamos, entre 1932 y 1939, y entre 1955 y 1960 (nos preguntamos si la conveniente muerte de Hitler en 1945 lo exonera entonces de la culpabilidad que Brienza llama "absoluta" y sólo permite que le imputemos entonces una culpabilidad circunstancial). Sea como fuere, notará el lector la influencia quizás de la física cuántica o de la teoría de cuerdas, probablemente el guiño implícito a la repercusión del personaje de Sheldon Cooper en "Big Bang Theory" (quienes tengan tiempo querrán ver al menos el primer minuto del clip siguiente).




Sin duda, la tesis brienzana de la culpabilidad, si bien es fascinante, parece ser algo laxa. Y no faltarán quienes como resultado de la Ley de Brienza propongan una tesis contrafáctica pero de la inocencia antes que de la culpabilidad, de tal forma que sólo podríamos estar seguros de que alguien es inocente no sólo si no cometió el acto en el tiempo real, sino que sólo lo estaremos si además jamás podría haber cometido el acto en el pasado (i.e. antes de su comisión efectiva) y en el futuro. Sin embargo, quienes se dedican al mundo de la teoría en todas sus manifestaciones estarán de acuerdo en que no podemos juzgar a una teoría por sus consecuencias, sino sólo por sus méritos. Ahora es el turno de nuestros lectores para que saquen sus propias conclusiones.


lunes, 23 de diciembre de 2013

La Ley de Brienza

Hernán Brienza hace muy poco hizo un invalorable aporte para lograr un amplio consenso entre oficialistas y opositores al sostener que no nos merecíamos a Cristina (lo que vos te merecés). No contento con su contribución al avance de la filosofía política nacional, Brienza ayer decidió agregar al sayo de periodista militante el de filósofo moral y del derecho que podría cambiar el destino de la reflexión filosófica al menos de Occidente.

En efecto, en su nota de hoy en defensa del ascenso de Milani, Brienza desafía una dicotomía que hasta hoy imperaba sin oposición alguna en el territorio de la moral y del derecho, i.e. la dicotomía entre culpabilidad e inocencia, al introducir la noción de culpabilidad “acorde a las circunstancias”. Quizás quede más claro el lugar que ocupa la nueva noción de culpabilidad si la aplicamos al caso de Milani, tal como lo hizo Brienza, probablemente para ayudarnos a comprender mejor su desafiante e innovadora teoría.

En primer lugar, tenemos la inocencia colombina o absoluta. Brienza sostiene que si Milani fuera inocente, no habría controversia alguna. Pero la controversia misma sobre Milani, reconoce Brienza en otro de los gestos magnánimos que lo caracterizan, explica por qué “Nadie cree en su sano juicio que Milani es absolutamente inocente”. En otras palabras, Brienza, ferviente defensor del modelo kirchnerista, podría haber sostenido que Milani es inocente, pero no lo hizo.

Sería natural entonces suponer que, dada la vieja dicotomía inocencia-culpabilidad, como Milani no es inocente entonces no queda otra alternativa que sostener que Milani es culpable. Sin embargo, Brienza sostiene que “nadie puede afirmar que Milani es absolutamente culpable” [el subrayado es nuestro]. De ahí que para Brienza, Milani habite un limbo intermedio entre la culpabilidad absoluta y la inocencia absoluta, y este limbo designa lo que Brienza llama la culpabilidad “acorde a las circunstancias”. Esta culpabilidad circunstancial, huelga decirlo, es menor a la culpabilidad tradicional o absoluta, y permite que, v.g., el culpable sea ascendido a Teniente General.

Vale destacar que si bien la tesis de la culpabilidad “acorde a las circunstancias” es creación de Brienza, la magnanimidad de Brienza es tal que reconoce la inspiración que le brindó la siguiente cita de Balzac: “los principios no existen; lo único que existen son los hechos. No hay ni bien ni mal, ya que éstos son sólo circunstancias”. Envalentonado por su nueva categoría de culpabilidad, Brienza sostiene triunfante: “El problema, entonces, no está en qué haya hecho realmente Milani o Bergolglio o tantos otros durante la dictadura militar. La cuestión se encuentra en qué tan alto se ponga el listón del juicio, la exigencia moral, sobre las acciones, las conductas, y las decisiones de quienes vivieron aquellos años. Y utilizar una vara correcta para no andar cambiándola según las conveniencias políticas”.

Es sobre la base de estas consideraciones que nos tomamos el atrevimiento de formular “la ley de Brienza”, en homenaje a su creador: la culpabilidad circunstancial es inversamente proporcional al listón del juicio o exigencia moral.

Ahora bien, Brienza mismo, magnánimo que es, comprenderá que como ha sucedido en casi todos los casos de las grandes innovaciones en el campo de las ciencias sociales y humanas, la primera reacción es la del escepticismo y miedo al cambio (por no hablar del resentimiento por no haber sido nosotros los descubridores o innovadores), y de ahí que nos asalten las dudas siguientes:

1. ¿La culpabilidad circunstancial no podría ser llamada en realidad también inocencia circunstancial? ¿Se trata del famoso caso de las dos caras de la misma moneda?
2. ¿Acaso no toda culpabilidad es circunstancial, de tal forma que siempre evaluamos si las circunstancias justifican o no la acción realizada, y si lo hacen entonces el agente queda exonerado de responsabilidad, y si no, no? ¿No es entonces su tesis redundante, o peligrosamente apta para justificar lo injustificable, como la obediencia debida?
3. La culpabilidad circunstancial ¿elimina la vieja culpabilidad serpentina o absoluta o permite que esta última subsista, por ejemplo, para el caso de que los culpables no sean kirchneristas? Seguramente comprenderá Brienza que aunque los especialistas estén dispuestos a aceptar la ley de Brienza, no muchos compartirán entonces uno de sus corolarios: la culpabilidad circunstancial es directamente proporcional al compromiso del culpable con la causa kirchnerista (y a la infalibilidad de Cristina, por si hiciera falta aclararlo).
4. Si Brienza cree que no existen los principios, ¿cómo explica él que los principios parezcan ser aplicables para los culpables circunstanciales que desean estudiar en la UBA pero no para ser Jefe del Ejército?
5. ¿Cree Brienza que la frase “el pensamiento estratégico siempre sirve más para entender los hechos que la lógica binaria de malos contra buenos” se aplica entonces también a Videla, y que este último fue culpable sólo acorde a las circunstancias?
6. ¿Cree Brienza que la diferencia la hace la cantidad? ¿Un par de violaciones de DD.HH. no son comparables a un genocidio?
7. ¿O será acaso la edad del que comete la acción la clave, en cuyo caso, v.g., la juventud de Astiz también sería relevante?
8. ¿O la clave está en el lugar que ocupaba el sospechado al momento de cometer la acción? ¿Cómo explicar entonces que Milani hoy en día sostenga que no sabía en ese entonces que las desapariciones tenían lugar en la Argentina en absoluto? ¿Puede ser que este Wunderkind de la Inteligencia militar no se hubiera dado cuenta a esa temprana edad de lo que estaba pasando? ¿Tiene sentido hacer entonces una excepción por él? (el General tiene quien lo ascienda)

Quizás nos estamos tomando a Brienza demasiado en serio, ya que lo que hizo tal vez no fue sino parafrasear uno de los monólogos de Louis C. K. en el que el humorista distingue entre creencias "por supuesto" y creencias "tal vez", de tal forma que "por supuesto", está mal violar derechos humanos, pero "tal vez" si el sospechado es kirchnerista, entonces no está tan mal como parece. Si éste fuera el caso, entre irónicos no nos vamos a dar cornadas. Acá va el video:







domingo, 22 de diciembre de 2013

El General tiene quien lo ascienda

Horacio Verbitsky publicó en Pagina 12 de hoy una nota muy interesante sobre la designación del General Milani como nuevo Jefe del Ejército. Verbitsky, con razón, sostiene que basar el ascenso de Milani en la presunción de inocencia no tiene mayor sentido. Ante la pregunta de por qué fue ascendido, la respuesta oficialista es algo así como: "no cometió ningún delito de lesa humanidad", o peor aún en realidad: "todavía no ha sido probado que lo haya cometido". Es como si a alguien le preguntáramos por qué, v.g., eligió cierto peluquero y la respuesta fuera "no cometió ningún delito de lesa humanidad", o peor aún en realidad: "todavía no ha sido probado que lo haya cometido". Se supone que ser Jefe del Ejército requiere cierta idoneidad profesional, intelectual y moral (tal como sucede, v.g., con un peluquero, y quizás incluso mayor), y que a toda la administración pública se le exige por ley que no tenga antecedentes penales. La discusión parece ser redundante.

Verbitsky también tiene razón al invocar mediante una referencia a Emilio Mignone que para ocupar el cargo uno deposita además cierta "confianza... política, no en el sentido partidario pero sí en el sentido institucional, por cuanto es en aquellos hombres en quienes se depositan las armas de la República y, con ello, la suerte de la vida y la libertad de los argentinos", por lo cual las declaraciones de Milani no nos habían despertado confianza alguna, tal como lo habíamos indicado (click). Por lo demás, Milani no tiene un talento natural para la inteligencia militar, a pesar de que pertenece a la misma, ya que alega no haber sabido de desapariciones durante su carrera bajo la dictadura militar.

No es menos apropiado el comienzo de la nota: "El ascenso del ahora teniente general César Milani es un grave error político", aunque las razones por las que Verbitsky cree que se trata de un error político no son muy convincentes. En efecto, según Verbitsky, "afirmar que ello invalida la política de derechos humanos de la última década revela un sesgo deliberado", y esto se debe a su vez a que "esa pretensión [de invalidar] no proviene de quienes han luchado por la memoria, la verdad y la justicia, sino de aquellos que siempre se opusieron o al menos fueron indiferentes a todo avance en esa dirección", como si la designación de Milani sólo fuera un error político. Tal como hemos repetido millones de veces, las violaciones de derechos humanos son lo suficientemente graves como para que la discusión sobre la autoridad moral de quién los invoca sea irrelevante. ¿Acaso toleraríamos semejantes crímenes sólo porque quienes denuncian su comisión no creen en los derechos humanos?

Finalmente, al Gobierno le queda un argumento para defender el ascenso de Milani. Según este argumento, en lugar de darle tanta importancia a la dimensión moral o las violaciones de derechos humanos, deberíamos tomar a Milani desde un punto de vista orgánico, total. Quizás Milani tenga varias virtudes que no han sido puestas sobre el tapete. Tal vez sea un gran conversador o un eximio jugador de tute. Es más, jamás alguien alegó que Milani haya cortado un rama, qué decir haber talado un árbol (un tema que alguna vez fue muy sensitivo para el Gobierno) o de haber espiado a alguien por teléfono.

