«La causa victoriosa complació a los dioses, mas la vencida a Catón» (Lucano, Farsalia, I.128-9).
viernes, 27 de noviembre de 2015
Tres Leyes de Hierro de la Política Argentina
El politólogo Carlos Acuña ha publicado una nota muy interesante en Página 12 de hoy: La elección de Macri: Paradojas y escenarios futuros. Sin duda, el autor no deja de expresar su opinión personal acerca del resultado. Aunque celebra "el fortalecimiento democrático que conlleva cada reiteración de elecciones transparentes y pacíficas", sostiene que se trató de un "domingo de mierda".
Sin embargo, lo que más nos interesa en este blog, como no podía ser de otro modo, es la teoría política del autor antes que sus sentimientos. En efecto, en esta nota el autor sostiene que la victoria de Macri arroja "dos grandes paradojas". La primera paradoja consiste en que "el kirchnerismo logró su objetivo de colocar a Macri como su 'contra-opción', aunque al subir al ring lo hizo con pies de barro". La segunda paradoja consiste en que "Macri –inesperadamente victorioso en el ring en el que en gran medida lo colocó el kirchnerismo como principal contrincante– recupere la lógica de construcción política 'transversal'".
En realidad, el autor puede hablar de "paradojas" pero solamente en el sentido débil de que se trata de hechos que van contra la opinión común, ya que pocos creían que Macri tenían probabilidades de ganar y quizás pocos creían en que Macri apelara a la "transversalidad". En un sentido fuerte o filosófico, en cambio, se habla de "paradojas" solamente cuando la proposición en cuestión es absurda o contradictoria, como si creyéramos a la vez que (a) 2 + 2 = 4 y (b) 2 + 2 = 5, a la vez. En el sentido fuerte de la expresión, la victoria de Macri entonces no es paradójica, a menos que supusiéramos que el kirchnerismo no podía perder la elección, lo cual suena ligeramente soberbio. A lo sumo, la victoria fue contra la opinión común (aunque suponemos que no pocos kirchneristas deben haberse hecho la misma pregunta que se hizo Braga Menéndez acerca de si Cristina quería sinceramente ganar las elecciones: click). Otro tanto se aplica a la construcción de una política transversal, que tiene muy poco de absurdo cuando el partido predominante en nuestro país es el peronismo y a alguno se le ocurre desafiarlo electoralmente. Se trata del único camino razonable.
Asimismo, llama la atención que la nota haga referencia a que la de Macri es la "la primera victoria electoral de un partido conservador", lo cual supone que el peronismo que acompañara a Menem en sus dos períodos electorales, particularmente el segundo, no había sido conservador. Evidentemente, el autor no cree que el menemismo haya sido un fenómeno de carácter conservador. Nos despierta curiosidad cómo describe entonces el autor al peronismo. Quizás considera que se trata de un fenómeno precisamente paradójico en el sentido fuerte o filosófico ("el peronismo es de derecha y de izquierda a la vez"), y/o como un puchero a la española, para parafrasear a Aníbal Fernández.
Es curioso también que el autor crea que la debilidad kirchnerista en esta última elección se debió a "diversas razones, que van desde la complicación de condiciones internacionales, medios periodísticos con sistemática y destructiva manipulación pública, limitaciones institucionales al momento de seleccionar candidatos, hasta su propio accionar muchas veces rígido e intolerante; cada uno asignará diversa relevancia a gusto y piacere". Tales razones están al borde de ser tautológicas o contraproducentes para explicar la derrota, ya que se trata de razones que acompañan a cualquier candidatura y/o resultado electoral. Por otro lado, hablar de "complicación de condiciones internacionales" sugiere que cuando el kirchnerismo ganó las elecciones lo hizo por aquel famoso "viento de cola" internacional, tantas veces negado por el kirchnerismo. De hecho, también es revelador que el autor haga referencia a la "buona fortuna" maquiaveliana, pero solamente en relación a Macri, no al kirchnerismo.
Ahora bien, así como propone dos "paradojas", simétricamente el autor menciona dos leyes "de hierro de la política argentina": (1) "en elecciones libres gana el peronismo" (rota por Alfonsín en 1983, como bien nos recuerda el autor, pero además no hay que olvidar el papel de la dictadura militar inmediatamente anterior a dicha elección), y (2) "en Argentina está fuera de lo posible que fuerzas conservadoras puedan acceder al gobierno con legitimidad democrática propia", rota según el autor por la victoria de Macri, aunque no, curiosamente por las victorias de Menem mencionadas más arriba.
Para culminar, nos atrevemos a ofrecer una tercera ley de hierro de la política argentina: (3) "cuántas cagadas se tiene que haber mandado un partido peronista para, luego de haber sacado el 54 % de los votos en la anterior elección presidencial, perder la Provincia de Buenos Aires y la Nación a la vez, contra una alianza básicamente improvisada, sin que medie una dictadura militar". La gran duda entonces si la victoria de Macri se debió a que hay muchos más pobres de los que el actual Gobierno quiere reconocer, o a que, como solía decir el Gobierno, en realidad la pobreza en este país es del 5 %, y el resto es de clase media o alta. Cuando tengamos los datos vamos a saber quién tenía razón, al menos respecto a la pobreza.
domingo, 15 de noviembre de 2015
No es lo mismo
La Causa de Catón, tal como lo muestra su nombre y su muy modesta trayectoria de un breve tiempo a esta parte, es un blog que defiende la causa republicana, esto es, la causa perdida. Sin embargo, en esta ocasión, en vísperas del primer debate presidencial de nuestra historia y a una semana de la segunda vuelta que definirá estas elecciones, nos complace enormemente anunciar públicamente que el candidato que apoyamos sin reservas no solamente representa acabadamente los ideales republicanos sino que tiene muchas probabilidades de triunfar.
Por si hiciera falta decirlo, ese candidato es Daniel Scioli. Nadie mejor que él representa decíamos el ideario republicano: el anti-personalismo y el combate contra la dependencia de las personas, la virtud cívica, la guerra contra la corrupción, la transparencia en la administración de los bienes públicos, el Imperio de la Ley, en fin, en una palabra, el principismo que no claudica aunque vengan degollando: siempre la misma posición.
Hace tiempo que queríamos hacer público nuestro apoyo, sobre todo debido a la insidiosa campaña llevada adelante por gente que se considera de izquierda, como por ejemplo el trotskismo, que trata de instalar maliciosamente en la opinión pública la idea según la cual Scioli y Macri, políticamente hablando, son básicamente lo mismo, y por lo tanto el voto en blanco es la mejor opción. Hablamos de “gente que se considera de izquierda” obviamente porque en nuestro país al menos la “ultra-izquierda”, como es de público conocimiento, es la posición de la Presidenta de la Nación.
Nuestra decisión de salir del clóset fue tomada esta misma mañana gracias a la nota que publicara Hernán Brienza, este modelo de intelectual comprometido, de integridad y desinteresado apego por las ideas. Nuestros lectores conocen nuestra debilidad por Brienza (dos botones de muestra: la Ley de Brienza y la Ontología de Brienza) y es por eso que, como se suele decir en inglés, vamos a sacar una hoja del libro de Brienza, por no decir que vamos a reproducir casi textualmente sus irrebatibles argumentos no tanto en contra de Macri, sino directamente a favor de Scioli.
Dicho sea de paso, nos permitimos inquirir acerca de por qué Brienza dice “Por qué no voto a Macri” (por qué no voto a Macri) en lugar de sostener a voz en cuello: “Por qué voto a Scioli”. Algún purista de la lógica podría sostener que del hecho que alguien no vote a Macri no se sigue necesariamente que deba votar a Scioli. Sin embargo, vamos a concederle esa premisa a Brienza y vamos a reformular sus argumentos a favor de Scioli.
1. “La primera razón es estrictamente afectiva”. “Todos los votos son de tipo afectivo, a no engañarse”. Los que votan a Scioli, entonces, “lo hacen o porque son como él o porque les gustaría ser como él”. Que nos perdone Horacio González, pero a nosotros “nos gusta lo que Scioli significa en términos sociales, culturales, económicos y políticos”. Además, los "funcionarios y seguidores" de Scioli nos representan personalmente.
