Hay un viejo refrán chino que reza "ojalá que vivas tiempos interesantes". Y vaya si nuestra época es interesante. En efecto, nunca antes como en nuestro tiempo han proliferado tanto las teorías acerca de la corrupción. No hace mucho discutíamos la oscilación entre la posición de Mempo Giardinelli, para quien si Cristina cometió un delito debe ser castigada, y la de Luis Bruschtein para quien es imposible que Cristina haya cometido un delito ya que la acusa el contexto, pasando por la de Julia Mengolini, para quien, en el fondo, es directamente irrelevante si Cristina cometió un delito o no: lo que importa es su legado, si se nos permite la expresión (
click). La posición de Verbitsky no es tan fácil de catalogar y por eso no abundamos al respecto (
click).
Por suerte, Horacio González ha decidido sumarse al ruedo con una muy interesante contribución de índole fundamentalmente conceptual en ocasión de una "fenomenología del bolso" (
http://www.lateclaene.com/#!horacio-gonzlez/ctn2). En verdad, en esta época en la cual, como dice Discépolo, los conceptos están hechos "un merengue, en el mismo lodo, todos manoseados", el aporte de González es, para variar, una bocanada de aire fresco y sobre todo clarificador.
Conocido por su rigurosidad conceptual, González sostiene que, a pesar de lo que se suele creer, "el concepto de corrupción no es del mismo rango que el concepto de plusvalía y otros tantos de la teoría política". Mientras que el primero es "un tipo de concepto-mácula", el segundo pertenece al género de los "conceptos-proposicionales". La distinción viene a cuento no solo porque González no soporta las imprecisiones conceptuales sino porque "la conversación política más productiva trata de basarse en conceptos proposicionales". Bienvenida sea esta distinción, como todas aquellas que nos ayudan a separar la paja del trigo.
Sin embargo, González agrega inmediatamente que los "conceptos-proposicionales" como la plusvalía, i.e. aquellos conceptos de los que sí vale la pena hablar, están "siempre" acompañados por nociones tales como "conspiración", la cual pertenece a su vez al género de "conceptos mácula" del cual habíamos deseado alejarnos porque no valía la pena tratarlos en primer lugar (no deja de ser irónico que González se pronuncie contra el pensamiento conspirativo, pero no vamos a abundar en este punto).
Lo que salta la vista, así y todo, es la cornucopia lingüística de la que hace gala González siempre en aras de la precisión conceptual. En efecto, González podría haber dicho simplemente que los "conceptos proposicionales" (v.g. "plusvalía") son "determinados" y no que "
los conceptos proposicionales tienen otra idea de la presentación de lo real y del tipo de acuerdo lingüístico que se reclama para invocarlos, pues siempre se refieren a hechos que usualmente se conceptualizan con la facultad de definir de una manera asertiva, no invariable, una situación. Pero siempre aproximativa, según las inflexiones personales o de época, que no le hacen perder el componente mínimo de rigor".
Asimismo, González podría haber dicho de modo no menos lacónico que los "conceptos mácula" (v.g. "corrupción") son "indeterminados" y no que "
el supuesto y oscuro 'encanto' de conceptos como corrupción, (concepto-mácula, como dijimos), es el hechizo de su ausencia total de rigor, contrapuesto a la sobreabundancia de sus significados indeterminados. Su carácter de mancha viscosa en el lenguaje lo exime de consecuencias en cualquier reflexión que se exija algunos pasos demostrativos y ciertas bases de prudencia, alguna lógica probatoria".
Sin embargo, González alcanza el cenit de la claridad conceptual al sostener que la corrupción es "un significante vacío –por emplear estos términos- que traccionan –por emplear también este término- un conjunto subordinado de entidades semánticas que componen una escena de control social". Nos tomamos el atrevimiento de parafrasear a González para emplear estos términos y aventurar la hipótesis según la cual la plusvalía
—para emplear este término
—es un significante lleno
—para emplear este término
—que no tracciona, o en todo caso si tracciona, lo que arrastra es un conjunto autárquico de entidades semánticas que componen una escena de liberación social. Queda por dilucidar (a) si se trata de un concepto 4 x 4 o si solamente tiene tracción trasera y, de paso, (b) (dado que González habla de "engorde de la idea") si es cierto el refrán según el cual significante limpio nunca engorda.
En pocas palabras, se podría decir que González practica un keynesianismo lingüístico, empleando entre cuarenta y sesenta palabras (diáfanas todas ellas) promedio para desempeñar una tarea que podría haber sido realizada por una sola palabra. La razón parece ser que en el capitalismo las palabras, al igual que los seres humanos, si pierden el empleo corren el riesgo de perecer. El razonamiento es absolutamente correcto.
Como decía el General, hasta aquí somos todos peronistas. Quedan solamente dos grandes dudas. La primera es por qué González está tan seguro de que mientras que la corrupción es un concepto que
por razones de espacio vamos a llamar indeterminado, la plusvalía es un concepto que (otra vez por razones de espacio) vamos a llamar determinado, al menos en comparación. En efecto, dado que tanto la corrupción cuanto la plusvalía son conceptos valorativos, ambos pueden estar afectados por polémicas acerca de su caracterización. En efecto, González no podría decir que la plusvalía es descriptiva, a diferencia de la corrupción, ya que la plusvalía invoca una crítica de la realidad social. Por lo demás, tampoco podemos estar seguros de que las descripciones por definición son más determinadas que nuestras indicaciones normativas.
La otra duda gira alrededor de por qué la corrupción, a diferencia de la plusvalía, pertenece a los "conceptos que se usan a partir de una teología política encubierta y tienen resultados aparentemente ligados a hechos específicos, pero envueltos siempre en una lógica inquisitorial moralizante. Involucran el problema moral en política". Después de todo, no pocos han advertido una teología política subyacente incluso al discurso marxista.
Nuestras dudas se acrecientan cuando González afirma que Maquiavelo "no apela a los actos corruptos como espacio indefinido de la acción política, pues no los contempla como categoría de análisis. Simplemente, habla de asesinatos y engaños como si se tratara de una 'arena política' donde simplemente se movieran fichas de cartón". Por alguna razón, González se expresa como si solo hubiera leído la obra compuesta por Maquiavelo en su calidad profesional de asesor o justificador de gobernantes, ya que omite el gran tratado político de Maquiavelo, sus
Discursos sobre la primera década de Tito Livio, en donde da a conocer su defensa del republicanismo y por lo tanto le dedica una cantidad significativa de espacio a la corrupción como "categoría de análisis". En realidad, para Maquiavelo la virtud es la base de la república y la corrupción lo que explica el colapso de esta última (de paso, incurrimos en una descarada publicidad no convencional al remitirnos al cap. 2 de
Razones públicas. Seis conceptos básicos sobre la república de Katz Editores:
Harry Potter).
Quizás el punto de González sea que, para citar al inimitable Ricardo Forster, la plusvalía descansa sobre una "una impresionante maquinaria comunicacional, una fábrica de sueños, de imágenes y de ficciones trabaja sin descanso para determinar nuestros hábitos y nuestras 'necesidades' que, siendo una invención del mercado, acaban por convertirse en imprescindibles para nuestras vidas aunque antes nos arreglábamos muy bien sin esos objetos artificiales" (
click). Semejante consideración vendría muy al caso si a algún presidente se le ocurriera inaugurar fábricas de lavarropas o embotelladoras de bebidas refrigerantes comercializadas a escala planetaria. Quedamos debidamente advertidos.