Es natural que este argumento nos remita otra vez a aquella gran película de Mel Brooks, "Los Productores" (la original de 1968 con Zero Mostel y Gene Wildner, no la reciente "remake"), en la que los productores contratan a Franz Liebkind, el autor de "Primavera para Hitler", y el autor insiste en que la mala fama de Hitler sólo se debía a la propaganda aliada (a partir de 1:43'):




- No mucha gente sabía que el Führer era un gran bailarín.
- ¿En serio? Nunca siquiera soñé que...
- Eso es porque Ud. fue engañado por la propaganda aliada. Decían mentiras, mentiras! Pero nadie nunca dijo algo malo sobre Churchill. Churchill, con sus cigarros, su brandy, su pintura podrida. Hitler, él sí que era un pintor: podía pintar un departamento entero en una tarde, dos manos.
- Exactamente por eso...
- Déjenme que les diga esto: Hitler era más apuesto que Churchill, contaba chistes más graciosos...
- Exactamente por eso... queremos producir esta obra, para mostrarle al mundo el verdadero Hitler. El Hitler que Ud. amó, que Ud. conoció, el Hitler con una canción en su corazón. Aquí, firme aquí. Haga realidad su sueño.
- Aquí está "Primavera para Hitler", sellada, firmada y entregada. ¿Qué te pasa?
- No me importa el acuerdo, no voy a usar este brazalete.


jueves, 19 de diciembre de 2013

Al César lo que es del César: Repetición de una Entrada del Blog (24/07/13)



El ascenso del General César Milani a la jefatura del Ejército—aunque curiosamente sólo su ascenso y no la condición misma de militar en actividad—representa todo un desafío, tanto para kirchneristas como para kirchnerólogos, debido a las denuncias que lo vinculan a la última dictadura militar, las cuales han llevado a que un kirchnerista con credencial al día como Horacio Verbitsky haya aconsejado que Milani diera un paso al costado.

Nuestros lectores no sólo recordarán la entrada anterior (acá se viene a militar) sino que seguramente habrán advertido la similitud que existe entre la aporía kirchnerista actual con la teodicea o la superación del desafío que representa la existencia del mal en el mundo con la existencia misma de Dios. Si Dios es todopoderoso y bueno, entonces ¿cómo explicar la existencia del mal en el mundo? Dios puede ser solamente bueno, lo cual explicaría la existencia del mal al precio de la omnipotencia divina. Dios puede ser omnipotente y probablemente decidir no ser bueno, lo cual también explicaría la existencia del mal pero a expensas de la bondad divina. Negar la existencia del mal en el mundo a esta altura no es una opción para nadie.

En lo que atañe directamente a la Presidenta, la situación es básicamente la misma. Parece ser imposible reconciliar las tres proposiciones siguientes:

(A) Cristina es todopoderosa.
(B) Cristina es buena.
(C) Milani existe.

Cristina, sin duda, es omnipotente. Sin embargo, no parece ser fácil reconciliar su bondad con su defensa del ascenso de Milani a la jefatura del Ejército.

Es innegable que la existencia diabólica de Clarín podría explicar no sólo la existencia del mal y la de Milani, sino que además podría explicar fácilmente cómo llegó la carpeta de Milani a la Presidencia de la Nación, lo cual hizo quizás que Cristina equivocadamente lo propusiera. Pero en tal caso, si bien Cristina podría ser considerada buena, no podría obviamente conservar su omnipotencia. Si insistiéramos con su omnipotencia, no quedaría otra alternativa que suponer que Cristina sabe que Milani tiene vínculos con la dictadura militar y sin embargo lo defiende, lo cual nos lleva a fojas cero.

Una primera salida institucional para el Gobierno podría consistir en tomar el camino católico de la infalibilidad del líder espiritual, que tan buenos resultados le ha dado a la Iglesia Católica. Una segunda salida, por si quedaran dudas respecto de la primera, podría ser sostener que la defensa de Milani responde a razones estratégicas, las mismas que explican la alianza kirchnerista con el conglomerado mediático diabólico aproximadamente entre el año 1 y el 4 d.K. Dentro de unos años, Milani podría ser desplazado a las filas diabólicas, tal como le ha sucedido a antiguos socios kirchneristas, entre ellos dicho conglomerado mediático diabólico. La discusión en tal caso giraría alrededor de si entonces la Presidenta seguiría siendo tan buena como solíamos creer. Quienes creen que la alianza indicada con quienes tienen las manos manchadas de sangre fue apropiada o no hace mella a la bondad presidencial, seguramente no tendrán problema alguno en creer otro tanto respecto a la alianza con Milani, la cual es insignificante en comparación.

Finalmente, siempre le queda al kirchnerismo—y por lo tanto a la kirchnerología—lo que el Cristo de Milton respondió frente al desafío de su archirival, Satán: “quien recibe la luz desde arriba, de la fuente de la luz, no necesita de otro doctrina, aunque fuera verdadera” (Paraíso recobrado, IV.288-90). En una época de renovación espiritual como la que estamos viviendo, esta última alternativa bien puede terminar siendo la favorita de los creyentes.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Lo que Vos te merecés

En su habitual columna de Tiempo Argentino hoy Hernán Brienza convoca a que nos hagamos ciertas “preguntas políticas existenciales”, “tras diez años de kirchnerismo: ¿Y si nada de lo hecho tuvo sentido? ¿Y si nada de lo hecho, si ningún esfuerzo, ninguna batalla, ninguna obra tuviera sentido haber sido realizada? ¿Y si, finalmente, este pueblo no se merece absolutamente nada más que ser vapuleado por el liberalismo conservador y los sectores dominantes?”. Nos da la impresión de que el credo que subyace a esta nota de Brienza es una paráfrasis de Forster (no Ricardo, sino E. M.): “si tuviera que elegir entre la democracia y el kirchnerismo, espero tener el coraje de elegir la democracia”.

En efecto, el tono derrotista de la nota nos recuerda aquel trágico desengaño político sufrido por Winston Churchill, a quien luego de haber llevado a Gran Bretaña a la victoria frente a la amenaza nazi, el muy ingrato pueblo británico le dio la espalda en las elecciones generales luego de la guerra, dándole a la vez la victoria al laborismo. Si Churchill fue abandonado por el pueblo británico, ¿cómo no iba a serlo Cristina por el argentino? A veces uno cree que el pueblo argentino, gaucho que es, jamás haría algo semejante, pero, como dice Brienza “la política es una tarea ingrata”. A todo esto, nos da la impresión de que Brienza dramatiza el resultado de las últimas elecciones, ya que parece olvidar que el kirchnerismo sigue siendo la fuerza política más importante del país. Que Brienza no se deje llevar por el antikirchnerismo, al menos por ahora.