2. A diferencia de lo que sucede con Macri y su familia, jamás un miembro de la familia Kirchner generó su riqueza "a costa del Estado argentino”, ni se benefició del régimen económico de la última dictadura militar.
3. La de Scioli en la Provincia de Buenos Aires ha sido la mejor gestión de la rica historia que tiene la Provincia (como bien dijera Hebe de Bonafini: "hizo mierda la provincia, pero hay que votarlo sí o sí"; no entendemos el "pero" en esta proposición, aunque estamos totalmente de acuerdo con ella). De hecho, precisamente debido a sus administraciones, el peronismo jamás ha sido derrotado en dicha Provincia en elecciones libres y democráticas y no lo será, al menos en la medida en que no tenga lugar un cataclismo como una dictadura militar.
4. A diferencia de lo que sucede con el macrismo, el kirchnerismo jamás estuvo infectado por economistas liberales ni por miembros de la así llamada “Alianza”, verdadero símbolo del fracaso a finales de los noventa, a los que no nadie quiere volver.
5. En cuanto al plan económico, quizás sea nuestra única duda. No tenemos idea de si Scioli va a llevar adelante un plan menemista, kirchnerista, o sciolista, quizás más sciolista que nunca como le gusta decir a nuestro candidato.
La cuestión es que Scioli no es lo mismo que Macri: "hay gente que trata de confundirnos pero tenemos corazón que no es igual, lo sentimos... es distinto".
sábado, 31 de octubre de 2015
Entre la República de Weimar y Alberto Olmedo
La República vive horas decisivas. El kirchnerismo grita a voz en cuello que si gana Macri vuelven los años noventa. Es más, para algunos como el insigne artista Gerardo Romano, Macri asimismo es un nuevo Hitler. De hecho, en twitter algunos no descartan que en caso de que gane Macri, los—para usar la terminología del Senador Pichetto (click)—“argentinos de religión judía” deberán usar una estrella amarilla, aunque, irónicamente, para manifestar de este modo su adhesión al nuevo régimen. Aparentemente, y para seguir con la terminología del Senador Pichetto, los “argentinos argentinos” no tienen nada que temer.
Nos llama la atención, sin embargo, cómo puede ser que el nacrismo, parafraseando a Gerardo Romano, pueda siquiera competir legalmente en elecciones democráticas. El propio Carl Schmitt, hasta muy poco antes de afiliarse al nazismo, advertía sobre la necesidad de prohibir que el nazismo se presentara a elecciones.
Lo que nos interese discutir, sin embargo, no es el nacrismo en sí mismo, sino que, émulos que somos de la Presidenta y su curiosidad intelectual, nos preguntamos precisamente cómo es posible que el nazismo, en la forma del nacrismo, podría llegar al poder nuevamente en las próximas elecciones presidenciales. Después de todo, es un fenómeno que no sucede frecuentemente, y cuya relevancia moral hace inevitable que nos preguntemos por quiénes son los responsables.
Para ser más precisos, podríamos concentramos en el fait accompli del reciente e histórico triunfo del nacrismo en la Provincia de Buenos Aires. ¿Cuál es la explicación de que dicha Provincia haya caído en manos del nacrismo? Después de todo, se trata de un bastión peronista (al menos bajo regímenes plenamente democráticos), que solamente cayera en manos ajenas merced a la dictadura militar en 1983. En efecto, el triunfo de la fórmula radical Armendariz-Roulet solamente puede ser atribuido a que había tenido lugar una dictadura militar.
Decíamos que somos émulos de la Presidenta, porque así como ella le atribuye el advenimiento del nazismo al Tratado de Versailles, y por lo tanto a la conducta de los aliados, nos da la impresión de que hay dos explicaciones posibles del advenimiento del nacrismo en la Provincia de Buenos Aires. La primera es que lisa y llanamente la gente no sabe votar, o se deja llevar por los medios corporativos enemigos de los intereses del pueblo.
La segunda explicación podría formularse del modo siguiente: "es el kirchnerismo, estúpido", el cual primero seleccionó a su candidato preferido, Aníbal Fernández, y luego se aseguró de que compitiera y perdiera, lo cual posibilitó a su vez el triunfo de la Gobernadora electa, la “joven mujer” María Eugenia Vidal. Además, nos imaginamos que así como el kirchnerismo politizó incluso una multa de tránsito, no va a dejar de politizar las causas que llevaron a esta histórica derrota peronista ante el nacrismo. Así como Versailles entró en la historia como la causa del nazismo, el kirchnerismo entrará suponemos en la historia como la causa del nacrismo, por ahora en la Provincia de Buenos Aires y, Dios no lo permita, en el país entero. Las lecciones de Weimar saltan a la vista: de te fabula narratur.
Párrafo aparte merece la posición de Horacio González, quien, a las puertas de un triunfo del nacrismo en las elecciones presidenciales y aparentemente en nombre de Carta Abierta, exhibe un purismo que sería digno de encomio en otros momentos, pero que ahora nos parece irresponsable. En efecto, mientras que la cosmovisión clásica creía que la ética podía tener una dimensión estética (de ahí el uso de la misma expresión, to kalon, para hacer referencia a lo que es moral y admirable a la vez), Horacio González toma el camino inverso de inferir una ética a partir de los gustos estéticos de una persona, razón por la cual ha manifestado en estos momentos su disconformidad por algunos de los gustos estéticos de Scioli. Sin entrar en el debate sobre el esteticismo quizás paranietzscheano de González, no pocos creen que en estos días en los cuales el nacrismo puede llegar al poder, y encima por medios democráticos, no es momento de ser tan exigentes para decidir el voto. Hebe de Bonafini, en cambio, siempre sutil aunque incisiva a la vez, hizo pública su posición, la cual quizás represente uno de los argumentos más convincentes a favor del candidato del pueblo: "Scioli hizo mierda la Provincia pero hay que votarlo sí o sí" (click).
En verdad, es muy revelador que Horacio González haya tolerado estoicamente una inusitada corrupción sistematizada en las más altas esferas gubernamentales (incluso para los estándares nacionales), la pobreza generalizada en nuestro país a tal punto que el INDEC ha decidido ni siquiera dar cifras apócrifas al respecto, hasta la muerte de militantes a manos de algunas policías provinciales, etc., y sin embargo ha hecho público que su límite es Ricardo Montaner. La inmoralidad puede ser tolerable, pero el mal gusto, eso jamás.
Por alguna razón, la actitud de Horacio González nos hace acordar a aquel sketch de Alberto Olmedo en el que sentado junto a Javier Portales en la antesala del despacho de un productor de televisión, su personaje proponía ciertos guiones de películas. Para ser más precisos, nos hace acordar del guión sobre aquel taxista que iba a pasar un domingo con su familia a la Costanera. Mientras disfrutaba la familia del mate, cómodamente sentados en sus reposeras, irrumpe una banda de malvivientes en moto y comete todo clase de actos contra dicha familia, desde homicidio hasta violaciones, ante la conducta impertérrita del taxista, hasta que uno de los malvivientes se acerca al taxi y lo raya con una llave. El taxista en ese mismo pierde el control, monta en cólera y se juramenta vengarse de todos y cada uno de los malvivientes. A partir de ese momento, el taxista lleva a cabo su venganza, matándolos uno por uno hasta que terminar con la banda.
La moraleja del sketch de Olmedo, como la de la actitud de Horacio González, es que todos tenemos un límite. La única cuestión es cuál es ese límite.
martes, 27 de octubre de 2015
¿Y si nada de lo hecho tuvo sentido?
Cuando nos proponíamos analizar el resultado de las elecciones en la Provincia de Buenos Aires nos acordamos de una nota extraordinaria escrita por Hernán Brienza el 15 de diciembre de 2013 en la cual, para nuestro asombro, (casi) sin tener que cambiarle una sola coma, anticipa y explica lo sucedido ayer en la Provincia de Buenos Aires. A continuación, la entrada de nuestro blog correspondiente a dicha nota (lo que vos te merecés):
En su habitual columna de Tiempo Argentino hoy Hernán Brienza convoca a que nos hagamos ciertas “preguntas políticas existenciales”, “tras diez años de kirchnerismo: ¿Y si nada de lo hecho tuvo sentido? ¿Y si nada de lo hecho, si ningún esfuerzo, ninguna batalla, ninguna obra tuviera sentido haber sido realizada? ¿Y si, finalmente, este pueblo no se merece absolutamente nada más que ser vapuleado por el liberalismo conservador y los sectores dominantes?”. Nos da la impresión de que el credo que subyace a esta nota de Brienza es una paráfrasis de Forster (no Ricardo, sino E. M.): “si tuviera que elegir entre la democracia y el kirchnerismo, espero tener el coraje de elegir la democracia”.
