«La causa victoriosa complació a los dioses, mas la vencida a Catón» (Lucano, Farsalia, I.128-9).
martes, 30 de julio de 2013
Reloj no marques las Horas
La Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA) informó que los espacios públicos asegurados por el Estado a las tandas o propagandas con vistas a las próximas elecciones serán módulos de 9 segundos para la radio y 12 segundos para televisión. La siguiente prueba de Monty Python (resumir A la Búsqueda del Tiempo Perdido de Proust en 15 segundos) parece un verdadero picnic en comparación:
lunes, 29 de julio de 2013
Al Final, parece que no somos un Sueño imposible que busca la Noche
Los miembros del equipo de La Causa de Catón, fieles a nuestro escepticismo, estábamos convencidos de que el blog era parte de un sueño, o pesadilla según se quiera, de algún personaje de un cuento de Borges. Sin embargo, acabamos de terminar el muy buen libro de Claudia Hilb, Usos del Pasado. Qué hacemos hoy con los setenta, de editorial Siglo XXI, y en su último capítulo, sobre el rechazo de la UBA a los estudiantes procesados o condenados por haber cometido delitos de lesa humanidad ("Estudiantes indeseables en UBA XXII (o: al enemigo, ¿ni justicia?)"), encontramos una referencia a La Causa, entendemos que a El Abogado del Diablo, en apoyo a su crítica a la decisión de la UBA al respecto. Sin duda, no faltará el que alegue que el libro de Hilb también podría ser parte de un sueño (de hecho, los miembros del equipo de La Causa lo han hecho en la última reunión de los viernes); sin embargo, en un gesto de optimismo narcisista vamos a tomar la referencia a La Causa como prueba irrefutable de que existe (y de que alguien la lee).
Vamos a comentar en otra oportunidad más en detalle los otros y muy interesantes capítulos del libro próximamente en esta sala, y por supuesto que agradecemos calurosamente la generosidad de Hilb y su referencia. Por ahora, sólo vamos a aprovechar la ocasión para señalar que mientras que el Gobierno ya ha comenzado a reconciliarse con al menos un sospechado de haber participado al proponerlo como Jefe del Ejército (v.g., véase Perdónalos, no saben lo que hacen), la UBA, fiel a su rica tradición de autonomía universitaria, no quiere saber nada con represores, se planta en sus trece en su acérrima defensa de los derechos humanos, en una actitud más papista que el Papa, o que Cristina mejor dicho.
sábado, 27 de julio de 2013
Más Consejos sobre cómo escribir un Paper
Hace poco volvimos a ver "The Footnote" (2012), la muy buena película de Joseph Cedar:
Esta película israelí contiene una frase que a su vez ofrece la regla de oro de toda obra académica, científica, o como se la quiera llamar. Mientras un profesor analiza un paper que le entregó un alumno, el primero le dice al segundo: "Te voy a decir algo que mi padre me dijo una vez. Hay un montón de cosas verdaderas en tu trabajo, y un montón de cosas nuevas. El problema es que las cosas nuevas no son verdaderas, y las cosas verdaderas no son nuevas". Acá está la receta con todos los ingredientes que todo buen paper debe tener (aunque quizás también convenga repasar este link sobre cómo escribir un paper). Sólo queda escribirlo.
Esta película israelí contiene una frase que a su vez ofrece la regla de oro de toda obra académica, científica, o como se la quiera llamar. Mientras un profesor analiza un paper que le entregó un alumno, el primero le dice al segundo: "Te voy a decir algo que mi padre me dijo una vez. Hay un montón de cosas verdaderas en tu trabajo, y un montón de cosas nuevas. El problema es que las cosas nuevas no son verdaderas, y las cosas verdaderas no son nuevas". Acá está la receta con todos los ingredientes que todo buen paper debe tener (aunque quizás también convenga repasar este link sobre cómo escribir un paper). Sólo queda escribirlo.
jueves, 25 de julio de 2013
Perdónalos, no saben lo que hacen
A juzgar por el siguiente video que contiene parte del alegato de Jorge Bernetti, miembro de Carta Abierta y ex funcionario de Defensa, la confusión conceptual kirchnerista que ya hemos indicado en entradas anteriores sigue viva y coleando (como la vida es corta, recomendamos ver a partir de 1:10 y que aquellos que lo consideren conveniente activen los respectivos filtros parentales, ya que el video que sigue contiene escenas de kirchnerismo explícito, aunque entre adultos consintientes, en el caso de Carta Abierta al menos):
En efecto, ya habíamos señalado la confusión entre Estado y Gobierno que subyace a la designación de Milani (acá se viene a militar). También habíamos señalado la confusión que subyace a sostener que quienes tienen cierta ideología, en este caso quienes son kirchneristas, pueden cometer delitos de corrupción (derecho penal para todos y todas). Ahora, la confusión consiste en que quienes expresan su apoyo al Gobierno pueden ser sospechados de haber colaborado con la última dictadura militar, para decirlo suavemente, sin que eso haga mella en sus aptitudes para ser designados en los más altos puestos del Ejército, como si Milani fuera algo así como un fascista, pero en el buen sentido de la palabra (otra vez parafraseando a Sacha Cohen). La posición de Bernetti nos hace acordar a ese cuento de Dolina en el que el árbitro cobraba los penales según el carácter moral del defensor, algo muy divertido pero sólo en la literatura, no en política.
En realidad, la confusión de Bernetti es quizás mayor, ya que en otro momento de la misma alocución, Bernetti reconoce que si Milani cometió un delito de lesa humanidad, entonces debería ir preso como todos los demás delincuentes, a pesar de sus simpatías políticas. Con lo cual, Bernetti suscribe a lo que en nuestra discusión sobre la defensa de Carta Abierta a Lázaro Báez habíamos llamado "La tesis de la motivación contraproducente" (tesis nro. 3, no disparen, es Báez), según la cual "la motivación de la denuncia no es la denuncia en sí misma sino deslegitimar al Gobierno, o en todo caso el motivo de la denuncia sólo se explica por la ideología opositora al Gobierno".
Esta tesis, más kantiana que Kant, es sorprendente, ya que según ella no podríamos denunciar a un vecino genocida si nuestra motivación fuera vengarnos porque hacía mucho ruido o dejaba la puerta del ascensor abierta o porque justo comulga con ideas políticas opuestas a las nuestras. Kant, vale la pena recordarlo, jamás creyó que la acción pierde todo valor moral si no iba acompañada de un propósito moral. En todo caso, sí creía que el valor moral completo de una acción dependía de su motivación, pero jamás sostuvo entonces que si no va acompañado de una intención pura o moral entonces el acto se vuelve irrelevante o incluso inmoral. Si hay que elegir, entonces, por las dudas el acto moral, y si tiene la intención correcta mejor. Quienes defienden esta estricta teoría motivadora hiperkantiana como Bernetti, Estados Unidos no podría haber entrado en guerra contra el Eje ya que lo hizo porque sus posesiones en el Pacífico estaban amenazadas, o como suele suceder, sus intereses económicos, y no porque estaba teniendo lugar un Holocausto. Si usara la tesis de la presunción de inocencia, Bernetti tendría que explicar hay varias decenas de militares procesados por indicios menos concluyentes que los que apuntan a Milani.
Además, Bernetti se olvida de que no sólo, yendo de mayor a menor, los fascistas, los golpistas y los liberales (si que existe alguna distinción para Bernetti entre estos tres grupos) se oponen a la designación de Milani, sino que incluso un kirchnerista como Verbitsky está en contra de la misma.