Comprendemos el malestar de Brienza cuando declara que “Diez años, una ‘década ganada’ [el entrecomillado es original], para que millones y millones de argentinos bailen al compás de la conga hecha por un mentiroso desmesurado que envenena el alma de los argentinos los domingos a la noche”. En efecto, a pesar de que el Gobierno intentó apelar a la política pública imperial de opacar la mentira desmesurada con nuestra religión secular que es el fútbol, sin embargo ganó la mentira. Es una suerte que tengamos un estándar para distinguir cuándo los números le dan la razón a la verdad, como por ejemplo cuándo los millones votan al kirchnerismo, cuándo “de buenas a primeras millones de argentinos votan a un muchacho insustancial de risa prefabricada” (Brienza tuvo la entereza de no recordarnos que se trata del mismo “muchacho insustancial de risa prefabricada” que había manejado la ANSES y sido Jefe de Gabinete bajo el kirchnerismo, pero que después no tuvo mejor idea que presentarse a elecciones: click), y cuándo los millones siguen a la mentira del antikirchnerismo, como cuando por ejemplo ven a Lanata.

Quizás llame la atención que un defensor del discurso nacional y popular haga referencia a los “lúmpenes”, y de ese modo no sólo adquiera un tinte republicano aunque aristocrático y comparta la tesis teológico-reaccionaria sobre la naturaleza y existencia de la maldad humana (click). Aunque quizás no cabe designar de otro modo a quienes cometen delitos bajo un gobierno como el kirchnerista (click). Brienza, magnánimamente, sostiene que el problema no son sólo los lúmpenes o “saqueadores” y “los policías-delincuentes que robaron artículos del hogar” sino también “los gringos hijos de gringos que salieron a cazar motociclistas negros en Nueva Córdoba”. En otras palabras, el kirchnerismo tiene un gran Gobierno, pero su pueblo todavía no está a la altura, porque ante el primer descuido de dicho Gobierno se matan entre ellos: “Bastan unos minutos de negrura para que el argentino se convierta en lobo del argentino”. La referencia a la queja de Coriolano en la obra homónima de Shakespeare es obvia: "¿Qué es lo que pasa? / Que en varios lugares de la ciudad / Uds. gritan contra el Senado, quienes, / Bajo los dioses, los mantienen a uds. a raya, los cuales de otro modo / Se comerían los unos a los otros?"(I.i.181-5).

Entramos en un terreno más farragoso al leer que Brienza concede, per impossibile (al igual que Grocio, y otros antes que él, habían concedido la inexistencia de Dios para mostrar el absurdo de la inferencia según la cual la moral es arbitraria), que el matrimonio Kirchner pudo haber hecho millones de manera ilegal (la suposición no tendría sentido si hubiesen sido obtenidos de manera legal), para luego preguntarse: “¿qué sentido tuvieron esos millones? ¿No habría sido mejor para Néstor Kirchner haber dejado todo y mandarse a mudar al sur a disfrutar de esos millones?”. No queda claro si Brienza trata de sostener (a) no es que los Kirchner sean corruptos sino que son irracionales, o (b) los Kirchner son corruptos pero en aras de un fin noble. Mientras que (a) es contraproducente porque no queremos que nos gobiernen seres irracionales, (b) sugiere cierto maquiavelismo vulgar al que apelan sólo los desesperados cuando su posición es insostenible.

Finalmente, Brienza se hace una pregunta desgarradora: “¿se merecen los argentinos… un Néstor Kirchner?” (o, para el caso una Cristina Fernández, nos animamos a agregar). Como todo gran pensador, Brienza mediante una pregunta aparentemente simple o retórica en realidad plantea una deliciosa ambigüedad inherente a la noción de “merecimiento” y de paso da el puntapié inicial para que los argentinos podamos ponernos de acuerdo, ya que tanto kirchneristas como anti-kirchneristas responderían al unísono que no nos merecemos al kirchnerismo, y/o que el kirchnerismo no es fácil de reconciliar con la democracia. Por suerte, y por ahora, el kirchnerismo y la democracia siguen por el mismo camino.





sábado, 14 de diciembre de 2013

Oh Rousseau, qué de Crímenes se cometen en tu Nombre!




Los saqueos de la semana pasada han traído a la luz otra contradicción rousseauniana del kirchnerismo (en otras palabras, no es la primera vez que pasa: Rousseau y el kirchnerismo). En efecto, por un lado, sobre todo en sus comienzos, el discurso kirchnerista adoptó una posición progresista sobre el delito según la cual el delito es esencialmente provocado por condiciones socioeconómicas defectuosas o antes bien radicalmente injustas. No hay criminalidad en el fondo que resista una redistribución equitativa del ingreso. Al final del camino, lo que subyace a esta concepción progresista del delito es que el ser humano es naturalmente bueno y la sociedad es la que lo lleva a delinquir. El tinte rousseauniano de esta posición es incandescente, al menos en relación al Rousseau del Segundo Discurso tal como se suele designar en la jerga, o Discurso sobre el Origen y el Fundamento de la Desigualdad entre los Hombres.

Sin embargo, a medida que la criminalidad se mostró mucho más inelástica de lo que debería a la luz de la inusitada redistribución equitativa del ingreso de la que el kirchnerismo suele jactarse, el kirchnerismo no tuvo otra alternativa que mudar ideológicamente en lo que atañe a su discurso penal, a menos si es que deseaba continuar jactándose de su redistribución del ingreso. Desde la Presidencia de la República para abajo, se convirtió en un lugar común atribuirle el crecimiento de la criminalidad al pobre desempeño de los jueces penales en su función punitiva.