En efecto, el tono derrotista de la nota nos recuerda aquel trágico desengaño político sufrido por Winston Churchill, a quien luego de haber llevado a Gran Bretaña a la victoria frente a la amenaza nazi, el muy ingrato pueblo británico le dio la espalda en las elecciones generales luego de la guerra, dándole a la vez la victoria al laborismo. Si Churchill fue abandonado por el pueblo británico, ¿cómo no iba a serlo Cristina por el argentino? A veces uno cree que el pueblo argentino, gaucho que es, jamás haría algo semejante, pero, como dice Brienza “la política es una tarea ingrata”. A todo esto, nos da la impresión de que Brienza dramatiza el resultado de las últimas elecciones, ya que parece olvidar que el kirchnerismo sigue siendo la fuerza política más importante del país. Que Brienza no se deje llevar por el antikirchnerismo, al menos por ahora.
Comprendemos el malestar de Brienza cuando declara que “Diez años, una ‘década ganada’ [el entrecomillado es original], para que millones y millones de argentinos bailen al compás de la conga hecha por un mentiroso desmesurado que envenena el alma de los argentinos los domingos a la noche”. En efecto, a pesar de que el Gobierno intentó apelar a la política pública imperial de opacar la mentira desmesurada con nuestra religión secular que es el fútbol, sin embargo ganó la mentira. Es una suerte que tengamos un estándar para distinguir cuándo los números le dan la razón a la verdad, como por ejemplo cuándo los millones votan al kirchnerismo, cuándo “de buenas a primeras millones de argentinos votan a un muchacho insustancial de risa prefabricada” (Brienza tuvo la entereza de no recordarnos que se trata del mismo “muchacho insustancial de risa prefabricada” que había manejado la ANSES y sido Jefe de Gabinete bajo el kirchnerismo, pero que después no tuvo mejor idea que presentarse a elecciones: click), y cuándo los millones siguen a la mentira del antikirchnerismo, como cuando por ejemplo ven a Lanata.
Quizás llame la atención que un defensor del discurso nacional y popular haga referencia a los “lúmpenes”, y de ese modo no sólo adquiera un tinte republicano aunque aristocrático y comparta la tesis teológico-reaccionaria sobre la naturaleza y existencia de la maldad humana (click). Aunque quizás no cabe designar de otro modo a quienes cometen delitos bajo un gobierno como el kirchnerista (click). Brienza, magnánimamente, sostiene que el problema no son sólo los lúmpenes o “saqueadores” y “los policías-delincuentes que robaron artículos del hogar” sino también “los gringos hijos de gringos que salieron a cazar motociclistas negros en Nueva Córdoba”. En otras palabras, el kirchnerismo tiene un gran Gobierno, pero su pueblo todavía no está a la altura, porque ante el primer descuido de dicho Gobierno se matan entre ellos: “Bastan unos minutos de negrura para que el argentino se convierta en lobo del argentino”. La referencia a la queja de Coriolano en la obra homónima de Shakespeare es obvia: "¿Qué es lo que pasa? / Que en varios lugares de la ciudad / Uds. gritan contra el Senado, quienes, / Bajo los dioses, los mantienen a uds. a raya, los cuales de otro modo / Se comerían los unos a los otros?"(I.i.181-5).
Entramos en un terreno más farragoso al leer que Brienza concede, per impossibile (al igual que Grocio, y otros antes que él, habían concedido la inexistencia de Dios para mostrar el absurdo de la inferencia según la cual la moral es arbitraria), que el matrimonio Kirchner pudo haber hecho millones de manera ilegal (la suposición no tendría sentido si hubiesen sido obtenidos de manera legal), para luego preguntarse: “¿qué sentido tuvieron esos millones? ¿No habría sido mejor para Néstor Kirchner haber dejado todo y mandarse a mudar al sur a disfrutar de esos millones?”. No queda claro si Brienza trata de sostener (a) no es que los Kirchner sean corruptos sino que son irracionales, o (b) los Kirchner son corruptos pero en aras de un fin noble. Mientras que (a) es contraproducente porque no queremos que nos gobiernen seres irracionales, (b) sugiere cierto maquiavelismo vulgar al que apelan sólo los desesperados cuando su posición es insostenible.
Finalmente, Brienza se hace una pregunta desgarradora: “¿se merecen los argentinos… un Néstor Kirchner?” (o, para el caso una Cristina Fernández, nos animamos a agregar). Como todo gran pensador, Brienza mediante una pregunta aparentemente simple o retórica en realidad plantea una deliciosa ambigüedad inherente a la noción de “merecimiento” y de paso da el puntapié inicial para que los argentinos podamos ponernos de acuerdo, ya que tanto kirchneristas como anti-kirchneristas responderían al unísono que no nos merecemos al kirchnerismo, y/o que el kirchnerismo no es fácil de reconciliar con la democracia. Por suerte, y por ahora, el kirchnerismo y la democracia siguen por el mismo camino.
sábado, 24 de octubre de 2015
Neurociencia del Voto
Cuando todavía no se han apagado los ecos de la fascinante
tesis de Mempo Giardinelli sobre la naturaleza del voto (que no hace mucho, de
hecho, hemos examinado en este blog: MG y el voto peroísta),
el caso de Horacio González muestra que la tesis de Giardinelli está lejos de
ser un fenómeno aislado, como sí lo son, por ejemplo, las muertes por
desnutrición en el Chaco. En efecto, González acaba de hacer público su voto
desgarrado, a desgano, por Daniel Scioli (el voto desgarrado).
En nuestra entrada sobre Giardinelli, nos habíamos
preguntado qué diferencia puede hacer el estado de ánimo del votante al momento
de contar su voto. La escuela anglosajona de ciencia política, en efecto, siempre
pragmática y desencantada con el mundo, cree que cada voto vale igual, con
independencia del ánimo del votante. Quizás Giardinelli y González, más afectos
a los matices de la cultura continental, puedan invocar ejemplos en los cuales
las emociones, o la falta de ellas, sí hacen una diferencia. Por ejemplo, es
muy común ver que los jugadores de fútbol no gritan los goles que marcan contra
sus equipos anteriores, en señal de respeto por estos últimos, quizás incluso
con lágrimas en los ojos. Claro que semejante ejemplo nos lleva a preguntarnos
cuál es la razón por la cual estos jugadores precisamente juegan en contra de
sus anteriores equipos por los que sienten tanto cariño, y la respuesta es que
le tienen más cariño todavía al dinero. Evidentemente, la metáfora deportiva es
un arma de doble filo.
En realidad, la reticencia de Giardinelli y de González se debe a que ambos desconfían de la candidatura de Scioli, como si se tratara del proverbial caballo de Troya. Sin embargo, ellos mismos sugieren que quien le abre la puerta al caballo de Troya, a sabiendas de que se trata del caballo de Troya, pero avisa que lo hace renuentemente, entonces su acción, si bien no está completamente justificada, al menos no es digna de reproche, o no hay razones para exigirle otra conducta, como suelen decir los penalistas. El que avisa no traiciona, bien podría ser el eslogan de esta tesis.
En realidad, la reticencia de Giardinelli y de González se debe a que ambos desconfían de la candidatura de Scioli, como si se tratara del proverbial caballo de Troya. Sin embargo, ellos mismos sugieren que quien le abre la puerta al caballo de Troya, a sabiendas de que se trata del caballo de Troya, pero avisa que lo hace renuentemente, entonces su acción, si bien no está completamente justificada, al menos no es digna de reproche, o no hay razones para exigirle otra conducta, como suelen decir los penalistas. El que avisa no traiciona, bien podría ser el eslogan de esta tesis.