Bernetti podría insistir con el alfa y omega del kirchnerismo, el Ave María de todas las plegarias kirchneristas, es decir: Clarín es el diablo (tesis nro. 7, click). Pero tal como habíamos visto, hay un caso extremo que demuestra la puerilidad de este argumento. Hasta Hitler puede llegar a decir la verdad, aunque nadie deseara creerle, tal como lo muestra el caso de la matanza de Katyn. En efecto, Hitler tenía razón cuando protestaba a los cuatro vientos no haber matado a los 20.000 oficiales e intelectuales polacos encontrados muertos en los bosques de Katyn, porque la matanza fue realizada por los soviéticos. Nadie, por supuesto, tiene ganas de creerle a Hitler, pero las creencias no tienen nada que ver con las ganas (al menos por lo que se sabe hasta ahora de la psicología humana y del mundo).
Finalmente, siempre queda el credo quia absurdum, o "creo porque es absurdo". Pudo haber funcionado en teología (hablando de Roma), pero no puede funcionar para quienes desean ser convencidos por argumentos. ¿O sí? Veamos qué opinan nuestros lectores.
miércoles, 24 de julio de 2013
Miles kirchneristus et Deus absconditus
El ascenso del General César Milani a la jefatura del Ejército—aunque curiosamente sólo su ascenso y no la condición misma de militar en actividad—representa todo un desafío, tanto para kirchneristas como para kirchnerólogos, debido a las denuncias que lo vinculan a la última dictadura militar, las cuales han llevado a que un kirchnerista con credencial al día como Horacio Verbitsky haya aconsejado que Milani diera un paso al costado.
Nuestros lectores no sólo recordarán la entrada anterior (acá se viene a militar) sino que seguramente habrán advertido la similitud que existe entre la aporía kirchnerista actual con la teodicea o la superación del desafío que representa la existencia del mal en el mundo con la existencia misma de Dios. Si Dios es todopoderoso y bueno, entonces ¿cómo explicar la existencia del mal en el mundo? Dios puede ser solamente bueno, lo cual explicaría la existencia del mal al precio de la omnipotencia divina. Dios puede ser omnipotente y probablemente decidir no ser bueno, lo cual también explicaría la existencia del mal pero a expensas de la bondad divina. Negar la existencia del mal en el mundo a esta altura no es una opción para nadie.
En lo que atañe directamente a la Presidenta, la situación es básicamente la misma. Parece ser imposible reconciliar las tres proposiciones siguientes:
(A) Cristina es todopoderosa.
(B) Cristina es buena.
(C) Milani existe.
Cristina, sin duda, es omnipotente. Sin embargo, no parece ser fácil reconciliar su bondad con su defensa del ascenso de Milani a la jefatura del Ejército.
Es innegable que la existencia diabólica de Clarín podría explicar no sólo la existencia del mal y la de Milani, sino que además podría explicar fácilmente cómo llegó la carpeta de Milani a la Presidencia de la Nación, lo cual hizo quizás que Cristina equivocadamente lo propusiera. Pero en tal caso, si bien Cristina podría ser considerada buena, no podría obviamente conservar su omnipotencia. Si insistiéramos con su omnipotencia, no quedaría otra alternativa que suponer que Cristina sabe que Milani tiene vínculos con la dictadura militar y sin embargo lo defiende, lo cual nos lleva a fojas cero.
Una primera salida institucional para el Gobierno podría consistir en tomar el camino católico de la infalibilidad del líder espiritual, que tan buenos resultados le ha dado a la Iglesia Católica. Una segunda salida, por si quedaran dudas respecto de la primera, podría ser sostener que la defensa de Milani responde a razones estratégicas, las mismas que explican la alianza kirchnerista con el conglomerado mediático diabólico aproximadamente entre el año 1 y el 4 d.K. Dentro de unos años, Milani podría ser desplazado a las filas diabólicas, tal como le ha sucedido a antiguos socios kirchneristas, entre ellos dicho conglomerado mediático diabólico. La discusión en tal caso giraría alrededor de si entonces la Presidenta seguiría siendo tan buena como solíamos creer. Quienes creen que la alianza indicada con quienes tienen las manos manchadas de sangre fue apropiada o no hace mella a la bondad presidencial, seguramente no tendrán problema alguno en creer otro tanto respecto a la alianza con Milani, la cual es insignificante en comparación.
Finalmente, siempre le queda al kirchnerismo—y por lo tanto a la kirchnerología—lo que el Cristo de Milton respondió frente al desafío de su archirival, Satán: “quien recibe la luz desde arriba, de la fuente de la luz, no necesita de otro doctrina, aunque fuera verdadera” (Paraíso recobrado, IV.288-90). En una época de renovación espiritual como la que estamos viviendo, esta última alternativa bien puede terminar siendo la favorita de los creyentes.
lunes, 22 de julio de 2013
Al Ejército no se viene a hacer Política (al menos no en Democracia)
El General Milani, con las mejores intenciones, y justo antes de que el Senado trate el pliego de su ascenso, nos ha hecho saber: "sí, quiero ser parte de un Ejército que sea parte de un proyecto nacional, que ayude a construir obras de infraestructura, que desarrolle el país" (click), en relación a la administración kirchnerista. Sin embargo, las intenciones puede ser decisivas en moral pero no en política. Milani lamentablemente ignora que como General, y muchísimo más si llegara a ser Comandante en Jefe del Ejército, él tiene que ser parte del proyecto de todo Gobierno elegido democráticamente que transitoriamente representa al Estado. Con lo cual, sus declaraciones o bien son redundantes, o bien son contraproducentes porque trasuntan su compromiso ideológico con las personas que justo sucede están a cargo del Gobierno (la oscilación redundante-contraproducente ya la habíamos discutido en otro lugar: Redundancia o Magnanimidad).
Ciertamente, algunos insistirán en que el sentido de la frase de Milani queda aclarado al final de la misma: "que ayude a construir obras de infraestructura, que desarrolle el país". Sin embargo, aunque estamos de acuerdo con la actitud desarrollista (por así decir) de Milani, nos queda la duda de qué haría Milani entonces si el partido gobernante decidiera no construir obras de infraestructura (irónicamente, el Gobierno actual se caracteriza por su muy pobre gestión en materia de infraestructura; no hace falta, creemos, abundar al respecto). Por deseable que fueran las obras de infraestructura, también quedan supeditadas al mandato democrático. ¿Acaso Milani, o cualquiera, preferiría un gobierno no democrático que desarrollara obras de infraestructura antes que uno democrático que no lo hiciera?
Probablemente, la auto-designación del Gobierno como nacional y popular puede haber confundido al General Milani. ¿Acaso no todo Gobierno es nacional y popular por definición? ¿Y quienes se oponen al Gobierno están en contra de la Nación y del Pueblo? Creemos sin embargo que un General tiene que estar en condiciones de separar la retórica electoral de lo que se espera de un General que sirve bajo un régimen democrático. Tampoco lo ayuda al General el hecho de que la Presidenta tiene el hábito de hablar (y de actuar) en primera persona (no somos los primeros en notarlo: El Imperio del Yo), y quizás entonces el General cree, v.g., que es ella la que la paga el sueldo, o que trabaja para ella. La confusión es comprensible nuevamente, pero fácilmente superable, y por las mismas razones. Después de todo, se trata de un General especialista en Inteligencia.