Es obvio que el desplazamiento del énfasis desde el eje redistributivo o socioeconómico y el papel del Gobierno hacia la actividad de los jueces penales supone adoptar una perspectiva antropológica pesimista, por no decir lisa y llanamente reaccionaria, tal como comentábamos hace muy poco (Contra Rousseau, entre De Maistre y Nietzsche). Esta posición reaccionaria tiene entre sus más ilustres defensores a Joseph De Maistre, aquel célebre monarquista católico (por lo demás enemigo declarado de la democracia precisamente debido a su desconfianza en la naturaleza humana), aunque en nuestro país el más conocido representante de esta teoría antropológica hoy en día tal vez sea Eduardo Feinmann, probablemente autor de la teoría del “uno menos”.

Como era de esperar, los últimos saqueos parecen darle la razón al Gobierno. Quienes cometieron los delitos en cuestión son seres irremediablemente caídos y por lo tanto los que murieron como consecuencia de dichos saqueos bien merecido lo tienen, a juzgar por la posición oficialista. Quizás hablar de merecimiento suene muy fuerte, y convenga decir que según el oficialismo, quienes cometieron los saqueos perdieron el derecho a la vida que de otro modo le corresponde a todo ser humano (lo cual explica las dudas de Estela de Carlotto acerca de quiénes murieron y por qué: eso está por verse).

Es más, no sólo se trató de seres malvados sin más sino de malvados con aspiraciones políticas, ya que el objetivo final de los saqueos fue el de desestabilizar al Gobierno, como no podría ser de otro modo. Así como quienes protestaban en las calles en contra del Gobierno no eran sino destituyentes, qué cabía esperar de quienes hoy lisa y llanamente salen a la calle a cometer delitos. Quienes protestan en contra de este Gobierno y quienes cometen delitos bajo este Gobierno son destituyentes.

Aquí es que aventuramos otro punto de encuentro entre el Gobierno y Rousseau, no menos contradictorio que el señalado más arriba. En efecto, por un lado Rousseau creía que el ser humano era naturalmente bueno, pero por el otro creía que quien cometía un delito, al menos en una república rousseauniana, no sólo era un delincuente sino además un enemigo que se alzaba contra el contrato social: “todo malhechor que al atacar el derecho social se convierte por sus fechorías en rebelde y traidor a la patria, cesa de ser miembro de ella al violar sus leyes, e incluso le hace la guerra” (Del Contrato Social, I.5). Ciertamente, si el régimen político no es sino la encarnación de la moralidad, todo aquel que viole la ley bajo dicho régimen no es meramente un delincuente sino un enemigo del orden político en su conjunto. Así como Rousseau creía que su república iba a encarnar a la moralidad, el discurso kirchnerista parece creer otro tanto, como suele pasar.

Sin embargo, las proyecciones políticas de actos inmorales pueden terminar siendo un arma de doble filo. En efecto, nos hemos enterado de que “la Justicia investigará si hubo ‘un atentado contra el orden institucional’” (Página 12 de ayer). Para el Gobierno, ésta es, tememos, una bendición mixta, como suelen decir en inglés. Si la Justicia confirma que hubo semejante atentado contra la democracia, habría que ver cómo explica el Gobierno el hecho de que prefirió deslindar toda responsabilidad sobre los saqueos al sostener que la seguridad pública es de competencia puramente provincial cuando en realidad el orden democrático federal en su conjunto aparentemente estuvo en peligro durante los saqueos, tal como lo podría dictaminar la Justicia y el Gobierno mismo declara hoy en día a voz en cuello. Dejemos entonces que la causa decante y que el tiempo dé su veredicto.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Contra Rousseau, o entre De Maistre y Nietzsche




La primera reacción del Gobierno ante los últimos acontecimientos que son de público conocimiento fue la de creer que se trataba de una cuestión salarial (ya lo habíamos dicho), y que precisamente por eso no iba a intervenir en ellos.

Pero ahora la posición oficial del Gobierno creemos representada por la Presidenta de la República es que se trató de un complot, una confabulación contra el Gobierno y por lo tanto un acto de naturaleza política (planificación). Suponemos que mediante esta última tesis el Gobierno trata de defender no sólo su cambio de opinión sino su muy pobre reacción ante dichos acontecimientos.

En realidad, hay dos grandes maneras de entender los acontecimientos. Ambas interpretaciones coinciden en que se trató de acontecimientos criminales, pero están en desacuerdo sobre la naturaleza del delito y quién lo cometió. Se trata de la antigua discusión sobre el delito en sí. Algunos toman el camino que podríamos llamar rousseauniano de creer que la explicación del delito es básicamente socio-económica: el ser humano es bueno, pero se ve forzado a cometer actos violentos debido a una pobre o muy pobre redistribución del ingreso.

Otros creen que la gente adolece de un pecado original o ha sufrido una caída como dice la teología, y por lo tanto comete actos malvados. Quizás el más famoso representante de esta interpretación sea Joseph De Maistre y por eso bien puede ser llamada “reaccionaria”. En sus Les Soirées de Saint-Pétersbourg De Maistre sostiene que « toda subordinación reposa sobre el verdugo ; (…). Quitad del mundo este agente incomprensible ; en el instante mismo el orden hace lugar al caos, … y la sociedad desaparece ». Seguramente De Maistre se apoya en sus reflexiones Du Pape en las que sostiene que « Quien ha estudiado suficientemente esta triste naturaleza, sabe que el hombre en general, si es reducido a sí mismo, es demasiado malvado para ser libre ».

Parecería que ninguna de las dos interpretaciones favorece al Gobierno. La tesis rousseauniana obviamente en lugar de defender al Gobierno es una condena inapelable: luego de diez años de crecimiento ininterrumpido, de índices económicos astronómicos, de recaudaciones fiscales siderales, ¿cómo explicar los saqueos? Obviamente, es por eso que el Gobierno dejó atrás la tesis de la discusión salarial (dado que el país creció tanto, es hora de pedir aumentos de salarios) para adoptar la tesis reaccionaria. El país está mejor que nunca económicamente, pero la gente, que es mala y murmura como dice el tango, comete delitos igual. Sin embargo, a De Maistre le habría llamado mucho la atención que alguien compartiera su tesis antropológica sin estar preparado precisamente para hacer frente a la maldad humana que subyace a esta tesis.