Sin embargo, esta misma mañana hemos visto una nota en
Infonews que explica precisamente qué es lo que sucede en el cerebro al momento
de elegir (qué pasa en el cerebro a la hora de votar).
Allí nos enteramos de que los miembros de Carta Abierta se han sometido
gentilmente a un experimento neurocientífico. Después de todo, no
hay que olvidarse de que los cerebros de Giardinelli y de González no son los
únicos involucrados, sino que todos los cerebros entendemos de Carta Abierta
comparten la preocupación de estos dos intelectuales. Precisamente, un equipo
de neurocientíficos ha dado con lo que se suele llamar en la jerga “el dilema de
Scioli”.
En efecto, a los intelectuales kirchneristas se les
presentan dos escenarios distintos. En el primero (denominado en la jerga “Sciolivp+gobpciabsas”
o “Scioli bueno”), Scioli se presenta como candidato a vicepresidente y luego
como gobernador durante un período que abarca en total doce años. El 99,75 % de los intelectuales kirchneristas que se sometió
al experimento decidió votar por “Scioli bueno” no solamente con ganas, sino agitando diferentes estandartes,
incluso soltando globos y palomas. En el segundo (denominado en la jerga “Sciolipresidente” o “Scioli
malo”), Scioli se presenta como candidato a presidente. Los neurocientíficos se
asombraron al comprobar que en el caso de “Scioli malo” el 99,75 % de los
intelectuales kirchneristas consultados manifestaron que lo votarían pero
solamente a desgano, desgarrados, tal como González y Giardinelli lo han hecho público
recientemente.
Los neurocientíficos en primer lugar aventuraron la curiosa
hipótesis de que a estos intelectuales kirchneristas no podría interesarles menos la Provincia de Buenos Aires y/o que Scioli fuera presidente pero como resultado de haber sido vicepresidente, i.e. a raíz de la indisposición de quien fuera presidente a la sazón.
Sin embargo, después de todo se
trata de neurocientíficos, detectaron que en realidad la diferencia es
cerebral. En efecto, habiendo escaneado el cerebro de los participantes en
estos estudios, percibieron la diferente reacción del cerebro en ambos
escenarios. Quienes votan con ganas a Scioli (lo que la jerga científica llama “Sciolivp+gobpciabsas”
o “Scioli bueno”) evidentemente han sufrido un daño en la corteza prefrontal
ventromedial. Este comportamiento es típico en el caso de psicópatas de baja
ansiedad (conocidos por sus déficits socio-emocionales), que tienden a tomar
decisiones utilitaristas, como también lo hacen quienes sufren de alexitimia,
un desorden que reduce la conciencia de nuestros propios estados mentales (cf. Joshua Greene, Moral Tribes. Emotion, Reason, and the Gap between Us and Them, Nueva York, Penguin, 2013, p. 125). En cambio,
quienes votan a Scioli a desgano (lo que la jerga científica llama “Sciolipresidente”
o “Scioli malo”), lo hacen porque su cerebro funciona correctamente. Como bien decía Hobbes, paulatim eruditur vulgus. El vulgo aprende lentamente, pero aprendemos.
Podemos entonces concluir que, afortunadamente, los miembros de Carta Abierta se han
recuperado afortunadamente del daño cerebral sufrido antes de votar por Scioli bueno y es por eso que hacen público su
rechazo y su apoyo a la vez a la candidatura de Scioli malo. Enhorabuena.
domingo, 18 de octubre de 2015
¿Filosofía de la Lealtad?
Tiempo Argentino publica hoy una nota de Darío Sztajnszrajber acerca de la lealtad (click). Si bien la nota fue publicada al día siguiente del 17 de octubre, y está ilustrada con una foto que hace referencia obviamente a Perón y al peronismo (tal como se puede apreciar más arriba en esta entrada), sin embargo su contenido no hace referencia alguna a la política. Con lo cual, no habría que descartar que lo que le interesa tratar al autor es la lealtad privada o individual, por así decir, y no la política. Tampoco es simple determinar si se trata de un retrato favorable o desfavorable de la lealtad, i.e. si está a favor o en contra de la misma (lo cual, a decir verdad, se puede decir de muchos retratos). En realidad, se trata de un retrato que despierta varios interrogantes.
En primer lugar, según Sztajnszrajber, la lealtad es incompatible con acuerdo alguno (“No se es leal porque así lo pautamos”). Llama la atención semejante afirmación, ya que desconoce, v.g., el caso de las relaciones feudales que imponían precisamente un deber de lealtad como resultado de un pacto. Por supuesto, existen además deberes de lealtad que provienen de una promesa o juramento (fue precisamente por eso que von Stauffenberg por ejecutado por haber traicionado no solamente a Alemania sino a Hitler). Quizás lo que Sztajnszrajber quiso decir es que habiendo varias clases de lealtades, él aconseja la lealtad en la que incurrimos (casi o por así decir) involuntariamente.
Sin embargo, aunque concediéramos esta estipulación restrictiva de lealtad, el segundo ingrediente de la receta de lealtad, “La lealtad es siempre a pesar”, o sin "ganancia", es demasiado amplio, ya que corresponde a todo requerimiento que se refiera a otra persona. Si debemos ser leales, justos, generosos, etc., semejante deber es independiente de nuestro propio interés (aunque no solamente Platón y Aristóteles, sino que hasta los psicoanalistas creen que la virtud en última instancia es constitutiva del bienestar, particularmente si nuestra identidad a su vez tiene que ver con nuestro bienestar).
Un tercer ingrediente, “no hay ninguna comprobación fáctica que asegure que el otro se va a comportar como uno espera”, otra vez, es demasiado abarcador, ya que en lo que atañe a nuestras razones para actuar, jamás son empíricamente verificables por el sencillo hecho de que siempre podemos actuar de otro modo (en otra época habríamos hecho referencia a nuestro libre albedrío), al menos si estamos bajo condiciones psíquicas normales, i.e. si no nos afecta una adicción o algo por el estilo.
Un cuarto ingrediente, el “otro” a quien le somos leales, le corresponde también a las promesas, contratos, etc., i.e. a todo aquello que precisamente necesita de otro para poder existir: no podemos contratar con nosotros mismos, ni tampoco prometernos cosas. En otras palabras, a los últimos tres ingredientes se les aplica el viejo proverbio “Así es la Vida”, con Luis Sandrini y Susana Campos.
Un quinto ingrediente, la lealtad “tiene algo de ceguera, de locura, de arbitrariedad, de confianza”, quizás sea más apropiado conceptualmente hablando, pero no parece hacerla más atractiva a la lealtad. Volviendo al psicoanálisis, los analistas no suelen recomendar acciones que tengan que ver al menos con la ceguera, la locura y la arbitrariedad.
Un sexto ingrediente es un gran avance, ya que al menos no es redundante, y de hecho es bastante provocador. En efecto, según Sztajnszrajber se “es leal al otro”, pero no a cualquier otro, sino “al otro que molesta, que irrumpe, que amenaza, al otro que necesita”. Para el caso de que la lealtad en cuestión fuera política, nos preguntamos si Sztajnszrajber cree que un peronista debería entonces ser leal, v.g., con el almirante Rojas (si viviera), o con alguna otra figura rabiosamente anti-peronista semejante, con tal de que precisamente este otro anti-peronista necesitara algo. Por lo demás, nos preguntamos si la política es un hábitat apropiado para la lealtad en absoluto, teniendo en cuenta que esta última es de naturaleza eminentemente personal.