El General Milani, finalmente, entenderá que sus declaraciones son especialmente preocupantes en un país como el nuestro, el cual en el pasado reciente ha sufrido la atroz intervención de los militares en política, y esperamos que sepa disculpar nuestra propia preocupación al respecto. Como decía Lucano en su inmortal verso de Farsalia (IV.579) (inscripto en las espadas de la Guardia Nacional de la Revolución Francesa convirtiéndose en un símbolo de la lucha por la libertad), a los militares "se [les] han dado las espadas para que nadie sea esclavo" [datos, ne quisquam seruiat, enses], pero para nada más.
Acerca de las denuncias sobre la intervención del General Milani en la dictadura, y acerca del sospechoso incremento de su patrimonio en democracia, a menos que el Gobierno, invocando al gran Sacha Cohen (película), creyera que se trata de un fascista pero en el buen sentido de la palabra, debería tomárselas en serio, del mismo modo que lo hizo con los demás militares que están procesados por denuncias iguales o menores que las relativas a Milani. Esperemos que no sea el Gobierno a su vez el confundido porque Milani le ha expresado su redundante o contraproducente apoyo, y lo trate igual que a los demás militares denunciados. Esperemos.
jueves, 18 de julio de 2013
Sobre la Revolución
En estos días asistimos a la reconversión de una YPF que se enorgullecía de ser completamente nacional y popular en una YPF que cierra un trato con Chevron. Ciertamente, todo aquel que tiene dos dedos de frente al menos intuye que el negocio del petróleo es un negocio que requiere de mucho dinero y muy probablemente exige hacer tratos con el diablo, que encima suele ser extranjero. Pero entonces, deberíamos cuidarnos de cantar las loas del petróleo nacional y popular, sobre todo si terminamos yendo al pie de Chevron.
El argumento oficialista que explica transiciones como la carburífera reciente, o la anterior en relación a Clarín o el dólar o Irán, es el de la revolución, como ya hemos discutido tantas veces en el blog (la revolución K). En medio de una revolución, el principio de no contradicción es un lujo que muy pocos pueden darse, y mucho menos los revolucionarios.
Hete aquí que justo sucede que estamos leyendo el ensayo de Hannah Arendt sobre la revolución, una fuente inagotable de herramientas para comprender el pensamiento revolucionario, a la vez que nos da una idea de lo incomprendidos que se deben sentir los revolucionarios por los demás, al menos por quienes observan la revolución.
En efecto, según Arendt, es tan imprevisible la acción en general y la revolucionaria en particular, que un actor revolucionario no puede saber que lo es, ni que lo va a ser. Leamos a Arendt: "¿No habían sido ellos realistas en 1789 quienes, en 1793, fueron conducidos no meramente a la ejecución de un rey particular (quien pudo o no haber sido un traidor), sino a la denuncia de la monarquía misma como un 'crimen eterno' (Saint-Just)? ¿No habían sido todos ellos ardientes abogados de los derechos de propiedad privada quienes en las leyes de Ventôse en 1794 proclamaron la confiscación de la propiedad no meramente de la Iglesia y de los émigrés sino de todos los 'sospechosos', para que pudiera ser entregada a los 'desafortunados'? ¿No habían sido indispensables en la formulación de una constitución cuyo principio central era la descentralización radical, sólo para ser conducidos a descartarla como totalmente sin valor, y a establecer en cambio un gobierno revolucionario mediante comités que fue más centralizado que cualquier cosa que el ancien régime había conocido o se hubiese animado a poner en práctica?" (On Revolution, p. 40).
De ahí que sea comprensible que el kirchnerismo primero apoyó la privatización de YPF, aunque en los noventa, antes de que existiera siquiera el kirchnerismo, luego se asoció con capitales privados argentinos, dijo haber nacionalizado YPF luego, y ahora se asocia con Chevron. Ojalá que no aparezca algún escéptico, que nunca falta, y alegue que el Gobierno es un revolucionario extraño, ya que sabe que lo es.
Otro rasgo revolucionario, explica Arendt, es que las revoluciones giran alrededor de "un evento en el cual la 'palabra devino carne', esto es, ... un absoluto que había aparecido en el tiempo histórico como una realidad mundana" (p. 151). No vamos a perder tiempo mencionando el enorme número de eventos kirchneristas que prueban el carácter revolucionario del movimiento. Como muestra, basta la referencia indirecta a quien hoy algunos todavía creen que fue solamente un individuo a pesar de que fue el fundador de una nueva era. Para dar una idea, vamos a dar un ejemplo. Fue a fines del año 8 d.K. que fue rescindido el acuerdo con Repsol y es precisamente en el 10 d.K. que el Gobierno firmó un acuerdo con Chevron.
Asimismo, Arendt sostiene que "el principio de la mayoría es inherente a todas las formas de gobierno, incluyendo al despotismo, con la posible excepción sólo de la tiranía. Sólo cuando la mayoría, después de que la decisión ha sido tomada, procede a liquidar políticamente, ..., a la minoría opositora el dispositivo técnico de la decisión de la mayoría degenera en regla de la mayoría" (p. 155). Es por eso que los padres fundadores estadounidenses trataron de prevenir que "los procedimientos de la decisión mayoritaria generaran el 'despotismo electivo' de la regla de la mayoría" (p. 156). Sería un muy interesante debate si en Argentina vivimos o quisiéramos vivir bajo la el régimen de la decisión o de la regla de la mayoría. Vale aclarar que por decisión Arendt siempre entiende un proceso que incluye un debate de opiniones, mientras que la regla sólo dictamina que la mayoría gobierna, sin que importe qué hace.
Por otro lado, mientras que uno de los pilares de la Revolución Francesa fue que el poder y el derecho emanaban de la misma fuente, la Norteamericana siempre se caracterizó por distinguir "entre una república y una democracia o regla de la mayoría", distinción que "gira alrededor de la separación radical del derecho y el poder" (p. 157). El poder fue ejercido por el pueblo al momento de la revolución, mientras que la autoridad del derecho primero es ubicada en el Senado federal de inspiración romana y luego desplazada hacia la Corte Suprema mediante el control de constitucionalidad (p. 191), también neo-romano a su modo (democracia o revolución). Fue esta separación entre el poder y la autoridad lo que explica el triunfo relativamente anodino de la Revolución Norteamericana y el sangriento fracaso de la Francesa, a la cual le llevó un par de siglos y varias constituciones lograr cierta estabilidad. Es curioso, hoy en día no pocos desean re-editar la unificación del poder con la autoridad en la misma institución.
Finalmente, la concepción de revolución que prefería Arendt no era ciertamente la francesa, pero tampoco la norteamericana en realidad, al menos no en su conjunto. Arendt rescataba la tradición participativa colonial previa a la revolución, que reapareció en cierto momento en la Revolución Francesa en la creación de la Comuna de París, luego en la Comuna de París por antonomasia en 1871, y en las revoluciones primero soviética (en sentido literal), luego en los consejos alemanes de 1918-19, y finalmente los húngaros de 1956. En todos estos casos tuvo lugar una verdadera esfera pública en donde la libertad cívica permitía a los participantes debatir y decidir en condiciones estrictamente políticas en el sentido arendtiano, sin estar a merced ni de líderes ni de aparatos partidarios. De aquí surge el paradigma de lo que se suele denominar democracia deliberativa. Se trata de una acción política tan difícil de asir como una mariposa. Sin embargo, no importa: siempre vale la pena (volver a) leer a Hannah Arendt.
lunes, 1 de julio de 2013
¿No existe la Independencia judicial?
No es ninguna novedad que el escepticismo acerca de la independencia del razonamiento judicial se ha vuelto moneda corriente, sobre todo dentro del campo kirchnerista. Es obvio que el kirchnerismo tiene un problema con el poder judicial. Lo que no es tan obvio es cuál es el problema (mutatis mutandis, consideraciones muy similares podrían aplicarse a los periodistas).
En efecto, el kirchnerismo en sus críticas al poder judicial oscila entre dos polos. Por un lado, la crítica consiste en que la independencia o neutralidad judicial es imposible. La idea es que los jueces no son agentes desinteresados, o cuyo único interés es la justicia, sino que son personas con un marcado compromiso político y actúan en consecuencia. De ahí que se les reproche a menudo que al controlar la constitucionalidad de las leyes los jueces tomen decisiones políticas a pesar de que carecen de representatividad política.
La falta de representatividad política es clara, aunque proviene de una decisión del poder constituyente. Además, la crítica de la imposibilidad de la independencia judicial queda expuesta a una obvia réplica. Si la independencia judicial es imposible, es muy difícil de entender por qué Néstor Kirchner se enorgullecía de haber tomado distancia de su antecesor Carlos Menem al designar miembros reputados por su independencia, desde Lorenzetti hasta Zaffaroni, pasando por Argibay y Highton de Nolasco.
Y si asumiéramos que los jueces se refieren hipócritamente a su independencia, quedaría la dificultad de que la idea misma de hipocresía en realidad es un homenaje a la idea de corrección normativa. Si la incorrección fuera imposible, la hipocresía también brillaría por su ausencia. ¿Qué sentido tendría ser hipócrita entre inmorales o entre personas que creen que la corrección es imposible? Nadie caería en la trampa, o habría que ser muy tonto para hacerlo.
Por el otro lado, el kirchnerismo a veces desplaza su crítica desde la imposibilidad de la neutralidad hacia su carácter indeseable. En efecto, cada vez que el kirchnerismo se identifica con el bien en una lucha contra el mal, exige que no seamos neutrales ante dicho conflicto, con lo cual el problema no es que sea imposible ser neutral sino que es inmoral, tal como el Dante famosamente sostiene en su Divina Comedia.
Ahora bien, no hay duda de que los jueces, como todos los demás mortales, tienen cierta ideología. La cuestión es si la presencia de ideología en los jueces justifica el escepticismo acerca de la independencia del razonamiento judicial. En realidad, toda crítica al comportamiento judicial supone la existencia de ciertas reglas o expectativas que suponemos que los jueces deben satisfacer, y que fácilmente puede ser reformuladas en términos de independencia o neutralidad. Por ejemplo, esperamos que los jueces sean independientes de las corporaciones. Pero esa misma expectativa se extiende seguramente a la política. ¿Acaso tendría sentido creer que la independencia frente a las corporaciones es posible y deseable, mientras que la independencia política no lo es? ¿Cuál sería la explicación de esa diferencia?
En realidad, quienes desconfían de la independencia judicial no suelen desconfiar de la posibilidad de una decisión judicial correcta. Si lo hicieran, deberían conformarse con cualquier decisión judicial, o tendrían razones para conformarse con decisiones que provinieran de una perinola o cualquier mecanismo completamente determinado por el azar.
De hecho, mal que nos pese y tal como nos lo recuerda Ronald Dworkin, la idea misma de la crítica de una decisión judicial, por no decir el error de una sentencia, supone la existencia de decisiones correctas. De ahí que sólo pueden darse el lujo de criticar la independencia judicial quienes creen que no existen decisiones judiciales correctas, y por lo tanto, quienes no pueden criticar decisión judicial alguna.
En resumen, el escepticismo ante la independencia judicial no sólo oscila entre la imposibilidad y la inmoralidad de la independencia del poder judicial, sino que además de manera sorprendente cree que los jueces en el fondo son capaces de ser independientes pero sólo respecto de las corporaciones. Además, quienes niegan la posibilidad de decisiones judiciales independientes, si llevaran sus creencias hasta el final, deberían estar dispuestos a reemplazarlas por mecanismos alternativos y determinados por el azar. Muy pocos están dispuestos a dar semejante paso.
En efecto, el kirchnerismo en sus críticas al poder judicial oscila entre dos polos. Por un lado, la crítica consiste en que la independencia o neutralidad judicial es imposible. La idea es que los jueces no son agentes desinteresados, o cuyo único interés es la justicia, sino que son personas con un marcado compromiso político y actúan en consecuencia. De ahí que se les reproche a menudo que al controlar la constitucionalidad de las leyes los jueces tomen decisiones políticas a pesar de que carecen de representatividad política.
La falta de representatividad política es clara, aunque proviene de una decisión del poder constituyente. Además, la crítica de la imposibilidad de la independencia judicial queda expuesta a una obvia réplica. Si la independencia judicial es imposible, es muy difícil de entender por qué Néstor Kirchner se enorgullecía de haber tomado distancia de su antecesor Carlos Menem al designar miembros reputados por su independencia, desde Lorenzetti hasta Zaffaroni, pasando por Argibay y Highton de Nolasco.
Y si asumiéramos que los jueces se refieren hipócritamente a su independencia, quedaría la dificultad de que la idea misma de hipocresía en realidad es un homenaje a la idea de corrección normativa. Si la incorrección fuera imposible, la hipocresía también brillaría por su ausencia. ¿Qué sentido tendría ser hipócrita entre inmorales o entre personas que creen que la corrección es imposible? Nadie caería en la trampa, o habría que ser muy tonto para hacerlo.
Por el otro lado, el kirchnerismo a veces desplaza su crítica desde la imposibilidad de la neutralidad hacia su carácter indeseable. En efecto, cada vez que el kirchnerismo se identifica con el bien en una lucha contra el mal, exige que no seamos neutrales ante dicho conflicto, con lo cual el problema no es que sea imposible ser neutral sino que es inmoral, tal como el Dante famosamente sostiene en su Divina Comedia.
Ahora bien, no hay duda de que los jueces, como todos los demás mortales, tienen cierta ideología. La cuestión es si la presencia de ideología en los jueces justifica el escepticismo acerca de la independencia del razonamiento judicial. En realidad, toda crítica al comportamiento judicial supone la existencia de ciertas reglas o expectativas que suponemos que los jueces deben satisfacer, y que fácilmente puede ser reformuladas en términos de independencia o neutralidad. Por ejemplo, esperamos que los jueces sean independientes de las corporaciones. Pero esa misma expectativa se extiende seguramente a la política. ¿Acaso tendría sentido creer que la independencia frente a las corporaciones es posible y deseable, mientras que la independencia política no lo es? ¿Cuál sería la explicación de esa diferencia?
En realidad, quienes desconfían de la independencia judicial no suelen desconfiar de la posibilidad de una decisión judicial correcta. Si lo hicieran, deberían conformarse con cualquier decisión judicial, o tendrían razones para conformarse con decisiones que provinieran de una perinola o cualquier mecanismo completamente determinado por el azar.
De hecho, mal que nos pese y tal como nos lo recuerda Ronald Dworkin, la idea misma de la crítica de una decisión judicial, por no decir el error de una sentencia, supone la existencia de decisiones correctas. De ahí que sólo pueden darse el lujo de criticar la independencia judicial quienes creen que no existen decisiones judiciales correctas, y por lo tanto, quienes no pueden criticar decisión judicial alguna.
En resumen, el escepticismo ante la independencia judicial no sólo oscila entre la imposibilidad y la inmoralidad de la independencia del poder judicial, sino que además de manera sorprendente cree que los jueces en el fondo son capaces de ser independientes pero sólo respecto de las corporaciones. Además, quienes niegan la posibilidad de decisiones judiciales independientes, si llevaran sus creencias hasta el final, deberían estar dispuestos a reemplazarlas por mecanismos alternativos y determinados por el azar. Muy pocos están dispuestos a dar semejante paso.
jueves, 27 de junio de 2013
Democracia o Revolución, esa es la Cuestión
Nos llama mucho la atención la reacción del kirchnerismo ante la decisión de la
Corte Suprema (vergonzosa, opositora, golpista, etc.: lo de siempre). Hay tres puntos en juego.
En primer
lugar, la reacción ignora que el control judicial de constitucionalidad es parte del derecho argentino vigente. Se
trata de un poder contramayoritario que, dicen sus defensores, tiene como tarea
proteger las decisiones del pueblo de las decisiones de los representantes del
pueblo, proteger al poder constituyente del poder constituido. Puede
no gustarnos, e incluso su defensa puede ser absurda. Pero, insistimos, es
derecho vigente, votado por el pueblo, que precisamente votó que un poder fuera contramayoritario y aseguró el resultado de ese voto con un blindaje constitucional.
En
segundo lugar, y nos vamos a repetir lamentablemente (v.g. rara avis), la reacción K ignora que la decisión constitucional
se ocupa de casos en los cuales las “diferencias de opinión sobre una relación
de cosas que yace directamente delante de los ojos bajo los que comparten una
convicción del mismo círculo…”, en cuyo caso estamos en presencia de verdaderas
cuestiones constitucionales que “jurídicamente consideradas siempre sólo pueden
tratar acerca del quis judicabit, i.e. acerca de la decisión y no acerca de la
pseudonormatividad de una judicialidad tribunalicia” (Carl Schmitt, Der Hüter
der Verfassung, [El Guardián de la Constitución], pp. 30-31). Es más, en los casos constitucionales “la duda
sobre el contenido de una norma está tan fundada y la norma en sí misma tan
poco clara en su contenido, que tampoco se puede hablar de una violación cuando
el tribunal es de otra opinión que el legislador o el gobierno, cuyas
disposiciones están en contradicción con la ley constitucional dudosa” (op.
cit., p. 45).
En tercer
lugar, la reacción K ignora que es precisamente por eso, porque puede haber desacuerdos constitucionales, que hace falta una institución que los decida, particularmente en un sistema democrático, en el
cual siempre va a haber por lo menos dos posiciones en disputa con argumentos
igualmente atendibles, no sólo al momento de la elección sino además al momento
de interpretar la constitución, que es la que sienta las reglas básicas de la
democracia.
Decir de
una institución autoritativa que se equivoca, o es opositora, o destituyente, o da vergüenza ajena
sólo porque toma una decisión que va en contra de lo que creemos, simplemente
equivale a no entender cómo funciona la autoridad. Cada vez que una autoridad decide algo, alguien pierde. "Así es la vida", con Luis Sandrini y Malvina Pastorino (o como diría Cristina Kirchner, "la vida es así": click).
Lo más curioso es que el kirchnerismo tuvo la oportunidad de elegir precisamente a los jueces de la Corte que hoy considera anti-democráticos. En realidad, no fue el kirchnerismo sin más sino el padre fundador literalmente, Néstor Kirchner, quien designó a los jueces. De ahí que el kirchnerismo se encuentra en una muy curiosa situación, similar a la de un espartano criticando a Licurgo, o la de un ateniense criticando a Solón, o un romano criticando a Numa. Se trata ciertamente de una situación irónica, ya que el kirchnerismo suele ser criticado por su obediencia ciega a los mandatos de sus líderes. La ignorancia en este punto puede ser matizada por cierta akrasia o falta de voluntad de cumplir con las decisiones de jueces designados por los interesados mismos, sea porque los consideraba afines o porque los consideraba independientes, o probablemente las dos cosas.
Lo más curioso es que el kirchnerismo tuvo la oportunidad de elegir precisamente a los jueces de la Corte que hoy considera anti-democráticos. En realidad, no fue el kirchnerismo sin más sino el padre fundador literalmente, Néstor Kirchner, quien designó a los jueces. De ahí que el kirchnerismo se encuentra en una muy curiosa situación, similar a la de un espartano criticando a Licurgo, o la de un ateniense criticando a Solón, o un romano criticando a Numa. Se trata ciertamente de una situación irónica, ya que el kirchnerismo suele ser criticado por su obediencia ciega a los mandatos de sus líderes. La ignorancia en este punto puede ser matizada por cierta akrasia o falta de voluntad de cumplir con las decisiones de jueces designados por los interesados mismos, sea porque los consideraba afines o porque los consideraba independientes, o probablemente las dos cosas.
Quizás lo que subyace a la reacción K no es ignorancia o akrasia sino la suposición de que el kirchnerismo está llevando a cabo una revolución. Era la misma suposición jacobina (aunque, como sabemos, jacobinos eran los de antes) de
Robespierre y de Saint-Just (que resultó ser mucho más que una suposición a
decir verdad) que los llevó a sostener que no tenía sentido llevar a juicio a
Luis XVI, ya que hacerlo implicaba que, como diría Sheldon Cooper, en algún
mundo posible cabía a su vez la posibilidad de que Luis XVI hubiese sido
inocente. Y por otro lado, si Luis XVI era inocente, entonces la Revolución era culpable. No, Luis XVI era culpable antes o en realidad con independencia del juicio. Lo mismo sucede con la reforma judicial según el kirchnerismo, o con toda posición kirchnerista su
posición es la constitucional sin más, toda decisión que se le oponga es por
definición monárquica, un desafío no sólo al kirchnerismo sino a la democracia
misma.
En otras palabras, el kirchnerismo no cree ser un partido democrático
entre otros, sino que cree estar haciendo una revolución. Algunos podrán decir que, tal como dijo Chou En-Lai en relación a la Revolución Francesa, es todavía muy
temprano para saber. Nos parece sin embargo que con la información que tenemos ya podemos
darnos una muy buena idea al respecto.
miércoles, 26 de junio de 2013
Lo Cortés no quita lo reaccionario
Justo estamos leyendo estas líneas de un autor que no estaba precisamente a favor de la revolución, mientras se sigue discutiendo las causas de las manifestaciones brasileñas (se voce disser que eu sou fascista): "Viniendo ahora á las causas de esta revolución , el partido progresista tiene unas mismas causas para todo. El Sr. Cortina nos dijo ayer que hay revoluciones porque hay ilegalidades, y porque el instinto de los pueblos los levanta uniforme y espontáneamente contra los tiranos. Antes nos habia dicho el Sr. Ordaz Avecilla : ¿Queréis evitar las revoluciones? dad de comer á los hambrientos. Véase, pues, aquí la teoría del partido progresista en toda su extensión: las causas de la revolución son por una parte la miseria, por otra la tirania. Señores, esa teoría es contraría, totalmente contraria á la historia. Yo pido que se rae cite un ejemplo de una revolución hecha y llevada á cabo por pueblos esclavos ó por pueblos hambrientos. Las revoluciones son enfermedades de los pueblos ricos; las revoluciones son enfermedades de los pueblos libres. El mundo antiguo era un mando en que los esclavos componían la mayor parte del género humano; citadme cuál revolución fue hecha por esos esclavos" (Juan Donoso Cortés, "Discurso sobre la Dictadura", Congreso de los Diputados, 4 de enero de 1849). Parece que Tocqueville no tenía la exclusiva.
viernes, 21 de junio de 2013
Se você disser que eu sou Fascista...
Dilma considera que las manifestaciones en su contra son parte constitutiva de la democracia, un signo de un régimen democrático robusto y avanzado. Encima, Dilma suspende todas sus actividades y conmina a su gabinete a dar una respuesta que satisfaga el reclamo de los manifestantes. Qué equivocada está Dilma. Nuestro sabio Gobierno, en cambio, nos ha recordado a menudo que quienes se manifiestan en contra del Gobierno no sólo no querían ni pisar el césped por miedo a ensuciarse, sino que eran además evasores impositivos y fueron criticados por carecer de un proyecto político y se les advirtió con razón que antes de criticar debían formar un partido político y ganar las elecciones. Es más, los manifestantes fueron tildados de golpistas, destituyentes e incluso fascistas (y, como diría Sacha Cohen, no en el buen sentido de la palabra). En defensa de la tesis kirchnerista y antes de que nuestro Gobierno repita su crítica, aquí subimos en exclusiva el himno, con letra y música, que los manifestantes brasileños entonan en todas sus marchas a lo largo y a lo ancho de Brasil en contra del gobierno democrático de Dilma:
jueves, 20 de junio de 2013
Éramos tan pobres...
Mucha gente no sabe cómo reaccionar ante este tweet del (en el viejo sentido de la palabra) publicista, Luis D'Elía: "@Luis_Delia: En Laferrere hasta hace poco, en el tren Belgrano sur la gente viajaba arriba del techo del tren (Bangladesh) EL SARMIENTO ES PRIVILEGIADO" (ver Tuit).
No solemos ocuparnos de los publicistas, aunque sí nos hemos ocupado de la última Carta Abierta (Quemá esas Cartas), pero este tweet es especial debido a la natural confusión que provocó. Algunos se indignan porque creen que es perverso, otros sádico, vergonzoso, etc.
Sin embargo, D'Elía simplemente hizo una comparación. En efecto, desde cierto punto de vista D'Elía podría decir que el Holocausto es peor que el Genocidio armenio, al menos de manera contrafáctica, dadas las dudas que D'Elía no ha ocultado sobre la existencia del Holocausto. Y es en este mismo sentido que quiso decir que el Sarmiento está mejor que el Belgrano (aunque, si se nos permite la expresión, nos morimos de curiosidad de saber cómo se viaja en el tren Belgrano como para que D'Elía se anime a hacer la comparación).
Pensándolo bien, D'Elía seguramente, tal como sucede cada vez que habla, no quiso que lo tomáramos en serio, sino que quiso hacer una broma, de humor negro quizás y que no va a ser fácilmente digerido por quienes usan el tren y/o sus familiares, pero broma al fin. En otras palabras, lo que parece estar en juego es el fino sentido del humor de D'Elía y su velada referencia al famoso sketch de los "Cuatro Hombres de Yorkshire", en el que Monty Python discute qué o cuál es la pobreza verdadera y por lo tanto qué es la riqueza, discusiones ambas en la que el Gobierno parece ser un especialista:
No solemos ocuparnos de los publicistas, aunque sí nos hemos ocupado de la última Carta Abierta (Quemá esas Cartas), pero este tweet es especial debido a la natural confusión que provocó. Algunos se indignan porque creen que es perverso, otros sádico, vergonzoso, etc.
Sin embargo, D'Elía simplemente hizo una comparación. En efecto, desde cierto punto de vista D'Elía podría decir que el Holocausto es peor que el Genocidio armenio, al menos de manera contrafáctica, dadas las dudas que D'Elía no ha ocultado sobre la existencia del Holocausto. Y es en este mismo sentido que quiso decir que el Sarmiento está mejor que el Belgrano (aunque, si se nos permite la expresión, nos morimos de curiosidad de saber cómo se viaja en el tren Belgrano como para que D'Elía se anime a hacer la comparación).
Pensándolo bien, D'Elía seguramente, tal como sucede cada vez que habla, no quiso que lo tomáramos en serio, sino que quiso hacer una broma, de humor negro quizás y que no va a ser fácilmente digerido por quienes usan el tren y/o sus familiares, pero broma al fin. En otras palabras, lo que parece estar en juego es el fino sentido del humor de D'Elía y su velada referencia al famoso sketch de los "Cuatro Hombres de Yorkshire", en el que Monty Python discute qué o cuál es la pobreza verdadera y por lo tanto qué es la riqueza, discusiones ambas en la que el Gobierno parece ser un especialista:
miércoles, 19 de junio de 2013
"Lo primero que hacemos: matemos a todos los Abogados"
El título de la entrada no es una cita de la Presidenta de la República, sino de Jack Cade, el líder revolucionario que aparece en 2 Enrique VI de Shakespeare. Por alguna razón, se trata de una cita que no pocos suelen invocar para expresar su convencimiento de que para Shakespeare, anacronismo mediante, la democracia y el derecho están indisolublemente unidos.
El fallo de la Corte Suprema sobre la constitucionalidad de la así llamada ley de reforma judicial es bastante aburrido, porque no deja mucho lugar para la polémica. Es más, hasta ahora no hemos sabido de la existencia de algún constitucionalista de fuste que cuente con argumentos de peso a favor de la manipulación del Consejo de la Magistratura (para muestra...). Ciertamente, los números por sí mismos no son un argumento. Pero pueden ser a veces un indicio de la verdad.
Ciertamente polémica es la disidencia de Zaffaroni, quien durante toda su vida se preocupó por enfatizar que hay que hacer todo lo posible para que los derechos individuales fundamentalmente de las personas más perjudicadas por la muy injusta distribución capitalista del ingreso no queden expuestos a las decisiones de las mayorías circunstanciales, las cuales tienden a exigirle a los jueces muy severas condenas penales por cualquier acción que provoque el miedo de dichas mayorías. Es por eso que Zaffaroni siempre quiso despolitizar a los jueces, o que la política de los jueces consista en evitar que al menos el derecho penal quedara en manos de mayorías circunstanciales.
Sin embargo, Zaffaroni ahora dice, en pocas palabras, que una ley que contribuye al resultado contra el cual él peleó toda su vida "puede no gustar, pero no es inconstitucional". Zaffaroni es un ejemplo de convivencia democrática, de respeto por la opinión de quienes no piensan como él. Todos los demás humanos suelen creer que quienes no piensan como ellos no sólo se equivocan sino que además su opinión es inconstitucional.
La presidenta anunció esta noche que los jueces podrán cortar todas las flores legales, pero no podrán detener la primavera nacional y popular. La fascinación que provoca su premonición según la cual la reforma judicial propuesta por el kirchnerismo va a tener éxito más temprano que tarde es infinita (click). ¿A qué se refiere? ¿Qué piensa hacer? ¿Menemizar la Corte mediante la ampliación del número de sus miembros? ¿Sancionar una ley que derogue el control judicial de constitucionalidad? ¿Descolgará el cuadro de Néstor, el verdadero responsable de que la Corte no haga lo que el Poder Ejecutivo espera que haga?
Es hora de que quienes durante años hemos señalado la así llamada dificultad contra-mayoritaria del control judicial de constitucionalidad hagamos una auto-crítica, ya que mientras predicábamos los defectos de dicho control no habíamos advertido el uso que se le podría dar a dicha crítica para impedir que los presupuestos mínimos de toda democracia queden expuestos a los vaivenes de una mayoría circunstancial. Por otro lado, varias veces en este blog hemos señalado que Carl Schmitt también criticaba el control judicial de constitucionalidad, pero fundamentalmente porque lo creía incapaz de proteger a la Constitución de sus enemigos, i.e. del nazismo y del comunismo.
En defensa de Carlos Nino, quien fuera uno de los pioneros en nuestro país de la divulgación de la así llamada dificultad contra-mayoritaria, debemos decir que a pesar de que señalara una y otra vez las deficiencias democráticas del control judicial, una vez que Menem llegó al poder nos hizo saber a comienzos de la década del 90 que era hora de parar la pelota, suspender la reforma parlamentaria que atenuaría los poderes constitucionales del poder judicial y defender la Constitución premenemista en defensa de la democracia. Nino tenía suficiente inteligencia política para darse cuenta de que incluso uno de los poderes más conservadores que puede haber como el judicial, muy ocasionalmente, como en estos casos, puede convertirse en un verdadero pilar de la democracia. Otra de las ironías del kirchnerismo es precisamente que la Corte Suprema pueda ufanarse de ser la guardiana de la democracia.
miércoles, 12 de junio de 2013
Jacobinos eran los de antes
Las
recientes declaraciones de la Presidenta en relación a la reforma judicial
propuesta por ella, “¿Quieren ser el contrapoder del pueblo? Porque yo no estoy
representando a un partido, estoy representando al pueblo”, nos traen a la
memoria la situación política de la Francia de comienzos del siglo XIX que ya
habíamos citado en otra oportunidad: “La soberanía del pueblo tenía sentido,
para el Primer Cónsul, sólo si podía afirmarse de manera polarizada. Está claro
para él que la nación no necesitaba de garantías contra el poder, dado que
todas las autoridades que la constituían emanaban de ella. Bonaparte
participaba de esa manera del antipluralismo dominante en Francia en ese
período; a sus ojos, la democracia no puede ser más que no liberal.
¿Concebimos-se pregunta en enero de 1802-una oposición contra el pueblo
soberano? ¿Tribunos allí donde no hay patriciado? Las imágenes de luchas
revolucionarias y el espectro del caos que se perfilaban aún entonces detrás de
la mera palabra ‘oposición’ le facilitaron, es cierto, la tarea” (Pierre
Rosanvallon, La Contrademocracia, p.
106).
Es asimismo natural que tanto adeptos del kirchnerismo como Eduardo Rinesi (click) cuanto detractores como Mariano Grondona (click) perciban cierto aire de familia entre el kirchnerismo y el jacobinismo. Es indudable que hay varios puntos en común entre
el jacobinismo y el kirchnerismo. Por ejemplo:
1. El kirchnerismo
tiene cierto aspecto jacobino debido a que invoca una Verdad, que en nuestra
época se enfrenta a la libertad de opinión tal como es entendida en el mundo
capitalista, precisamente a su vez al mercado y al pluralismo en general. Quien
defiende la Verdad tiene un compromiso total con ella y por eso no sólo milita
por ella, a veces incluso irracionalmente, sino que no puede someterla al pluralismo de
ideas, ya que todo opositor a la Verdad no se equivoca sin más sino que muy probablemente sea inmoral, un enemigo del pueblo (Filosofía política K). Dicho sea de paso, esa Verdad oscila muchas
veces. Para muestra, el botón de Clarín. Si Clarín es el enemigo del pueblo desde
el 2008, no es fácil de entender cómo fue su amigo desde 2003 hasta el 2007 (1984).
2. Se
sigue del primer punto que la noción de Verdad va naturalmente acompañada de una transubstanciación rousseauniana de la voluntad general en el voto de la
mayoría. Ya habíamos discutido en el blog que para el kirchnerismo la minoría
que pierde una elección contra el kirchnerismo no es sólo una minoría sino que
además se trata de una minoría fundamentalmente equivocada sobre aquello en lo que consiste la
voluntad general, a pesar de que si hubiese contado con la mayoría habría tenido tanta razón como la mayoría actual (Krousseau).
3. En el
fondo, la cuestión no es tanto sobre mayorías o de minorías, sino que el kirchnerismo
dice representar una parte de la sociedad que en el fondo es el pueblo, el
todo. De ahí el grave problema de la democracia para el kirchnerismo, o para el
jacobinismo, para el caso. ¿Cómo reconciliar al pueblo con la democracia, dado que toda elección democrática es imprevisible? ¿Puede el pueblo supeditarse a un sistema de reglas? ¿No sería eso consagrar el status quo?
4. El
jacobinismo tiende congénitamente a proclamar que el pueblo puede ser
políticamente operativo mediante su encarnación en un Partido y en un Líder.
Otra vez, el parecido es innegable.
Sin embargo, y con independencia de si es bueno o malo para el kirchnerismo (y para el jacobinismo) que así sea, hay al menos otras cuatro diferencias esenciales por los cuales el jacobinismo kirchnerista es tan anodino o relativo como su nazismo (Nazis eran los de antes).
1. Si
bien el jacobinismo reivindica la violencia política, el kirchnerismo hace otro
tanto pero con la violencia política durante los 70s, ya que es indudable que
hoy en día reniega de su uso contemporáneo.
2. La revolución
kirchnerista no ha dado evidentemente el resultado esperado, ya que después de
diez años de crecimiento a tasas chinas como se suele decir, el ejército de
cartoneros sigue marchando todas las noches (Cartoneros de Clase media) y
además la Presidenta le ha pedido ayuda a los jueces para combatir el delito,
todo lo cual es revelador ya que a menos que expliquemos la criminalidad en
términos antropológicos o teológicos, la explicación restante es que es
provocada por una notoria desigualdad en la distribución del ingreso.
3. El
ingrediente clave del jacobinismo es la virtud, la cual, según Robespierre al
menos, justificó incluso el uso del terror, y al cual quedo expuesto él mismo, como fiel revolucionario. Hablar de la virtud kirchnerista es
al menos polémico, como se suele usar el término en estos días (no es lo que parece, y por si hiciera falta: Soy justo). Beatriz Sarlo, quien
también detecta ciertos rasgos jacobinos en el kirchnerismo, por esta misma
razón lo caracteriza como una versión criolla del jacobinismo (click).
4. No se
advierte en el kirchnerismo la preocupación por la virtud y por lo tanto por la
corrupción de los gobernantes que es otro ingrediente clave del jacobinismo. En
efecto, en el proyecto alternativo de Declaración de los Derechos del Hombre y
del Ciudadano del 24 de abril de 1793 presentado en la Convención Nacional por
Robespierre figura en su artículo XIV que “El pueblo es soberano; el Gobierno
es su producto y su propiedad y los funcionarios públicos son sus delegados. El
pueblo puede, cuando le plazca, cambiar su gobierno y revocar a sus
representantes”. En el art. XIX consta que “En todo Estado libre, la ley debe
sobre todo defender la libertad pública e individual contra los abusos de
autoridad de los gobernantes. Toda institución que no suponga al pueblo bueno y
al magistrado corruptible es viciosa”. En el XXXIII: “Los delitos de los
representantes del pueblo deben ser severa y fácilmente castigados. Nadie tiene
derecho a pretenderse más inviolable que los demás ciudadanos”.
Quedó demostrado empíricamente que puede haber
peronismo sin Perón, pero, por definición, es imposible que exista el jacobinismo sin virtud, o con corrupción, que es exactamente lo mismo. Algo así
sería como un Hamlet sin el Príncipe,
como se suele decir en inglés.
viernes, 7 de junio de 2013
Nada Humano le es ajeno a Insfrán
La violación sistemática de los derechos humanos (a la vida, propiedad, etc.) a la que ha estado expuesta la comunidad qom de un tiempo a esta parte por el Gobernador Insfrán de la Provincia de Formosa no es ninguna novedad. Lo que quizás sea novedad, hasta cierto punto, es que la violación de los derechos humanos no es exactamente una invención de Insfrán, sino que se trata de una característica típica de una corriente del pensamiento occidental de ilustre prosapia que irónicamente suele ser llamada “humanismo”.
En efecto, mientras que algunos intelectuales, si se nos permite el anacronismo, como Bartolomé de Las Casas y luego Francisco de Vitoria creían que los nativos americanos, si bien pertenecían obviamente a una cultura diferente, eran seres humanos con iguales derechos que los europeos, y por eso ambos españoles se opusieron claramente al trato recibido por los americanos de manos de los europeos, otros intelectuales no menos españoles como Juan Ginés de Sepúlveda, un exquisito humanista y autor de una notable traducción de la Política de Aristóteles al latín, apoyándose precisamente en la autoridad de Aristóteles, creía que los nativos americanos eran esclavos por naturaleza y merecían ser tratados en consecuencia. Es más, tal como lo ha mostrado Richard Tuck en The Rights of War and Peace, mientras que el modelo escolástico de la guerra se oponía firmemente a la justificación de una guerra de conquista, el modelo humanista por el contrario fue el que defendió la colonización del “nuevo mundo” extra-europeo.
Carl Schmitt, en su Nomos de la Tierra, también nos recuerda que no fue casualidad alguna que Sepúlveda haya sido humanista. Francis Bacon, otro gran humanista, creía que los nativos extra-europeos eran caníbales y por eso inhumanos, y por lo tanto carecían de derechos. Schmitt creía además que “No es de ninguna manera una paradoja que justo los humanistas y los humanitarios presenten tales argumentos inhumanos. Pues la idea de la humanidad tiene dos lados. Ella es capaz de una dialéctica a menudo sorprendente” (p. 72). Según Schmitt la ideología humanitaria del humanismo congénitamente porta una energía de disociación discriminatoria entre seres humanos e inhumanos. El potencial discriminador, irónica o paradójicamente según se quiera, sólo alcanzó su máximo esplendor una vez que la idea de la humanidad absoluta alcanzó su cénit a partir del siglo XVIII hasta nuestros días: “Recién con el ser humano en el sentido de la humanidad absoluta aparece, a saber, como la otra cara del mismo concepto, su específicamente nuevo enemigo, el inhumano [Unmensch]” (72). Además, en El Concepto de lo Político Schmitt se hizo famoso por sostener que “El que dice humanidad, quiere engañar”.
Tampoco es casualidad que un brillante discípulo de Schmitt como Reinhart Koselleck explique en Futuro Pasado que la idea de humanidad es un contra-concepto asimétrico, i.e., un concepto binario que pretende tener alcance universal tal que todo aquel que desee oponérsele automáticamente es considerado desigual y por lo tanto impide el reconocimiento mutuo. Por ejemplo, el primer contra-concepto asimétrico es el del helenismo o la Hélade, según el cual todo aquel que se le oponga se convierte en un bárbaro, no sólo en sentido cultural sino fundamentalmente en términos morales. Un segundo contra-concepto asimétrico es el Cristianismo o Cristiandad (según corresponda). Quien queda fuera de este concepto es el paganismo, quien es bienvenido a ser parte del universal cristiano pero por supuesto a cambio de dejar de ser pagano. Una vez que el universalismo cristiano cobró una dimensión institucional, fue tan peligroso como su antecesor helénico.
Finalmente, explica Koselleck, llegamos a lo que en principio debería haber reemplazado a todos los contra-conceptos asimétricos, es decir, el concepto moderno de humanidad. Se trata de un concepto que aspira a la totalidad o generalidad de tal forma que no puede haber en principio división alguna y su alcance se extiende a todos los seres humanos. Sólo puede quedar afuera aquello que es inhumano. Sin embargo, no iba a pasar mucho tiempo hasta que la humanidad misma se volviera un concepto primero crítico y luego polémico contra la iglesia y las religiones, el derecho estamental de la sociedad, el dominio personal de los príncipes, países que están en contra de Estados Unidos y hoy en día pueblos originarios que molestan a los aliados políticos del kirchnerismo. En efecto, así como Luis XVI, un ser humano mal que nos pese, se convirtió en el primer enemigo de la Humanidad, hoy los qoms no son considerados humanos y por eso aparentemente algunos les niegan sus derechos humanos más elementales.
A esa altura es natural concluir que muy probablemente Insfrán, verdadero intelectual humanista si los hay con un insaciable apetito por la filosofía clásica, seguramente sólo por modestia prefiere no presumir de sus lecturas aristotélicas y de la obra de Ginés de Sepúlveda, así como de la tradición humanista desde Tomás Moro hasta Ronald Dworkin, y de ese modo apuntalar su política de violación sistemática de los derechos de los qoms en la provincia que gobierna ya hace un par de décadas merced a la generosa re-elección indefinida que él logró incorporar a la constitución provincial.
Más allá de esta curiosa relación de amor-odio entre el humanismo y los derechos humanos, ¿por qué el Gobierno Nacional que tanto ha hecho por los derechos humanos y se enorgullece de haberlo hecho, sin embargo, defiende a rajatabla a un político como Insfrán, v.g., negándose a atender a los qoms e incluso dándole a Insfrán un lugar privilegiado en el escenario mismo detrás de la Presidenta en el último acto de conmemoración del 25 de Mayo?
Políticamente es más que inconveniente, ya que no sólo Insfrán viola los derechos humanos de los qoms, sino que su provincia es políticamente casi irrelevante, sobre todo al lado de provincias como Buenos Aires, Córdoba, o Santa Fe. El Gobierno Nacional tendría todo por ganar si se apartara de Insfrán. Dicho sea de paso, hace poco la Presidenta declaró a voz en cuello que "DONDE HAYA UN ARGENTINO QUE SUFRE, AHÍ VOY A ESTAR" (click), lo cual nos hace dudar de si los qoms son argentinos. En otras palabras, aunque fueran humanos, el problema de los qoms es que no son argentinos.
Así y todo, las palabras vuelan, la duda permanece. ¿Cuál es la explicación de esta alianza inquebrantable? ¿Será la conocida profesión de fe kirchnerista del Gobernador merced a la cual la primera estatua de Néstor Kirchner fue construida y expuesta en Formosa? Sea cual fuere la explicación, la fidelidad para con sus aliados de la que hace gala el Gobierno es encomiable: ni siquiera los derechos humanos logran que el Gobierno abandone a sus aliados.
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