Además, invocar el carácter planificado de los acontecimientos es absurdo; en realidad, es una confesión de la propia incapacidad para hacer frente a la responsabilidad de lo político, que consiste precisamente en ofrecer por lo menos protección a cambio de obediencia. ¿Acaso el Gobierno sólo puede hacer frente al mal desorganizado o espontáneo? ¿O supone acaso el Gobierno que la maldad sólo opera espontáneamente, y sólo está preparado para hacer frente a hechos naturales o humanos espontáneos?

Sea como fuere, el Gobierno decidió seguir adelante con la Fiesta de la Democracia, impertérrito ante las muertes, y de ese modo estetizándolas (y no nos referimos precisamente a Moria Casán), quizás en defensa de la genealogía ante quienes creen que el origen de una institución es irrelevante para la comprensión actual de dicha institución. Nobleza obliga, el Gobierno prueba que en este caso Nietzsche tenía razón: "Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre—¡y también en la pena hay muchos elementos festivos" (La Genealogía de la Moral, II.6).

 

domingo, 8 de diciembre de 2013

La Máscara de los Indignados



La Secretaría General de La Causa decidió romper el chanchito e invitar ayer a la noche al equipo de La Causa a ver la representación de Un Ballo in Maschera de Verdi en el Teatro Colón. El equipo de La Causa, por alguna razón, no pudo evitar la comparación con la decisión de Hitler de enviar a miembros del ejército y trabajadores en la industria militar a Bayreuth con todos los gastos pagos, como recompensa por sus esfuerzos (Frederick Spotts, Bayreuth: A History of the Wagner Festival, p. 190).

La comparación provino del hecho de que a muy pocos de los "huéspedes del Führer" les gustaba la ópera y mucho menos Wagner, de tal forma que estos huéspedes conformaban una audiencia cautiva: no tenían elección, tenían que asistir o asistir: eran transportados en grupos a Bayreuth en un tren musical del Reich, llegaban a las seis de la noche y marchaban en columnas a las barracas en donde eran alojados. A la mañana siguiente se reunían en el teatro en donde recibían folletos sobre Wagner y lecciones sobre la ópera que iban a ver ese día. A la mañana siguiente volvían, siendo reemplazados por otro contingente de huéspedes del Führer (de hecho, en estos “Festivales de Guerra” el Teatro de Bayreuth no estuvo abierto al público en general sino sólo a los “huéspedes del Führer”). Muchos de los soldados muy probablemente habrían preferido seguir peleando antes que escuchar a Wagner. Curiosamente, no hubo comparaciones con sorteos cuyos premios fueran un viaje a Miramar.

De todos modos, quizás la comparación se debió a la "polémica" representación de Un Ballo. En primer lugar, los cantantes no estuvieron a la altura, salvo "honrosas excepciones". En segundo lugar, fue muy curiosa y fundamentalmente, la producción, a cargo de Alex Ollé, de La Fura dels Baus. Todos los cantantes, incluyendo al coro, usaron máscaras durante toda la representación, salvo "honrosas excepciones", muy similares a los protectores craneanos que emplean los forwards en rugby; además, usaron un guardapolvo similar a los que usan los funcionarios de la AFIP en ciertos operativos; y finalmente, casi todo el elenco, quizás en un toque de justicia poética, muere gaseado sobre el escenario una vez que se quitaron los máscaras precisamente al final. Además, durante la representación se proyectaron imágenes en las que no podían falta las máscaras de los indignados. Sólo faltó un clip de "La Máscara", con Jim Carrey.

Sin duda, lo que está en juego es lo que alguna vez puede haber sido una transgresión y hoy no es sino una moda decadente: usar a las óperas como una ocasión de hablar del presente. Vamos a citar el muy importante documento contenido en el programa de la ópera de ayer en las palabras mismas de Ollé: "De la sordidez de la historia desplegada en el libreto fueron surgiendo los hilos que establecieron una conexión estética con el universo ideológico de Orwell y su mundo futurista de 1984, que no hacía más que recorrer el horror a los totalitarismos del siglo XX". Como diría Sheldon Cooper, ¿en cuál de los mundos posibles puede Un Ballo in Maschera, o cualquier ópera del siglo XIX para el caso, tener conexión alguna con sucesos acontecidos un siglo después, a menos que la ópera contara con propiedades prolépticas?

Continúa Ollé, "en la actual crisis del capitalismo, el poder político y el financiero se confunden en una trama corrupta de intereses ambiguos del todo ajenos al bien común. Contra esta utilización cínica del poder se han alzado, en los últimos tiempos, las voces de los indignados, (...). Curiosamente es un personaje global que se caracteriza por llevar la cara cubierta, es decir, por el uso de una máscara. Su intención, sin embargo, es arrancarle la máscara al poder. Es en este sentido que todos los personajes de Un ballo in maschera llevan su máscara de principio a fin. Nadie muestra realmente el rostro desnudo en público. Sólo Ricardo y Amelia, en la intimidad, descubrirán su verdadera identidad". Obviamente, se debe a que "esta historia contiene, pese a todo, una historia de amor. El resto es toda mentira". Para finalizar, la "última máscara, la del baile, tal vez sea, en una pesadilla de tintes surrealistas, una máscara de gas que logre proteger, a los supervivientes, de su propio terror a una muerte masiva".

La cuestión, en el fondo, es: ¿por qué esta necesidad imperiosa de usar a la ópera, o al arte en general, como una ocasión para el anacronismo? ¿Acaso la suposición es que el público se olvida de su realidad y necesita que se la recordemos en el teatro? Suponiendo que el público fuera olvidadizo, de ahí no se sigue que alguien tiene el deber de recordarle cómo es la realidad.

