miércoles, 16 de marzo de 2016

¿Qué son los Gobiernos, sino grandes Bandas de Ladrones?



La (entendemos) abogada Julia Mengolini ha propuesto una tesis fascinante en relación al kirchnerismo que está destinada a provocar enjundiosos debates. En efecto, para ella “La corrupción no quita lo bueno del proyecto político” (La Nación), a pesar de que la corrupción en cuestión salpica, por así decir, a lo más alto de la conducción de dicho proyecto. Para evitar confusiones e inconvenientes en general, vamos a suponer que la discusión es hipotética antes que empírica, i.e., que la tesis de Mengolini se refiere a la relación entre corrupción y política en general, con independencia de los gobiernos y de si las acusaciones al respecto en este caso son (in)fundadas.

A primera vista, la distinción conceptual entre las consecuencias de un proyecto y los actos cometidos por quienes conducen dicho proyecto es absolutamente correcta. De hecho, para negar semejante distinción habría que suponer que puede existir algo así como una malvadocracia tal que solamente cometiera actos corruptos. En realidad, Platón mismo (y tras él Agustín de Hipona y varios más) ya argumentaba que la cooperación entre quienes no se destacan precisamente por su carácter moral prueba la superioridad precisamente de la virtud en relación a la inmoralidad. Quienes cometen delitos en conjunto y no confían entre sí jamás podrán tener éxito en sus negocios.

En rigor de verdad, hasta el mismísimo nazismo puede haber realizado acciones moralmente justificadas, como por ejemplo castigar—incluso mediante el debido proceso—violaciones u homicidios, o incluso proveer guarderías infantiles para aquellos padres que las necesitaran, a pesar de haber cometido los actos más abominables que pueda concebir una mente humana. Algunos de los propios sobrevivientes de los campos de concentración dan cuenta de unos pocos, excepcionales actos benevolentes por parte de algunos nazis. Si nos tomamos la libertad de hacer referencia a la Segunda Guerra Mundial es porque a la propia Mengolini le gusta hacer referencia a la misma de vez en cuando: Alemania decime qué se siente.

El punto es que hasta los emprendimientos colectivos notoriamente injustificados moralmente necesitan de cierta virtud al menos interna y/o realizan acciones a todas luces justificadas en relación a terceros. De hecho, hace poco una muy interesante reseña en el Times Literary Supplement mostraba que la idea misma de una cleptocracia perfecta—en este caso en la Rusia de Putin—no tenía sentido precisamente por estas mismas razones (TLS).

Claro que Mengolini no se conforma con sostener este difícilmente impugnable minimalismo moral (sea interno y/o externo) de los agentes corruptos, sino que suponemos que, al revés, cree que la corrupción kirchnerista en todo caso sería un accidente dentro de un proyecto normal o genéricamente valioso. En todo caso, Mengolini podría además tomar el camino consecuencialista ya desbrozado por esa verdadera pionera que es Diana Conti (Derecho Penal para todxs) y sostener que para hacer política hace falta dinero, sin ser muy exquisita acerca del modo en el cual dicho dinero es obtenido.

Ahora bien, nos preguntamos si Mengolini está dispuesta aceptar que, tal como se suele decir en inglés, no hay nada extraño en encontrar los términos “corrupción” y “proyecto político” en una misma frase. Imaginémonos, por ejemplo, a los máximos dirigentes de un proyecto político, considerados quizás justificadamente como héroes nacionales, a pesar de que los retratos que, a su debido tiempo, cuelgan en las escuelas, hospitales y dependencias públicas en general los muestran luciendo un traje a rayas debido a que la justicia penal hubiere cumplido con su cometido. En otras palabras, estos mismos héroes nacionales serían delincuentes convictos en tal caso.

Quizás Mengolini tenga razón y el problema no esté en las proposiciones—o en las imágenes para el caso—sino en (algunas de) nuestras mentes, incapaces de advertir la distinción conceptual indicada más arriba. Después de todo, tal como nos lo enseñan las neurociencias (y mucho antes Descartes), muchas veces debemos dudar incluso de nuestras propias mentes.

7 comentarios:

ff dijo...

Andrés, es muy interesante tu punto de vista y el planteo. Siempre me interesó la matriz 'estructural' que hay de la corrupción en la política.
Un caso fascinante es el de Néstor Kirchner. Un hombre que, es casi consensuado, vivía por la política. La pasión por el poder le carcomía cada minuto de su vida y cada parte del cuerpo, tanto es así que a esta altura parece un hecho que se despreocupó por su salud en base a la obsesión por la política.
Y aún así, un hombre que es visto desde muchos lugares como una persona que todo lo hacía por el dinero, y por abastecerse de millones y millones.
Sin pretender hacer un juicio por computadora, y aún reconociendo un gran aprecio que tengo por la obra de Kirchner, prefiero en estos casos pretender la culpabilidad.
Mi pregunta entonces fue, ¿cómo un hombre tan obsesionado por la política, tanto que hasta dejó su propia vida en ella, podía tener tanta obsesión por acumular dinero? ¿pensaba dedicarle algún tiempo a gastarlo, aún cuando no lo tenía ni para dormir, aún estando fuera de la presidencia?
La respuesta, o un acercamiento a ella, la encontré complementariamente en José Pablo Feinmann y en Beatríz Sarlo. Ambos escribieron sobre Kirchner.
Feinmann, quien lo conoció, cuenta sobre la necesidad de Kirchner de poder. Y la reivindica: para ser un buen político, se necesita estar obsesionado con el poder, pues uno puede perderlo en cualquier momento. Kirchner lo estaba.
Sarlo, mucho más critica, piensa en la cuestión del dinero. En la Argentina, el poder se evapora rápido. Muy rápido. Y cuando se va, no quedan todos los amigos ni las grandes alianzas construidas. Nada queda. Salvo el dinero: el dinero aparece como la única fuente de recuperación del poder, una vez ido.
En la política argentina, la traición es la norma. No existen grandes políticos que no hayan sidos, al menos en alguna medida, traidores con los que le dieron alguna oportunidad. Pero en el otro filo, todos son susceptibles de ser traicionados. El político que forma a otro sabe que, tarde o temprano, se le vendrá en contra. Kirchner lo hizo con Duhalde, y todos sel o auguraban con Scioli. La sucesión podrá ser más o menos prolija, pero el poder no será compartido. Y el que se va, se tiene que ir. Y no le queda nada. Salvo la obsesión por el poder, porque es un político.
Aquí, la corrupción está tan metida en las entrañas de la política como la traición. Esa traición que paradójicamente nos dio, creo yo, los más grandes políticos de nuestra historia.

Andrés Rosler dijo...

FF, muchas gracias por el comentario. Es indudable que Kirchner tuvo un éxito político notable: hay un -ismo con su nombre con una hegemonía indiscutida durante doce años. Irónicamente, el fracaso (al menos por ahora) no es menos notable, ya que se debilitó solo, por sus propios errores. En cuanto a la traición, es bastante común en política, como la corrupción. La única diferencia la hace la reacción ante la corrupción, es decir, si existe un sistema judicial independiente, de jerarquía, que le ponga límites a la corrupción. Por ahora no lo tenemos.

Anónimo dijo...

Excelente nota profesor. Le hace más justicia a Mengolini que Mengolini misma.
Mi pregunta es si usted pudo ver el programa completo de "Intratables". ( Si no lo vio, se lo recomiendo; no le alcanzaría el blog para entenderlo). Allí, una vez que Mengolini expone su teoría, ésta es rebatida con otra igualmente notable: Débora Plager le dice que quiere "inclusión sin corrupción". ¿No le parece que, en definitiva, lo de Mengolini es una posible prueba de la influencia de cierto formato televisivo sobre el discurso político, extensible a otros casos? (Descontando el méritp de Mengolini).

Andrés Rosler dijo...

Muchas gracias por el comentario. Julia Mengolini se vio forzada a aclarar su posición: "A mí la corrupción me da tanto asco como a todos ustedes y parece ridícula la aclaración pero ahí va: jamás justifiqué ni justificaría la corrupción" (http://www.lanacion.com.ar/1881206-julia-mengolini-pego-el-portazo-en-intratables). Sin duda que la TV influye: las imágenes siempre están más lejos del pensamiento que los textos.

Eduardo Reviriego dijo...

Podría ser que algunos políticos roben para, cuando pierdan el poder, tener dinero suficiente como para intentar recuperarlo. Pero también podría ser que roben para, cuando pierdan el poder, tengan para pagar abogados que los defiendan.
Por otro lado, el poder no solo se pierde por traición, sino por lo que observaba Hobbes:
"Se sobreentiende que la obligación de los súbditos respecto del soberano durará lo que dure el poder de este para protegerlos, pero no más que eso”.

Armando Caminos dijo...

Muy interesante la tesis, y muy claro y preciso el desarrollo. En extremo útil para quien quiera dar un paso al frente y adentrarse, por lo menos en los aspectos mas teóricos, de la política argentina -como en el caso mío-. Si la corrupción es un aspecto inherente a un proyecto político -creo- es una tesis que puede defenderse, por ejemplo, apelando a una teoria consecuensialista/finalista, digamos, los medios justifican los fines y el fin de todo proyecto político es la acumulación de poder. De esto se desprende que el poder acumulado tiene que -considero- servir para algo y este algo debería ser -a mi criterio- la transformación de las condiciones socioeconómicas y políticas vigentes. Se podrían problematizar las condiciones de posibilidad, digamos, si las relaciones (sociales, politicas, economicas) vigentes son capaces de dejar espacio a la construccion de un proyecto político, y con esto, a la construcción de una estructura de poder, "pura", digamos, es decir, excenta de toda corrupción. También sería interesante investigar que se entiende por corrupción, o cómo la enfocamos, con qué criterio. Si estamos hablando de la "corrupción del sistema", evidentemente no es lo mismo que si hablamos de un individuo "corrupto", conlleva una serie de elementos diferentes y el análisis que debe hacerse será distinto. Por ejemplo, en un caso genérico, los motivos, las circunstancias y la moralidad del sujeto tienen que jugar un papel relevante y sería necesario considerarlas exhaustivamente antes de emitir un juicio acabado. Por otro lado, se juega mucho con estos conceptos por el impacto que generan. Se empieza a hablar de "la corrupción" en todos los medios y hasta se transforma en una suerte de muletilla política que cualquier idiota puede usar para consagrarse como un paladín justiciero en cruzada contra el mal. Pero ya me estoy llendo de tema. Muy bueno el blog, los seguiré leyendo. Saludos!

Andrés Rosler dijo...

Hola Armando, muchas gracias por el comentario. Para ser sinceros, todo el mérito es de Julia Mengolini que ha puesto blanco sobre negro su posición.