Por otro lado, quizás la tesis de Sztajnszrajber sea tan exigente que requiere que para poder ser leales con otro, este otro debe ser, de modo concurrente o simultáneo, “extraño, …carente, …indigente, …extranjero”. En otras palabras, sería suficiente que el otro no fuera alguna de estas cosas para que no tuviéramos que ser leales con él. Semejante exigencia nos hace acordar a un capítulo de Porky en el que Pato Lucas quiere venderle un contrato de seguro contra accidentes domésticos cuyas condiciones eran tales que solamente iba a ser pagado si el accidente tenía lugar un 29 de febrero, a las 17 horas, como resultado de una embestida de una manada de elefantes y si además un tren había pasado por la puerta de la casa. Aunque, pensándolo bien, en este capítulo el pato Lucas persuade finalmente a Porky, Porky se accidenta, habiéndose cumplido todas las condiciones, con lo cual se hizo acreedor al pago del seguro. Quizás la tesis sea más atractiva de lo que parece a primera vista.
lunes, 5 de octubre de 2015
Mempo Giardinelli y el Voto peroísta
Mempo Giardinelli no es ningún tonto. Se ha dado cuenta finalmente de
que “es un hecho que prácticamente toda la dirigencia kirchnerista… pasó, con
diferentes gradaciones, por el menemismo, y aplaudió y consintió aquel desastre
neoliberal que nos condujo al horrible 2001” (Voto cantado, pero con protesta). Giardinelli sabe además que el
candidato presidencial actual por el kirchnerismo, Daniel Scioli no es una
excepción ciertamente (antes bien, fue el poster boy del menemismo), a pesar de
que ha sido elegido por la líder indiscutible del kirchnerismo. Encima, no lo
“convence el candidato porque no transmite confianza política; porque en la
provincia no hizo un gobierno inolvidable; porque su estilo amiguero lo hace
demasiado moderado y es de temer que clarines, naciones, la tele y el empresariado
feroz se lo van comer crudo y rápido”. Tampoco le merece mayor confianza el
gabinete que Scioli tiene en mente para su eventual gobierno. Es por eso que
Giardinelli se siente “entrampado”, “forzado”, “en una posición incómoda,
crítica y hasta desagradable”, porque debe votar a Scioli. Es comprensible. En una
palabra, Giardinelli está atormentado por su conciencia debido a su voto.
De ahí que Giardinelli se viera obligado a diseñar una nueva
concepción del voto para poder salir de dicho tormento. En realidad, no es la primera
vez que Giardinelli saca algo de su galera intelectual para contribuir al debate
político actual. Por ejemplo, Giardinelli ya había hecho una contribución
inestimable a la teoría política mediante su doctrina del “golpe blando”
(Armando Golpe blando, Arturo Golpe duro). No conforme con su anterior hallazgo, hoy se dirige
nuevamente a la opinión pública para proponer una revolucionaria teoría del
voto, que entendemos podríamos bautizar como la doctrina del “voto cantado,
pero de protesta, a favor de la persona contra la cual estamos protestando” o
“voto con explicaciones” (como diría el grupo Les Luthiers), aunque quizás sea más conveniente, en aras de la economía
espacial, denominarlo como “voto peroísta”, debido a que se trata de una
variación del tema ya tratado acerca de la estructura de los juicios valorativos
del tipo “X pero Y” (Libertad o Dependencia).
La tesis es fascinante. Por un lado, se encuentran los votos
sin más, o por excelencia, que hasta ahora eran los únicos que conocía la
ciencia política. Por el otro, según la nueva doctrina del voto peroísta, en las
próximas elecciones no es suficiente con saber por quién vota un elector sino
además hay que conocer la motivación o estado de ánimo del votante, sin
descartar la intensidad de la preferencia que siente el votante por su voto. La
gran pregunta es qué diferencia hace el requisito agregado por la doctrina
peroísta. ¿Acaso la motivación, el estado de ánimo, la intensidad, etc.,
deberían hacer que el voto valga más o menos que uno, como valían los votos
hasta ahora? De todos modos, la incalculable contribución que hace la doctrina del
voto peroísta es que permite votar todo lo bueno de un candidato, o todo lo que
nos apetezca, y no votar todo lo malo o todo lo que no nos apetezca del
candidato.
Nuestros lectores saben que no es la primera vez que la
filosofía ha tratado esta cuestión. En efecto, por ejemplo, las discusiones
utilitaristas, o consecuencialistas como suelen ser llamadas merced a un atinado
cambio de branding, habitualmente se hacen preguntas acerca de si las
preferencias de las personas deben ser contabilizadas por igual, o si acaso la
intensidad de las mismas debe ser parte del cálculo, lo cual no es exactamente
fácil de lograr. También nos viene a la mente aquella festejada diferencia
hecha por John Stuart Mill cuando decía que él que prefería a un Sócrates
insatisfecho antes que a un cerdo satisfecho. ¿Será que Giardinelli quiere
asegurarse de que la opinión pública lo ubique más cerca de Sócrates que del
cerdo? Quizás en algún diálogo platónico haya pistas sobre cuál habría sido la
actitud socrática frente al voto que atormenta a Giardinelli. Hasta donde
recordamos, sin embargo, Sócrates se tragó de buen grado no tanto un sapo sino
la mismísima copa de cicuta, sin decir ni mu, a pesar de los ruegos de sus acólitos
que le pedían que se escapara, lo cual era la conducta esperada incluso por el propio
régimen ateniense. ¿Quizás el voto peroísta es una especie de purgante que
permite tragarse el sapo, o la cicuta, pero digerirlo inmediatamente y
expulsarlo del cuerpo en tiempo récord?
Por otro lado, la teoría del voto peroísta hunde sus raíces
hasta la doctrina medieval del doble efecto o de los efectos colaterales.
Giardinelli, en efecto, quiere votar a Cristina, suponemos (aunque la critica
bastante en la nota), pero su voto a Scioli es un efecto colateral, previsto aunque no deseado, de la intención
de votar a Cristina. También nos recuerda cómo Alsogaray caracterizaba su propio
voto por los radicales en las elecciones presidenciales de 1983, reveladoramente
“como tomar aceite de ricino con la nariz tapada”. Se trata esta de una doctrina
empleada por quienes sobreestiman a las intenciones por sobre los resultados, y
por ejemplo, usan la doctrina del efecto colateral, como los automovilistas y
los bombarderos, para exonerarse de responsabilidad por casos de homicidio. De
ahí que los consecuencialistas no se dejen influir por esta clase de teorías, a
las que consideran que no son sino un apaciguador de conciencias para poder
lidiar con sus inaceptables consecuencias.
Hay un camino fácil que podría haber tomado Giardinelli. En
efecto, Giardinelli dice que “Los candidatos del kirchnerismo, ciertamente, ya
están fuera de discusión. Están instalados, muchas encuestas los dan
triunfadores en las urnas, y por el bien del país uno espera que sea
efectivamente así”. En otras palabras, dado que el triunfo de Scioli es
altamente probable que suceda Giardinelli podría evitarse el sapo de tener que votarlo,
ya que se trata de un sapo que va a ser ingerido por millones de personas de
todos modos. Sin embargo, Giardinelli no suele tomar atajos, él toma el toro por
las astas.
No podemos esperar hasta el 25 de octubre para ver cómo
incide en el resultado electoral la doctrina peroísta del voto. ¿Cuánta valdrá
el voto peroísta? ¿Más, menos, igual que el otro voto? Mientras tanto, nos
tomamos el atrevimiento de expresar nuestras dudas sobre un par de puntos que
contiene esta nueva sublime entrega del pensamiento de Giardinelli. El primero
se refiere a que Giardinelli escribe la nota “en base al siguiente razonamiento [el subrayado es nuestro]:
nunca me consideré kirchnerista, pero acompañé y celebré la mayoría de las
grandes decisiones nacionales y populares de los últimos doce años”. Mucho nos
tememos que Giardinelli, sin embargo, debe reconocer su condición de
kirchnerista y salir del clóset. En efecto, para poner a prueba el
“razonamiento” de Giardinelli pensemos en alguien que dijera “nunca me
consideré nazi/liberal/peronista, pero acompañé y celebré la mayoría de las
grandes decisiones nazis/liberales/peronistas”. Es hora de que Giardinelli cambie
la manera en que se considera a sí mismo.
El segundo punto es que si a Giardinelli realmente le
preocupa la corrupción, no terminamos de comprender por qué le preocupa el
“pecado” solamente cuando lo comete la oposición, pero no cuando se trata de un
“pecado kirchnerista”. Si en verdad le molesta la “podredumbre moral”, su voto
por el kirchnerismo solamente puede ser explicado por una grosera disonancia
cognitiva, que entendemos puede ser tratada si es detectada a tiempo.
El último punto es: ¿podría alguno de los “manipulados por
el aparto comunicacional más extraordinario que hayamos visto”, i.e. alguno de
los que votan por algún demonio de la oposición, explicar su propio voto en
términos de la doctrina peroísta?¿Podría alguien votar por Stolbizer, Del Caño,
Massa o Macri, pero entrampado, con resistencia, retobado, etc., y mediante el
voto peroísta atenuar todos los efectos no deseados o colaterales de semejante
decisión, votando todo lo bueno pero no lo malo? ¿O será que solamente quienes
votan al kirchnerismo tienen buenas intenciones o merezcan poder apaciguar su
conciencia? En realidad, quizás Giardinelli podría replicar que los opositores deberían
hacer un mea culpa y reconocer que la
oposición no tiene nada bueno, es pura maldad, y por lo tanto no hay nada que salvar.
La conclusión es la de siempre. Como todas las intervenciones
de Giardinelli, con una sola disciplina, v.g. la ciencia política, no alcanza.
Quizás teólogos, juristas, filósofos e historiadores de las ideas, todos
juntos, nos ayuden a hacerle justicia. Están todos invitados.
viernes, 2 de octubre de 2015
El Satélite en Debate
El mundo asiste otra vez atónito a dos grandes nuevos
fenómenos argentinos. En primer lugar, politólogos, sociólogos e incluso
psicólogos de todas las latitudes están fascinados con el comportamiento electoral argentino. En
efecto, han comprobado un fenómeno extraordinario. Mientras que las acusaciones
de corrupción, por no decir nada de las condenas a tal efecto, logran que,
v.g., el kirchnerismo no solamente mantenga su caudal electoral sino que además
lo acreciente—si no es que incluso le permite reformar la Constitución—, al
mismo tiempo hacen que otros partidos experimenten el efecto inverso, i.e., ven
decrecer su rendimiento por las mismas razones. ¿A qué se debe que en un caso
la corrupción sea directamente y en otro inversamente proporcional al
incremento del voto?
Nótese que el punto no es que la corrupción merezca la mala prensa que suele tener. En efecto, quizás se trate solamente de un prejuicio burgués u "honestista", como bien solían decir algunos kirchneristas. Sin embargo, la pregunta sigue siendo por qué la corrupción, sea lo que fuera, afecta de modo tan diferente al electorado.
Nótese que el punto no es que la corrupción merezca la mala prensa que suele tener. En efecto, quizás se trate solamente de un prejuicio burgués u "honestista", como bien solían decir algunos kirchneristas. Sin embargo, la pregunta sigue siendo por qué la corrupción, sea lo que fuera, afecta de modo tan diferente al electorado.
En realidad, no hace falta ser un científico especializado
en el lanzamiento de cohetes para darse cuenta de que la explicación, para
variar, es el peronismo. Aunque muchos discuten acerca de si el kirchnerismo es
o no verdaderamente peronista, es innegable que existe una relación bastante
próxima entre ambos. Ahora bien, es un hecho que pasará un camello por el ojo
de una aguja antes que la corrupción le haga perder votos al peronismo. Sin
embargo, obviamente, esto no es una explicación, sino solamente una
identificación del problema. Resta explicar por qué al peronismo la
corrupción no lo afecta o en realidad lo fortalece, a diferencia de los demás partidos. Huelga decir que se trata de un
secreto mejor guardado que la fórmula de la Coca Cola, porque si se hiciera
público, el peronismo perdería esta innegable ventaja electoral. Nos vendría
bien entonces un rocket scientist
capaz de identificar la fórmula y explicar el misterio.
Hablando de científicos especializados en el lanzamiento de
cohetes, nos sumamos al coro de quienes saludan este nuevo logro de nuestra comunidad
científica, el lanzamiento del satélite ARSAT 2 al espacio. Somos uno de los
pocos países en el mundo que han logrado algo semejante. Sin embargo, y sin
querer desmerecer en absoluto este logro, no hay que perder de vista que una
cosa es lanzar un satélite al espacio y otra muy distinta lograr que un
candidato peronista que sabe que va ganando en las encuestas participe de un
debate presidencial. Ni siquiera la institución de un Premio Nobel en la disciplina parece ser de ayuda, ya que es imposible siquiera intentarlo. Sin embargo, muchas veces la ciencia logró lo que en alguna época pareció imposible. Es cuestión de esperar.
domingo, 27 de septiembre de 2015
Espíritu al Portador
No es la primera vez que constatamos que Hernán Brienza es lo que en otra época habría sido denominado como un verdadero hombre del Renacimiento. No sólo es un historiador de fuste y un escritor por derecho propio, sino que nos ha hecho sentir contritos por remordimientos de ingratitud ya que no nos merecemos a Cristina (lo que vos te merecés), ha revolucionado el pensamiento jurídico-político mediante una nueva teoría de la responsabilidad que explica por qué Milani no puede ser responsable de violación de derechos humanos alguna (Big Bang Brienza y La Ley de Brienza), y ahora continúa con su muy exitosa incursión en la teoría filosófica.
En efecto, hace poco había recurrido a la ontología para explicar por qué él mismo no es un adulador como muchos suponen sino un pensador integral (La ontología de Brienza), y ahora desembarca en el ámbito de la filosofía hegeliana de la historia para entender la figura precisamente histórica de Cristina como un portador del espíritu del pueblo, por no decir del espíritu universal (click).
Brienza, con razón, sostiene que “[e]n los últimos años, los argentinos hemos podido ser testigos de la significación que tienen las características personales de los líderes en la construcción de la acción política”. ¿Hace falta decir que el sustento de esta afirmación es “la emergencia de Néstor Kirchner, con elementos únicos, y luego, claro, Cristina Fernández de Kirchner”? Nobleza obliga, habría que aclarar que la novedad del planteo de Brienza no consiste precisamente en el énfasis en la agencia individual para poder comprender la historia (suponemos de hecho que otros historiadores han afirmado algo semejante, por ejemplo, en relación al papel que desempeñó Hitler en el nazismo), sino en que Néstor y Cristina cumplen en nuestra época el papel de lo que Hegel denominaba eran los “portadores del espíritu”, siguiendo los pasos de, v.g., Sócrates, Jesús, quizás Lutero, y Napoleón, ciertamente en sus épocas respectivas.
Naturalmente, un pensador como Brienza no podía dejar de plantearse la gran cuestión metafísica. Dado que “Cristina Fernández de Kirchner se ha plantado disputando sin descanso a los grupos corporativos y los poderes económicos”, y que “no es lo mismo” que “las decisiones las tome la actual presidenta o que las tome otro actor o dirigente político”, entonces: “¿Qué particularidades tiene la presidenta que le permiten enfrentarse a los poderes reales?”. Después de todo, no todos los días los súper-poderes de una súper-heroína de ultra-izquierda mantienen a raya al capitalismo global.
Aquí es donde irrumpe el misterio del pensamiento de Brienza. Si la respuesta fuera que los súper-poderes provienen del voto, semejante hipótesis colapsaría por su propio peso con tal solamente recordar que, v.g., Macri y Scioli también han ganado elecciones y han sido re-electos. Los lectores de Asterix podrían aventurar la hipótesis de una poción mágica administrada por un druida como Panoramix, quizás de conformidad con el propio Brienza cuando sostiene en relación no solamente a Néstor sino a Cristina, que “como ya se sabe”, “No fue Magia. Pero fue mágico”. Claro que semejante hipótesis solamente devalúa las virtudes del agente portador del espíritu universal, como si cualquiera que tomara la poción mágica podría hacer magia o historia para el caso.
En realidad, la idea misma de ser "portador del espíritu" también contradice la idea de una persona excepcional, ya que, precisamente, el portador o portadora no es sino un vehículo del espíritu, lo cual implica que el mérito es de la época y no del agente, lo cual, suponemos, contradice el propósito de Brienza de mostrar a Cristina como la súper-heroína que es. Quizás alguna Cadena Nacional, por ejemplo la cuadragésimo-primera, nos ayude a develar el misterio, siempre y cuando el Papa, otro portador del espíritu, no interrumpa con sus misas.
jueves, 17 de septiembre de 2015
Armando Golpe Blando, Arturo Golpe Duro (Otra Vez)
domingo, 13 de septiembre de 2015
Milton, Satanás y el hiperkantismo
A esta altura, las siguientes palabras de Jorge Capitanich, cuyo revelador segundo nombre es Milton, terminaron siendo proféticas:
En efecto, no puede llamar la atención la calumnia cometida por Perfil contra ese gran pensador que es Mempo Giardinelli. Esta publicación satánica alega que dado que en 2007 Giardinelli había resaltado la miseria que había en el Chaco y la había comparado de hecho con campos de concentración, y que hoy cree que toda indicación de miseria alguna en el Chaco se debe a "los buitres de la comunicación", entonces Giardinelli habría incurrido en alguna contradicción o peor aún una falta moral, vaya uno a saber de qué tipo (click).
A esta altura, nuestros lectores ya están prevenidos acerca de las argucias que emplean los medios de comunicación para debilitar a quienes apoyan la causa del pueblo, en este caso en particular, Capitanich y Giardinelli. Sin embargo, nos atrevemos de todos modos a explicar por qué no existe defecto alguno, ni intelectual ni moral, en la posición de Giardinelli.
En efecto, para atribuirle semejante defecto, habría que probar que Giardinelli hace referencia a dos hechos iguales aunque de modo diferente. Sin embargo, Giardinelli mismo se encarga de mostrar que el cambio de su posición acerca de la situación en el Chaco se debe simplemente a que la situación en el Chaco se ha modificado sustancialmente. Por si alguien todavía albergara dudas, solamente debería ingresar al sitio del INDEC y hacer click en "Chaco". Mientras tanto, no olvidemos que hoy en día nuestro país cuenta solamente con un 5 % de pobreza, 32,50 % de clase media, y el 62,50 suponemos es de clase alta (país generoso).
Asimismo es digno de ser destacado que Giardinelli no solamente se apoya en el cambio de los hechos sino además en lo que parece ser la adopción de una teoría moral diferente. En efecto, en una nota en Página 12 Giardinelli sostiene reveladoramente que "'Hay que ser muy canallas para fingir sentimientos que no se tienen, y que jamás han tenido estos carroñeros de la política que vienen a 'descubrir' lo que aquí cualquiera sabe: que decenas, centenares de niños qom, wichís y mocoiq murieron aquí, en iguales condiciones extremas, en los últimos 10, 20, 50 y 100 años" (click). Como se puede apreciar, mientas que en el pasado a Giardinelli le importaba la existencia misma de hambre, miseria, etc., ahora solamente considera moral una acción si es motivada por razones puramente morales. En efecto, los medios son satánicos o canallas no porque denuncian la miseria (Giardinelli mismo solía hacerlo) sino que la denuncia se debe a intereses políticos. Por lo cual, según Giardinelli, suponemos, solamente un kirchnerista puede denunciar la miseria del Chaco. Los demás debe callarse la boca.
La posición reciente de Giardinelli puede ser designada como "hiperkantismo". Todo acto moral que no se deba a un motivo moral es eo ipso inmoral. Para esta posición el hiperkantismo, v.g., no deberíamos salvar a un niño que se está ahogando si la única razón por la que lo haríamos es que hay cámaras de televisión cerca y queríamos salir en televisión. Quizás al niño que se ahoga no le importaría en absoluto y se conformaría con un mero consecuencialismo, pero al hiperkantiano sí: la acción debe ser realizada según la intención correcta, y si no, mejor no realizarla. EE.UU., v.g., entró en la segunda guerra no para impedir el Holocausto sino para proteger sus reservas de petróleo, todo lo cual nos hace dudar de la moralidad de su decisión. Nos preguntamos así y todo si quienes estaban en un campo de concentración no se hubiesen conformado con un consecuencialismo menos pretencioso. Sea como fuere, no es casualidad que este mismo hiperkantismo es el que suscribe la prestigiosa Carta Abierta para denunciar a su vez a las denuncias por corrupción (justo lo que faltaba, apartado nro. 3: "La tesis de la motivación contraproducente").
Finalmente, el mismísimo gobernador Capitanich atribuye la muerte de niños qom a razones culturales (todo es cultura), i.e. a que son los padres quienes dejan morir a sus hijos. Mientras que en el resto del país mucha gente se queja por la limitación a la muy burguesa libertad de comprar divisas extranjeras, muy pocos reparan en que Capitanich reconoce el valor de la libertad multicultural a tal punto que defiende la libertad de ciertas familias de no atender a sus hijos menores de edad. Da la impresión de que así como un Testigo de Jehová no permite la transfusión de sangre ni siquiera a un menor de edad, parece que según Capitanich hay culturas en el Chaco que no atienden a sus hijos, y el Estado debe respetar dichas culturas. A veces, sin embargo, parece que Capitanich va demasiado lejos con su liberalismo.
martes, 8 de septiembre de 2015
Si llega a ser Tucumana
El kirchnerismo en líneas generales se ha mostrado renuente a considerar como fraude los episodios ocurridos en la última elección en Tucumán, particularmente la quema pública de urnas, quizás inspirado en la filosofía del derecho hegeliana.
En efecto, para que tenga lugar un fraude es imprescindible percibir un ardid o engaño mediante el cual, como dice Hegel, “se le hace creer al perjudicado que la acción es justa” (Lineamientos de Filosofía del Derecho, § 87, agr.). Es por eso que Hegel cree que el fraude solamente viola el aspecto subjetivo del derecho, en la medida en que la víctima, merced al engaño, cree que sus derechos no están siendo conculcados. El aspecto objetivo del derecho, mientras tanto, permanece incólume.
Distinto es el caso de la violencia, que para Hegel representa la conducta delictiva por antonomasia. En el caso de una acción violenta no solamente se lesiona el aspecto subjetivo, sino también el objetivo del derecho, ya que la violencia infligida impide que la víctima crea, aunque falsamente, que sus derechos están siendo respetados (Lineamientos…, § 90, agr). Cuando alguien lleva a cabo una hoguera de urnas (o de herejes para el caso) públicamente, mal podemos considerar fraudulenta a semejante conducta. No hay engaño alguno. Es cierto que, lamentablemente, se ha popularizado, por parte de quien realiza acciones violentas, el uso de frases tales como “esto me va a doler más a mí que a vos”. Pero se trata de expresiones confusas y por lo tanto inútiles.
Ahora bien, habiendo distinguido conceptualmente entre el engaño y la violencia, resta, como siempre, el análisis normativo. En efecto, salvo el caso de quienes creen, no menos confusamente, que v.g., “violencia es mentir”, la distinción conceptual entre el engaño y la violencia deja abierta la cuestión de si el uno es mejor o peor que la otra.
Aquí es donde el kirchnerismo se aparta de Hegel, ya que este último, quizás debido a cierto prejuicio burgués, cree que el acto violento era peor que el engaño. Dante Alighieri, por el contrario, sostiene una posición más afín al kirchnerismo, ya que considera que el engaño es peor que la violencia, lo cual explica por qué en su célebre Infierno los traidores reciben un castigo mucho peor que el de los meros violentos.
En rigor de verdad, algún nietzscheano también podría preferir un agōn o combate extenuante aunque equitativo entre fuerzas iguales, antes que ser engañado sin violencia alguna. Después de todo, algunos creen que al menos el violento tiene coraje porque va de frente, mientras que el que engaña es un cobarde que actúa a nuestras espaldas (nos abstenemos de hacer referencia a la importancia de la lealtad en el discurso peronista, por obvias razones). No olvidemos además que a veces las heridas del alma causan más daño que las físicas (es difícil resistir la tentación de remitir al lector a la escena de “Perfume de Mujer” en la que el personaje de Al Pacino dice precisamente eso).
Que nuestros prejuicios burgueses entonces no nos impidan apreciar la concepción agonal que el kirchnerismo tiene de la democracia. El que esté insatisfecho con nuestro sistema electoral, como hemos leído por ahí, que arme un partido, queme las urnas que haga falta, y que gane las elecciones.
viernes, 21 de agosto de 2015
La Cadena Nacional y la Filosofía de las Ciencias Sociales
Si bien unos pocos han expresado su desagrado con las frecuentes alocuciones (si es que se trata de la palabra adecuada) presidenciales en ocasión de sendas Cadenas Nacionales, es innegable que las mismas son una fuente inagotable de verdaderos desafíos para quienes se dedican, por así decir, a la filosofía de las ciencias sociales.
En efecto, no hace mucho, en ocasión de una Cadena Nacional, la Presidenta de la Nación ensayó una explicación del advenimiento del nazismo en términos del Tratado de Versailles. Si bien es indudable que existió una relación de causalidad entre el Tratado de Versailles y el nazismo, la pregunta es cuál es el significado de la explicación presidencial. En efecto, hasta el mismísimo Leibniz habría estado en aprietos tratando de dar con la razón suficiente de la explicación presidencial. ¿Qué quiso decir la Presidenta?
Una primera hipótesis es puramente epistémica. En ocasión de una Cadena Nacional la Presidenta quiso expresar pura y exclusivamente su opinión sobre el surgimiento del nazismo. Nos da la impresión, sin embargo, de que la Presidenta adhiere a su vez a la tesis nietzscheana según la cual la historia es siempre historia del presente (por no decir producto de cierto interés), por lo cual la mención del nazismo en ocasión de una alocución presidencial no puede tener fines exclusivamente científicos, por así decir, sino que se trata de una referencia contemporánea, lo cual nos conduce a la siguiente hipótesis.
Una segunda hipótesis es la de la analogía. La Presidenta quiso comparar a las corporaciones, o a los enemigos del pueblo en general, con los poderes aliados que impusieron el Tratado de Versailles, y a Argentina con la Alemania de Weimar. Esta hipótesis tampoco parece ser viable, sobre todo si tenemos en cuenta que la Argentina de hoy está mejor que la Alemania de hoy (casi no hay indigencia, 5 % de pobreza, 32 % de clase media, 62 y pico % de clase alta: país generoso).
La tercera hipótesis es de naturaleza histórico-política con proyecciones jurídico-morales. Dado que es casi imposible mencionar siquiera al nazismo sin hacer referencia a la vez, v.g., al Holocausto, la explicación dada por la Presidenta no solamente pone en contexto el surgimiento del nazismo sino también al Holocausto, todo lo cual no hace sino multiplicar al infinito la curiosidad por la reflexión presidencial. ¿Quiso la Presidenta acaso entender al nazismo en términos de la famosa fórmula “X pero Y”? ¿Acaso el punto es que el nazismo fue atroz pero hay que entenderlo en contexto? ¿Podríamos decir otro tanto, v.g., con la última dictadura militar? Da la impresión de que semejante fórmula “X pero Y” corre el riesgo de ser redundante o peligrosamente contraproducente. Por suerte, no hace falta extenderse al respecto: libertad o dependencia.
Finalmente, en su última alocución por Cadena Nacional, la Presidenta esgrimió una curiosa defensa ante la acusación de la oposición según la cual una agrupación kirchnerista es responsable de un homicidio de un joven jujeño de simpatías políticas opositoras. La respuesta presidencial fue la de argumentar que la ideología política del joven no es opositora sino oficialista. Aunque supusiéramos que semejante aclaración fuera verdadera (da la impresión, sin embargo, de que no lo es), sigue llamando poderosamente la atención.
En efecto, la respuesta “X es de los nuestros, no de Uds.”, niega la pertenencia de X pero no la acción; en todo caso la negación de responsabilidad ("nosotros no fuimos") depende de la negación de la pertenencia de X ("no es de los nuestros"). El punto presidencial, en resumen, es que “no tenemos nada que ver porque se trata del homicidio de uno de los nuestros, no de un opositor, y nosotros no matamos a los nuestros”. No parece ser una respuesta adecuada ante un homicidio, ya que en lugar de atacar la inmoralidad del acto (“prohibido matar”) se escuda en su irracionalidad (“¿qué sentido tendría matar a uno de los nuestros?”), como si la muerte deliberada de un miembro de la misma agrupación política fuera necesariamente irracional o directamente no fuera homicidio.
Ojalá que la Cadena Nacional continúe siendo una fuente inagotable de desafíos para el pensamiento.
domingo, 2 de agosto de 2015
Nouveaux riches
Los medios hegemónicos no cesan en sus ingentes esfuerzos por negar los innegables logros del modelo nacional y popular. Ahora, es el turno de La Nación que nos quiere hacer creer que en lugar de haber crecido la clase media, en realidad ha decrecido: "La clase media ya lleva tres años de retroceso" (click).
Por suerte, en este blog nos hemos adelantado a esta nueva patraña mostrando cómo creció no solamente la clase media sino inclusive la clase alta, la cual llega al 62,5 % (país generoso). Es innegable que Argentina está literalmente llena de nouveaux riches. Para no repetirnos, mostramos ahora una conversación entre cuatro argentinos que hasta ayer nomás pertenecían a clases desaventajadas, ahora forman parte de ese 62,5 %, y sin embargo están disconformes. A los argentinos no hay nada que les venga bien:
Por suerte, en este blog nos hemos adelantado a esta nueva patraña mostrando cómo creció no solamente la clase media sino inclusive la clase alta, la cual llega al 62,5 % (país generoso). Es innegable que Argentina está literalmente llena de nouveaux riches. Para no repetirnos, mostramos ahora una conversación entre cuatro argentinos que hasta ayer nomás pertenecían a clases desaventajadas, ahora forman parte de ese 62,5 %, y sin embargo están disconformes. A los argentinos no hay nada que les venga bien:
jueves, 23 de julio de 2015
País generoso
Gerald Cohen, otrora profesor Chichele de Teoría Política en la Universidad de Oxford, reconocido y brillante defensor de la causa socialista, solía sostener que el egoísmo capitalista no era una tendencia natural o inevitable para el ser humano, sino antes bien el producto de un círculo entre el capitalismo y las condiciones que este sistema económico genera. La tesis de Cohen sobre el egoísmo, por supuesto, era fundamental para defender la posibilidad del altruismo, un componente decisivo de todo proyecto socialista.
Hasta ahora, no pocos argumentaban que la evidencia empírica, por no decir histórica, le daba la espalda a Cohen y su altruismo socialista, con la muy honrosa excepción de países tales como Noruega o Suecia, cuyo excepcionalismo a su vez es tal que resulta demasiado exigente para el resto de los mortales.
Sin embargo, el kirchnerismo ha demostrado que el socialismo es viable incluso en países como el nuestro, que en teoría son muy diferentes a los nórdicos recién mencionados.
En efecto, a raíz del éxito del modelo las estadísticas muestran que la clase media argentina se duplicó y alcanza al 32,5 % de la población (click). Si tenemos en cuenta que la pobreza es del 5 % (Cristina dixit) y suponemos que la así llamada clase “baja” se compone de quienes se encuentran precisamente en la pobreza, da la impresión de que se puede inferir que entonces el 62,5 % de la población argentina es de clase "alta". Pero la gran inferencia política que se puede extraer es que, a juzgar por ciertas encuestas, o incluso tomando el resultado de las últimas elecciones presidenciales, el kirchnerismo cuenta con el apoyo de la mitad de la población, lo cual demuestra que el argentino no solamente es un pueblo rico, sino además y fundamentalmente altruista: en lugar de votar en contra de gobiernos cuya presión tributaria es un récord histórico, votan a favor. La única explicación posible es el altruismo.
Ciertamente, hay una explicación del favor con el que cuenta el Gobierno entre los votantes de clase media y alta. Según las cifras mencionadas por el Ministro de Economía, el controvertido impuesto a las ganancias alcanza solamente al 10 % de la población (click), debido, suponemos, a que no hace falta extender el alcance del impuesto debido a que solamente un 5 % se encuentra en la pobreza. Pero entonces nos llama la atención que el Gobierno no obtenga todavía más votos que el 54 % obtenido en la última elección presidencial, ya que, de una potencial base tributaria del 95 % de la gente, el Gobierno solamente le cobra ganancias al 10 % de la población. Dicho sea de paso, si la AUH la recibe por lo menos el 10 % de la población y la pobreza es del 5 %, cabe inferir que hay un 5 % de clase media o alta que está defraudando al Estado.
Pensándolo bien, resultamos ser mucho más egoístas de lo que parecemos. Los medios tampoco ayudan.
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