Por otro lado, el problema obviamente no es la política de la representación. Si fuéramos fieles a las intenciones y contextos originales, esto permitiría que el significado de la obra emergiera tal como es, sea que la obra fuera conservadora o revolucionaria para el caso. Además, es la única manera de ser fieles a la historia, de concederle autonomía frente al presente y de paso poder aprender de ella. Pero para aprender de la historia tenemos que dejar de subordinarla al presente. Precisamente, el anacronismo no es sino una disposición ingenua o perversa de suponer que la historia no existe, que todo es presente, y por lo cual el anacronismo es el mejor antídoto contra cualquier propuesta genuina de cambio.

Nada más revolucionario hoy que una producción como la que se muestra en este clip de Carlo Bergonzi, quizás uno de los mejores tenores verdianos de todos los tiempos, en vivo aparentemente, no sabemos cuándo ni dónde (irónicamente, como en una producción contemporánea):


 


Y si hay miseria, que no se note: un Plácido Domingo muy joven, quizás en el Teatro Covent Garden de Londres, por 1975:

  

jueves, 5 de diciembre de 2013

Hobbes no era hobbesiano




Muy pocos pudieron resistir la tentación de describir los fenómenos acaecidos en Córdoba en términos de un "estado de naturaleza hobbesiano" (ENH), debido a que se suele creer que semejante escenario representa al ENH por antonomasia. Sin embargo, el ENH sólo ocasionalmente tiene en cuenta escenarios como el cordobés de hace dos días.

En primer lugar, la mera invocación del ENH conjura inevitablemente la imagen de una situación caótica de violencia indiscriminada junto con la imposibilidad de invocar superioridad moral alguna. Sin embargo, si lo que tuvo lugar en Córdoba fue un saqueo en la acepción estándar de la palabra, entonces en dicha situación quizás hubo violencia indiscriminada, pero es obvio que tuvo lugar cierta superioridad al menos normativa y por parte de quienes fueron víctimas de los saqueos. Quienes saquearon suponemos no tenían derecho a actuar y quienes fueron sus víctimas precisamente tenían derecho a no ser saqueados, derecho que es la sombra lógica del deber por parte de quienes saquearon de abstenerse de realizar semejante conducta. En otras palabras, el problema es la impunidad, típico material del que están hechas las películas de buenos y malos.

En segundo lugar, en el ENH es sabido que no existe derecho a la propiedad; tal derecho sólo surge con la aparición del Estado. Hobbes por momentos parece reconocer que existe cierta superioridad normativa en el ENH, pero que la estructura de la interacción es tal que impide reconocer quiénes son normativamente superiores (o inferiores para el caso). De ahí que por momentos la estructura de la interacción es causa y efecto del conflicto, y por lo tanto no podría exigirse otra conducta en el caso de que una parte ejerciera su libertad en perjuicio de la otra. Se trata de una situación en la cual «no podemos reconocer a los buenos entre los malos, […] también a los buenos y a los modestos les pesa perpetuamente la necesidad de desconfiar, precaverse, anticipar, subyugar y defenderse de cualquier modo» («Prefacio», Elementos Filosóficos. Del Ciudadano).

En tercer lugar, Hobbes reconoce que existe una «proclividad natural de los hombres a herirse mutuamente, que deriva de las pasiones, ... en verdad principalmente de su vana autoestima». Pero cree que dicha proclividad es acompañada por el «derecho de todos a todo, por el cual uno ataca con derecho, el otro se resiste con derecho» (EFDC, i.12). Con lo cual, el problema no es psicológico o moral, sino jurídico. El caso central del ENH debería ser entendido entonces como un conflicto de derechos, y no como una situación de impunidad o de falta de motivación a cumplir con la ley.

Hobbes cree además que la religión y la ideología tienen un lugar destacado dentro de la explicación del conflicto político: «ninguna guerra es más feroz que la que se libra entre las sectas de la misma religión y las facciones del mismo Estado, cuando la contienda es o bien sobre doctrina o bien sobre prudencia política» (EFDC, I.5). De ahí que incluso la preservación de la vida pueda quedar relegada en la lista de prioridades de los agentes políticos hobbesianos: «todo signo de odio y desprecio provoca a la pelea y a la lucha más que todo lo demás, hasta tal punto que muchos prefieren perder la vida y mucho más la paz antes que sufrir contumelia» (EFDC, iii.12). En otras palabras, no sólo los derechos sino las creencias en general pueden servir de base a la simetría normativa del estado de naturaleza (lo cual es el material del que están hechas las películas de gladiadores, o las tragedias en general).

Asimismo, no hay que olvidar que si la impunidad fuera el problema, el Estado jamás sería desafiado si se comportara como un Leviatán, y sin embargo lo que provocó la reflexión política de Hobbes fue precisamente la guerra civil, la caída del Leviatán. Tampoco podemos olvidar que si bien Hobbes creía que el ENH era lo peor que nos podía pasar, había otro estado de naturaleza en el que nos aconsejaba entrar (el internacional) para dejar atrás el estado de naturaleza originario o doméstico, por lo cual no todo ENH es por eso necesariamente indeseable, al menos para Hobbes (quienes estén interesados pueden consultar "Hobbes y la autonomía de la política" y "El Enemigo de la República", prólogo a Elementos Filosóficos. Del Ciudadano, Hydra, 2010).

Quizás Hobbes habría llegado a una conclusión similar a la que Engels alega llegó Marx cuando se enteró del uso que varios hacían de su doctrina: "Todo lo que sé, es que no soy marxista".


