martes, 25 de abril de 2017

"Hay cosas peores que el fascismo" (esto no es un chiste judío)



Atilio Borón pertenece a esa clase de pensadores acostumbrados a conmover las creencias preestablecidas tanto en el reino del sentido común cuanto en el ámbito de la anquilosada academia. No hace mucho, en efecto, hizo pública su fascinante teoría según la cual la muerte de Chávez fue un asesinato cometido por la CIA mediante la inoculación de células cancerígenas (click). Dado que la CIA fue capaz de hacer algo semejante, uno no puede menos que asombrarse de la perversión de esta gente que seguramente podría haberlo resucitado pero se negó a hacerlo.

En estos días Borón continúa iluminando la opinión pública internacional en relación a las mentiras canallescamente propagadas por la prensa hegemónica mundial acerca de la realidad política de Venezuela, en particular sobre la golpista y violenta oposición venezolana, a la cual el Presidente Maduro tan certeramente suele describir como un diablo.

Para ser más precisos, en el último de sus escritos Borón arguye en primer lugar que la oposición venezolana es fascista debido a, entre otras cosas, “la absoluta inmoralidad e inescrupulosidad de sus líderes, que alimentan el fuego de la violencia, incitan a sus bandas de lúmpenes y paramilitares a atentar contra la vida y la propiedad de los venezolanos y las agencias e instituciones –hospitales, escuelas, edificios públicos, etcétera- del estado” (click).

Da la impresión de que Borón se siente algo lejos del abolicionismo penal, no solamente porque alguna vez hizo público su deseo de ser parte del pelotón de fusilamiento una vez que se encuentre a los culpables del asesinato de Chávez (click) (sabemos que fue la CIA pero todavía no conocemos los nombres y apellidos de los autores del delito), sino porque además no atribuye la violencia que predomina en Venezuela a razones socioeconómicas sino lisa y llanamente a la perversión opositora, lo que en otra época, quizás por influencia de la tradición judeocristiana, solía ser denominado “el mal” pero que por alguna razón se trata de un concepto que había salido de circulación entre los cientistas sociales, particularmente los criminólogos.

Por si hiciera falta nos gustaría aclarar que Borón, al menos hasta aquí, no parece hacer referencia al fascismo en el buen sentido de la palabra, como diría el dictador Aladeen, sino en el mal sentido de la expresión. Además, Borón no utiliza la expresión “fascismo” en el sentido restringido u originario, i.e. no tiene en mente solamente al fascismo italiano, sino que incluye al nazismo alemán, ya que habla de los "congéneres alemanes" del fascismo.

En segundo lugar, y aquí llegamos al corazón de la tesis de Borón, en realidad la oposición venezolana es “peor que el fascismo”, por lo cual Borón está mucho más cerca de Aladeen de lo que parece, en la medida en que Borón cree que hay cosas peores que el fascismo y el nazismo. En este punto no podemos resistir la tentación de recordar un chiste judío que solía contar Norman Erlich. Dos amigos judíos se encuentran en la calle. Uno dice “Mirá, qué querés que te diga, me va terrible. Mi mujer me dejó, mi hijo tiene una enfermedad terminal, mi hija es adicta, y no te cuento más”. El amigo le responde: “Hay cosas peores”. Entonces el otro le dice: “¿qué cosas?”, a lo cual su amigo le responde: “febrero”.

Volviendo a Borón, su tesis principal es que “Tratarlos de fascistas [i.e. a los opositores venezolanos] sería hacerles un favor”, ya que “Son mucho peores y más despreciables que aquellos [i.e. fascistas]”: “los opositores venezolanos son peores que los fascistas en la medida en que estos conservaban, por lo menos, un cierto sentido nacional. Sus congéneres italianos y alemanes ni remotamente se arrastraron en el fango de la política internacional para ofrendar sus países a una potencia extranjera como lo hace, hundida para siempre en eterna ignominia”.

De esta forma Borón, quizás influido por otra destacada pensadora como Úrsula Vargues (quien sostuviera que Videla fue peor que los nazis ya que los nazis no entregaban niños; de hecho, es cierto: solamente los gaseaban, o aplastaban sus cráneos contra la pared o simplemente hacían experimentos científicos con ellos), le está haciendo un hercúleo favor a la ciencia política contemporánea la cual suele asumir que lo peor que nos puede suceder es ser víctimas de un genocidio.

Borón, entonces, a contrapelo de la opinión común contemporánea, reivindica la lucha nazi contra el imperialismo estadounidense, que bajo el pretexto del genocidio invadiera el suelo alemán. Para Borón, los nazis, sí, querían conquistar el mundo y además cometieron un genocidio—decimos esto suponiendo que Borón al menos hasta donde sabemos no es un negacionista—pero no se arrastraron por el fango de la política internacional y el esfuerzo humano y económico, en medio de una guerra mundial, que les representó matar a millones de no combatientes no les impidió pelear por Alemania y por Hitler hasta el último día. El punto de Borón, en otras palabras, es que la vida humana, incluso por millones, tiene menos valor que el territorio nacional: es mucho peor el menoscabo de la soberanía, por ejemplo en la forma de un protectorado estadounidense, que un genocidio.

Dada la defensa hasta el último hombre que está proponiendo Borón en apoyo de la democracia venezolana contra sus enemigos nos preguntamos si Borón tiene previsto aconsejar que la propia Venezuela se convierta en una nueva Masada y decida quitarse la vida antes de caer esclavizada en manos del imperialismo (Dios no lo permita). Quizás una propuesta de este tipo suene demasiado israelí para Borón. Será cuestión de esperar.

viernes, 21 de abril de 2017

¿Hobbes vs. Rousseau o Hobbes y Rousseau? El Debate sobre la Violación



Los repetidos hechos de violencia contra las mujeres, sea en la forma de femicidios o violaciones, han hecho que muchos se pregunten por cuál podría ser su explicación. No se trata de pura curiosidad científica, ciertamente, sino que lo que motiva la búsqueda de una explicación es una exigencia moral de reducir semejantes hechos al mínimo, y si fuera posible acabar con ellos. Los dos grandes contendientes en esta búsqueda explicativa son los que creen que la violación en el fondo es un producto cultural y los que creen que en realidad se trata de un fenómeno natural. Como se puede apreciar, la discusión está emparentada con la que solía tener lugar entre rousseanianos y hobbesianos acerca de la violencia en general.

Hablando de rousseanianos, hoy en La Nación aparece un reportaje a la antropóloga Rita Segato, en el cual se da cuenta de “qué pasa por la cabeza de un violador” (click). La posición de Segato, que quizás sea bastante representativa dentro de la antropología, es que la explicación de la violación es cultural. En realidad, la posición de Segato va todavía más lejos ya que cree que “el violador es un moralizador”, alguien que actúa por principio y por lo tanto cree que su acción está justificada. Por supuesto, la moral en cuestión es la de una cultura particular, ciertamente patriarcal, que castiga a las mujeres que desobedecen sus dictámenes. El violador, a su vez, no es efectivamente responsable sino el producto de una cultura, una especie de víctima de la cultura en juego—aunque, suponemos, quizás no tanto como la mujer objeto de la violación—. Para ser más precisos, para la tesis cultural el sexo es un medio para dominar, y la dominación es el fin.

Los argumentos ofrecidos por Segato en defensa de la tesis cultural básicamente son sus entrevistas en una cárcel brasileña con personas condenadas por violación y el hecho de que incluso mujeres de setenta u ochenta años han sido víctimas de violación. La auto-comprensión, en este caso principista, incluso de quienes cometen violaciones sin duda que es necesaria para explicar el hecho pero de ahí no se siga que la auto-comprensión sea suficiente. En general los seres humanos prefieren sentirse bien acerca de sí mismos y recurren incluso a la racionalización y al auto-engaño para lograrlo. Por otra parte, el comportamiento principista o idealista suele ser acompañado por justificaciones públicas. Sin embargo, no conocemos solicitadas firmadas por violadores o propuestas para despenalizar la violación (salvo la del abolicionismo extremo). Y los violadores suelen tratar de salirse con la suya en lugar de enfrentar el castigo en defensa de sus principios. En cuanto al hecho de que haya víctimas de cierta edad avanzada habría que ver qué porcentaje de los casos representan.

Por otro lado, se infiere de este planteo que con una cultura diferente (y apropiada) no habría violaciones y por lo tanto no tiene sentido castigar al violador, como proponen los punitivistas, sino que la responsabilidad le cabe a la cultura y por lo tanto el cambio tendrá lugar una vez que hayamos modificado nuestra cultural patriarcal. Habría que ver qué tan lejos estamos a dispuestos a ir una vez que emprendemos este camino cultural. Si toda moral es producto de la cultura es muy difícil evitar la conclusión de que las personas que se preocupan por las víctimas de violación lo hacen solamente porque han sido educadas de ese modo. Si hubieran sido educadas de otra manera ni siquiera se molestarían, si no es que directamente se dedicarían a practicar la violación en lugar de preguntarse por cómo evitarla. Y no debemos olvidar que hasta los abolicionistas están dispuestos a acercarse al punitivismo, como por ejemplo en el caso de delitos de lesa humanidad.

Además, si todas las personas pudieran ser reeducadas, el nazismo en el fondo debería ser explicado por una educación equivocada, y todos los nazis—quienes también invocaban principios para explicar sus actos—podrían entonces ser persuadidos de sus errores. Por otro lado, llama la atención el hecho de que si la violación es un mandato patriarcal no haya entonces más violaciones. Las normas culturales suelen tener un grado mayor de acatamiento. En efecto, el hecho de que la violación sea moralista debería incrementar esta clase de acciones—a menos que la sociedad en cuestión sufriera de cierta anomia—.

En realidad, llama la atención que en esta época en la cual los derechos humanos se han convertido en moneda corriente del discurso moral y político exista una cultura que entienda y por lo tanto exija que las violaciones sean cometidas en términos de un castigo aplicado a las víctimas. Además, según esta tesis la violación es entendida como un castigo a las mujeres que desobedecen los mandatos patriarcales. Por lo tanto, las mujeres que obedecen los mandatos patriarcales—lo cual suponemos es el caso de, v.g., Arabia Saudita o asumimos el caso de todo el mundo antes del advenimiento del discurso sobre los derechos humanos—deberían estar menos expuestas a las violaciones. Si las mujeres fueran obedientes entonces la violación brillaría por su ausencia, salvo el caso de anomia (como vimos más arriba) o de violadores irracionales o con ciertos defectos psicológicos, o naturales, esto es, violadores que castigaran a quienes no lo merecieran.

Claro que si admitiéramos factores naturales en la explicación de la violación entonces le abriríamos la puerta a la explicación evolutiva que habíamos mencionado más arriba. Según la tesis evolutiva por supuesto que en la violación hay dominación o poder pero básicamente como un medio para alcanzar una meta sexual, es decir, exactamente al revés que la tesis cultural: mientras que para ésta última el sexo es un medio para la dominación, para la tesis evolutiva la dominación es un medio para alcanzar una meta sexual.

Dicho sea de paso, dado que hace tiempo que el concepto de sexo se ha librado por suerte de su antigua moralización debemos sin embargo tener en cuenta que la liberación sexual solamente cubre casos de sexo consensual. Y cabe recordar que cuando decimos que X es evolutivo no estamos emitiendo un juicio moral favorable sobre X sino solamente comprobamos que en última instancia X ha permitido que ciertos genes hayan tenido éxito en su lucha por mantenerse en circulación, lo cual, obviamente, puede arrojar resultados morales catastróficos.

En realidad, quienes defienden la tesis evolutiva no pueden darse el lujo de sostener una posición extrema como parecen hacer algunos cultores de la tesis cultural. En efecto, es obvio que no solamente la cultura sino asimismo la moralidad es un producto tan evolutivo como la persecución extrema del auto-interés, y la moralidad supone que somos agentes responsables de nuestros actos. Por lo tanto, de una explicación natural o evolutiva que pone al sexo como el fin y la dominación como un medio no se sigue que los violadores sean a su vez necesariamente víctimas o marionetas—aunque no de la cultura como suponen algunos sino de sus impulsos irresistibles—lo cual impediría que se puedan auto-determinar y por lo tanto sus víctimas deberían resignarse. Si la dominación de la víctima es un medio es mucho más que suficiente para reprochar la conducta o en todo caso para tratar de evitarla.

En efecto, dado que la moral también es evolutiva, incluso suponiendo que un violador carezca de auto-determinación—lo cual quizás sea el caso de los reincidentes—eso no implica que sus víctimas deban sufrir las consecuencias. En realidad, en tales casos los derechos de las mujeres tiene prioridad, del mismo modo que en los casos de las así llamadas “amenazas inocentes”. Solamente un pacifista extremo podría suponer que todo acto de violencia es moralmente injustificado. En otras palabras, si el único medio para proteger los derechos de las víctimas o las potenciales víctimas es impedir la circulación de los agresores, a menos que seamos pacifistas no tendremos otra alternativa que privilegiar el derecho de las víctimas.

El punto, entonces, no es que haya que reemplazar al exclusivismo explicativo cultural con otro evolutivo. Quizás el camino a tomar sea el mismo que se puede observar en el muy elogioso prefacio escrito por Steven Pinker, conocido defensor de la aplicación de la teoría evolutiva a las ciencias sociales y humanas, al reciente libro de Alan Page Fiske y Tage Shakti Rai, Virtuous Violence, Cambridge University Press, 2014, a pesar de que o en realidad debido a que según este libro la violencia humana suele ser fuertemente moralista. Esta articulación de la tesis evolutiva con la tesis cultural nos recuerda entonces que la agencia humana es el resultado de la interacción de factores naturales y culturales, que puede haber sociedades más violentas que otras, y que si realmente nos interesa defender los derechos de las mujeres no podemos darnos el lujo de ser reduccionistas.

viernes, 14 de abril de 2017

"¿Qué hay en un nombre?": Insectos extintos, Cristina Kirchner y Hernán Brienza




La propia ex-presidenta Cristina Kirchner ha hecho público (click) que una serie de especies, géneros, familias y órdenes de insectos de hace unos 325 millones de años fueron bautizados por científicos argentinos en agradecimiento por sus servicios a la Patria como Argentinala Cristinae, Tupacsala niunamenos y Kirchnerala treintamil. Dado que se trata de familias de insectos nos parece más que apropiado que además del nombre de Cristina lleven el apellido Kirchner. Quizás habría sido conveniente agregar nombres tales como silatocanacristinaquékilombo armandus est (Homenaje a Monty Python) o más conveniente aún para estos tiempos: Macri delendus est (vamos a volver a este punto en breve). Dicho sea de paso, hablando de taxonomías, los científicos argentinos admiradores de Cristina suelen referirse a Macri como felis domesticus.

Dado que se trata de un verdadero hallazgo, estamos totalmente de acuerdo con que familias enteras de insectos extintos hayan sido designados con el nombre y apellido de Cristina Kirchner. Sin embargo, por momentos da la impresión de que para una familia de políticos inspirar el nombre de insectos extintos es una victoria pírrica, a menos que alguien sostuviera si bien algunos insectos se han extinguido, otros insectos portan la antorcha de sus ancestros habiéndose adaptado a las exigencias de la evolución y sobreviviendo sin mayores dificultades, como por ejemplo las cucarachas.

De todos modos, tal vez habría sido más apropiado darle el nombre de Cristina a alguna momia hallada en el antiguo Egipto, dado que la ex-presidenta no ha ocultado su inclinación por la arquitectura de Egipto (y/o algún documento nuevo de la campaña de Napoleón, quizás en Egipto, para no cambiar de espacio, dada la admiración de Cristina por la obra legislativa del Emperador). Teniendo en cuenta asimismo que Cristina solía enorgullecerse de que a su izquierda estaba la pared (a pesar de que, v.g., los bancos jamás ganaron tanto dinero como durante su gobierno), no habría que descartar que el mensaje de los científicos sea una alusión oblicua al conocido epígrafe del famoso especialista en hormigas E. O. Wilson en relación al marxismo: “teoría maravillosa, especie equivocada”.

Volviendo a Macri delendus est, está cobrando fuerza entre algunos intelectuales notorios la necesidad de derrocar a Macri. Para muestra, basta un botón: Hernán Brienza, quien—y aquí nos tomamos el atrevimiento de hablar asimismo en nombre de nuestros lectores—finalmente ha cobrado la notoriedad que hace tiempo merecía. En efecto, ese intelectual verdaderamente polifacético que es Brienza, cuyas áreas de conocimiento se extienden desde la historia vernácula hasta la ciencia política, sin dejar de ser versado en delicadas cuestiones metafísicas, jurídicas y morales (no podemos hacerle justicia en una entrada de blog a ese verdadero grande que es Brienza y por eso nos remitimos a nuestra etiqueta dedicada a él, la única en el mundo nos enorgullece agregar: Brienzana) ha señalado que “nuestro país está muy cerca de un enfrentamiento civil. (…). La democracia tiene los días contados. En el 2001 la sociedad estaba atomizada, eran millones de islas aisladas despotricando contra la política, hoy, desgraciadamente, hay un gran sector de la población que apoya a este gobierno y otro gran sector que afortunadamente lo detesta. Ese enfrentamiento no tiene solución”.

Algunos pocos seres despreciables se detendrán en la redundancia brienzana “islas aisladas” para de ese modo evitar el núcleo profundo del pensamiento de Brienza, que hasta ahora las ha acertado todas. Tampoco vamos siquiera a detenernos en el abyecto cuestionamiento de la originalidad de la tesis de Brienza, ya que se trataría de una variación del viejo tema que la teoría política suele denominar como la tesis del taxista: “acá lo hace falta es una buena guerra civil o un millón de muertos”.

Lo que sí nos llama la atención, sin embargo, en primer lugar, es que Brienza, en tanto que insigne politólogo hable todavía de “democracia” cuando a todas luces estamos viviendo bajo una dictadura. En segundo lugar, también nos llama la atención que Brienza crea que “un gran sector de la población” [énfasis agregado] apoya a Macri cuando salta a la vista que se trata de un puñado de oligarcas terratenientes que jamás podría ganar una elección democrática, a lo sumo la administración de un consorcio en Puerto Madero (por ejemplo, en uno de los edificios en donde es propietaria Cristina) o el Jockey Club, y si así y todo ganara eso probaría solamente que la democracia está muy sobrevalorada, tal como hace poco señalara Hebe de Bonafini (click). En otras palabras, lo que importa es que el pueblo “afortunadamente lo detesta”, por lo cual, si hubiera un conflicto entre el tirano y el pueblo el desenlace sería más que obvio.

Hablando de nombres y del pueblo, es sorprendente que ese insigne historiador que es Brienza haya descripto al conflicto político violento que se aproxima inexorablemente como una “guerra civil”, como si el macrismo mereciera la equiparación que dicha expresión implica, es decir, como si hubiera dos bandos en igualdad de condiciones morales y no una evidente asimetría entre el tirano cuyo nombre se puede decir y que no se ha profugado (por ahora) y el pueblo. En otras palabras, nos parece que el verdadero término para hacer referencia a lo que se aproxima es el de “revolución”, el único quizás que modernamente describe la relación que existe entre el pueblo y sus enemigos.

En conclusión, el pensamiento de Bienza es tan complejo y profundo que mal podríamos nosotros atribuirnos el derecho de dar con la exégesis correcta. Es indudable sin embargo que Brienza jamás defrauda a sus exigentes lectores, quienes se ven sorprendidos cada vez que Brienza decide compartir su inteligencia, sabiduría e ingente bonhomía. Quedamos a la espera de sus próximos destellos.

jueves, 13 de abril de 2017

Toda la Historia pero no todos los Peronismos



Roberto Tito Cossa publicó ayer una muy interesante nota en Página 12 acerca de la necesidad de conocer "toda la historia" (https://www.pagina12.com.ar/31215-toda-la-historia). Por supuesto, para poder emitir un juicio sobre algo primero hay que conocer toda la historia.

Llama la atención, sin embargo, que Cossa sea capaz de distinguir tan tajantemente entre el gobierno peronista del 55 y el del 73-76. En efecto, por un lado, Cossa sostiene que a pesar de que el del peronismo en el 55 era un "Gobierno democrático y de mayorías", "elegido por amplia mayoría en elecciones limpias y seguía teniendo apoyo de, por lo menos, la mitad de los habitantes de este suelo", sin embargo fue derrocado, para no decir nada de los bombardeos terroristas del 55 cometidos por la fuerza aérea.

El punto de Cossa es que la violencia anti-democrática del 55 explica y justifica el hecho de que creciera luego "la convicción de que la única forma de alcanzar una democracia real era mediante la lucha armada". Además, los tiempos eran propicios para tomar ese camino ya que "los vientos internacionales, inspirados en la Revolución Cubana, estimulaban a muchos jóvenes a tomar el fusil".

Por el otro lado, por alguna razón (hay que reconocer que esa época no había tantos medios como ahora) esa juventud que surgió como una reacción ante el régimen anti-democrático post-55 no advirtió que en el 73 el peronismo había retomado el poder mediante elecciones democráticas (es decir, era tan "democrático y de mayorías" como el segundo gobierno peronista), ya que no hay otra manera de explicar la comisión de actos de violencia política por parte de la insurgencia peronista (dicho sea de paso, la violencia insurgente no peronista en todo caso queda exenta de haber incurrido en contradicción alguna ya que no parecía estar mayormente interesada en la democracia: la democracia está tan sobrevalorada).

De ahí que si bien Cossa repudia claramente el golpe del 55 por anti-democrático no parece sentirse siquiera molesto con la violencia peronista anti-democrática posterior al regreso de la democracia en el 73. No advertimos entonces cuál es la diferencia entonces entre el golpe del 55 y la violencia peronista entre el 73 y el 76 (la cual claramente se alzó en armas durante un gobierno democrático) capaz de explicar la distinción moral hecha por Cossa. Después de todo, tanto la violencia del 55 cuanto la violencia entre el 73 y el 76 tuvieron lugar en ocasión de gobiernos democráticos y peronistas.

Quizás Cossa insista en que si bien quizás "la estrategia [de la lucha armada], por lo menos en la Argentina, no era la adecuada", sin embargo, como se trató de "jóvenes que lucharon por un país mejor y muchos de ellos dieron la vida" entonces sus actos fueron justificados. Llama la atención sin embargo que la edad (juventud), la meta (un país mejor) y la disposición a morir por la causa hagan la diferencia ya que Cossa mismo reconoce que la estrategia no era adecuada, es decir, que no era posible lograr la meta que se habían propuesto los actores. La imposibilidad de lograr el acto debería ser suficiente para poder impugnarlo, para no entrar en discusiones morales y para no decir nada acerca de la viabilidad del comunismo en general.

Por lo demás, tampoco conviene alegar en una discusión moral razones de tiempo ("en aquella época...") o de espacio ("en Cuba...") ya que hoy algunos suelen usar armas químicas en ciertos lugares y no por eso tenemos una buena razón para imitarlos.

De hecho, incluso suponiendo que un régimen comunista fuera un país mejor (una "democracia real" como dice Cossa) y viable, con el criterio de Cossa, si bien bajo el kirchnerismo vivíamos en un país casi inmejorable, con una economía de matriz diversificada con inclusión (la pobreza llegó a bajar al 5 %) sin embargo como podía pensarse en un país mejor (quizás siempre se pueda vivir en un país "mejor") entonces al menos los jóvenes (aunque quizás solamente los peronistas) según Cossa podrían haberse alzado en armas contra la democracia kirchnerista en aras de un país mejor con tal de haber estado dispuestos a morir.

Finalmente, un joven estalinista no tendría mayores problemas en dejar morir de hambre a decenas de millones de campesinos ya que se trata de un medio para lograr un país mejor. Convendría recordar que la juventud, el deseo de un país mejor y estar dispuesto a morir por sus ideas son elementos que también podrían figurar, v.g., en la descripción de las acciones de quienes se inmolaron en las Torres Gemelas. Oscar Wilde, en cambio, decía que del hecho que alguien esté a dispuesto a morir por sus ideas (y agregaríamos, sobre todo a matar por ellas) no se sigue necesariamente que tenga razón. Quizás la presunción deba ser la inversa.

martes, 11 de abril de 2017

¿Violencia es Mentir o Tocar el Timbre pero no tomar un Edificio?



La primera de las tomas de este año del Colegio Nacional de Buenos Aires expresa el repudio de los estudiantes a la represión sufrida por los docentes el domingo último. Llama la atención, sin embargo, que en este caso se trata de una toma “con actividades” con lo cual no parece tener mucho sentido.

En efecto, el mensaje de los estudiantes parece ser que una forma de expresar su repudio es hacer exactamente lo mismo que hacen siempre pero con una toma, i.e. sin dejar entrar o salir a nadie que no sean los estudiantes y entendemos los docentes (y suponemos el resto del personal que permite las “actividades”). Como los lectores podrán apreciar, se trata de una toma que no va a ser fácil de instrumentar ya que dado que es una toma algunos de los estudiantes van a perder sus clases si es que tienen que encargarse de controlar la entrada y la salida del edificio (quizás esta dificultad no sea tan difícil de resolver si los estudiantes cuentan con personas de confianza a las que puedan encargar estas tareas o si las clases tienen lugar en los lugares de entrada y salida del Colegio, con la correspondiente mella en la atención de los alumnos designados).

En otras palabras, en esta nueva toma pasaría lo mismo pero bajo la jurisdicción de los estudiantes. Así y todo, este panorama de toma con actividades describe lo que parece ser otro día en la oficina como se suele decir inglés, a menos que en un colegio en un día de clases sea normal que entren personas no relacionadas con las actividades, como por ejemplo vendedores de seguros, visitadores médicos o vaya uno a saber quién. De ahí que resulte curiosa esta toma con actividades ya que en general el sentido de las tomas, huelgas, etc., es el de interrumpir la actividad habitual (es decir, el contenido, no las formas) a cambio de obtener un resultado deseado.

Alguien podría argumentar que ya que hablamos de huelgas, si los trabajadores hicieran una huelga que consistiera en desarrollar la misma actividad pero asumiendo jurisdicción sobre la fábrica, eso sí podría obtener resultados ya que a los dueños de la fábrica seguramente no les caería simpático que los obreros siguieran produciendo lo mismo pero con el control de la fábrica. El punto es que el Nacional de Buenos Aires, por extraño que parezca, no tiene un dueño al cual podría preocuparle la toma. O, en todo caso, se trata de una huelga hecha por sus propios dueños, casi un lock-out, particularmente teniendo en cuenta la idea de autonomía universitaria.

Lo que nos interesaba sin embargo destacar es que si la toma de un edificio (mediante la cual se impide la entrada y salida de personas) sirve un propósito pacifista o es un alegato contra la violencia, no es exactamente un medio apropiado ya que la toma en sí misma es un acto violento. De otro modo tendría sentido hacer la guerra en defensa del pacifismo o el amor en aras de la virginidad.

Ciertamente, solamente un pacifista está en contra de toda forma de violencia (incluyendo las tomas). Los demás, como decía el General, somos todos peronistas, esto es, creemos en una teoría de la violencia justificada. La policía, por ejemplo, podrá decir que es una “fuerza” y por eso no comete actos violentos, pero eso es algo que podrá creer la policía, si es que lo cree, no el resto de la gente. Y lo mismo, por supuesto, debería aplicarse a quienes se oponen a la violencia policial. Llamemos a las cosas por su nombre y luego veamos si están justificadas.

Finalmente, convendría separar la violencia de la inmoralidad y evitar frases tales como "violencia es mentir" (como dice Solari) o "tocar el timbre" (según Horacio González al menos: ya que según él el macrismo hace "su juego permanente con una violencia latentemente implícita, que comienza en el timbre inocente y calculado": https://www.pagina12.com.ar/31101-politica-y-violencia). En efecto, no todo acto inmoral es violento ni todo acto violento es inmoral (a menos que uno sea pacifista). De otro modo, podríamos golpear a los que mienten o tocan el timbre o hacen ruido con la boca cuando comen. Aunque a veces no falten ganas, del hecho que alguien tenga ganas de hacer algo no se siga que tenga una razón justificada para hacerlo.

Esta precaución nos permitiría describir la violencia correctamente y de ese modo eso impedir que quienes repudian violentamente a la violencia se crean que son pacifistas porque actúan por una buena razón. Es un error conceptual que puede tener serias consecuencias políticas.

miércoles, 5 de abril de 2017

"La Democracia está tan sobrevalorada..." (Hebe de Bonafini)




Gracias al triunfo democrático de Macri nuestro país está viviendo varias y genuinas transformaciones conceptuales en lo que atañe al discurso político. En efecto, desde 1984 y por obvias razones, hasta el triunfo de Macri nadie se hubiera animado a poner en duda el valor de la democracia. De hecho, la buena prensa de la que llegó a gozar el término hizo que todo lo que estuviera bien fuera considerado democrático y que todo lo que estuviera mal anti-democrático por definición. Además, la democracia y los derechos humanos solían ser considerados dos caras de la misma moneda, como si entre ellos existiera una dependencia mutua, tal como lo cree, por ejemplo, Habermas. 

Pero las cosas han cambiado dramáticamente. Hebe de Bonafini, por ejemplo, quizás bajo la influencia de la serie de TV "House of Cards", ha puesto fin a la primacía indiscutida de la democracia en el mercado de los valores políticos, al menos en nuestro país. El gobierno de Macri será democrático pero eso no implica mérito alguno. En realidad, para Bonafini, el hecho de que el gobierno de Macri sea democrático implica que ha pasado la hora de la democracia. 

La crítica de Bonafini a la democracia nos hace acordar a la caracterización que hace Raymond Geuss de la democracia originaria, la ateniense: "designaba a un grupo muy concreto de descuidados y hediondos ciudadanos helénicos que se dedicaban a holgazanear, devorar garbanzos y comerse con los ojos a los muchachos en una ladera de una colina especialmente soleada del Ática, y eso, cuando no estaban participando en lo que a menudo no era más que una forma de extorsión y piratería a gran escala por diversos puntos del Mediterráneo. En el siglo XXI, podemos permitirnos el lujo de contemplar ese pasado con indulgencia, e incluso afecto y admiración, porque a menudo utilizaban el botín para construir hermosos templos, pero en su época no debió de resultar nada divertido vivir en un pueblo vecino de Atenas" (Historia e ilusión en la política, ed. Tusquets, p. 178).

Hebe de Bonafini, en otras palabras, se ha dado cuenta de que la democracia es un régimen político en el sentido de que consiste en un procedimiento electoral caracterizado por la incertidumbre. Semejante caracterización que tanto encomio le valiera a la democracia en el pasado sobre todo en posición a los gobiernos militares, hoy en día la ha convertido en oprobiosa. La democracia, entonces, parece tener valor solamente cuando ganan las elecciones quienes piensan como nosotros, y no al revés como se solía suponer. De ahí que algunos sostengan que, v.g., el pueblo triunfó en una elección, o no dio marcha atrás, a la luz del resultado de una elección como si supieran antes de contar los votos quiénes son los que representan al pueblo, lo cual nos hace acordar a ese viejo chiste judío en el cual un conocido le dice al otro: "Me enteré de que se quemó tu negocio", a lo cual el otro le contesta "no, callate, la semana que viene". 

De hecho, recíprocamente, en nuestro país hay varios que hacen público sus deseos e incluso sus proyectos destituyentes sin que eso asegure que serán reprobados por todos. Por el contrario, el término "destituyente" que durante el kirchnerismo equivalía al oprobio automático hoy por hoy puede ser reivindicado por quienes se oponen al gobierno democrático actual. 

El problema, sin embargo, salta a la vista: ¿qué sentido tiene entonces la competencia democrática si antes de votar sabemos quiénes representan al pueblo y quiénes no? ¿Para qué votamos? ¿Para conocer gente, como dice otro viejo chiste? ¿Para salir el domingo? ¿Podrían los derechos humanos, como parece suponer Bonafini, estar mejor protegidos por un régimen no democrático? En el siglo XVIII, por ejemplo, la preocupación humanitaria de varios filósofos hizo que defendieran lo que se solía designar como despotismos ilustrados, i.e. regímenes políticos esencialmente unipersonales que tomaban decisiones políticas correctas a pesar de que no eran elegidos democráticamente.

Parafraseando irónicamente a Alfonsín, el punto de Hebe de Bonafini parece ser que con al menos cierta forma de despotismo o dictadura "se come, se cura y se educa". ¿Será muy temprano para saber, como diría Zhou Enlai, si estamos asistiendo al fin de la democracia?   

lunes, 13 de marzo de 2017

Violencia es que la gente muera aplastada



El Profesor Pablo Alabarces ha publicado una nota en Revista Anfibia acerca de lo ocurrido en Olavarría durante el recital de ayer, cuyo título es "La Sanata Condenatoria" (click). Es un título que despierta curiosidad ya que no queda claro si su significado es general o universal, i.e. (a) toda condena de lo ocurrido es sanata, o si por el contrario (b) es especificativo, i.e. la nota está en contra solamente de la sanata condenatoria y por lo tanto no descarta la condena que no es sanatera.

De la lectura de la nota sin embargo surge que la posición de Alabarces es (b), esto es, hay que condenar lo sucedido pero no de la forma moral en que los medios o algunas personas lo han hecho, sea porque dicha moral es hipócrita o en realidad debido a que toda moral en el fondo es cultural. Nos parece, sin embargo, que la posición de Alabarces adolece de ciertas deficiencias.

Empecemos por una curiosa descripción de Alabarces, que podría ser citada con aprobación verbatim por el mismísimo Abel Posse: "El descontrol es la norma que organiza la cultura rockera-ricotera: no es el exceso que la contradice". Nos parece que convendría que ocupara un lugar menos prominente. En todo caso, tal como sucede con todos los argumentos conceptuales, i.e. "las cosas son así", no es un buen argumento, ya que queda abierta la pregunta acerca de la valoración de dichas cosas.

Un segundo argumento de Alabarces consiste en que el mismo día en la cancha de Boca estuvo a punto de tener lugar un hecho muy similar al acaecido en Olavarría y sin embargo los medios reaccionaron de modo completamente diferente ya que todo el mundo habla de Olavarría pero nadie habla de Boca. Como suele pasar, las comparaciones y/o detectar las incoherencias son un arma de doble filo ya que se resuelven siendo coherente, i.e. tratando del mismo modo a lo que habíamos tratado de modo diferente. Algunos preferirán que siga el corso a pesar de los muertos, otros creen que ni el fútbol profesional ni la música justifican la muerte de seres humanos. Da la impresión sin embargo de que la coherencia es necesaria pero nunca suficiente.

Dicho sea de paso, cuando Alabarces sostiene que "Todos sabemos que las primeras decenas de metros frente al escenario son escabrosas, implican riesgos, exigen resistencias físicas que exceden simplemente una buena capacidad de aguante, implican habilidades corporales específicas, así como retribuyen con recompensas" quizás esté sugiriendo que que quienes asisten a esta clase de espectáculos sin las "resistencias físicas" adecuadas son bastante imprudentes lo cual, suponemos, no quita la responsabilidad por supuesto de las autoridades ni de los artistas a cargo.

Un tercer argumento que usa Alabarces es el del moralismo o de la superioridad moral. Por ejemplo, critica "la distancia ética que puebla las redes y los medios: 'esto es lo que pasa cuando uno pasa por arriba de las normas'". Puede molestar la actitud de semejante superioridad moral, en este caso en boca del Presidente de la Nación, pero el hecho es que la proposición en cuestión es impecable. Hasta Alabarces critica a las autoridades y al músico a cargo del show por no haber cumplido con sus deberes.

Dentro de esta misma superioridad moral Alabarces ubica la frase "La responsabilidad moral es individual, basta de echarle la culpa a la sociedad". Habría que complementar esta frase con un párrafo que aparece más abajo en la nota pero que pertenece al mismo género argumentativo:
"Los que hablan de 'responsabilidad individual' olvidan que los seres humanos son hablados por su cultura y por su lenguaje; que van modificando a lo largo del tiempo –ni la cultura ni el lenguaje son inmutables– por y con sus propias acciones, pero en cada momento histórico la cultura funciona como la pauta que organiza la práctica. El buen intérprete es el que explica y analiza la práctica conociendo la cultura y lo que ésta prescribe, permite o proscribe. El que juzga desde otro lugar no hace más que meter la pata: promete explicación y sólo ofrece condena moral. E ignorancia sociológica, entre tantas otras".

Ahora bien, nos aprece que la idea de que la responsabilidad es individual es incompleta, ya que puede haber responsabilidad colectiva, pero no es inexacta. En efecto, la responsabilidad es individual, o en todo caso grupal, pero no es la sociedad ni la cultura la que juzga en última instancia sobre la responsabilidad moral. Por ejemplo, ante la acusación hecha por Alabarces de que hace televisión basura, los directivos y periodistas de TN podrían responder que ellos también son un producto de la sociedad y de la cultura, ya que, precisamente, como dice Alabarces, "los seres humanos son hablados por su cultura y por su lenguaje; que van modificando a lo largo del tiempo –ni la cultura ni el lenguaje son inmutables– por y con sus propias acciones, pero en cada momento histórico la cultura funciona como la pauta que organiza la práctica". En realidad, malgré lui, la condena de Alabarces, para que tenga sentido, debe ser moral, ya que es lo único que podría hacer frente a una hipotética defensa cultural o sociológica por parte de TN.

Otro tanto sucede cuando Alabarces hace referencia a Solari: "Hay un momento en que el ego, el narciso y la conciencia de que ya estás en la historia son malos consejeros: hay un momento en que todo eso debe ceder frente al hecho irrefutable de que no se puede manejar todo lo anterior sin una organización minuciosa, respetuosa de tu propia gente y de sus cuerpos, además de sus almas". Se trata de una crítica o condena moral, no cultural. Solari no podría apelar a la cultura o a la sociedad para justificar su conducta.

Por otro lado, dado que Alabarces sostiene que toda moral depende de la cultura ("si estás en Roma, compórtate como los romanos"), si nuestra cultura fuera la de asistir a conciertos en los que la vida de los asistentes estuviera en peligro, entonces no habría nada que criticar al respecto. Pensándolo bien, quizás Alabarces esté en lo cierto después de todo.

Un cuarto argumento es de naturaleza estética: "Trescientas mil personas fueron a un concierto de rock, sencillamente porque la música del Indio Solari es uno de los más importantes acontecimientos estéticos de la música popular argentina". Se trata de un punto relacionado con la teoría del riesgo permitido. Muy poca gente (en todo caso solamente algún nietzscheano extremo), sin embargo, cree que la estética puede ser superior a consideraciones morales, sobre todo cuando la vida de seres humanos está en peligro. Alabarces podría replicar que esta frase no es un argumento sino que constata un hecho. La pregunta entonces es qué diferencia hace la constatación de este hecho.

Un quinto argumento es de naturaleza sociológica o cultural: "Había chicos, bebés, embarazos. Los que había en Cromañón. No puede no haberlos: llevar a los pibes al concierto es introducirlos en un ritual potente, superior a sus riesgos". Sin duda, los ritos de iniciación son necesarios para todos los seres humanos, pero es de esperar que los padres elijan responsablemente algún rito en el que la vida de sus hijos no estuviera en peligro. De hecho, hoy por hoy sería mucho menos peligroso, casi como ir a tomar el té en comparación, si los padres iniciaran a sus hijos en el "bungee jumping" antes que en los recitales como el de ayer. Además, mutatis mutandis, quienes hacen "bungee jumping" aprobarían cada palabra de lo que dice Alabarces: "el público afirma en el pogo que es algo más que público, que es además protagonista, que tiene aguante, que está vivo porque poguea y no a pesar de que poguea". Sin embargo, si el bungee jumping no es seguro, está prohibido.

En conclusión, si nos atenemos a consideraciones estrictamente sociológicas, lo que pasó ayer en realidad es el resultado de nuestras prácticas culturales, no una desviación de las mismas. Para condenar lo sucedido ayer no queda otra alternativa que recurrir al razonamiento moral. Lo demás, es "sanata condenatoria".

viernes, 10 de marzo de 2017

"No me peguen, soy Montagut"



Página 12 de hoy ha publicado una nota bastante curiosa, cuyo título es: "Un PROvocador apto para todo servicio". Este "provocador" es "el joven que enfrentó a las mujeres en el 8M" y además "es  militante macrista e integró un partido neonazi". Si bien no estamos completamente al corriente de lo ocurrido, asumimos que es el joven neonazi que fue agredido (en algún sentido relevante, muy probablemente de modo físico) durante el 8M y de ahí que la nota de Página 12 trate de exculpar la agresión.

Sin embargo, en la nota no hay un solo argumento capaz de exculpar dicha agresión. Ciertamente, alguien podría responder que la nota es puramente explicativa, sin pretensión justificadora alguna, en cuyo caso dicha nota no tendría mayor sentido.

Hay una primera familia de argumentos los cuales hacen referencia a que este joven "es cercano a Patricia Bullrich, militó en la neonazi Bandera Vecinal y participó en timbreos de campaña para Cambiemos". En verdad, no nos caen simpáticos los neonazis, o incluso los que tocan el timbre en general (y menos los que encima lo hacen durante una campaña de Cambiemos) e incluso el Gabinete entero del Gobierno. Sin embargo, no entendemos por qué, v.g., tocar el timbre por Cambiemos o incluso ser neonazi justifica ser agredido físicamente. Después de todo para ser neonazi es suficiente haberse afiliado a un partido sin haber puesto en práctica lo que el neonazismo suele anunciar en su plataforma electoral.

Otro hecho mencionado en la nota es que tiene una amiga "que dice llamarse Clara Petacci como la amante de Benito Mussollini" [sic]. Otra vez, tener amigos, sin que importen sus nombres, no parece ser suficiente para justificar una agresión. Hay gente que encima tiene cuñados, pero no por eso tenemos derecho a agredirlos sin más.

Un hecho muy curioso es la mención de que el joven neonazi "apareció frente a la Catedral con una bandera del Vaticano y se lanzó a provocar". A menos que supongamos que quienes manifiestan por un derecho se comportan como toros en el sentido de que una vez que se les muestra un pedazo de tela de cierto color no pueden evitar cargar contra quien sostiene el pedazo de tela, tampoco vemos la relevancia de la bandera en cuestión en relación a la valoración de lo ocurrido.

El último argumento, que quizás sea el más fuerte en comparación, sostiene que "Este 'buen cristiano' [i.e. el joven neonazi] tiene demasiadas conexiones con el oficialismo como para que sus nobles intenciones sean creíbles". Hasta donde recordamos el ejercicio de un derecho, como el de no ser agredido, no puede ser disminuido o eliminado por el solo hecho de que quien pretenda ejercerlo no cuente con "nobles intenciones". En todo caso, la más diabólica de las intenciones no puede ser castigada hasta tanto tenga principio de ejecución como suele decir la jerga del derecho penal.

Para evitar malentendidos, si en lugar de un joven neonazi se hubiera tratado del mismísimo Hitler, el caso habría sido exactamente el mismo.

Da la impresión de que la nota confunde una explicación con una justificación, del mismo modo que algunos creen que si una mujer se viste de cierta modo eso podría provocar y por lo tanto justificar algunos comportamientos nefastos en su contra. Se trata de una falacia que habla por sí misma.

Por si hiciera falta, supongamos que una familia judía hubiese ido de vacaciones a Alemania entre 1933 y 1945 y como resultado de semejante decisión habría terminado en manos del nazismo. Los nazis podría haber alegado que fueron "provocados", lo cual es cierto en el sentido literal de "provocar", i.e. causar, ocasionar, a tal punto que si esa familia no hubiese ido a Alemania entonces no habría terminado en manos del nazismo. Para decir lo menos, la decisión de esta familia no fue prudente. Pero jamás una provocación o en todo caso la negligencia puede justificar una conducta a la cual no tenemos derecho para empezar a hablar.

Finalmente, alguien podría replicar que existe una gran diferencia entre los nazis provocados de nuestro caso hipotético y quienes participaron en el 8M, a saber, la notoria asimetría moral entre ambos. Por supuesto que existe una gran diferencia. Sin embargo, del hecho de que alguien actúe por una causa justa no se sigue que pueda ser cualquier cosa para remover un obstáculo que impide que dicha causa tenga éxito. De otro modo, el "no me peguen, soy Giordano (o Montagut para el caso)" podría hacer alguna diferencia moral. No podemos pegarle a nadie. Es por eso también que la represión policial indiscriminada es digna de reproche.

En rigor de verdad, las agresiones en estas marchas solamente sirven para hacerle el juego a aquellos contra quienes tuvo lugar la marcha y retrasar el paso de la justa causa en cuestión. Si Montagut quiso provocar, pues entonces lo logró.

miércoles, 1 de marzo de 2017

"Comunica, comunica, que algo queda"



La licenciada en comunicación social Julieta Dussel ha publicado una nota muy interesante y sobre todo original en Página 12 de hoy, cuyo título es ciertamente revelador: “Es la comunicación estúpido” (click). Decimos que se trata de una nota muy interesante y original ya que en lugar de atribuir el triunfo de Macri a las falencias del gobierno anterior tal como suele hacerlo tanta gente, sobre la base (suponemos) de que se trató de una década ganada con creces debido a un crecimiento económico con matriz diversificada, para la autora la única manera de explicar la derrota electoral de Scioli es que el mensaje era muy bueno pero falló la comunicación. Dado que se trata de una nota muy rica, vamos a tener que elegir solamente algunos pasajes para poder comentarlos en detalle.

Empecemos por el primer párrafo: "Después del escándalo del Correo Argentino, los Panama Papers, el aumento de la inflación, el desempleo y las tarifas uno no deja de preguntarse cómo fue que la gente votó a estos tipos". Alguien se aventuraría a sostener que lisa y llanamente Macri usó el viejo truco de la mentira, pero algunos, como Sheldon Cooper, se resisten a creer en la posibilidad de la mentira, a pesar de que "Clarín Miente" se haya convertido en un proverbio. Dicho sea de paso, casi al final de la nota la propia autora sostiene que es "obvio que se trató de una campaña llena de mentiras", con lo cual o bien se contradice o simplemente cambió de opinión antes de terminar la nota.

Para la autora, entonces, la explicación del triunfo de Macri es mucho más profunda de lo que parece. Macri ganó no tanto porque mintió sino porque en el fondo dijo lo que la gente quiso escuchar. Alguien dirá para eso está precisamente la democracia, para que gane el candidato que obtiene el mayor número de votos lo cual supone se debe a que atrajo a las preferencias de la mayoría. De ahí que la autora inmediatamente se pregunte por la moralidad del procedimiento mediante el cual Macri pudo enterarse de qué es lo que la gente quería escuchar. Después de todo, si el método fuera irreprochable, impugnar el triunfo de Macri equivaldría a impugnar a la democracia (algo que hacen varios en el fondo, sobre todo cuando pierden las elecciones).

La tesis de Dussel es que Macri, como Trump y otros (entre los que se halla el Partido Demócrata de los EE.UU., al menos según "House of Cards" en su versión estadounidense, pero que la autora no menciona) se valen de lo que se suele denominar como "big data", i.e. información pública (v.g. búsquedas en Google) y no tanto (v.g. Facebook, o directamente privada) para saber cuáles son las preferencias políticas de los votantes. Semejante procedimiento es descripto como "populismo puro", a diferencia, suponemos, de la concepción robusta de democracia deliberativa defendida por el kirchnerismo en general y en particular por la candidatura de Daniel Scioli.

Hablando de Roma, mientras que Macri se valió para ganar de las más sofisticadas armas cibernético-mediáticas, en cambio, "Scioli tuvo una campaña traccionada por miles de militantes que, con mucha buena voluntad y poca organización, trataron de salir a convencer a quien pudieron con sus propias armas". Scioli no tuvo fondos suficientes para contar con asesores, mucho menos asesores extranjeros. En otras palabras, la pura moralidad y esfuerzo de Scioli no pudo hacer nada contra los cuantiosos y moralmente dudosos recursos macristas.

Además, todos recordamos los denodados esfuerzos de Scioli, por ejemplo, en tratar de conseguir el apoyo del Estado Nacional y todas sus reparticiones, ya que fue público y notorio que, tal como caracteriza a la robusta concepción de democracia deliberativa enarbolada por el mismo Scioli (quizás contradiciéndose de ese modo), dichos esfuerzos fueron inanes ya que el Estado Nacional se mantuvo completamente ausente de la elección para que no quedaran dudas acerca de la estricta línea que divide al Estado del Gobierno y al Gobierno Nacional del partido político que ocupa dicho lugar circunstancialmente hasta tanto el pueblo se exprese de otro modo. Por lo demás, aunque el Estado Nacional hubiese hecho campaña por Scioli no habría afectado significativamente el resultado ya que el número de empleados públicos es sensiblemente menor que el de los que trabajan en el sector privado. Scioli, en otras palabras, como se suele decir en inglés, nunca tuvo una chance.

Por si quedaran dudas acerca de la debilidad sciolista, la autora comenta que "Jorge Telerman (el jefe de campaña de Scioli) cambió de bando pocos días después de perder las elecciones y se fue a trabajar con Rodríguez Larreta". Nos imaginamos lo que ella piensa acerca de los Kirchner (para dar solo un par de casos) y el modo que dejaron de ser menemistas.

Finalmente, la autora nos convoca a dar "un debate ético sobre qué información se tiene derecho a usar" (lo cual puede ser confuso: ¿el debate es para mostrar la inmoralidad macrista o para abandonar ese hipermoralismo kantiano que tanto caracteriza al kirchnerismo para de ese modo dejar de pecar por ingenuos y tener más éxitos políticos?) y termina su nota con una severa aunque muy útil advertencia: "no creer que por que [sic] se tengan políticas e ideas tan buenas se van a imponer por sí solas", que esperemos no caiga en oídos sordos.

jueves, 9 de febrero de 2017

Sobre demonios, terrorismo y violencia



Gracias a Fernando Manuel Suárez nos hemos enterado de la muy interesante nota de Daniel Feierstein (Revista Bordes) en la que el autor muestra su preocupación por el marcado aumento de las acciones de la teoría de los dos demonios en el mercado del sentido común de los últimos años, en especial a raíz de las últimas elecciones presidenciales.

Estamos completamente de acuerdo con él en que la criminalización del negacionismo no puede ser una solución ya que va en contra de los principios del Estado de Derecho liberal, en que los funcionarios públicos “negacionistas” deberían renunciar, en que los defensores de los genocidas tratan de aprovechar el momento para ganar terreno en el plano político-cultural y en que así y todo el debate es el modo de resolver los desacuerdos en democracia.

Sin embargo, existen ciertas diferencias en cuanto a los argumentos exhibidos. Por ejemplo, el discurso de los dos demonios según Feierstein es desacertado—por no decir una burda operación ideológica—por varias razones. En primer lugar, según él quien habla de “dos Xs” está dando a entender que habla de “dos Xs iguales”. En efecto, en cierto sentido cada vez que hacemos referencia a diferentes Xs los estamos igualando ya que estamos hablando del mismo tipo de ente. Pero de ahí no se sigue que dichos entes sean iguales en todo sentido. Mucha gente estará de acuerdo en que, v.g., Cristina Kirchner y Mauricio Macri tienen en común el hecho de ser presidentes o haberlo sido. Pero de ahí tampoco se sigue que sean moral o normativamente iguales. No hace falta abundar al respecto para atraer el convencimiento de kirchneristas y macristas por igual (irónicamente). 

Este ejemplo muestra que hablar de dos demonios no tiene por qué implicar que los demonios sean iguales. Quienes entonces desearan continuar con la doctrina de los dos demonios lo único que deberían hacer es especificar que no son iguales por obvias razones que abarcan desde los motivos por los que pelearon hasta los recursos disponibles pasando por la estructura de sus organizaciones. Quizás convendría denominarla la doctrina de los dos demonios desiguales. Incluso quizás se trate de un demonio que cometió un solo delito y de otro que cometió millones.

Si reemplazáramos la expresión “demonio” por “autores de delitos” la cuestión sería todavía más clara, ya que poca gente cree que todos los delitos son de la misma especie o de la misma gravedad. En donde estamos completamente de acuerdo es que hablar de “demonios” en relación a cuestiones penales en realidad equivale a quitarle la responsabilidad a los involucrados. El Código Penal está pensado para seres humanos. 

Feierstein podría insistir en que a él lo que más le interesa es qué es lo que se hace con la doctrina de los dos demonios antes que la doctrina de los dos demonios en sí. Sin embargo en tal caso él estaría abandonando el plano argumentativo que él abraza en la nota para concentrarse solamente en la lucha por la hegemonía. En realidad, según Feierstein "responder con argumentos" es "el único modo de incidir en las luchas por la hegemonía".

En segundo lugar, para Feierstein la expresión “terrorismo de Estado” en el fondo no es sino la continuación de la doctrina de los dos demonios pero por otros medios, ya que a menos que la expresión sea redundante sugiere que puede haber otros terrorismos, i.e. terrorismos no estatales. En aras de la precisión conceptual sin embargo es difícil negar la existencia de terrorismos no estatales. Es fácil de comprobar en el caso de, v.g., la creación de varios Estados como Israel o Palestina. 

Quizás el punto de Feierstein no sea general sino que se refiera a lo que sucediera exclusivamente en nuestro país. Sin embargo, si ese es el punto de Feierstein, da la impresión de que hay algunos casos que solamente podrían escapar a la descripción de terrorismo no estatal (o insurgente) mediante el recurso a la doctrina del doble efecto o de los efectos colaterales, según la cual, en muy pocas palabras, si alguien sabe que su acción puede tener resultados dañinos pero no desea semejante acción es suficiente para no imputarle la misma como un acto terrorista, el cual consiste en el ataque deliberado de no combatientes.

Esta clase de doctrina es la que usan los Estados para separar los actos de guerra de los actos terroristas y de ese modo justificar precisamente los bombardeos de sus enemigos, los cuales de modo más o menos directo suelen usar escudos humanos para protegerse (a veces edificios llenos de personas, a veces personas directamente). El punto es que si vamos a poner en duda la validez de la doctrina del doble efecto para el caso del Estado, no queda claro por qué íbamos a defenderla en el caso de que fuera empleada por insurgentes.   

Sin embargo, Feierstein sostiene que hay que distinguir entre “la lucha contra la injusticia (con todos los aciertos y errores que se le puedan asignar) frente al intento de aumentar la injusticia a través de una reorganización nacional guiada por el terror (esto es, un genocidio)”. Por lo tanto él parece estar dispuesto a sostener que si X lucha por una causa justa merece un tratamiento moralmente superior por definición en relación a Y quien claramente lucha por una causa injusta. De ahí que Feierstein sí esté dispuesto a concederle a los que pelean por causas justas el beneficio de invocar la doctrina del doble efecto mientras que se lo deniega a quienes luchan por causas injustas. 

Habría que tener en cuenta sin embargo que desde el punto de vista de las víctimas, poco importa si el acto es de guerra o terrorista. De hecho a las víctimas les llamaría mucho la atención frases tales como "con sus aciertos y sus errores", las cuales son redundantes (nadie acierta en todo y nadie se equivoca en todo) o contraproducentes, sobre todo respecto a los "errores". En el fondo, lo que las víctimas desean es que no las vuelen en pedazos.

Dicho sea de paso, Feierstein difícilmente crea que para que, v.g., ciertos no combatientes vuelen en pedazos es normativamente suficiente que sean volados por quienes pelean por una causa justa sino que además querrá ver cierta racionalidad o relación de causalidad entre dicho ataque y la causa en cuestión. Después de todo, a veces la determinación de un genocida se ve reforzada cuando ve volar en pedazos a parte de su familia (asumiendo que dicha familia fuera no combatiente y que el genocida tuviera afecto por la misma), lo cual para decir lo menos podría ser contraproducente.

De hecho, Uwe Steinhoff en su excelente libro sobre guerra y terrorismo (On the Ethics of War and Terrorism) da un muy buen ejemplo acerca de cómo hasta los mismísimos nazis actuaron de un modo moralmente correcto cuando dirigían las defensas antiaéreas contra los ataques aliados los cuales, com el de Dresden, consistían en bombardeos deliberados de la población no combatiente, i.e. no en efectos colaterales de actos de guerra sino en actos que actos explícitos de terrorismo de Estado. Hasta un genocida argentino entonces podría defender a su familia—asumiendo que la misma fuera no combatiente o en todo caso no genocida—si la misma fuera víctima de un ataque. 

Feierstein tiene asimismo mucha razón en que la “cosa juzgada” tampoco puede ser la solución a un debate. Sin embargo, “las víctimas del terrorismo” que Feierstein menciona dicen exactamente lo mismo que él y podrían de hecho citarlo textualmente: “Lo valioso es que los tribunales reconocen la verdad y por una vez hacen justicia, no que la verdad y la justicia es lo que dictan los tribunales”.

En cuanto a que la “violencia es un concepto abstracto”, “casi un significante vacío”, eso podría repercutir negativamente en la tajante distinción hecha por Feierstein entre quienes luchan por causas justas y quienes luchan por causas injustas. De hecho, quienes luchaban por la justicia creían estar reaccionando contra la violencia. En lo que hace a la así llamada “violencia verbal” o “violencia simbólica”, quizás sea una manera de referirse a la injusticia. De otro modo, si la violencia verbal o simbólica fuera literal podríamos defendernos con armas de una mentira o una imagen que nos hiciera sentir mal. 

Ciertamente se podría abrir el juego y considerar la violencia política insurgente de los setenta como una reacción al golpe del 55. Sin embargo, no hay que olvidar que una parte de la violencia política insurgente tuvo lugar bajo el gobierno democrático de Juan Domingo Perón y luego de su esposa Isabel. Quienes recurrieron además a la violencia política en democracia deberían haber previsto que sus actos podrían ser la excusa que buscaban quienes muy probablemente habían planeado hace tiempo actuar precisamente contra la democracia y solamente estaban buscando una excusa que pudiera repercutir en el sentido común al cual Feierstein se refiere en su nota. 

jueves, 2 de febrero de 2017

Breve Caracterización del Terrorismo



Dado que en los últimos días ha renacido la discusión acerca del terrorismo, sobre la base de una entrada anterior quisiéramos contribuir con una breve caracterización de la noción.

No hace mucho Graciela Fernández Meijide, por ejemplo, asociaba la caracterización de terrorista con el tipo de arma empleada: “Cuando se pone una bomba, es para causar terror” (click). Sin embargo, tal caracterización no permite distinguir entre el terrorismo y el acto de guerra. Nadie puede negar que los aviones de los ejércitos regulares usan bombas y sin embargo no se suele creer que ese mismo hecho los convierta necesariamente en terroristas.

Por otro lado, las bombas de los aviones seguramente provocan más terror todavía que el que provocan los actos que suelen ser considerados terroristas, a menos que creamos que el terror de las bombas provienen del hecho que son puestas antes que tiradas. Quizás el terror de las bombas puestas provenga de que sean puestas de modo imprevisto por sus víctimas, pero otro tanto se lograría con un ataque aéreo sorpresa.

Un insurgente, por su parte, en tanto que "guerrillero" muy probablemente se sienta más cerca de la guerra que del terrorismo. De hecho, los guerrilleros por definición pertenecen a estructuras militares (por no decir neo-, filo- o para-estatales) con sus correspondientes jerarquías y férreas disciplinas, las cuales contemplan no solamente el ataque de sus enemigos sino la muerte para el caso de desobediencia dentro de sus propias filas. Sin duda, los Estados no reconocen a las guerrillas como si fueran estatales, pero en aras de la argumentación, vamos a pasar por alto este hecho.

En efecto, suele suceder que, quizás asimismo por definición, la guerrilla no cuente con la aprobación de un Estado en operaciones por así decir y por eso sea ilícita o clandestina. Pero, en la medida en que los guerrilleros estuvieran dispuestos a atacar exclusivamente a los combatientes entre sus enemigos no habría razones para considerar que sus efectos fueran, otra vez, necesariamente terroristas. De hecho, semejante equiparación entre el terrorismo y la insurgencia haría que la expresión “terrorismo de Estado”—que hoy en día parece ser redundante—se convirtiera en una contradicción en sus términos.

En sentido estricto, entonces, convendría decir que un acto terrorista consiste en el ataque deliberado de no combatientes con independencia de quién sea el actor y la meta que inspira su acto. Mientras que un acto de guerra es aquel que tiene como blanco deliberado solamente a combatientes, un acto terrorista apunta deliberadamente a no combatientes. El acto de guerra ciertamente puede provocar víctimas entre los no combatientes pero no se trataría de víctimas "deliberadas" sino solamente previstas o como se suele decir “efectos colaterales” (vamos a volver a este punto en breve).

Esta caracterización del terrorismo exclusivamente como ataque deliberado contra no combatientes permite que tanto los funcionarios estatales cuanto los guerrilleros (o insurgentes si se quiere) puedan cometer actos terroristas: no importa quién comete el acto ni por qué o en aras de cuál meta, sino qué hizo. Creer que el Estado o el insurgente por definición no puede cometer actos terroristas parece ser antojadizo, a pesar de lo que suelan creer respecto de sus propios actos tanto los agentes estatales como los insurgentes.

Además, si la meta pudiera ser invocada para decidir si un acto es o no terrorista, no solamente los insurgentes sino también los Estados tendrían derecho a invocar dichas metas (que bien pueden ser asimismo la libertad, igualdad, etc.) para que sus propios bombardeos—o lo que fuera—no sean considerados terroristas. No hay que olvidar que Stalin, Mao y tantos otros actuaban inspirados por ideales de justicia.

Por otro lado, con mucha razón se puede observar que son los Estados los que producen la mayor cantidad de actos terroristas, lo cual no se debe necesariamente a la perversidad de los mismos (aunque sin duda que semejante factor contribuye poderosamente) sino a que cuentan con mucho más medios que los insurgentes. Habría que ver qué harían los insurgentes si contaran con los mismos recursos que el Estado (no olvidemos, después de todo, que hasta el nazismo fue insurgente en su momento).

Vale la pena recordar asimismo que hasta un genocida puede actuar legítimamente aunque por supuesto no en tanto que genocida. Tal como lo propone Uwe Steinhoff, incluso los soldados nazis tenían muy buenas razones para defender mediante armas anti-áereas a la población alemana no combatiente que, por definición, fuera víctima de ataques terroristas en varias oportunidades a manos de los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial, como por ejemplo durante el bombardeo de Dresden.

Finalmente, algunos no sin razón consideran que la distinción entre previsión e intención que se suele usar para distinguir entre el acto de guerra y el acto terrorista, si bien es psicológicamente relevante no por eso es moralmente relevante ya que exagera la preponderancia del agente a expensas del punto de vista de la víctima. En efecto, es altamente probable que a la víctima de un acto terrorista no le interese en lo más mínimo que el agente que estuviera a punto de atacarla fuera un agente del Estado o un insurgente y/o lo hiciera deliberadamente o sólo como resultado de un acto colateral y/o lo hiciera en defensa o en contra del orden. Lo que suele interesarle a las víctimas, sean de actos de guerra o de terrorismo, es que no las vuelen en pedazos, sin que importe quién lo hiciera o por qué. Precisamente, la tarea de un juez penal es proteger a la población aplicando el Código Penal a todos los que cometen un delito, sin que importe quiénes son o si están dispuestos a morir por sus ideas.


jueves, 26 de enero de 2017

Acerca de una Nota tan anti-liberal como Milagro Sala



Marcos Novaro ha publicado una nota en La Nación sobre "Milagro Sala y el alma antiliberal del kirchnerismo" (click). El comienzo de la nota contiene información decisiva para la resolución judicial del caso: "Las investigaciones judiciales, aunque lentas, avanzan, y cada vez más testimonios y pruebas confirman las prácticas criminales de la Tupac Amaru: desvío de fondos públicos y lavado de dinero, patotas, golpes y amenazas brutales, enriquecimiento de los dirigentes de una entera asociación ilícita, de todo como en botica".

El resto de la nota, sin embargo, es irrelevante para el razonamiento judicial, el único que debería decidir sobre la libertad de Milagro Sala.

En efecto, Novaro comenta que quizás "los enemigos de todos estos valores [la convivencia, la moderación y el liberalismo político], enceguecidos por la dinámica de radicalización, puede que se incineren en ella". Pero qué va a suceder con otras personas, incluso los enemigos de la democracia, no puede influir en la decisión judicial sobre Sala.

En cuanto a la frase de Horacio Verbitsky "No vamos a cejar hasta conseguir su libertad porque su libertad es la garantía de la libertad de todos", se puede tomar en varios sentidos. Sin embargo es una frase cuyo sentido liberal central es innegable. Si tiene o no un uso mafioso es otra historia. No vamos a dejar, por ejemplo, de usar “encargarnos” de algo porque tal como lo muestran las películas los mafiosos también usan la misma expresión.

Incluso si tomáramos el sentido mafioso de esta frase, del hecho de que al kirchnerismo le convenga que Sala sea absuelta no se sigue que deba ser condenada. Su condena o su absolución para el caso debe obedecer a razones estrictamente legales.

En cuanto a la defensa de “ruptura”, es ciertamente típica de los casos con ciertos ribetes políticos. Pero en un Estado de Derecho la defensa puede usar la defensa que se le dé la gana. Si Novaro cree que Milagro Sala representa un peligro para la democracia comparable al de Hitler entonces habría que suspender el juicio y tomar medidas de excepción, lo cual haría que Sala dejara de ser una sospechosa de haber cometido delitos comunes en una enemiga del Estado, lo cual no solamente es jurídicamente falso sino que además es precisamente lo que el kirchnerismo debe estar pidiendo en sus oraciones diarias. El punto es entonces que dado que Novaro obviamente no quiere algo semejante no queda clara la comparación con Hitler.

Además, aunque los defensores de Sala usen los mismos argumentos que Hitler de ahí no se sigue que sean como Hitler. Hitler usó varios argumentos, también trenes, burocracia e intelectuales, pero no por eso todos los que los usan son nazis.

En lo que atañe a la defensa de Vergès que se basa en la comparación entre, v.g., Bin Laden y Bush, quienes creen que la cantidad de muertos provocados por actos de guerra, muchísimo mayor que la de los actos terroristas, sigue siendo defendible por el solo hecho de tratarse de actos de guerra mientras que los actos terroristas son condenables solamente porque son terroristas, en el fondo lo hacen porque cuentan con una teoría de los efectos colaterales o de los actos de doble efecto capaz de resistir toda crítica. Si la tuvieran sería bueno que la compartieran. Al respecto quizás útil la referencia a otra entrada del blog: De Bombas y Terroristas.

Por otro lado, cuando Novaro dice que el argumento de ruptura "nada inocentemente olvida la diferencia entre que exista un sistema legal o no", Novaro no parece recordar que el propio Hitler llegó al poder legalmente, lo cual muestra que los sistemas legales pueden servir para muchas cosas buenas pero no son a prueba de balas, por así decir.

Finalmente, incluso "los disfrazados de demócratas defensores de derechos que buscaron monopolizar el poder, creyendo en serio en las promesas y métodos del chavismo", los cuales "hoy se reúnen en torno a Sala porque no piensan que nada de lo sucedido en el país desde el ocaso de los gobiernos K los cuestione, [sino] todo lo contrario", todos ellos, i.e. incluso los anti-liberales, tienen derecho a que en un juicio, particularmente penal, solamente se tenga en cuenta el razonamiento judicial para resolver el caso, haciendo caso omiso de consideraciones políticas, sociológicas, históricas, etc. En un Estado de Derecho no hay otra alternativa. Es imposible ser liberal sin estar de acuerdo con esta conclusión.

martes, 17 de enero de 2017

La Coalición político-mediático-judicial-de-derecha-estadounidense-israelí ataca-de-Nuevo




Página 12 de hoy nos recuerda que la Coalición político-mediático-judicial-de-derecha-estadounidense-israelí ataca de nuevo (click). Mientras nos proponíamos aportar nuestro humilde granito de arena nos dimos cuenta de que estábamos esencialmente repitiendo lo que habíamos dicho hace casi dos años, el 27 de enero de 2015 para ser más precisos, aquella vez para la opinión pública internacional (click). Por lo cual, hemos decidido subir otra vez esa entrada en su casi totalidad, con el agregado de un video de la Policía Federal que ilustra cómo fue la recolección de evidencias en el departamento de Nisman por parte del equipo de investigaciones especiales de la fuerza.

Hace poco nos contaron que hay gente en el extranjero que lee este blog. No solamente todavía no salimos del asombro que nos provoca saber que hay alguien que nos lee en absoluto, sino que además no podemos darnos siquiera una idea del esfuerzo intelectual que representa poder entender a este país para alguien que no es argentino o que no ha vivido en Argentina.

Es por esto que con esta entrada inauguramos lo que podríamos llamar La Causa de Catón Servicio Internacional, en aras de ayudar a quienes se embarcan en semejante ordalía intelectual. Después de todo, los nativos (y residentes ciertamente) tienen una enorme ventaja ya que la sabiduría de la naturaleza les permite acomodarse a su medio ambiente y por eso, suponemos, les resulta más fácil entenderlo. En realidad, es la única hipótesis que puede explicar la supervivencia en un medio ambiente semejante, aunque estamos abiertos a otras sugerencias. Dicho sea de paso, en breve contrataremos a James Earl Jones para que grabe el identificador de nuestra señal internacional. 

En esta oportunidad vamos a tratar de explicar desde un punto de vista internacional el último suceso que ha cobrado estado público a nivel mundial, un suceso del cual ya nos habíamos ocupado brevemente (No es lo que parece). A tal efecto, vamos a usar una analogía televisivo-cinematográfica.

Supongamos que en televisión dan una película en la cual un fiscal que investiga a la Presidencia de la República aparece muerto en su domicilio el día anterior a hacer su primera presentación oficial en el Congreso Nacional acerca de precisamente dicha causa. Supongamos también que dicho fiscal contaba con una numerosa y celosa escolta de la Policía Federal, la cual había perdido todo contacto con él por lo menos durante las últimas once horas que condujeron a su muerte.

Luego, la Presidenta de dicha República escribe una epístola en Facebook (1 Cristina ad Facebookenses) comentando el acontecimiento como si fuera un usuario más de dicha red social con un puesto de sandías a la vera de una ruta provincial, y no la Presidenta de la República, e indicando ciertamente que para ella se trató de un suicidio. El suicidio, obviamente, está conectado con un grupo monopólico que busca desestabilizarla.

Evidentemente insatisfecha con esta primera carta, la Presidenta escribe una segunda en la misma red social, pero en la que cambia de opinión, ya que en lugar de inclinarse por el suicidio afirma que se trató de un asesinato obviamente orquestado por el mismo grupo monopólico que según la hipótesis anterior buscaba desestabilizar su Gobierno mediante un suicidio. Nobleza obliga, la Presidenta aclara en esta segunda epístola que “no tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas” [de que se trata de un asesinato] (2 Cristina ad Facebookenses 12), quizás inspirada por el credo quia absurdum (“creo porque es absurdo”) de la patrística cristiana. Paralelamente, las encuestas muestran que la enorme mayoría del país en cuestión cree que se trató de un asesinato y las malas lenguas rumorean que eso fue precisamente lo que explica el cambio de opinión presidencial.

Continuando con la alegoría de esta trama, agreguemos ahora que el periodista que había dado la primicia sobre la muerte del fiscal se va del país alegando que está siendo perseguido precisamente por ese motivo. La trama se hace más espesa ya que mientras el periodista huye del país, la agencia oficial de noticias (Télam), la aerolínea de bandera (Aerolíneas Argentinas) y la cuenta oficial de la Casa de Gobierno en twitter (dirigida por una verdadera artista de la sutileza y el protocolo) difunden los datos del itinerario y del pasaje de dicho periodista, como si fuera un servicio prestado por la aerolínea a quienes viajan en business o en primera para asegurarse de que alguien vaya a buscar al pasajero en el destino final.

Mientras que algunos simpatizantes del Gobierno alegaban que este periodista descaradamente mentía enmascarando unas vacaciones en Uruguay como una persecución en la que su vida corría peligro, el Jefe de Gabinete, una vez preguntado al respecto, sostuvo que “Es un periodista que se sentía amenazado y fue importante publicar su paradero”. Como se puede notar, se trata de un Gobierno que cree que la mejor manera de calmar el miedo a la persecución es mediante una terapia de shock, algo así como encerrar a un claustrofóbico en un ascensor o tratar el miedo al agua y el vértigo con un clavado en Acapulco. Monty Python se habría muerto de hambre si hubiese tenido que trabajar en un país semejante. En todo caso, sus representaciones habrían sido cuadros puramente costumbristas.

Finalmente, y todo siempre en la misma película, la Presidenta más de una semana después del hecho decide salir en Cadena Nacional para completar su cuadro de situación. En dicha alocución sostiene que fue la Ministra de Seguridad quien la anotició a las 0:30 sobre "un incidente" que involucraba un fiscal tirado sobre un charco de sangre. La Presidenta, incrédula, le preguntó si se trataba de una broma, ya que sus ministros son muy de hacerle bromas a la madrugada sobre incidentes con fiscales federales tirados arriba de un charco de sangre (nota para quienes vieron el Mundial: la relación entre esta Presidenta y sus ministros es muy parecida a la que tenía Sabella con Lavezzi en el partido con Nigeria). Aquellos fanáticos que se interesan en la búsqueda de perlas cinematográficas, aquí tienen una: el Secretario de Seguridad había dicho públicamente en esta película que fue él quien le había dado la noticia por primera vez a la Presidenta (encima, el Secretario se mostró por televisión en el domicilio del fiscal antes de que llegara el poder judicial). Quizás en la secuela el guión desarrolle este desacuerdo entre la Presidenta, la Ministra y el Secretario (de hecho, le acabamos de dar el título a la segunda parte).

La Presidenta con la sana intención de colaborar con la investigación judicial, aunque respetando escrupulosamente la separación de los poderes, indica en la misma Cadena que el hermano de un empleado del grupo monopólico es responsable del homicidio. El implicado por la Presidenta es a la sazón un espía del Servicio de Inteligencia, cuyo excelente plan para llevar a cabo semejante maniobra de desestabilización incluía aparentemente una fuga al exterior, aunque según la Presidenta se había dejado estar, ya que había iniciado los trámites del pasaporte cuatro días antes del crimen. Además, esta misma persona que entendemos es un espía profesional, antes de su asesinato no tuvo mejor idea que escribir media docena de tweets en los que insulta a la Presidenta de la República, suponemos para asegurarse de que su crimen no pudiera ser rastreado hasta él.

Es difícil entonces resistir la inferencia de que el grupo monopólico de marras tiene, para decir lo menos, serias dificultades en el rubro de contratación de recursos humanos, particularmente en lo que atañe a su Departamento de Desestabilización. Si pudiéramos le recomendaríamos a este grupo monopólico que la próxima vez antes de contratar una consultora de recursos humanos vean al menos la primera temporada de “Los Soprano”. Quizás esto también quede para la secuela.

Hasta acá la analogía (nos faltó mencionar que también se roban un misil de una base militar, pero no vamos a entrar en detalles, ya que se trata de un hecho menor no conectado con la historia principal, cuya tarea es darle más color a una trama bastante anodina).

Ahora nos vemos forzados a pedirles a nuestros lectores extranjeros que hagan el enorme esfuerzo de lograr una “suspensión voluntaria de la incredulidad” y acepten que lo que acabamos de describir no es el guión trillado de una película de clase B cuya trama sería inconcebible hasta—o sobre todo—en África subsahariano (de hecho hoy en día en África subsahariano cuando sucede algo inaudito dicen: “esto no pasa ni en Argentina”), sino que ha sucedido.

Finalmente, el agregado mencionado del video aportado por la Policía Federal mientras su equipo de investigaciones especiales llevaba a cabo la recolección de evidencias en el departamento de Nisman.


 


jueves, 12 de enero de 2017

Qué lindo que es estar en Mar del Plata



Es una vieja y generosa costumbre de las autoridades de La Causa de Catón la de permitirle a su staff que escuche la radio mientras trabaja en vacaciones. De ahí que hayamos tenido la oportunidad de escuchar hace poco una entrevista radial al Sr. Emilio Sucar Grau, subsecretario de Inspección General del municipio de General Pueyrredón, mientras trataba de explicar la naturaleza y el alcance del programa “Mar del Plata Segura” que incluye entre sus medidas el secuestro de bebidas alcohólicas en la playa.

Un periodista entonces no sin razón le preguntó al Sr. Sucar Grau acerca de la diferencia entre el alcohol digno de ser secuestrado en la playa y el alcohol que legalmente se expende en los establecimientos que están literalmente a unos pocos metros de la playa, si no es que están literalmente sobre la playa.

La respuesta del Sr. Sucar Grau fue, como se suele decir en inglés, la de tomar una hoja del libro de Martín Sabbatella para contestar esencialmente que “se trata de una disposición democrática y por lo tanto hay que obedecerla”. Nuestros lectores recordarán cuando un periodista le preguntara al dirigente de Nuevo Encuentro por qué había no había renunciado a su banca de diputado luego de haber aceptado un cargo en el Gobierno Nacional y Sabbatella respondió que “había dos alternativas. Yo tomé la otra”.

En efecto, las respuestas de Sabbatella y de Sucar Grau apelan a información con la que ya contábamos, sea el hecho de que la decisión marplatense es democrática (lo único que faltaba era que no lo fuera) o la tautología de que había dos opciones y Sabbatella optó por la otra. La cuestión es por qué Sabbatella no tomó la otra alternativa y por qué en este caso está permitido consumir alcohol en algunos lugares y en otros no. De hecho, según el nuevo programa marplatense la policía puede secuestrar el alcohol en la playa sin que medie disturbio alguno o incluso señales de intoxicación.

Que está prohibido tener alcohol en la playa y que hay que obedecer era un hecho que ya conocíamos. Es precisamente porque está prohibido y debemos obedecer es que queremos saber la razón. Si no estuviera prohibido y no hubiera que obedecer solamente la curiosidad académica podría interesarse por este caso. Insistir con que está prohibido es solamente una petición de principios o muestra en todo caso la carencia de argumentos atendibles.

Quizás al hacer referencia a que vivimos en democracia lo que quiso decir Sucar Grau fue que la prohibición fue el resultado de un genuino debate, por lo cual él no debería tener mayores problemas en recordarnos brevemente cuál fue ese debate, proveyéndonos de este modo de algún argumento. Pero tampoco lo hizo.

En resumen, si bien es absolutamente cierto que en democracia hay que obedecer al derecho, no es menos cierto que en democracia se supone que existe una razón por la cual obedecemos al derecho, y esa razón, obviamente, no puede ser que hay que obedecer al derecho. Semejante afirmación o bien es  tautológica de un modo insultante o bien indica que no hay argumentos. Se trata de una afirmación muy poco reconfortante para un régimen democrático pero que se sentiría muy a gusto en un sketch de Monty Python, como tantas otras cosas en este bendito país.


sábado, 7 de enero de 2017

Derek Parfit, in Memoriam (1942-2017)




Para despejar el rumor de que a este blog solamente le interesan los chistes de Jorge Corona y las películas de Sacha Baron Cohen, vamos a hacer una excepción y pegamos a continuación un texto del muro de Facebook de un miembro de nuestro staff en el cual cuenta la impresión que le causara Derek Parfit la primera vez que lo viera en Oxford, hace un poco más de veinte años, mientras empezaba sus estudios de doctorado. Dado que todo el mundo conoce el genio de Parfit, quizás esta narración ayude a rescatar una dimensión previsible aunque tal vez no tan conocida del autor de Reasons and Persons.

'Por alguna razón, luego de haber almorzado con mi gran amigo Julián Epelbaum, me acabo de acordar de que durante mi primer año en Oxford, 1994-1995, tuve la osadía de ir a la primera clase del seminario para el B.Phil. (maestría en filosofía) que daba Derek Parfit en el All Souls. 

Siendo miembro del All Souls Parfit no tenía carga docente alguna, pero obviamente él conocía la importancia de dar clase. Dije “osadía” porque los seminarios de B.Phil. estaban reservados para los estudiantes de posgrado en filosofía.

Nunca me voy a olvidar de ese primer día. Parfit apareció tal como lo describen ahora en las necrológicas, con su camisa blanca y pantalones negros, con la salvedad de que en esa época además usaba una corbata roja. Parfit siempre usaba la misma ropa, i.e. solamente compraba pantalones negros y camisas blancas (y corbatas rojas en aquel entonces, aunque supongo que menos ya que las corbatas no tienen el mismo desgaste que el resto de la ropa, siempre y cuando se les dé un uso habitual), fundamentalmente para no perder tiempo decidiendo qué ponerse (indudablemente, esto es lo único en lo que me parezco a Parfit, al menos en lo que atañe a mi colección de camisetas blancas).

Al comienzo de la primera clase Parfit le pedía a cada uno de los estudiantes que se presentara y sobre todo contara en qué estaba trabajando (aclaro que, como buen doctorando en derecho, yo estaba sentado en la última fila, oculto, sin pronunciar palabra; encima, en esa época mi inglés era peor que ahora, hablaba como el protagonista del comercial de desodorantes Axe de aquella época, precisamente antes de ponerse el desodorante). Entonces, cada uno de los admitidos al B.Phil. (muchos de ellos estadounidenses que a su vez estaban admitidos en los mejores programas de doctorado en su país pero así y todo para ellos el B.Phil. de Oxford era un must) presentaba su tesis.

Ahí fue que vi a la mente de Parfit en actividad, en vivo y en directo o en tiempo real como se dice ahora, ya que apenas acababa él de escuchar lo que le decía cada estudiante (sea que se tratara de filosofía moral, filosofía de la mente, metafísica, lo que fuera), ipso facto en no menos de tres y no más de cinco minutos no solamente le trazaba un panorama extraordinario y sucinto a la vez del estado del arte de esa cuestión sino que además le anticipaba todos los caminos que podría tomar, cuáles le convenía y cuáles no, qué problemas tenía que evitar, etc. 

Nunca jamás había visto yo, ni volví a ver, un despliegue de semejante inteligencia, talento y precisión a la vez, y todo eso en tan poco tiempo, obviamente porque tenía que hacer lo mismo con la veintena de asistentes al seminario. Parfit jamás había hablado antes seguramente con esos estudiantes, pero estoy seguro de que en esos cinco minutos les había cambiado la vida para siempre. Era una mente que jugaba ella sola simultáneas filosóficas con las mentes de los demás, y que daba la impresión de que no podía perder una sola partida. 

También me acabo de acordar que hacia 1998-1999, cuando exponía en lecciones parte de lo que terminaría siendo su trabajo “Sobre lo que importa” (On What Matters), Joseph Raz mismo asistía para hacerle preguntas. Básicamente, se entendían solamente entre ellos dos.

Parfit debe haber sido uno de los últimos grandes "Mr" de Oxford, i.e. un don que no necesitaba un doctorado para trabajar ahí. 

Se fue quizás el más grande. Por suerte todavía nos quedan sus ideas'.