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Génesis y Capitanich

Es curiosa la primera reacción del Gobierno Nacional ante los hechos ocurridos en Córdoba. Nos informa precisamente la agencia oficial Télam que para el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, el conflicto con la Policía cordobesa obedece a una "cuestión estrictamente salarial que compete en forma exclusiva y excluyente al gobierno de la provincia de Córdoba" y, en ese sentido, sostuvo que el Estado Nacional no puede "subrogar responsabilidades ajenas" (click), en obvia referencia al pedido de ayuda del Gobierno Provincial para que el Gobierno Nacional envíe a la Gendarmería (a la sazón, hay un destacamento en Jesús María, a 50 kms de la Ciudad de Córdoba).

En otro orden, según Télam, Capitanich negó que exista "discriminación" del Estado Nacional hacia la provincia de Córdoba, a pesar de que el Gobierno Nacional envió a la Gendarmería a la Provincia de Buenos Aires y a la de Santa Cruz en repetidas veces. La mera coincidencia entre el envío de la Gendarmería y las simpatías políticas de los Gobernadores y/o relación con la provincias en cuestión son sólo eso, una coincidencia. 

Así y todo, llama la atención el criterio invocado por Capitanich, que podemos denominar como criterio genético o genealógico. Dado que la génesis o genealogía del conflicto es salarial, entonces el Gobierno Nacional no debe intervenir. De ahí que si, por ventura, de un conflicto salarial entre la Policía provincial y el Gobierno provincial deviniera un genocidio, el Gobierno Nacional tampoco podría intervenir. Vale recordar que el Gobierno Nacional envió a la Gendarmería a la Provincia de Buenos Aires recientemente sin que siquiera hubiera saqueos de por medio, sólo con fines preventivos entendemos, más allá del obvio propósito electoral. Da la impresión entonces de que el criterio genético es absurdo, y que debería prevalecer qué es lo que sucede, no tanto su génesis. 

Ciertamente, si sucediera que los saqueos fueron el producto de una pobre distribución del ingreso, no serían buenas noticias para un Gobierno Nacional que se ufana del éxito de su política redistributiva (que hasta donde sabemos habría alcanzado hasta la Provincia de Córdoba). Y si sucediera que los saqueos fueron producto de la mera criminalidad por no decir de nuestra caída naturaleza humana, eso tampoco serían buenas noticias para el Gobierno Nacional, ya que dicha naturaleza caída exigiría todavía más la ayuda nacional. Ni qué decir si los saqueos fueran el resultado de una conspiración contra el Gobernador. En este último caso no habría que descartar que al igual que lo sucedido con Massa (click), que el Gobernador mismo hubiera sido el que planeó esta conspiración en su contra, y que después incluso hubiera tratado de evitar la conspiración; la actuación de De la Sota en este caso habría merecido un premio de la Academia:




Hablando del diablo, el hecho de que el Gobernador en cuestión sea De la Sota no afecta nuestra conclusión. En efecto, aunque supusiéramos que De la Sota fuera el diablo (no hace falta ser muy imaginativo para suponerlo), no vemos por qué entonces la Provincia en cuestión debería sufrir por eso. Hasta Provincias gobernadas por diablos tienen derecho a ser socorridas por el Gobierno Nacional, a menos hasta una nueva reforma de la Constitución.   

viernes, 29 de noviembre de 2013

Con la Defensa alta




Al César lo que es del César. Aunque algunos suelen decir que uno de los problemas del kirchnerismo es que no tiene sentido del humor, esta bandera colgada entendemos ayer u hoy en ocasión de cierto festejo y que obra en el sitio de facebook de la así y reveladoramente llamada Juventud Kirchnerista de Izquierda, designación que reconoce la existencia de variantes kirchneristas de centro y de derecha so pena de redundancia, muestra que al menos el Ministerio de Defensa que entendemos responde al kirchnerismo tiene un sentido del humor por lo menos pythonesco.

¿Cómo entender de otro modo esta proclama pacifista en la fachada misma del edificio, justo debajo del cartel que indica precisamente el métier de este ministerio? Claro que no habría que excluir un regreso al cristianismo originario o primitivo según el cual si alguien nos hace daño debemos ofrecer la otra mejilla. En realidad, no pocos observarán que el cristianismo modificó su posición una vez que fue reconocido y co-optado por así decir por el poder, de ahí su hasta hoy preponderante teoría de la guerra justa. Quizás otro tanto suceda con el Ministerio de Defensa dentro de poco.

Ante nuestra curiosidad por el sentido, por parte del Ministerio de Defensa, de poner un número de asistencia telefónica tal como consta en el costado inferior derecho de la bandera, una amiga, Bárbara Hiertz, nos hizo notar que la explicación está en el costado inferior izquierdo. En otras palabras, se trata de una línea gratuita para contener, informar y asesorar las 24 horas, los 365 días del año, en todo el país. 

Sin embargo, la duda persiste. Primero porque, hasta donde sabemos, la ley de defensa de la democracia prohíbe el uso de personal de defensa para uso interno, por así decir. Pero aunque no estuviera prohibido, persisten los interrogantes. 

¿Será que, tratándose de, v.g., contención, uno podrá llamar en el caso elocuentemente descripto por ese gran tango de Pedro Laurenz, "Mal de Amores? ¿Y la información, podrá uno llamar para preguntar sobre el estado del tiempo, o la Morenocard, o hasta qué hora corren el subte E? ¿Y el asesoramiento? ¿Sabrán orientarnos sobre cuál es la mejor versión del Ring de Wagner? ¿La de Böhm en vivo en Bayreuth, o la de Solti en estudio? ¿O sobre cómo ir desde Parque Avellaneda hasta Medrano y Pasaje Inca? ¿O qué hacer para que no se corte una mayonesa? ¿Qué regalar a la cuñada en caso de que no sobre tiempo ni dinero? ¿Mejor la pizza del Cuartito o la de Güerrin? ¿Braden o Perón? ¿Alguna pileta cuya revisación médica no sea muy estricta, ahora que se viene el verano y los dedos de los pies no responden?

En fin, no podemos resistir la evocación del sketch pythonesco que primero se nos cruzó por la cabeza merced al obvio guiño cómico de la bandera: